No hay lugar para los sentimientos

3159 Words
Su cuerpo entero está tan tenso, que ni cuenta se da que está ejerciendo presión en mi cuerpo con sus piernas. Se siente rígida, bastante a la defensiva, que incluso me causa ternura el hecho de que ella considere que puede conmigo. No dejo de ver sus ojos verdes. Están tan cargados de odio, que no puedo evitar preguntarme si un día dejarán de verme de esa manera. Y no es que me afecte ni me importe en este momento, pero me resulta demasiado ofensivo que me culpe, que me señale como a ellos, que me meta en el mismo saco, cuando lo único que he hecho desde que la tengo a mi lado, es cuidarla, protegerla y velar porque nada le falte. «Ni siquiera un maldito helado de pistacho». Porque desde esa noche que maté a la puta por insultarla, solo porque ella se atrevió a irrumpir en mi despacho para pedirme ese maldito helado, un refrigerador ordené traer a esta mansión junto con cajas y cajas del maldito helado, nada más para que mi dulce prometida, pudiera cumplir sus antojos cuando quisiera sin tener que yo matar a las putas que busco para que calmen en mí una necesidad. Misma necesidad que ella está alimentando desde que duerme en mi cama y no se da cuenta. La misma maldita necesidad que en este momento está despierta, con un hambre inmensa, porque su cuerpo desnudo bajo el mío, me tiene con la v***a dura y con ganas de… —Ni se te ocurra apartar tus ojos de los míos, Vlad Romanov. —sisea con los dientes apretados, con las mejillas ruborizadas y pupilas dilatadas, sacándome de mis más turbios pensamientos—. Ahora, te vas a levantar y lo harás sin desviar tus ojos. Te darás la vuelta y te largarás de mi habitación. —Nuestra habitación. —La corrijo sin dejar de ver sus ojos verdes—. Te hice una pregunta. ¿Tan difícil es para ti responderme, Rebecca? —Tú no me respondiste hace un momento. Solo te sorprendiste al ver que tu prometida, fue capaz de acercarte una navaja a la cara sin el más mínimo esfuerzo. Y claro, sin malas intenciones —Me muestra una inocente sonrisa—. Estamos a mano, ¿no lo crees? —Estás jugando con fuego, Becky… —Para ti, soy Rebecca —escupe. —Para mí, eres lo que yo quiero que seas. —sentencio con firmeza, apretándole más las muñecas, afincándome más a su cuerpo con mis dientes apretados para que lo que me hace sentir, al menos, no se refleje en mi semblante. Suficiente tengo con la v***a dura en medio de mis piernas—. Eres Rebecca Reed. Eres mi dulce prometida. Eres mía. Serás mi esposa, mi Koroleva. Mi mujer. —digo con firmeza cerca de sus labios—. Y en cuanto lo seas por todas las de la ley, serás todo eso y lo que sea que mi cabecita se imagine. —Tú y tu imaginación asquerosa pueden irse al… —Cuidado con ese tono, Rebecca... —mi advertencia, la silencia—. Puede que te consienta en algunas cosas, que te acepte otras. Pero así como te doy y te consiento, créeme que puedo quitarte y volver tu existencia, un infierno. —Me quitaste todo lo que tenía —sisea con odio, con ese maldito odio que siente por mí—. Volviste mi vida un inferno desde que supe de tu maldita existencia, desde que entendí que no importaba lo que pasara, lo que hiciera… tú ibas a aparecer en mi vida para tomarme sin importarte un carajo si te amaba o no. —Aparecí para ayudarte —espeto con la sangre, bulléndome en las venas. —Apareciste para ser mi cruz. Apareciste para controlarme. Apareciste para mentirme. Apareciste para encerrarme en esta mansión. —Se acerca un poco, quedando al punto de rozar nuestras narices, nuestros labios—. Tú, Vlad Romanov, apareciste en mi vida para arrebatarme lo que más amo y eso jamás te lo perdonaré. —Ni se te ocurra culparme por algo que yo no comencé. —Pero lo terminaste. —Su cara se torna roja y sus ojos se cristalizan—. Le diste final a algo que no necesitaba acabar así. No me lo consultaste, no… —¡Porque no tengo que consultarte un carajo! ¡No tengo por qué consultarte mis pasos, Rebecca! ¡No tengo por qué exponerte lo que haga dentro de mi organización! ¡No tengo por qué pedirte permiso ni mucho menos saber tu opinión! —grito perdiendo mi paciencia. Le suelto las muñecas y me alejo de su cuerpo desnudo, de la cama, de su presencia. Paso las manos por mis cabellos, maldigo entre dientes por haber perdido los