El silencio cayó como una losa, pesado e implacable. —Quieren dejarte viuda. Las palabras rebotaron en mi cabeza, una y otra vez, como un eco cruel que se negaba a extinguirse. Como si no pudiera entenderlas del todo. Como si, en el fondo, no quisiera hacerlo. —No… —musité, pero la voz me salió débil, rota. Apenas un susurro. Alexander.Mi esposo. ¿Matarlo? Un escalofrío recorrió mi espalda, y el frío se deslizó por mis extremidades, aferrándose a mis huesos como escarcha. —No… no pueden matar a Alexander… es como un jodido presidente. —Ya han matado presidentes, Olivia. Cerré los ojos, deseando que la oscuridad los protegiera de esa verdad. Pero el frío permanecía, aferrado a mí como un presagio. —Escúchame… debes desaparecer. Ven conmigo a Alemania. Te mantendré a salvo. Huir.

