El sábado amaneció con una bruma suave cubriendo los campos, como si el cielo mismo guardara secretos, como si la tierra contuviera el aliento antes de que el sol desvelara la verdad. Giovanni ya estaba despierto antes de que saliera el sol. De pie junto a la ventana de su estudio, el cristal empañado por el rocío de la madrugada, sostenía una taza de café oscuro entre las manos, el vapor aromático ascendiendo en espiral. Observaba el horizonte, la línea donde el cielo se unía con la tierra, mientras los perros dormían a sus pies, bultos oscuros y silenciosos en la penumbra. Su camisa estaba abierta hasta el pecho, revelando parte de su piel bronceada, dorada por el sol pampeano, marcada por un halcón tatuado con las alas abiertas justo sobre el corazón, como si de ahí mismo hubiese nacid

