9

3643 Words
—¿Qué quieres saber? Respiré profundamente para formular adecuadamente las preguntas que iba a hacer, no todos los días te encontrabas frente a un vampiro que estaba dispuesto a saciar tu curiosidad. Entre abrí mis labios para hacer la primera pregunta cuando George entró a la habitación solicitando la presencia de Sebastian. —Me temo que dejaremos esta charla para después, mi bella dama —Sebastian se levantó de su asiento para tomar mi mano y dejar un beso en mi dorso —tal vez tarde todo el día así que volveré hasta que el sol se oculte —su mano acarició mi mejilla —mientras esperas mi regreso, puedes ir a donde desees siempre y cuando no te alejes —Sebastian se acercó a mí y su fresco aliento rozó mi piel —cuidado con querer escapar porque no quieres conocer aquella faceta que tanto me empeño en esconder. Después de que Sebastian se marchara decidí permanecer en la habitación leyendo uno de los tantos libros que descasaban sobre la repisa, pasó cerca del mediodía cuando Anna y Greta regresaron con mi comida. Comía en silencio mientras ellas solo permanecían cerca de la puerta sin decir ni una palabra, su mirada de encontraba ausente, era como si ambas estuvieran ignorantes de lo que sucedía. —¿Y ustedes también son vampiros? —quise saber, pero no tuve respuesta —supongo que sí porque si no ya hubieran huido —bromeé. —Nuestro deber es servir a la familia Radclyffe Grey —respondieron al mismo tiempo provocándome algo de miedo. —¿Y de dónde son? —Pregunté cambiando de tema, pero por segunda vez, no obtuve respuesta. Sin embargo, por más que traté no pude conseguir más dos palabras por parte de ellas. Que extraño. —Señorita, el amo Sebastian nos ha pedido que nos encargáramos de usted —dijo Anna cuando finalicé mi comida —¿De qué hablas? —Es nuestro deber asearla y vestirla —respondió sin ninguna expresión. —No es necesario, puedo hacerlo sola. —El amo Sebastian pidió que la alistáramos así que por favor acompáñenos, señorita —repitió esta vez Greta. Comprendí que ellas no dejarían de insistir así que accedí a seguirlas y dejar que ellas acataran las órdenes de Sebastian, dejé que me bañaran y me vistieran. La delicada tela se deslizó sobre mis brazos cubriendo mi cuerpo, no podía creer que la mujer que se reflejaba en el espejo se tratara de la misma chica que llegó la noche anterior. El hermoso vestido que me cubría era de una fina tela color rosa con una ligera cinta negra que resaltaba mi cintura y cada atributo femenino que yo poseía mientras que mi cabello oscuro caía sobre mis hombros y por último fui roseada con una exquisita fragancia con aroma a rosas. —Se ve hermosa mi lady —halagaron ambas. —Gracias —definitivamente nunca pensé que un vestido podría hacerme sentir hermosa. Miré hacia la ventana, era cerca del mediodía y faltaban más de doce horas para que Sebastian regresara, así que se me ocurrió una idea para matar mi aburrimiento. —Quiero ir a la ciudad —pedí a mis damas de compañía. [...] Las calles de la ciudad estaban totalmente construidas, podía percibir el aroma del pescado y la humedad de cada rincón. Londres era una ciudad sucia y descuidada, creí que solo eran rumores. Era un día frío, así que aferré a mi cuerpo la capa de seda negra que llevaba puesta. —Las tiendas de ropa se encuentran a unas cuantas cuadras —anunció Greta. —Vamos entonces —accedí, después de todo jamás había estado en una. Mientras caminábamos, no pude evitar sentir algunas miradas de las personas que vendían en el mercado y de algunos compradores. Sus ojos me miraban con asombro y miedo. —Nuestros señores pertenecen a uno de los rangos más altos de la sociedad londinense —comentó Greta como si hubiese leídos mis pensamientos —es normal que ellos mantengan su distancia hacia alguien que proviene de la casa real —eché un nuevo vistazo a los citadinos, en cuanto se percataron de mi mirada siguieron con sus actividades. —No se lo tome personal —esta vez