estribos con ella. Me jode hacerlo porque no quiero que ella conozca esa versión de mí, pero ¡maldita sea! Me la pone difícil, mi dulce prometida. Llevo las manos a mi cadera y cierro mis ojos con mi cabeza gacha. —Soy el Pakhan… —digo con voz más calmada, pero estando, totalmente cabreado por todo esto—. Y debo actuar como tal. —¿Cómo un hombre cruel, sin sentimientos? —Su pregunta, soltada con dolor, me saca una sonrisa bastante cínica—. ¿Cómo un hombre despiadado, insensible y sanguinario? «Si ella supiera». Me giro aún con mis manos en la cadera, sin borrar la sonrisa de mis labios. Esto es ridículo. Que ella me culpe por algo que al final, hice por ella misma, por su hermano, por el pacto que nos une, me jode. Me jode y me desquicia como no se lo imagina. Ella me culpa por algo que no hice. Y me odia por no haberla complacido esta vez. La miro a los ojos, esos ojos tan verdes que de alguna manera son un reflejo de los míos. No desvío la mirada, pero no significa que no note que está desnuda. La muy condenada no se cubrió al sentarse en la cama. Ella está con sus enormes tetas bien expuestas sin ninguna vergüenza. Y no es que me moleste, pero sin duda es algo que me incita a hacer cosas que no quiero. «¿No se cubre por un simple acto de rebeldía? ¿Por mostrarse impasible frente a mí? ¿O solo por ponerme a prueba?». Si es lo último, no le daré el gusto por mucho que la lujuria dentro de mí, me grite que deslice la mirada y detalle su cuerpo desnudo sin ningún escrúpulo. Puedo hacerlo. Puedo hacer eso y más, pero con mi linda prometida, dedo aprender a mover mis cartas. Rebecca no es tonta como quiere aparentarlo, lo sé. Lo veo en sus ojos cargados de una oscuridad que no expone del todo. Y lo que sea que alimente y detone esa letalidad en ella, sé muy bien que mi sola presencia es uno de esos detonantes. Me odia, no se molesta en ocultarlo, pero al carajo. Es mejor que le deje los puntos claros. Ya la he consentido demasiado estos días. Dos putas muertas en menos de un mes, es un récord para alguien que paga para que le mamen la v***a. —Cuando estás en el lugar donde yo estoy y no en la burbuja perfecta, esa en que te empecinas estar, comprenderás que no hay lugar para los estúpidos sentimientos, mucho menos para mostrar debilidad. —Avanzo un paso y juro que me fascina, que no recule, que no se cubra y que se mantenga con su mentón en alto, retándome, desafiándome—. Y si debo ser un hombre cruel, despiadado para proteger lo que me pertenece, lo haré. Me ensuciaré las manos, soportaré tu odio innecesario. Y sobre todas las cosas, Rebecca Reed, mataré a quien sea que se atreva a querer tocar lo que es mío. —Ellos siguen vivos. —Su odio crece con cada palabra que suelta—. Ellos siguen allá afuera, felices, con vida. Pero, en cambio… —¿Y quién te ha dicho que me refería a los malnacidos que atentaron en contra de sus vidas? —Enarco la ceja. Y no le doy tiempo a que me dé una respuesta. Dejo de mirarla y me dispongo a entrar al baño para darme una larga ducha de agua fría y de alguna manera, bajo la lluvia artificial, calmar el fuego que siento en mis venas. Si hay algo que tiene Rebecca Reed, que siempre ha tenido desde que la conocí a la distancia, es que sabe cómo dejarme sin aliento por su maldita belleza. Y también dejarme sin paciencia por su maldita lengua viperina. Situación que me hace replantearme quién es ella en realidad, porque hay momentos donde actúa dulce, inocente, ingenua… y hay otros como estos donde se muestra con una fiereza que me pone dura la v***a. «¿Acaso quiere volverme loco? Aunque, loco, ya me tiene». No sé qué carajos despertó en mí ese día, que el sentimiento de posesividad neandertal apareció de una manera aberrante que ni yo mismo conocía y que me cuesta controlar. Por años la he mirado de lejos, la he cuidado y me he encargado que nadie se atreva a tenerla más a allá de unos simples besos insulsos. Y con cada beso que presencié, más loco me volví. A veces me pregunto si tengo problemas psicológicos como Dimitri o es simplemente mi propio egoísmo el que no me permite soltarla. Como sea, ella es mía, de mi propiedad y de nadie más la tendrá. Ya luego lidiaré con su odio en mi contra, con su actitud malcriada y con el hecho de que me