El primer sentido que regresó fue el oído. Un zumbido lejano, como el que queda tras una explosión. Luego, voces. Difusas. Alteradas. Como si estuvieran hablando bajo el agua. —...respira. Vamos, niña, respira... Quise mover los labios, pero el cuerpo no me respondía. Sentía la garganta raspada, como si alguien la hubiese lijado por dentro. El pecho me ardía. Todo ardía. El mundo entero se reducía a una presión opresiva en el centro del pecho. Y entonces, una bocanada de aire. Mi cuerpo reaccionó con violencia. Tosí, jadeé, me arqueé involuntariamente. El aire entró como cuchillas oxidadas por mi tráquea inflamada. Me invadió un temblor, uno profundo, visceral, como si acabara de volver del borde del abismo. —¡Está viva! —gritó una voz masculina, aliviada, pero cargada de rabia conte