fue Ana quien habló —a ella solían mirarla de la misma manera. —¿Ella? —Nuestra primera señora —respondieron ambas dejándome totalmente desconcertada. —¡Cuidado! Dijeron de pronto mis damas de compañía antes de que mi cuerpo impactara con el cuerpo de una chica. Cuando di la vuelta para asegurarme que no se hubiese hecho daño mis ojos se toparon con una mirada risueña que no había visto hace mucho tiempo. —¿Violet? —¿Beatriz? [...] Cuando era niña solía jugar en los manzanos con la hija de Patrick Wilson, un comerciante que vivía en Winterville. El nombre de su hija era Beatriz Wilson, recuerdo que ambas solíamos darle muchos problemas a nuestros padres dado que solíamos arruinar nuestros vestidos por trepar árboles y correr por el fango. Beatriz fue mi mejor amiga hasta hace ocho años que sus padres se mudaron a la ciudad, había perdido contacto con ella y jamás creí que volvería a verla hasta ahora. —Aun no puedo creer que seas tú —dije sin poder salir de mi asombro —mírate eres una belleza citadina —bromeé. No estaba mintiendo, puesto que las pecas que cubrían la mayor parte de su cara habían desaparecido dejando tan solo una tersa piel blanca que resaltaban el azul de sus ojos. —¡Pero mira quien habla! —exclama —seguramente eres la sensación en Winterville, por cierto ¿qué haces aquí? De todos los lugares no creí que te encontraría aquí en Londres —me encogí de hombros. —Trabajo. —Entonces si estás aquí por trabajo seguramente estarás muy ocupada —asiento, no podía dar más explicaciones —así que no hay tiempo que perder. A mi madre le dará gusto verte. Tenía un gran cariño por la madre de Beatriz, siempre me trató como una más de sus hijas y le estaba agradecida por ello, así que ¿cómo negarme a esa petición? Convencí a Ana y Greta de dejarme sola con Beatriz, me resultó muy difícil deshacerme de ellas; sin embargo, al fin de cuentas lo logré. Beatriz me llevó al local comercial de su familia, por lo que me había contado, su padre logró abrir una botica con medicina hecha a base de plantas. Algo inusual en este tiempo debido a que la ciencia parecía prometer diversos avances en la medicina; sin embargo, no veo la razón para dejar de consumir plantas medicinales mientras eso sucede. —¡Mamá mira quien ha venido a visitarnos! —Grita Beatriz desde la entrada. De una pequeña puerta salió una mujer con un vestido azul, su cabello estaba recogido en una trenza dejando visible su rostro amigable. Ella era Renata Wilson. Sus ojos brillaron cuando me vio, tal vez habían pasado ocho años, pero Renata al parecer no había olvidado a la niña revoltosa que solía jugar en la lluvia con su hija. —¡Violet! Niña es un gusto verte de nuevo —sus brazos me envolvieron en un cálido abrazo que no dudé en aceptar. —Ha pasado tanto tiempo —dije entre risas. Tan solo bastó ese saludo para que Renata colocara el letrero de cerrado para después traer un poco de té y galletas recién horneadas en el mostrador. Habíamos decidido que esa tarde sería para ponernos al día y entre risas y charlas surgió la conversación que más me temía. —¿Sabías que Violet está trabajando aquí en Londres? —Comentó Beatriz mientras a su madre. —¿De verdad? ¿Y para quién trabajas querida? —Tensé mis labios por un momento. —Trabajo en la mansión Radclyffe Grey —respondí finalmente. Puedo jurar que el ambiente agradable se había desvanecido por completo como el humo que salía de las tazas ¿por qué les causaba tanta impresión? Sin embargo, después de aquel acontecimiento con la anciana de la tienda de perfumes, podía esperarme cualquier cosa. —¿Sucede algo malo? Renata negó. —No es como si sucediera algo malo Violet... —Pero hay ciertos rumores que corren tras esa familia —concluyó Beatriz. —¿Qué clase de rumores? —Ambas se miraron entre sí. —Dicen que el hijo del conde es un hombre frío y sanguinario —murmura la madre de Beatriz como si temiese que alguien nos escuchara —además se dice que las jovencitas que suelen llegar a esa mansión, no siempre salen con vida. No pude evitar estremecerme dado a que tales rumores podrían ser ciertos puesto que sus propietarios son vampiros. —Esa familia es extraña —comenta Beatriz mientras le da un sorbo a su taza —los han visto salir de noche además de que tanto como el conde y su mujer son sumamente atractivos y no olvidemos a lord Sebastian. Ningún hombre no es tan buen mozo. —Beatriz, ser un buen mozo no significa que haya algo extraño. Ella se encoge de hombros. —¿Qué? Esa familia encaja perfectamente en la descripción de los vampiros —fue entonces cuando me atraganté con mi propio té. —¡Santo cielo Violet! ¿Te encuentras bien? —Cuestionó Renata al mismo tiempo que me ofrecía una servilleta. —Sí —respondí —supongo que esas no son más que tonterías, en estos tiempos pensar en ese tipo de criaturas sería muy absurdo. —Cuidado querida —comenta Beatriz con una sonrisa pícara. —¿Por qué te importa tanto la reputación de los Radclyffe Grey? O ¿es acaso lord Sebastian quien realmente te importa? —Nada de eso —niego —solo creo que es de muy mala educación inventar calumnias sobre una familia que es ajena a nosotros. Después de mi respuesta nadie se atrevió a tocar el tema de nuevo y la hora del té transcurrió en silencio. Miré el reloj y noté lo tarde que era, tal parece que mi estadía con las Wilson estaba a punto de terminar. —Debo irme —dejé a un lado la taza y mi puse de pie —agradezco mucho su hospitalidad. —Violet, antes de que te vayas ¿podrías acompañarme un momento? La petición de Renata me pareció extraña; sin embargo, no pude negarme. Ella me condujo hacia unas escaleras que llevaban a un sótano, supongo que es ahí donde el padre de Beatriz suele guardar los suministros que ocupa para las medicinas. El lugar era amplio y sombrío, dentro había una fila de estantes que contenían diversas botellas de vidrio además de que era lugar con una extensa variedad de olores. Unos eran dulces y otros de con aroma a cítricos, quien prestara atención podía percibir el aroma a almizcle y miel. —Bienvenida querida —dijo Renata —seguramente te estarás preguntando porque te traje aquí ¿verdad? —no me atreví a contradecirla porque estaba en lo cierto. —Dado a que es un día especial, quiero hacerte un obsequio. —¿Obsequio? Ella asiente. —No solo hacemos medicinas aquí, querida. También hacemos perfumes y ya que eres una vieja amiga de la familia quiero darte esto. —Renata me entrega una botellita con un líquido transparente —Una exquisita fragancia para una bella dama —no pude evitar sonrojarme al escuchar el mismo apodo que Sebastian usaba conmigo. Me deshice del corcho de la botella y la llevé hasta mis fosas nasales, al principio no puede detectar ninguna clase de aroma o eso creí cuando un aroma cítrico y vivo llamó mi atención. —¿Qué aroma es este? —Pregunté mientras sostenía la pequeña botella de cristal. —Es verbena, querida. Admiré la fragancia una vez más, era la primera vez que conocía un perfume con aroma tan exquisito. Mientras me embelesaba con tan extravagante aroma, no me percaté que Renata había acariciado el collar que colgaba de mi cuello. —Es una bella joya la que cuelga de su cuello —halagó. Instintivamente mis dedos acariciaron la hermosa piedra —¿Dónde conseguiste tan exquisita gema? —Fue un obsequio —mentí, es más un recordatorio de que soy prisionera de Sebastian. —Ese joven de quererla mucho para darle semejante obsequio —Renata me dirigió una sonrisa nostálgica —no se trata del hijo del conde o ¿sí? —No. —Sabes, inviernos atrás nuestros ancestros solían ejecutar a doncellas que tuvieran bajo su poder una gema semejante —comentó. —¿Una vida por una simple gema? —algo me decía que debía marcharme, pero mi curiosidad deseaba ser saciada. —No solo era una gema cualquiera; se dice que años atrás solo los vampiros eran los únicos que solían llevar gemas como esas, dicen que fue un obsequio del mismo infierno —inició. Es un collar mágico. Había dicho Sebastian. —Es solo una leyenda. —Tal vez no creas en la historia querida —su rostro reflejaba miedo y desesperación de una manera que me hizo estremecer —sin embargo, créeme cuando te digo que ya he visto esa joya antes en otra dama y todos en la ciudad conocen de su trágico final, solo espero que no sea tu caso —mordí mi labio inferior, ya había escuchado suficiente como para permanecer un segundo más ahí —pero no le hagas caso a una vieja como yo —dijo haciendo un ademán —espero que lo uses en una ocasión especial —Renata miró la pequeña botella con un líquido transparente. Inmediatamente el aroma a cítricos golpeó mi nariz. «Verbena» —La planta del amor o de los amantes. —No sabía que la verbena fuera llamada de ese modo. —Se dice que quien use la verbena amará y será amada por el resto de la eternidad —miré aquél líquido blanquecino —o en todo caso podría ser un arma letal para seres que no son de este mundo. —Gracias señora —respondí y en menos de unos segundos ya me encontraba afuera de la tienda. «Que reunión más extraña» [...] Greta cepillaba mi cabello mientras yo mantenía la mirada perdida en mi reflejo. ¿Qué fue aquello que sucedió en la ciudad? Todavía podía escuchar las palabras de Renata en mi cabeza. —No debe preocuparse mi lady —los ojos de Greta se fijaron en los míos a través del espejo —solo son personas atemorizadas por absurdas leyendas. —Desde que llegué a este lugar han sucedido cosas extrañas —tan solo de recordar lo acontecido, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Una vez finalizada su tarea, Anna y Greta salieron sigilosamente tal y como habían entrado dejándome sola de nuevo, solo que está vez el sol se había comenzado a poner. «Violet» Escuché a alguien decir mi nombre en las sombras. —¿Quién está ahí? —Pregunté temerosa; sin embargo, no había nadie. El sol comenzaba a ocultarse y la oscuridad comenzaba a cubrir mi habitación, así que inmediatamente encendí una vela, la cálida luz alumbró un poco la espesa penumbra dándome un poco de tranquilidad; sin embargo, esa sensación duró poco tiempo ya que de un momento a otro me percaté de como una sombra se encontraba en el fondo de la habitación. —¿Sebastian? —Llamé, pero no hubo respuesta, llevé una mano a mi cabeza, después de todo aún estaba débil y tal vez la pérdida de sangre me esté haciendo ver alucinaciones. Tomé la vela y me dirigí hacia la mesita en la que me encontraba leyendo hace unas horas, hasta que sentí como alguien respiraba cerca de mi cuello, inmediatamente me di la vuelta quedando frente al espejo. «Violet» Llamaron de nuevo, giré mi cabeza sin encontrar a nadie, solo la habitación vacía. Regresé la mirada al espejo encontrándome con el reflejo de una mujer rubia vestida con un camisón blanco, sus ojos eran del color de la sangre y sus colmillos amenazaban con clavarse en mi cuello. Mis manos dejaron caer la vela y sin poder evitarlo un grito desgarrador salió de mi garganta, de pronto unas manos me tomaron de los hombros provocando que gritara una vez más. —¡Violet mírame! —Pero yo seguía luchando por zafarme de su agarre —¡Violet mírame! Soy yo. Sebastian. —Sebastian —repetí y sin pensarlo dos veces me aferré a su cuerpo. —¿Qué ha pasado? —Preguntó preocupado al verme en semejante estado. —Yo...la vi...—pero los sollozos no me dejaban articular una oración coherente. —¿A quién viste? —Insistió. —Vi a una mujer en el espejo —Sebastian abrió los ojos sorprendido y una vez que me dejó en la cama comenzó a inspeccionar la habitación. —Aquí no hay nada. —Imposible, yo la vi —Sebastian se puso a mi altura y comenzó a acariciar mis brazos. —Esta mansión es muy antigua y tal vez por eso algunos creen ver cosas — explicó; sin embargo, no estaba muy convencida —cuando te escuché gritar creí que algo te había pasado, no vuelvas a asustarme así. —¿Cómo entraste? La puerta solo puede abrirse por dentro —él sonrió de lado