Tensión y más preguntas

3784 Words
Cada disparo es certero. El aire está cargado de pólvora con los disparos resonando a nuestro alrededor como una tormenta implacable, al igual que los gritos de Rebecca. La adrenalina en mi sistema está en su máximo nivel. Me mantengo en mi posición mientras disparo, viendo cómo cada cuerpo cae desplomado en el suelo, con cada latido de mi corazón, recordándome que estamos en peligro, por mucho que ya sabía que algo como esto sucedería. Mis ojos recorren el caos que nos rodea. Los enemigos están por todas partes, sus siluetas se mueven, pero no son rápidos como nosotros, ni más que nosotros. La adrenalina corre por mis venas, agudizando mis sentidos. Justo ahora, no hay espacio para el miedo, solo para la acción. Algo me decía que este día no lo iban a dejar pasar, que estarían esperando en algún punto para interceptarnos y atacarnos. Por eso la orden de camionetas blindadas, por eso la orden de que todos estuvieran atentos, armados hasta los dientes. —¡Cúbrete, carajo! —Le grito a Christopher, viéndolo cómo se aferra a su arma con determinación. Como si no tuviera una herida reciente, como si el desgraciado no acabara, apenas, haces unos días, volver de la muerte. No está en condiciones hoy de dar pelea, y lo sabe, pero no baja su arma. En cambio, es astuto al cubrirse aún desde donde está y, como está, no deja de desplomar un cuerpo tras otro con su puntería. Los disparos continúan, y puedo sentir cómo las balas impactan la camioneta, donde sigue Rebecca adentro, oculta, llamándome con mucha fiereza. Y más le vale que se calme antes de que me joda la paciencia con su algarabía. Porque puede que la entienda un poco, que comprenda su estado alterado, porque esto es como un déjà vu y se siente acorralada, afectada por el recuerdo de esa noche, por las malditas pesadillas a las que he tenido que sacarla arrastras para que reaccione, pero más le vale que se calle. Y acepto que pude haber tomado otra vía, pude haber evitado este encuentro, sus peores miedos, pero me resultó más divertido verlos caer en su propia trampa, así ella esté siendo la víctima de la suya propia por esos mismos miedos. Aunque, reconozco que no contaba con que atacaran la camioneta de sus tíos. Eso fue lo único que no consideré, porque no tiene ningún sentido que el camión impactara contra ellos y no contra nuestra camioneta o la de mi mano derecha o hermano. Por eso estoy que me lleva el diablo, por esto no me interesa volarle los sesos en seco. Porque mi prometida está gritando como loca, aturdida, llorando, mientras esos desgraciados intentan huir como ratas después de semejante desfachatez. «¿Qué necesidad de ir ahora contra ellos, si ya apartaron de su camino a los Reed?». Mis manos se aferran al arma con fuerza, al punto de que los nudillos se tornan blancos por la tensión. Cada movimiento que doy es calculado, cada disparo que suelto es una maniobra para mantener con vida a la malcriada que está dentro de la camioneta. La autopista se ha convertido, en segundos, en un campo de batalla y yo estoy en medio, manteniendo a salvo a la princesita que no deja de llorar, de chillar mi nombre ahí dentro. —¡Vlad! ¡Vlad! —grita mi nombre otra vez en cuanto avanzo un paso, pero no me detengo. Como bestia avanzo hacia mi presa—. ¡Vladimir, ven aquí! ¡Vlad, no me dejes sola, carajo! Descargo mi arma para demostrarle al maldito que viene, que no necesito de ella para defenderme. Sonrío de lado cuando tira la suya de mala gana. El primer golpe lo esquivo con la misma rapidez con que impacto uno en su rostro. El maldito gime, pero no se detiene. Me lanza otro golpe, el cual también esquivo, y cuando le doy el segundo en su costilla, que cae al suelo, se levanta sacando un cuchillo de su costado. —Rata tramposa —Escupo a sus pies con desagrado. —Somos ratas del mismo caño —espeta, en posición de ataque. Niego. —Jamás seremos iguales… —Avanzo dispuesto a enfrentarlo—. Yo estoy por encima de la cadena alimenticia. Mientras que