El Heredero del Terror

1588 Words
Unas horas después, el polvo de la Pampa, fino y dorado, bailaba con el viento caliente de las cuatro de la tarde, dibujando remolinos efímeros en el aire. El heredero del terror lo observaba todo desde la ventanilla del todoterreno blindado, una mole negra que contrastaba con el paisaje amarillento. Su rostro no mostraba expresión alguna, una máscara de mármol cincelada por la ausencia de piedad. Iba en el asiento trasero, con las piernas cruzadas con una elegancia casi insolente, y el rostro sereno, mientras el sol se reflejaba en sus gafas oscuras, ocultando sus ojos del mundo exterior. Solo la tensión apenas perceptible en la línea de sus hombros delataba la anticipación. Silvano, su segundo al mando, un hombre robusto con la cara marcada por viejas cicatrices, señaló con un leve gesto. —El objetivo está en esa finca, signore. Giovanni no desvió la mirada del frente, sus pensamientos ya calculando distancias y posibilidades. —Cuántos hombres —preguntó, su voz grave, sin inflexión. —Cinco visibles, Capo —respondió Tito, su mano derecha el ágil de su equipo, con un tono casi aburrido—. Tres más probablemente en el galpón trasero. Tienen armas cortas y un francotirador en el techo. No están tan mal organizados. Giovanni se quitó las gafas oscuras con un movimiento lento y deliberado, revelando sus ojos grisáceos. Fríos. Tan fríos como el acero bajo cero, capaces de congelar el aire a su alrededor. El más mínimo atisbo de emoción había sido extirpado de su mirada, dejando solo una determinación gélida y calculadora. —Entonces nos olvidaremos de la elegancia —dijo Giovanni, y su voz no era una sugerencia, sino una sentencia. Minutos después, el todoterreno se detuvo a unos cien metros de la verja. Giovanni bajó del vehículo. Su traje gris perla, de corte impecable, contrastaba con la tierra árida y el sol inclemente, y la camisa negra debajo añadía un toque sombrío a su figura. Caminaba sin prisa, con la lentitud confiada de un depredador que sabe que su presa está acorralada. A su lado, Draco y Lupo, marchaban como dos sombras oscuras y letales, sus músculos tensos bajo la piel brillante, sus ojos fijos en el horizonte como si olfatearan la sangre a distancia. El aire vibraba con su presencia. Al llegar a la verja, un hombre armado, con la escopeta ya apuntando a su rostro, le salió al encuentro. Su uniforme, sucio y desgastado, reflejaba la falta de verdadero control. —Soy Giovanni Moretti —dijo Giovanni, su voz baja pero con una autoridad innegable—. Vengo a hablar con Miguel Sánchez. —No está —escupió el guardia, su voz temblaba a pesar de su intento de sonar rudo. La tensión en el aire era palpable. Giovanni no repitió la pregunta. No lo necesitaba. Solo levantó la mano izquierda, mostrando un solo dedo, un gesto casi casual. Y entonces, PUM. El sonido, amortiguado por el silenciador, fue apenas un suspiro mortal. Tito, desde una posición lateral, disparó directo a la frente del primer guardia. El cuerpo cayó hacia atrás sin ruido, solo un golpe seco de carne y tierra que se disolvió en el silencio de la pampa. En unos segundos, cayó el otro. Y entonces Bolla, otro de los hombres de Giovanni, ya había forzado la reja de entrada y entró sin perder el tiempo, moviéndose como un fantasma entre los árboles. —Acaben con todo —ordenó Giovanni, su voz apenas un murmullo que el viento se llevó. En menos de tres minutos, el patio de la finca se volvió una sinfonía macabra: disparos apagados por silenciadores, gritos leves que se ahogaban rápidamente, y el sonido repetitivo de cuerpos cayendo sobre la tierra. Giovanni no movió un músculo. Sus perros, sin necesidad de órdenes verbales, cumplían su tarea con una eficacia brutal. Lupo desgarró la garganta del guardia que custodiaba la sala de la mansión, antes de que el hombre alcanzara a activar su radio. Un gorgoteo ahogado fue todo lo que se escuchó. Draco saltó por una ventana del lateral, un borrón oscuro, y sacó al cuarto hombre, su cuello roto con un chasquido seco. —Buen chico —dijo Giovanni, acariciando la cabeza de Draco cuando el perro llegó a su lado, la lengua fuera, una mancha oscura en su hocico. No había afecto, solo reconocimiento. Giovanni entró en la casa. El interior era ostentoso, pero viejo. El mármol estaba descolorido, los muebles polvorientos. Miguel Sánchez, el hombre que debía rendir cuentas, lo esperaba en su despacho. Estaba de pie, con una pistola temblándole en la mano, apuntando al suelo, como si el arma fuera una carga demasiado pesada. Sus ojos, desencajados de