Suelo ser un caballero

2067 Words
—Me resulta muy interesante, cómo es que ahora me miras con miedo, cuando anteriormente, me estabas mirando con altivez. —Ladeo mi cabeza sin dejarlo de mirar—. ¿Ya no eres tan valiente, Alex? —¿Lo dice quién no está atado de pies y manos? Asiento con una leve sonrisa en los labios. —Tienes razón. Suéltenlo. Mi orden es firme y todos en este sótano saben que deben contradecirme. Sigo mirándolo a los ojos mientras Dimitri corta las sogas. El miedo en ellos es inminente, notable. Incluso puedo olerlo y no me refiero al asqueroso olor que emana de su cuerpo. Está asustado, sabe que de aquí no saldrá con vida. Lo detallo y no puedo creer cómo es que Rebecca pudo prestarle atención a semejante basura. Y no me refiero al físico, porque ciertamente el tipo tiene lo suyo. Yo me refiero a sus actitudes. ¿Tan ingenua es? ¿Realmente es tan inocente como para no haberse dado cuenta de lo que este mal nacido hacia y pretendía hacer? —Creo que ahora si podemos conversar, ¿verdad? —No le bajo la mirada, pero si he notado que ya no está atado—. Eres libre, puedes incluso golpearme por haberte tenido aquí por tantos… —Chasqueo la lengua con fastidio—. Ya pedí la cuenta. A ver, Alex… conversemos un poco, por favor. —Yo no tengo nada que hablar contigo. —Yo considero que si tienes una conversación pendiente conmigo, querido… —Me yergo bajo su atenta mirada—. Una bastante interesante, de hecho. —Ni siquiera te conozco. —espeta con odio. Casi que le sale espuma de la boca. Está como rata acorralada y eso lo hace ver más de la mierda. —Pero yo a ti sí, Alex. Te conozco a ti y a tu novia, Verónica Miller. Conozco tus andanzas y sé muy bien que andabas enamorando a mi futura esposa bajo mentiras solo para follarla. Ah, y para entregarla, como si fuese mercancía, a los tres hombres que te visitaron aquella tarde en tu consultorio. Como si fuese una cita más que atender en un día común como cualquier otro. —declaro viéndolo palidecer, dejando de lado la sonrisa en mis labios, mirándolo con ganas de cortarles las manos—. ¿Creíste que no me enteraría? Me mira como si estuviera viendo a la muerte misma. Le mantengo la mirada, el silencio se entrona y reina en todo el interior del sótano. Hasta que el silencio es interrumpido por el sonido que hacen las gotas cuando golpean la madera. Enarco la ceja y lentamente bajo la mirada a su pantalón. Sí, el pendejo se ha orinado encima. Asco. —¿Creíste que una mujer tan hermosa como mi prometida, iba a andar paseando por todo ese hospital sin que yo no vigilara cada uno de sus pasos, Alex? —Me rio solo por diversión ante su ingenuidad. O muy estúpida confianza en sí mismo—. ¿De verdad creíste que ibas a cometer semejante acto de traición, sin pagar las consecuencias? Me inclino hacia él. —Puede que no me agrade la idea de tener en mi cabeza los recuerdos de los besos que se dieron en tu consultorio, pero eso no me desagrada tanto como el hecho de que ella confiaba en ti y tú solo pretendías entregarla por una miserable suma de dinero a tres hombres que solo iban a volverla mierda por morbo y venganza. —Yo…, yo…, yo no conozco a esos hombres… —Se defiende con palabras torpes, dejo que lo haga. Necesito oír una buena razón para no atravesarle la frente con una bala—. Ellos llegaron buscándome, me ofrecieron dinero a cambio de que llevara a Becky a… —Rebecca. Ella se llama Rebecca y es mi prometida. Asiente, desesperado y hasta se disculpa conmigo por su falta de respeto. —Ellos me pidieron que llevara a Rebecca… a tu prometida, a la dirección que me dejaron por escrito ese