Nyx se detuvo en seco al ver a Miranda salir del vestidor, y por un momento, la habitación quedó sumergida en un silencio de admiración. Se veía hermosa, con una belleza que parecía herir la vista de lo perfecta que resultaba. El vestido de encaje fino le quedaba como si hubiera sido tejido sobre su propia piel; las mangas largas estilizaban sus brazos con una delicadeza aristocrática, mientras que el escote de corazón acentuaba sus pechos de forma sugerente pero elegante. Tenía el cabello ligeramente recogido en la parte superior, dejando que el resto cayera sobre sus hombros como una cascada de seda. Sus labios, pintados de un rojo intenso, se veían más carnosos y tentadores, creando un contraste violento con la palidez de su rostro y sus ojos azules, que esa mañana tenían la profundidad

