2. Corazón roto

934 Words
—Bien, hoy es el día. Este será mi año —se dijo Gabrielle deteniéndose frente a las escaleras del colegio. Tomó aire y se encaminó a su salón. Como todos los años, algunos compañeros cambiaban de una clase a otra. Cuando vio la lista de quiénes estarían este año con ella, pudo ver que compartía salón con algunos antiguos compañeros: Julie, Iván, Martin y André. Al leer el último nombre su corazón dio un brinco. —Oh, veo que no quedamos juntas —dijo la voz de Irina a sus espaldas. Gabrielle se dio vuelta y saludó a su mejor amiga, quien continuó viendo la lista y agregó— pero de todas formas estarás muy bien acompañada. Gabrielle se sonrojó y asintió fervientemente. —Ay, Irina, estoy muy nerviosa —se sinceró la peliazul— ¿Qué hago si me rechaza? ¿Si se ríe de mí? ¿O si me caigo en frente de él? ¿O si... —Corresponde a tu amor? —terminó la morena— por qué eres tan fatalista, amiga. Piensa positivo. Y si te rechaza, bueno, al menos le dijiste y no tendrás la duda y podrás seguir adelante. —Tienes razón, me estoy enredando sola —respondió Gabrielle negando con la cabeza. En eso, una tímida voz se alzó tras las chicas. —Ho-hola Gabrielle, Irina —dijo un chico de pelo n***o y ojos grises que llevaba una croquera bajo el brazo. —¡Hola, Matt! —lo saludó alegremente Gabrielle— ¿Qué tal las vacaciones? —Pues, bastante bien, gracias —contestó el chico, sonrojándose— ¿Y las tuyas? —Nada mal —dijo la peliazul con una sonrisa. En ese momento sonó la campana que indicaba el comienzo de las clases. Gabrielle abrazó a Irina y se despidió de Matt con la mano. El chico era relativamente nuevo. Había llegado el año anterior al colegio. Era originario de Estados Unidos, pero se había mudado a Francia con su familia por el trabajo de su padre. En general era muy seguro, pero se volvía muy tímido frente a Gabrielle. Era un gran artista y siempre estaba pintando con lápices o al óleo. Al entrar al salón, Gabrielle ocupó el segundo puesto, lugar al que ya se había acostumbrado y donde se sentaba todos los años. El profesor llegó, se presentó y comenzó la clase. A los cinco minutos se abrió la puerta y apareció André pidiendo perdón por el atraso. El profesor a penas lo miró y le dijo que se sentara. El rubio se colocó en el banquillo frente a Gabrielle. Antes de sentarse, la saludó con una sonrisa. Gabrielle no pudo evitar sonrojarse y sentir que el corazón le saltaba de alegría. Y en ese momento decidió que ese mismo día, al finalizar las clases, le diría a André lo que sentía. Con ese pensamiento pasó toda la jornada escolar, juntándose en los recreos con Irina, que le daba apoyo moral, y perdiendo la mirada en los cabellos y la espalda de André mientras estaban en el salón. Antes de darse cuenta, sonó la campana de fin de clases. André tomó sus cosas y las guardó muy rápido. Gabrielle intentó imitarlo, pero se le cayeron los lápices y en lo que se demoró en recogerlos, el chico ya había salido del aula. La peliazul no se rindió. Incluso si tenía que seguirlo a su casa, ese día tenía que declararse. Salió a toda prisa y al pasar por la puerta de su salón, Irina la estaba esperando. —Gabrielle, tranquila —dijo la morena al ver tan agitada a su amiga— respira, eso es. Déjame peinarte un poco... perfecto. Estás preciosa. Gabrielle no pudo evitar ruborizarse y le sonrió a su amiga dándole un suave golpe en el hombro. —Bien, André acaba de salir de la escuela, pero sigue en la escalera esperando a su chofer —le informó Irina que miró hacia la salida— es ahora o nunca, chica. Gabrielle asintió con la cabeza, inspiró profundamente y, con paso militar, se acercó a André ensayando mentalmente las palabras que iba a decirle en pocos minutos.  Me gustas. Me gustas. Me gustas. Me gustas. Muy bien, Gabrielle, solo dos palabras. Me. Gustas. Estupendo. Al salir del recinto, vio a André al pie de la escalera. Esas vacaciones había crecido, y ya casi había perdido la suavidad y redondez de su rostro, convirtiéndose de un apuesto adolescente a un joven muy guapo. Pero, a pesar de ese cambio en su cuerpo, su mirada seguía siendo igual de dulce y su sonrisa coqueta y bondadosa. Gabrielle volvió a respirar. A ratos sentía que se le olvidaba hacerlo y debía inspirar profundo. Bajó los escalones lentamente, un poco por los nervios, un poco para evitar caer y hacer el ridículo frente a toda la escuela. Cuando estaba a cinco escalones para llegar junto a André, una chica de cabello corto y rojizo y muy bonita llegó al lado del rubio, lo abrazó y, tomándole el rostro, le dio un corto beso en los labios. Gabrielle se quedó paralizada mientras veía que André y la chica, a quien reconoció como Natasha, una compañera de danza de André, se tomaban de la mano y se iban alejando a paso lento. No pudo apartar la vista y todo pensamiento que tuviera se le esfumó al ver ese beso. Sus sentimientos de inseguridad y nerviosismo se transformaron en un hondo vacío en el fondo de su pecho. Sintió que alguien la tomaba del brazo y jalaba de ella. —Vamos, Gabrielle —era Irina— debemos irnos. La peliazul pestañeó varias veces mientras los ojos se le llenaban de lágrimas y dejaba que su amiga guiara sus pasos. André estaba con otra. Ya no valía la pena. Ya no había nada que sentir.
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