día, junto con el sobre de dinero. —Y tú pensabas hacerlo —Afirmo y él vuelve a asentir, temblando, angustiado—. ¿Por tan poco? ¿De verdad? Yo te hubiera ofrecido diez veces esos solo para que dejaras de codiciarla como lo estabas haciendo, querido… —Llevo mi dedo índice a mis labios y retrocedo pensativo hacia la mesa que está a mi derecha—. Es más, creo que te mereces esto por ser tan valiente. Agarro el maletín lleno de dinero y vuelvo hasta él para entregárselo en sus propias manos. Me mira confundido, receloso. La risita que Dimitri deja salir detrás de mí lo sobresalta, pero no suelta el maletín. —Ábrelo, te prometo que hay dinero dentro. —Yo no… —Vamos, no seas modesto —Le muestro mi mejor sonrisa—. Es tuyo. Te ganaste un dinero extra por negociar a mi prometida. Yo te doy más de lo que te ofrecieron a cambio de… bueno, de nada en realidad. Soy considerado. —¿Acaso…? —Traga grueso, no deja de dudar—. ¿Acaso puedo irme? —No. —Respondo tajante—. Te estoy ofreciendo dinero, no tu libertad. —¡¿Y qué se supone que haré con el dinero si no puedo salir de aquí?! Pierde el control, sus alaridos son música para mis oídos y aunque está desatado, no se atreve a tocarme. Él está en medio de un ataque de pánico. «No puedo creer que mi dulce prometida se haya fijado en semejante joyita». Vuelvo a inclinarme hacia él, pero esta vez no soy tan amable como al principio. El dedo índice se lo afinco en el pómulo golpeado con tanta fuerza, que el pobre grita, me maldice, pero no se mueve. —Con todo ese dinero vas a secarte la maldita sangre que vas a derramar por haber traicionado a mi mujer —siseo entre dientes con la sangre bulléndome en las venas—. Con cada maldito billete, vas a secar la sangre de las heridas que te haré. Y cuando se te acabe, vendré aquí a darte más dinero para que vuelvas a secar otra vez la sangre que yo mismo te haré derramar por haber traicionado su lealtad. —¡Eres un maniático! —brama desesperado—. ¡Eres un maldito psicópata! ¡Me tienes aquí solo por la puta de tu pro…! Le doy una bofetada que lo hace caer hacia atrás con todo y la silla. Y no conforme con la bofetada, soy yo ahora quien pierde los estribos. Veo rojo, mi pulso se dispara tanto como los latidos de mi corazón. Únicamente se escuchan mis golpes, sus gemidos e intentos de mierda por defenderse de la furia que ha desatado en mí con su insulto. «¿Quién carajos se cree? Nadie tiene derecho a faltarle el respeto a mi prometida. Yo soy el único que tiene derecho a todo sobre ella. Yo y nadie más». Otro golpe en su costado y alcanzo el maletín con dinero. No le mentí cuando le dije que había mucho dentro, que era suyo y que con él limpiará la sangre que derrame. Abro el maletín y dejo caer sobre su maldito cuerpo todo el dinero como si fuese confeti. Tiro el maletín a un lado y me yergo, mirándolo desde arriba con unas inmensas ganas de arrebatarle la vida de una vez por todas. Pero me contengo, porque para lo que tengo pensado, me conviene más dejarlo vivo. Retrocedo a medida que me quito los guantes. Los lanzo lejos de mí con asco al verlos manchados con su sangre. Paso mis manos por mis cabellos buscando regular mi respiración a medida que lo veo tirado en el suelo, vuelto mierda por la paliza que le acabo de dar. —Suelo ser un caballero… —Hablo al fin con voz contenida—. No soy de los que pierde los modales tan rápido y ataca a sus invitados a la primera desfachatez, pero ¡maldita sea! Te me has puesto en bandeja de plata, Alex. Comienzo a quitarme la camisa porque, gracias a la paliza, la he ensuciado también. —No te bastó con besar a mi