considere culpable de algo de lo que no soy responsable. Sé que lo que hice le duele, que se sintió traicionada por no haberle consultado, pero como le dije: Yo soy el Pakhan y no tengo por qué estar preguntándole absolutamente nada. Abro la llave y me meto bajo el agua con mis ojos cerrados. Sé que un par de minutos aquí dentro me ayudará a recomponerme y volver a ser ese Vlad imperturbable que soy. Salgo de nuestra habitación vestido y listo para ajustar una cuenta pendiente que aún no he ajustado por todo esto del funeral. Sin mencionar el ataque que nos hicieron al salir del cementerio. Mi dulce esposa no estaba en la habitación cuando salí del baño, pero en su ausencia, dejó el aroma de su bendito perfume que tanto me desquicia, impregnado en todo el ambiente. Entrar a nuestro vestidor y tener que vestirme con la tortura de su perfume, fue un jodido dolor de cabeza. Mientras más lo olía, más pensamientos sucios tenía, más mi imaginación volaba y más dura se me ponía la v***a. «Aún sigue dura y me niego a calmar el deseo en su honor». Y algo de lo que también me he estado negando, es en pedirle que ordene de una maldita vez su ropa, porque la señorita se empecina en tener las maletas en un rincón. A este punto, juro por la memoria de mi sagrada madre Naniko, que yo mismo abriré cada maleta y ordenaré con mis propias manos cada prenda donde corresponde. Bajo las escaleras, viendo la hora en mi reloj. Maldigo para mis adentros porque aún faltan muchas horas para que la noche llegue. Antes de ella, era el tipo de hombre que no estaba pendiente del tiempo, únicamente de trabajar y de solucionar, enfrascado en dirigir una organización y las empresas que uso para ocultar lo que soy. Junto con la mierda que pasó esa noche, cuando se supone que nos íbamos a ver para casarnos de una maldita vez. Pero desde que Rebecca Reed llegó a mi mansión, desde que duerme en mi cama, cuento en silencio las horas solo para saber cuándo debo regresar. Solo para verla dormir. Solo para inhalar el aroma que emana de su piel. Solo para meterme en nuestra cama y disfrutar de su cuerpo a pocos centímetros del mío. Solo para ser un maldito obsesionado que no deja de admirar en silencio el trofeo que desde pequeño le dieron. Dimitri me llama demente por ver y no tocar. Yo lo considero un acto inteligente de mi parte, porque los trofeos no son para tocarse, no son para mancillarlos. Son para tenerlos dentro de una caja de cristal muy seguros, hermosos, protegidos y limpios para poderlos mostrar. Además, sé muy bien que si toco, perderá su valor. Y considero que mi dulce prometida es demasiado hermosa para que, por mis manos manchadas de sangre, deje de valer. «Ella se ve bien linda en el pedestal que está». Cuando estoy por llegar a la sala, el sonido de su voz capta mi atención. Y junto a la suya, una voz bastante antipática que me produce urticaria. «¿Por qué la puta exclusiva de mi mano derecha sigue aquí?». Ambas dejan de reírse al reparar en mi presencia. Gabrielita mantiene su sensualidad por mucho que haya dejado de reírse, pero con una leve sonrisa en sus labios. Bate sus pestañas y hasta se acomoda el cabello con elegancia. «Sinceramente, no sé cómo Christopher tolera a esta mujer». Dejo de verla, me arrepiento por haber perdido escasos segundos en ella. Deslizo mi mirada hacia mi prometida y ella me mira como si yo fuese su peor enemigo. Un cruel monstruo que ha destruido su perfecta vida de chica consentida. «Quizás al final si soy eso que ella considera». —¿Dónde está tu hermano? —Mi pregunta es mordaz, no tengo ánimos para ser amable. La miro impasible a los ojos, ella no me responde. Ni siquiera muestras signos de querer moverse y podría hasta apostar que no está respirando, porque la muy malagradecida debe estar pensando en mil maneras de joderme la existencia, solo porque se empecina en odiarme con todas sus fuerzas. —Chris está en la casa de atrás con… —¿Te lo he preguntado a ti? —La miro con ganas de matarla por creerse con derecho a dirigirme la palabra. Gabrielita palidece, se remueve—. Estoy hablando con mi prometida, no contigo, querida. Deslizo mis ojos hacia donde está Rebecca nuevamente. Y sí, ella sigue mirándome con odio. —¿Dónde está tu hermano, Rebecca? —Está en la casa de atrás con tu hermano y los demás. —Su mirada es tan rencorosa como el tono con que me responde—. ¿Alguna otra pregunta, Vladimir? Te puedo mostrar el camino… ¿O sabes llegar por tus medios hasta allá atrás? «Sigue hoy con tu altanería y la pagarás antes de dormir, Rebecca Reed». —No, gracias. Avanzo sin mirarla, sin esperar a que me de réplica y ni siquiera sé porque le agradezco. Ella no merece que le agradezca un carajo por cómo se ha estado comportando. Ha sido una insolente. Una completa malcriada. Una malagradecida que solo busca odiarme porque no puede lidiar con lo que sea que le esté pasando. Ella ha sido una chica muy volátil y estoy en un punto donde quiero darle unos azotes en el culo con mis propias manos por su manera de tratarme. «Sí, eso quiero. Azotarla hasta que gima mi nombre». Deshago el pensamiento de mi cabeza y maldito entre dientes por lo animal que ella me hace sentir, con sus actitudes tan… ni siquiera sé cómo describirlas. Por un momento es la Rebecca, dulce, aparentemente ingenua, inocente. Y al otro momento, es una Rebecca bien viperina y mordaz. «Me confunde. Ella me tiene confundido y algo me sigue diciendo dentro de mí, que lo que quiere es volverme loco». Trueno mi cuello y avanzo hacia la otra propiedad que tengo detrás de la mansión que dejo atrás con cada paso que soy. No estoy en Rusia, desde hace años que vivo aquí. En esta propiedad que compré a mis veinte años y que comencé a remodelar para que fuese igual al hogar donde crecí con mis padres, mis hermanos y el resto de mi familia allá en Rusia. Intenté que la replicaran lo más posible a ese hogar que recuerdo como si apenas anoche fue lo que dejé. Un hogar donde pasamos tantas cosas como familia y que aún sigue siendo una fortaleza y el centro de las operaciones de la familia Romanov en cuanto a la Bratva. No fue fácil para mí adaptarme al cambio, pero de alguna manera, esta mansión y sus miles de metros de construcción, me hacen sentir como si estuviera en mi verdadero hogar. Excepto por la propiedad a la cual estoy por entrar. En Rusia sigue siendo la casa de mis padres, esa donde ellos realmente tienen su espacio para ser lo que son. Dos almas desquiciadas, totalmente enamoradas. Aquí, es mi matadero, aunque por fuera y también por dentro, parezca y luzca como un lugar bastante hogareño. Lo cierto es que bajo la inmensa casa, hay una especie de sótano bastante amplio y preparado para meter a las ratas y hacerlos pagar. O simplemente para invitarlos a tener una agradable conversación. «Y justo ahora yo estoy por tener una con un hombre que ha sabido joderme la paciencia con su presencia». Uno de mis hombres me saluda con una leve reverencia. Se dispone a abrirme la puerta y yo le agradezco en tono neutral. Soy un maldito mafioso, pero los modales siempre son importantes. Bajo las escaleras hacia mi lugar favorito, arremangándome las mangas de mi camisa negra. Sonrío en cuento oigo la sonrisita de mi hermano Dimitri. Sé lo que quiere, lo que desea. Cuando ríe de esa manera, es porque ya ha pensado en al menos diez maneras diferentes de torturas solo para jugar por entero placer, ni siquiera porque quiere sacarle información a nuestros invitados. Dimitri quiere un poco de diversión antes de hacer las preguntas adecuadas, pero de este invitado me encargo yo. Cuando sus ojos me miran, los ensancha y yo sonrío satisfecho porque él sabe a lo que ha venido. Me acerco a él bajo su atenta mirada. Dimitri extiende su mano para entregarme mis guantes negros de cuero y sin detenerme, me los pongo, sintiéndome bastante curioso por lo que tiene para decirme. Está un poco golpeado, pero solo porque se resistió al comienzo. Huele de la mierda porque tiene varios días aquí dentro. Solo le han dado pan y agua para que no pierda el conocimiento y este lo bastante consiente para este momento. Me agacho quedando en cuclillas sin dejar de mirarlo. Extiendo la mano y con el dedo índice, toco el golpe que tiene en el pómulo. Se echa hacia atrás, intenta evitar que lo toque, pero no me detengo. Y en vez de seguir tocando el golpe que tienen, le doy una bofetada que retumba en todo el sótano. Sonrío, porque la satisfacción es inmediata —Hola, Alex.
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