mostrando su perfecta dentadura. —Es uno de los dones que poseemos los vampiros —me sorprendió su respuesta —podemos movernos a una velocidad sobrenatural. —Todo en ti es sobrenatural Sebastian —una ligera sonrisa se asomó en sus labios. —Estás hermosa —dijo de repente. —Gracias —susurré. —No me equivoqué cuando dije que no cualquier mujer posee tal belleza —nuevamente mis mejillas se sonrojaron. La mano de Sebastian acarició mi mejilla y enterró su nariz aspirando mi aroma, creí que iba a morderme, pero sorprendió cuando se apartó de mí repentinamente; su ceño se frunció ligeramente como si algo le hubiera molestado. —¿Qué sucede? —Ese aroma —respondió. —Es verbena. —¿Quién te la ha dado? Por más que trataba de contenerse podía notar la furia en su rostro como si algo le molestara, pero lo que más me ha asustado fueron sus ojos carmesíes. Sebastian había revelado ante mí su verdadera naturaleza provocando en mí un atisbo de miedo que me carcomía. —Lo repetiré una vez más Violet ¿quién te ha dado eso? —Lo conseguí en el pueblo —mentí, no podía poner en riesgo a Beatriz o a su madre. Sebastian me miró unos segundos como si quisiera comprobar que decía la verdad y al mantener mi postura finalmente se dio por vencido después de todo no mentía, el perfume lo conseguí en el pueblo, más nunca dije quién me lo había dado. —No entiendo porque te ha alterado un simple perfume. Él me mira, pero esta vez sus ojos han vuelto a ser del color del cielo como si nada hubiese pasado. —Hay una leyenda, la cual cuenta la historia de un vampiro que se enamoró de una bruja —inició —cualquiera que los viera pensarían que eran el uno para el otro; sin embargo, él no la amaba con la misma intensidad, así que, con el paso de las estaciones aquel vampiro desapareció sin dejar rastro rompiéndole el corazón a la bruja. Eso fue lo peor que pudo haber hecho. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo, era como si el relato de Sebastian cobrara vida en ese momento. —La bruja estaba destrozada y aquel dolor provocado por su amante hizo que su alma fuera arrojada a la oscuridad surgiendo así la magia negra —abrí mis ojos debido a la sorpresa —durante siglos la verbena había sido utilizada por las brujas como una planta sagrada, especialmente para los amantes, así que, la bruja maldijo a cada vampiro de la tierra con la verbena. Dijo que la planta que una vez significó su unión sería la encargada de destruimos; la verbena es un veneno para nosotros Violet. Llevé ambas manos a mi rostro cubriendo mi boca, no había forma de que no me sintiera culpable. —No tenía idea, yo solo... —No te aflijas mi bella dama —dijo con dulzura —estoy consciente que tú no lo sabías; sin embargo, no podría decir lo mismo de la persona que te lo ha dado —tragué en seco ¿acaso él ya sabía sobre Renata? —Ana y Greta me han informado sobre lo que ha sucedido en la ciudad. Últimamente la gente especula sobre nosotros y nuestra verdadera naturaleza es algo que debemos mantener en secreto. —¿Es por eso que te ausentaste esta mañana? —Me atrevo a afirmar —quiero decir ¿por los rumores que corren en la ciudad? —Él asiente. —No deberías dejar que algo como eso te atormente, pero por ahora...—Sebastian toma la botella que contenía la fragancia de verbena y la arroja al fuego de la chimenea provocando que las llamas se aviven —por obvias razones ese aroma no es de mi agrado. —Yo, lo siento. —No es tu culpa; sin embargo, conseguiré una fragancia que sea digna de ti —Sebastian se acercó y depositó un beso sobre mis labios provocando que mi corazón latiera con frenesí. El efecto que tenía Sebastian en mí me asustaba ¿cómo es posible que mi cuerpo anhele a alguien a quien acabo de conocer hace unos días? —Ven —él me recostó sobre la cama dejando su brazo como almohada —no tengas miedo —susurró. —Yo voy a protegerte. Y con esas palabras me dejé llevar por el sueño.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD