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1618 Words
 A las afueras de Londres se encontraban una serie de mansiones con la más hermosa arquitectura que jamás haya visto, los jardines eran adornados con la más bella vegetación, las flores desprendían el más exquisito aroma capaz de embriagar el olfato de cualquiera y los árboles incitaban a probar sus frutos. Cuando el carruaje se detuvo, me sentí nerviosa y aferré mis manos al borde de mi vestido, un vestido que perteneció a mi madre en su juventud, después de todo, ahora era lo único que tenía para sentir a mi familia cerca. Cuando Sebastian resolvió nuestro pequeño problema con Vince, sabía que ahora era mi turno de cumplir con nuestro trato. —¿Qué sucedió? —Preguntó mi padre después de que ambos entramos a la casa. Sebastian estaba a punto de responder cuando la puerta se abrió alertándonos, se trataba de Albert. —Padre, madre —dijo con voz entrecortada. Él estaba a punto de acercarse, pero me interpuse en su camino. —¿Qué haces aquí? ¿Cómo te atreviste a volver? —Mi voz temblaba, pero no por el llanto sino por la ira. —Violet... —no dejé que continuara porque mi mano golpeó su mejilla. —¡Violet! —Chilló mi madre. —Eres un cobarde —dije con desdén —un cínico que apostó el honor de su familia y que ahora vuelve como un perro con la cola entre las patas —mis palabras eran duras, lo sabía; sin embargo, él se merecía eso y más. —¡Por tu culpa Richard casi muere! Y de no ser por Lord Sebastian, Luciane y yo estaríamos perdidas. —Violet —Sebastian se colocó frente a Albert. —Joven Aldrich, necesito hablar con usted —Sebastian no esperó a que Albert aceptara, solo lo condujo al estudio de mi padre. No supe de que hablaron en ese momento, solo sé que cuando ambos salieron la mirada de Albert reflejaba el más puro miedo. —Lo siento, lo siento tanto. Fueron las últimas palabras de mi hermano dirigidas hacia mí. No fue difícil convencer a mis padres de dejarme ir a Londres. Sebastian les aseguró que él me había ofrecido un buen empleo y que solo me ausentaría por un breve lapso de tiempo. Ojalá fuera de esa manera. Mis manos temblaban ya que jamás había estado ante la presencia de un noble y no sabía cómo comportarme. Al percatarse de mi nerviosismo y ansiedad, Sebastian me tranquilizó diciendo que sus padres no me harían daño y que él no dejaría que me pusieran una mano encima, eso logró tranquilizarme en cierto punto. Las puertas se abrieron dejando a la vista la entrada principal, el suelo era un magnífico mosaico de cuadros negros y blancos mientras que del techo colgaba una hermosa araña de cristal. —Los amos están en el salón —anunció George, lo seguí atravesando el gran salón admirando cada diseño. George tocó la puerta tres veces esperando una respuesta, hasta que un adelante se escuchó del otro lado de la puerta. —Vladimir —saludó Sebastian e hizo una reverencia y yo lo imité. —Sebastian ¿dónde estuviste? —Cuestionó sin despegar la mirada de un pequeño tablero con pequeñas figuritas de lo que parecía ser marfil. —Fui al pueblo tomar tu lugar en el festival ¿lo olvidas? —Respondió restándole importancia. —Por lo que veo tu visita resultó mejor de lo que esperabas —Sebastian se mantuvo en silencio —además de la grata compañía —Vladimir alzó la mirada y enfocó sus ojos en mí. Y por primero vez pude percibir con claridad sus perfectas facciones. Él era alto y vestía un hermoso traje hecho a la medida que resaltaba su piel tan blanca y pálida como la misma porcelana, su cabello era oscuro y sus ojos, aquellos orbes oscuros eran tan profundos que podía sentir como si leyeran lo más profundo de mi alma. —Una doncella muy linda —una sonrisa se formó en sus labios provocándome escalofríos. —¿Cuál es tu nombre jovencita? —Violet —respondí sin dejar de ver sus ojos — Violet Aldrich. —Violet —repitió, saboreando cada letra de mi nombre —tu aroma es exquisito —su comentario logró desconcertarme, él estaba a punto de acercarse, pero Sebastian se interpuso. —Te presento al conde Vladimir Radclyffe Grey —presentó Sebastian, la sorpresa deformó mi rostro al escuchar su nombre, no podía creer que estuviera frente a tan importante hombre —y a su esposa —dijo señalando a la acompañante del conde, no me había percatado de su presencia hasta ahora, era una mujer de cabellos rojizos que podían compararse con el fuego y su inigualable belleza podía competir con la misma Afrodita. —Es la condesa, Ania Radclyffe Grey. —Es un honor conocerlos, milord, mi