La tarde caía sobre Las Azucenas con un tono melancólico, como si el sol supiera que esa noche iba a encenderse algo más que las luces del bar. Desde la imponente mansión de los Guerrero, los sonidos de la vida diaria comenzaban a silenciarse. Los niños que ayudaban en los jardines ya no corrían entre las buganvilias, sus risas se habían disuelto en la brisa. Las palmas eran cepilladas suavemente por el viento, sus hojas susurrando secretos. Y adentro, detrás de los ventanales altos y elegantes, el mundo de Salamandra comenzaba a transformarse, como una mariposa preparándose para su vuelo más importante. —¿Estás nerviosa? —preguntó Estrella, su voz grave y rasposa, mientras abría un cofre de terciopelo envejecido donde guardaban las joyas para el show. El interior brillaba con el centelle