prometida. No te bastó con tocarla. —Desprendo cada botón de mala gana—. No te conformaste con sus besos ni con los de tu novia, sino que también osaste aceptar llevarla a ese lugar para que alguien más se la llevara. —Lanzo la camisa sin ver a donde cae—. Y para colmo, te atreves a llamarla puta en mi propia cara. Me agacho hasta quedar en cuclillas frente a él. —¿Y te atreves a llamarme a mi psicópata? —Una risa seca dejo salir. Agarro uno de los billetes de cien dólares y lo acerco a su cara bañada en sangre. Sin un ápice de delicadeza, se la paso por el labio partido para limpiarlo y termino metiéndole el mismo billete en la boca—. Tú eres el psicópata, porque nadie en su sano juicio traicionaría la lealtad que una mujer como Rebecca Reed le otorga. Saco mis dedos cuando veo que ya no puede más. Hace a vomitar retorciéndose en el suelo lleno de billetes. —No eres mi persona favorita, pero ella te creyó. Ella confió en ti, cuando tú solo la vendiste por algo tan común como el dinero. Y eso, querido Alex, en mi mundo, se paga con sangre. Me levanto sin dejar de mirarlo. Está tan golpeado, que recuperarse a punta de pan y agua le tomará al menos unas cuantas semanas. Pero yo no soy un mal anfitrión. —Tráiganle lo necesario para que él mismo se cure esta noche. Solo esta noche. —ordeno con mis ojos fijos en Artem—. Por lo demás, que siga recibiendo el mismo trato de siempre hasta que se cure. Y cuando lo haga —deslizo la mirada hacia Dimitri—, podrás divertirte. —Gracias por considerarme. —No lo mates. —Mi advertencia lo hace sonreír—. Lo harás derramar la sangre suficiente y me llamarás. Yo vendré aquí y le daré más billetes para que limpie toda su asquerosa sangre de mi suelo, porque al final, eso era lo que quieras, ¿verdad, Alex? Fijo mis ojos en él, pero es imposible que me responda. Creo que hasta se ha desmayado a causa de mis palabras. O fue tanta mi paliza que lo he dejado inconsciente. El caso es que está vivo y eso es lo importante. Él quería dinero, pues yo se lo daré hasta que me ruegue de rodillas que le dé un disparo en la frente para acabar con su agonía. Tampoco le mentí cuando le reclamé por haber traicionado la confianza que Rebecca depositó en él. Solo el diablo sabe cuánto me he estado controlando por lo que ella ha hecho, aun sabiendo que no podía dejarse tocar por nadie más. Y aun en mi propia cólera, la estoy defendiendo porque no hay algo más importante para nosotros que la lealtad. Ella se la otorgó al dejarse tocar y besar. Al considerarlo alguien bueno, al verse con él en la cafetería del hospital, al acertarle las cursilerías de mierda que le dejaba en su consultorio cada mañana. Ella confió en ese malnacido y el muy desgraciado tenía novia y para colmo, aceptó unos miserables billetes para llevarla a donde los enfermos hijos de Wanda y Robert Reed querían. Rebecca no me quiere, me odia con todas sus fuerzas, No confía en mí, así como yo no confío en ella. No somos más que el pago de una deuda del pasado. Y no hay lealtad entre los dos que respetar más allá del pacto que la unió a mí, aun estando en la barriga de su mamá, pero ella es mía. De mi propiedad. Ella será mi esposa, llevará mi apellido y si yo dejo que cualquiera juegue con ella, ¿dónde quedan los principios de la Bratva y todo lo que me han enseñado? Nadie juega con la prometida del Pakhan sin pagar las consecuencias, por mucho que la misma prometida sea quien se equivoque en sus acciones. Ella pagará las consecuencias por confiar a la primera. Yo mismo me encargaré de eso.
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