tú y tu gente… están debajo de la mesa, comiéndose las sobras, la mía. El grito que deja salir cuando se lanza hacia mí es el de un guerrero que va directo a su final. Lanza el cuchillazo directo a matar, pero logro jugársela nuevamente. Me inclino y lo cargo en peso por las piernas con todas mis fuerzas hasta levantarlo por completo. Y de un movimiento a otro, estampo su cuerpo contra el pavimento, dejando salir un bramido parecido al de una bestia que despierta después de haber estado quieta en su cueva. El sonido de su cráneo al romperse es música para mis oídos, me causa satisfacción la sensación que produce en mí y, aunque estoy jadeando una y otra vez, me quito de mala gana la corbata que, justo ahora, me estorba, siento que me asfixia. Aun de rodillas ante el cuerpo del hombre que creyó vencerme con un chiquillo, veo cómo la sangre se esparce en el pavimento, formando un enorme charco. Los disparos han cesado, el humo sigue en el aire, dejando mis ojos un poco empañados. Siento el sudor y la sangre en mi frente, en toda mi cara. Y cuando voy a alzar mi brazo para limpiarme de la manga de la manga de mi traje, siento la punzada en la espalada. —Maldita sea… —Siseo y me levanto. Veo a Dimitri junto a Artem acercarse hacia mí a paso rápido. —¿Alguno de ustedes está herido? —Niegan—. Pues parece que yo sí. Creo que el hijo de puta me ha enterrado el cuchillo en la espalda antes de que lo tirara al suelo. ¿Lo demás? —Chris está con sus tíos, los está ayudando a salir de la camioneta —responde Artem. —¿Están heridos? —No. Solo algunos golpes por el impacto, pero nada grave —me dice Dimitri—. Esos hijos de puta no saben lo que les espera, Vlad. Asiento con mis dientes apretados y fijo mis ojos más atrás de ellos dos y a unos cuantos metros, veo la camioneta volcada, más las demás estacionadas a orilla de la carretera. Mis hombres están recogiendo los cuerpos y, por primera vez, agradezco que el camino a casa sea solitario debido a la zona donde está mi mansión. No hay civiles, no hay inocentes que lamentar. Solo ratas que desaparecer. Puedo notar a lo lejos cómo el tío de Christopher ayuda a su esposa a salir, mientras que su hija, la policía, está pegada al teléfono. —No te muevas —ordena detrás de mí y su dulce voz, no parece tan dulce esta vez. Giro mi cuello por reflejo hacia mi derecha para ordenarle que vuelva a la maldita camioneta, pero es inútil. Rebecca Reed ya está detrás de mí. —Maldita sea… —Siseo entre dientes, ante el dolor lacerante que siento. No despego mis ojos de los suyos y me parece un descaro que, después de lo que me ha hecho, ella siga mirándome impasible—. ¿Por qué? Me giro por completo para quedar frente a ella. Rompe el contacto visual conmigo, ahora mira el cuchillo que sostiene en la misma mano que ha usado para sacármelo con todo el placer del mundo. Porque a mí no me engaña, ella disfrutó lo que hizo y por mucho. Continúa mirando unos segundos el cuchillo y luego fija sus ojos verdes en mí. —Logró enterrarlo al menos siete centímetros de profundidad, quizás menos. No es para tanto —espeta y me pasa por el lado. La sigo con la mirada volviendo a mi posición inicial. —Te hice una pregunta, Rebecca. Se detiene en seco y, cuando se gira para verme otra vez, lo hace de una manera tan letal, que juro que me pone dura la v***a. —Ah, eso… —Desliza la mirada al cuerpo del maldito que venía dispuesto a acabar con los dos y con la misma letalidad, la desliza hasta volver a verme a los ojos—. Es para que aprendas que cuando tu prometida te pide que no la dejes sola. No la dejes sola, Vladimir Romanov. Continúa su taconeo con frente en alto, como si hace un par de minutos atrás, no estaba gritándome asustada, totalmente desesperada, para que no la dejara sola e indefensa dentro de la camioneta. La sonrisita en los labios de Dimitri me jode, se lo demuestro con la mirada que le lanzo. Pero él sigue sonriéndome, a diferencia de Artem, que sabe que no estoy para soportar a más de uno hoy. —Ya saben lo que