Una pocas horas después, la noche se deslizaba como una sombra suave sobre el rancho de Giovanni, envolviéndolo en una quietud casi irreal. Las estrellas, altivas y distantes, brillaban con una arrogancia fría sobre el cielo limpio de Las Azucenas, un lienzo de terciopelo n***o salpicado de diamantes. El aire, ahora más fresco, olía a tabaco de los cigarros recién fumados, a tierra húmeda después de la brisa vespertina, y a la dulce, penetrante esencia de la victoria. En la sala principal, una lámpara de pie derramaba su luz dorada sobre los muebles de cuero oscuro y las cortinas pesadas de terciopelo carmesí. Giovanni estaba recostado en uno de los sillones, los pies cruzados con natural elegancia, el rostro sereno y pensativo, una máscara de calma que ocultaba la vorágine de su mente. E

