Un silencio al instante se instaló entre nosotros tras mi respuesta pero no era uno de esos silencios desagradables, al contrario, caminar por la calle con un delicioso burrito en la mano era realmente tan agradable que el tiempo había pasado como un segundo ante nuestros ojos y ya el club se veía a una cuadra y mi auto estacionado cerca de el lugar como lo había dejado. Por un momento sentí algo de alivio al verlo pero de la nada mi cara palideció y mi corazón comenzó a latir con una increíble fuerza al ver a un peculiar pelinegro de ojos azules recostado en mi coche fumando un cigarro y expulsando por completo una gran bola de humo, y aunque siempre he odiado que fumaran, él tenía ése algo diferente que hacía que aún haciendo algo que detestaba se viese bien. Luis al ver que me había