lady —dije haciendo una reverencia. —George déjanos solos —pidió el conde, el mencionado asintió y salió de la habitación —veo que mi hijo le ha dicho lo que somos ¿me equivoco? —Negué —y aun sabiendo nuestra naturaleza ¿por qué desea trabajar para nuestra familia? —Miré a Sebastian quien permaneció en silencio, mirándome atento a mi respuesta. Así que, con las manos entrelazadas y cabeza gacha debido a la vergüenza, decidí responder. —Milord, yo no tengo dinero o fortuna, lo único que me mantiene en pie es mi familia y soy una mujer de palabra que cumple hasta la más mínima de las promesas —inicié. —Lord Sebastian me ha ofrecido su ayuda y a cambio estoy dispuesta a pagar el precio que él exija. Ante mi respuesta podía sentir sus miradas sobre mi cuerpo y un inevitable escalofrío me recorrió nuevamente, el aura que desprendían ambos era extraña, tan extraña que no podía explicar. —Dice que está dispuesta a pagar el precio, pero ¿cambiaría de opinión si le dijera que debe dar su sangre a cambio? —Por segunda vez en esta mañana la sorpresa apareció una vez más. Pude sentir como mi corazón se detuvo repentinamente para después agitarse desenfrenadamente sobre mi pecho —ahora sabiendo la verdad ¿aún deseas estás dispuesta a quedarte? Si tu respuesta afirmativa te aseguro que gozarás los privilegios de la familia Radclyffe Grey, pero si te niegas —hizo una pausa —morirás, no podemos poner en riesgo nuestra existencia. Como lo pensé, no tengo salida. Escapar no era una solución ya que, si lo hacía, tardaría más en llegar a la puerta antes de que ellos me asesinaran ¿qué opción tenía? Hice un trato con Sebastian y solo con él, no iba a faltar a mi palabra. La familia Radclyffe Grey me ofrecía una vida cómoda, qué más da que me quede a su lado. —Me quedaré —dije con firmeza. El conde sonrió complacido —pero solo si Sebastian es el que único que bebe mi sangre —el conde me miró atónito —hice un trato con él. Vladimir miró a Sebastian y una sonrisa adornó sus labios. —Entiendo —Vladimir acarició mi cabello con sus largos dedos —creo que cambiarás de parecer muy pronto querida, después de todo solo hubo una mujer que llamó la atención de Sebastian así que no esperes más de él —susurró solo para que yo solo pudiera escucharlo —Sebastian —llamó. Él se acercó a nosotros con indiferencia. —La doncella que tienes aquí es preciosa, hay algo atrayente en ella que no logro descifrar —Vladimir rozó sus labios con su lengua —no te importará que la pruebe ¿o sí? —Sebastian me miró con indiferencia, aquella mirada cálida que me había regalado la noche anterior, no se comparaba con su gélida expresión de ahora. —Haz lo que quieras —después se marchó dejando una punzada de dolor en mi pecho. No le importó que Vladimir quisiera tocarme, simplemente se marchó sin ni siquiera volver a verme. «...solo hubo una mujer que fue capaz de llamar la atención de Sebastian, así que no esperes más de él » Fui tan ingenua al creer que todo lo que hizo por mí era porque le importaba, pero solo fue para obtener mi sangre. Tan ingenua. Los pasillos de esta mansión podían compararse con un enorme laberinto, miraba con atención cada pintura, estatua o cuadro para hacer un mapa mental del lugar, George me condujo a mi habitación, cuando la vi por primera vez pensé que ese lugar solo era digno de una princesa y no para alguien como yo; sin embargo, George me explicó que como doncella de Sebastian Radclyffe Grey, tengo derecho a la educación de una dama de alta sociedad, techo y comodidades. Una vez instalada me dispuse a admirar cada detalle del lugar. La decoración era exquisita, una alfombra de terciopelo rojo adornaba el centro de la habitación y los muebles podría decir que eran dignos del arte barroco. Cada uno de ellos era adornado por delicadas figurillas de porcelana; aprecié cada rincón de este lugar hasta que el sol comenzó a ponerse; de repente una fuerte ráfaga de frío viento abrió la ventana de la habitación provocando que mi piel se erizara debido a aquella sensación sobrenatural. Me dirigí a cerrar aquel ventanal; sin embargo, los escalofríos no abandonaban mi cuerpo, era como si alguien me estuviera observando. El cielo comenzó a oscurecer, pero antes de que las estrellas iluminaran el cielo alguien me acorraló sobre la pared impidiéndome moverme, la oscuridad era tan densa que no podía distinguir a mi agresor, entonces sus ojos azules se fijaron en los míos. —Sebastian.
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