tienen que hacer con este desastre —espeto y avanzo para ir a ver cómo están los tíos de la altanera de mi prometida—. Quemen sus cuerpos. —Me quedaré con la mano del maldito que creyó ser más ágil que yo —suelta mi hermano y me detengo para verlo—. Se la corté y quedó sosteniendo su daga. Eso puedo usarlo más adelante. Solo niego sin ánimos de debatir esto. Su mala costumbre de coleccionar alguna extremidad de sus enemigos, es una mierda mental que jamás entenderé. Que él siga debatiendo sus fascinaciones peculiares con el psicólogo, mientras haga el trabajo, por mí... que se quede con lo que le dé la maldita gana. Cuando llego con los Rogers, me basta la mirada de mi mano derecha para entender que al llegar a la mansión, él no se irá a la cama a descansar. También cuando veo la mirada que me lanza mi prometida, comprendo que al llegar a casa, seguirá con la misma perra actitud. Lo que ella no sabe, es que también al llegar, tendrá conmigo una interesante conversación muy importante conmigo. Me mantengo quieto mientras el doctor sutura la herida que ese maldito logró hacerme cuando lo cargué. El ambiente ha estado demasiado tenso en el salón, el silencio es solo una calma antes de la tormenta, lo sé. Desde que llegamos a la mansión, no he dejado de dar órdenes y solo el hombre que está sentado frente a mí, mirándome con cautela, estudiando cada uno de los pocos gestos que le ha demostrado mientras me ha estado hablando, sabe lo cabreado que estoy por dentro, aunque no lo aparento. —¿Crees que lo de hoy, tenga relación con esos bastardos? —De ser asi, ¿por qué atacar ahora a tus tíos? —Caroline, ¿tal vez? —Su pregunta es irónica—. Ella fue quien le disparó a Rober aquel día en esa bodega, ¿lo recuerdas? Asiento, por supuesto, que recuerdo absolutamente todo ese pasado, porque mi propio padre se encargó de decirme todo sin dejar detalles al aire. Lo hizo porque sabía que este día llegaría. Lo hizo, para yo no andar a ciegas de presentarse este momento. Mi padre se encargó hasta de traerme cada día, fotos de mi prometida en cada cumpleaños, en cada celebración, en la escuela, en la secundaria, incluso cuando se graduó. Y asi actuó mi padre hasta que yo mismo me encargué de esos detalles tan personales, solo para evitar su intensidad con respecto a este futuro matrimonio sin amor. Cada momento de Rebecca Reed está guardado en mi caja fuerte como el recordatorio de lo que me gané. Tengo hasta fotografías suyas saliendo de esos lugares con el imbécil de ese doctor. No amo a Rebecca Reed, pero eso no significa que su belleza, tan dulce e inocente, no sea tan cautivadora para mí. —Saben que su esposo es teniente, ¿tan idiotas son? —O tal vez muy confiados en sus pasos. —O muy estúpidos, Reed —espeto con molestia levantándome de mi silla, sin importarme si el doctor terminó o no de cerrar la herida—. Querían a tus padres fuera del camino y lo lograron. Saben que la hermana de tu padre es básicamente… una de las nuestras. Su esposo es un agente especial con más de quince años como teniente en la división especial y que su hija es una policía y no una cualquiera. Enciendo un tabaco bajo su atenta mirada, intentando organizar mis ideas. Le doy una gran calada disfrutando de la calma que me brinda. —Lo de hoy lo esperaba —confieso dejando salir el humo—. Pero lo que aún no me cabe en la cabeza, es la razón por la cual serían tan idiotas para atacar a tus tíos si fueron tan calculadores cuando atacaron a tus padres. —¿Consideras que mi tío Travis tenga algún enemigo? —Considero que lo de hoy fue un ataque de rabieta bien personal —Otra calada doy bajo su atenta mirada—. Aunque no descarto que sean ellos, pero no me voy a quedar con la duda, Reed. Y tú tampoco. Asiente con su mandíbula tensa. —Esta misma noche saldré en busca de información. Niego de inmediato, expulso lo que he calado. —Mañana. —¿Me lo ordena mi amigo o mi Pakhan? —Tu hermana —suelto, viéndolo suavizar sus facciones—. Si no quieres que mañana tenga un humor de mil