El auto avanzaba lento por el camino polvoriento que conectaba el lago con el pueblo de Las Azucenas, levantando una suave nube de tierra rojiza que se disipaba en el aire cálido. Carmen iba al volante, su perfil iluminado por el sol de la tarde, hablando de cosas sin importancia, el parloteo constante de la rutina: los turnos en el bar, una pequeña pelea entre las chicas por un cliente habitual, el nuevo cliente que parecía tener dinero y modales, un tipo extraño pero generoso. Salamandra no escuchaba nada. Sus oídos estaban sordos a los chismes, a las trivialidades de la vida diaria del bar. Iba con la cabeza recostada en la ventanilla, el cristal frío contra su piel. La cesta de mimbre, con los gatos dormidos y acurrucados, reposaba en su regazo, un peso familiar y reconfortante. La l

