3 semanas después. Sonreí cuando sentí unos delgados dedos recorrer con delicadeza mi espalda desnuda. Mis dedos se enterraron en la almohada y ronronee como una pequeña gatita cuando los dedos se deslizaron hacia el hueco de mi cadera y formaron un infinito. —Señora Tarasova, es usted la mujer más hermosa que he visto. Abrí los ojos lo justo para ver su perfil iluminado por la tenue luz que se filtraba entre las cortinas. Parecía estudiarme, como si quisiera memorizarme con la punta de sus dedos. —Eso suena a mentira piadosa —dije, mi voz aún cargada de sueño. —Eso suena a que no crees en los halagos —replicó, su dedo dibujando un lento espiral en mi cadera—. ¿Siempre eres tan difícil de convencer? Me giré sobre la cama, las sábanas deslizándose por mis senos mientras me acomodaba e

