Llevé al equipo a almorzar a un pequeño restaurante italiano que había descubierto hacía poco. El ambiente era acogedor y la comida tan deliciosa que casi podía competir con la lasaña de Milenka. —Signora Tarasova, è un piacere rivederla. El dueño, el señor Mancini, rra un hombre afable que llevaba tres décadas en el país y apenas ese año, animado por sus hijos, se había atrevido a abrir su propio restaurante. Lo había conocido gracias a Alexander, que insistía en salir a cenar todos los domingos para que yo no cocinara. (Aunque sospechaba que lo hacía más para evitar lavar los platos). La mayoría de esas cenas eran aquí, y con el tiempo no solo nos apropiamos de una mesa en particular, sino que también me hice amiga del señor Mancini, quien terminó contándome la historia de su negocio.

