Capítulo 20

768 Words
DANTE Pasaban los días, y la sensación de vacío que me dejaba la traición de Elena seguía pesando en cada rincón de mi vida. Pero el dolor solo me daba más fuerzas para actuar. No había otra opción que moverme, descubrir cada detalle de lo que Massimo planeaba, y tomar venganza. No solo había tomado a Elena, sino que había logrado manipularla hasta convertirla en su arma personal, algo que nunca imaginé posible. Mi oficina estaba en silencio, pero mi mente era un torbellino de ideas. Estaba revisando informes y notas sobre Massimo cuando Saúl entró, su rostro serio, como siempre, pero con un brillo de urgencia en sus ojos. —Dante, acabo de recibir información. Oliver... él está en peligro —dijo, sin rodeos. Levanté la vista de inmediato, sintiendo cómo la adrenalina recorría mi cuerpo. Oliver era uno de mis aliados más leales, alguien que había estado conmigo desde el principio. No podía permitirme perderlo, no después de todo lo que habíamos pasado juntos. —¿Qué has oído? —pregunté, tratando de mantener la calma. —Massimo tiene información sobre la ubicación de la casa de seguridad donde se encuentra Oliver. Y parece que está enviando a alguien... —Saúl hizo una pausa, como si dudara en decir las siguientes palabras—. Dante, escuché que es Elena quien va tras él. Mis manos se apretaron en puños sobre el escritorio. La idea de que Elena pudiera convertirse en el arma de Massimo para acabar con Oliver era algo que no podía soportar. No solo era un golpe a mis defensas, sino una declaración de guerra. Había logrado manipularla hasta el punto de convertirla en una asesina para sus propios fines. —Prepárate, Saúl. Nos vamos ahora —dije, poniéndome de pie de inmediato. Salimos en silencio, con el sonido de mis pasos resonando en el pasillo. La decisión estaba tomada: no iba a permitir que Elena fuera una pieza en los juegos de Massimo. Nos subimos al auto y aceleramos hacia la casa de seguridad de Oliver. Mis hombres ya estaban en posición, listos para lo que fuera necesario. El trayecto fue corto, pero se sintió eterno. Mi mente pasaba por cada posible escenario, cada plan que pudiera detener a Elena sin ponerla en peligro, pero sabía que ella no sería la misma mujer que conocí. Massimo la había cambiado, la había moldeado en algo que servía a sus propósitos. Aun así, no podía permitir que ella se hundiera en este camino sin intentar salvarla. Finalmente, llegamos a la casa de seguridad, y el silencio a nuestro alrededor era denso. Saúl y yo bajamos del auto, y mis hombres se movieron en silencio, listos para enfrentar cualquier amenaza. Avancé hasta la entrada y di la señal para que todos estuvieran en alerta máxima. Y entonces, desde la sombra, vi una figura acercándose lentamente. Mi corazón se aceleró al reconocerla. Era Elena, con el mismo rostro frío que había visto aquel día, el arma en su mano, avanzando hacia la entrada con una determinación que me helaba la sangre. Di un paso adelante, decidido a detenerla, a evitar que diera el siguiente paso. —Elena —llamé, mi voz firme, tratando de alcanzarla. Ella se detuvo y me miró, sus ojos vacíos, como si no reconociera a la persona que estaba frente a ella. —No intentes detenerme, Dante —dijo, su voz fría, sin una pizca de la emoción que una vez tuve el privilegio de conocer—. Estoy aquí para cumplir una misión, y nada de lo que digas cambiará eso. —No tienes que hacer esto —respondí, mi voz más suave, intentando alcanzarla de alguna forma—. Massimo te está usando. Esto no eres tú, Elena. Ella apenas frunció el ceño, como si mis palabras no le importaran. —Esto es todo lo que soy ahora —dijo, con una firmeza que me hizo comprender lo profundo de su transformación. Sentí que el peso de la desesperación caía sobre mí, pero no iba a dejar que ella completara esta misión, no iba a dejar que su alma se ensuciara más por culpa de Massimo. —Elena, por favor, baja el arma. No tienes que destruir todo por él —le pedí, dando un paso hacia ella. Ella apuntó su arma en mi dirección, sus ojos fijos en mí, y supe que, si daba un paso en falso, ella no dudaría en disparar. El silencio en el aire era sofocante, y el momento parecía suspendido en el tiempo. Sabía que lo que sucediera a continuación definiría nuestras vidas para siempre.
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