demonios, Christopher… más te vale hacerle caso a tu hermana por hoy y quédate en casa. —¿Tan difícil te la pone? —Soy un hombre paciente que le gusta descansar en las noches cuando, mañana al amanecer, sabe que comenzará con un día muy pesado. —Lo sé… —deja salir una risa baja—. La última vez, la pela fue intensa en el ring. —Y créeme que mañana no tengo ánimos de ensuciar mi traje con la sangre asquerosa de esas ratas que me traen para que paguen. Le muestro una mueca, viéndolo reír un poco más. Si algo sabe mi círculo íntimo, es que odio ensuciarme cuando ando vestido elegante. Soy el líder de una organización criminal, estoy al frente en los negocios heredados por mi padre desde mis veinte años. Visto de etiqueta para aparentar ser un ciudadano ejemplar y no un maldito mafioso dueño del bajo mundo de la ciudad donde vive. Mi abuelo, al igual que mis padres, me enseñaron muy bien a mantenerme en la cima sin levantar sospechas y eso lo logramos con los negocios que manejo. Yo no ando como Dimitri, que le encanta terminar hecho un desastre solo por diversión. El trabajo sucio se lo dejo a él, a mi más fiel ejecutor. Cuando debo hacerlo, como hoy, no me niego. Pero mientras pueda no llegar a casa con la ropa manchada, es causa de satisfacción para mí. Los toques en la puerta nos detienen y ambos miramos hacia ella. Le hago un gesto con la cabeza a uno de mis hombres como en señal de permiso para que abra. Lo hace y lo primero que se asoma son sus ojos negros, luego su melena y sí, las enormes tetas que se gasta. Miro a mi mano derecha y él solo me sigue sonriendo un poco. —¡Dime que estás bien! —Taconea apresurada hacia él—. ¡No te imaginas lo angustiada que estoy, Chris! —Estoy bien, Gabriela. Y como siempre, la señorita comienza a lloriquear mientras lo besa. —Iré a ver a tu hermana —Es todo lo que digo sin mirar atrás. Ni al doctor le hago caso cuando me llama con cautela para terminar de cerrar la herida. Yo sigo mi camino escaleras arriba hacia mi habitación. Cuando voy a mitad de escalera, Launice aparece deteniéndose en seco. Si se trata de ser diplomáticos, esta policía sí que sabe jugar sus cartas. Nos odia por lo que sabe que somos, evita todo contacto con nosotros, por honor a sus propios ideales, pero es la segunda, detrás de su padre, que es el primero, en ocultar nuestras mierdas, solo porque su prima es mía y su primo, mi mano derecha. —¿Cómo está? La pelirroja sube el mentón, manteniendo su mirada en la mía, ignorando que estoy sin camisa. —La he dejado duchando. —¿Está alterada? —Se ha calmado. —¿Algo que decirme? Se toma unos segundos antes de abrir la boca. Comprendo que le cuesta rendirme cuentas, pero no le queda de otra. Desde el accidente de esa noche, desde que llegó a mi casa y escuchó las palabras de su padre, a la modesta policía no le quedó más remedio que servirme. —Las fotografías que les tomé a los tatuajes antes de que ordenaras quemar los cuerpos, las estaré revisando en la data que tenemos para ver si alguno coincide con las organizaciones pequeñas o grandes que tenemos en la mira… o si es una nueva. Retoma la marcha y continúa bajando las escaleras. No me muevo ni cuando ella pasa por mi lado sin verme. —Lo que sea que consiga, se lo diré a mi primo —murmura detrás de mí. No pierdo mi tiempo para voltearme y verla, me conformo por ahora que sepa muy bien de qué lado estar sin importar sus ideales. Vuelvo a subir las escleras para ir a mi habitación y asi tener una conversación muy importante con mi prometida. Lo primero que hago al ingresar a nuestra habitación, es cerrar la puerta tras de mí con pestillo. Avanzo hacia la cama para esperarla aún con mi tabaco en la mano. Le doy una gran calada y, con mis ojos cerrados, disfruto del aroma que proviene del baño. Es dulce y cautivador. Me invita a fantasear y, como un maldito obsesionado con su belleza, me dejo llevar. Mientras más aspiro el aroma de su perfume, más intensa es la fantasía. Mi v***a se endurece, la siento palpitar guardada donde está. Dejo salir un gruñido y otra calada le doy al tabaco solo para no usar mis manos. No sé cuántas veces las ganas de jalármela en su honor me han golpeado las últimas semanas, pero hasta ahora no he caído en esa tentación. «Prefiero a una puta de rodillas engulléndose mi v***a, a tener que caer a los encantos de Rebecca Reed». ¿Qué estoy obsesionado con su belleza? Por supuesto que sí. ¿Qué la quiero solo para mí? De eso no tengo la menor duda. ¿Debo masturbarme en su honor? Por supuesto que no. Ni de coña, porque si lo hago, yo mismo me estaría condenado a esa misma tentación que ella despierta en mí. Y si soy sincero conmigo mismo, no estoy para condenarme. Yo estoy para condenarla a ella a una entera vida a mi lado. —¿Desde cuándo te di permiso de fumar en mi habitación? Una sonrisa tira de mis labios al escuchar su voz, pero no me muevo, no le doy la atención descomunal que quiere. —¿Y desde cuándo es solo tu habitación? —Desde que tengo en mi dedo un anillo como cruz —espeta. Segundos después, siento el peso en la cama, pero no volteo—. ¿Acaso quieres agarrar un tétano con eso ahí? La sensación del hilo que atraviesa mi piel es molesta, duele, incómoda; no lo negaré. Ladeo mi rostro un poco solo para ver sus dedos, trabajar en la herida que quedó a medias hace un momento. —No lo sé, la doctora, aquí eres tú —Vuelvo mi mirada al frente—. ¿No se supone que debes usar guantes? —Lo hiciera, si estuviera de guardia, claro. Si fuese un inocente paciente herido… —Deja salir un suspiro—. Pero no estoy de guardia, gracias a que el ser que tengo como prometido no me deja ir ni a la esquina. Y ese mismo ser… no es inocente, sino un mafioso, un asesino y un mentiroso, que bien podrá soportar unas cuantas puntadas sin el material de protección indicado, ¿verdad? —Tira con fuerza el nudo—. Bastará con desinfectar después de esto. —Siempre tan amable, mi dulce prometida —siseo. Vuelvo a sentir otro tirón del hilo al menos dos veces más y luego, debo voltear porque siento cómo rebusca en la parte de atrás de mi pantalón y en pocos segundos, logra sacarla. Me quedo quieto cuando veo de soslayo la hoja de plata, filosa, puntiaguda. No por miedo, porque fácilmente podría derribarla de un movimiento. Es más bien por curiosidad. —¿Te has asustado, Vlad? —El calor de su aliento es una caricia en mi piel. —¿Desde cuándo sabes que tengo una navaja ahí? —Solo lo intuí —Su tono inocente me resulta dudoso—. Te he visto guardarla ahí cuando te vistes sin vergüenza alguna frente a mí, aun cuando te he pedido que no lo hagas. —Eres muy observadora —murmuro ladeando mi rostro. Con ella inclinada tan cerca de mi cara, que puedo oler su aliento mentolado, mientras el filo de la hoja está rozándome la mejilla. —Solo soy práctica —musita. Mis ojos van de sus labios, a la navaja y de la navaja a sus ojos. Y luego de la nada, se aleja. Maldigo entre dientes cuando ella corta el hilo sobrando de la manera más rústica que existe, cuando se supone que es médico y sabe que no se debe. Y no es que chille por algo tan simple, es que me jode que la condenada lo esté disfrutando. —Hay que desinfectar y cubrir —suelta fríamente palmeando la maldita herida—. Hazlo tú, yo me iré... El grito que brota de su boca retumba en toda la habitación cuando la sujeto por el brazo jalándola hacia mí, pero me importa un carajo. Soy rápido cuando me subo a su cuerpo, ella es más rápida cuando abraza al mío con sus piernas, pero no en señal de rendición, no. Ni mucho menos de placer. Rebecca me quiere dar pelea, pero no la dejo. Tengo mayor fuerza, soy más grande y pesado y por eso me resulta fácil someterla bajo de mí, sosteniéndola por las muñecas, con sus brazos sobre extendidos sobre su cabeza, tratando de mantener mis ojos en los suyos y no en su desnudez, porque debido al forcejo la toalla se le ha caído. «Puedo tomarlo como un dulce castigo, puedo tomarlo como un dulce premio». —¿Te has asustado, Rebecca?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD