—¿No vas a tomarlas? Su voz me arrancó del trance, devolviéndome al presente con la sutileza de un rayo. Parpadeé, esbozando una sonrisa, y acepté el ramo de tulipanes moradas y amarillas con manos que temblaban apenas perceptible. —Gracias… —murmuré, permitiendo que su aroma embriagara mis sentidos. Los colores vibraban como un cuadro impresionista, cálidos y vivos, tan hermosos que dolían. Era la primera vez que alguien me regalaba flores, y el gesto —tan simple, tan inesperado— me atravesó con una ternura desconocida— Son, de hecho, mis flores favoritas. ¿Cómo lo supiste? La pregunta salió de mis labios antes de que pudiera detenerla. En el instante en que lo hice, lo vi: la contracción de su frente, la sombra fugaz que cruzó en sus ojos. Y entonces lo entendió. —En verdad nunca te