miedo, ya conocían perfectamente al Halcón, aunque nunca lo hubiera visto en persona. Tenía el rostro sudado, un brillo vidrioso en los ojos, y una gota de saliva le caía del labio inferior sin que lo notara, una prueba de su terror paralizante. Sabía que no saldría vivo de ahí. Giovanni entró como si la escena no lo perturbara en absoluto. Su saco de seda gris perla estaba perfectamente ajustado, sin una arruga. En la mano derecha, llevaba sus guantes de cuero n***o, un accesorio que usaba no por frío, sino por costumbre, por la limpieza de su trabajo. Caminó con la lentitud deliberada de un depredador que ya ha elegido su presa, saboreando el momento final. Cada paso era un golpe de tambor en el corazón de Miguel. —Miguel Sánchez —dijo Giovanni, pronunciando el nombre como si probara un vino barato y rancio, con un gesto de disgusto apenas perceptible—. Qué decepción, por Dios. El hombre tragó saliva con un ruido audible, bajando aún más la cabeza. —Giovanni… yo no sabía que esta tierra seguía siendo del Patriarca. Nadie me lo dijo. Nadie dijo nada. Yo solo acepté la oferta… como tu viejo desapareció, yo pensé que podía quedarme con todo. Pero no soy tu enemigo… —¿Pensaste? —interrumpió Giovanni, una risa seca y breve, sin alegría, una simple exhalación de desdén—. Un hombre como tú no piensa, Miguel. Obedece. Y si no tiene a quién obedecer, se queda quieto. No se sienta en tronos que no le pertenecen. —¡Yo no me senté! ¡Me empujaron! —gritó Miguel con desesperación, la voz quebrada—. ¡Solo hacía lo que me mandaban! ¡Nunca quise ir contra ustedes, Giovanni! Giovanni lo miró fijamente. Un silencio opresivo llenó la habitación, solo roto por el latido frenético del corazón de Miguel. Giovanni luego suspiró, un aliento que parecía cargar el peso de siglos de deudas. Sacó de su abrigo una pistola Beretta de diseño italiano, de metal pulido y brillo mortífero. La limpió con el borde de un pañuelo blanco impoluto que guardaba en el bolsillo del pecho. Su mirada no tenía rabia ni odio; solo una determinación implacable. —El problema —dijo Giovanni en voz baja, mientras se acercaba, cada paso una tortura para Miguel—, es que aceptaste, Miguel. Algo que no te pertenece. Y eso, en nuestra familia, se paga con sangre. Miguel, en automático, dio un paso atrás, pero la silla de su escritorio se lo impidió. Temblaba incontrolablemente, levantó el arma con mano incierta, pero no tuvo tiempo de apuntar. Giovanni disparó una sola vez. El sonido fue ensordecedor. Un eco metálico que resonó como una campana fúnebre en la quietud de la pampa. La bala se incrustó directo en el pecho de Miguel. El cuerpo cayó como un saco de papas sobre la alfombra persa, y la sangre comenzó a esparcirse en un charco oscuro y creciente sobre el suelo de madera noble, una mancha de vida que se escapaba. Giovanni se inclinó con calma. Limpió la punta de su zapato perfectamente lustrado, ahora manchado de sangre, con el pantalón inerte de Miguel. Luego, limpió su Beretta con el mismo pañuelo blanco, guardándola con la misma pulcritud con la que la había sacado. Todo sin prisa, sin un solo gesto de remordimiento o disgusto. Después, se dirigió a la ventana. Afuera, el campo parecía infinito, una calma engañosa antes del rugido que estaba por venir. —Tito —llamó Giovanni, sin volverse. —Aquí, patrón —respondió el hombre, de pie junto a la puerta, inquebrantable. —Quemen la casa —ordenó Giovanni, su voz firme como la de un general—. Que el fuego sea el mensaje. —¿Y los cuerpos, Capo? —preguntó Tito. Giovanni se giró por fin. Sus ojos grises resplandeciendo con el reflejo de las llamas que ya comenzaban a bailar en la chimenea del despacho, prendidas por uno de sus hombres. —Que ardan con sus pecados —escupió Giovanni, el desdén en cada sílaba. Salió por la puerta principal mientras otros metían los cuerpos sin vida de los guardias dentro de la estructura. El fuego, apenas una chispa al principio, comenzó a devorar la casa con una ferocidad hambrienta, las llamas lamiendo las paredes y el techo. El humo se elevaba al cielo como una ofrenda oscura, llevando consigo los gritos ahogados y el terror silente. La luz anaranjada danzaba sobre el rostro de Giovanni, iluminando sus rasgos duros, pero no se inmutó. Ni una palabra más. Aquella noche, las pampas temblaron en silencio, no por un terremoto, sino por el eco de una declaración de guerra. Porque cuando el Halcón de Italia despliega sus alas, no hay cielo que lo detenga, ni tierra que no tiemble bajo su sombra.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD