Una promesa como sentencia

1717 Words
El cielo nublado podría considerarse una razón más para llorar de tristeza, para sumergirse en la agonía que deben de estar sintiendo, pero ni eso hace salir tal sentimiento de la mujer que está a mi lado. Esa que me deja sostenerle la mano mientras los minutos transcurren. Desde esta mañana, mi preciosa y dulce prometida, ha tenido razones de sobra para llorar, pero no lo ha hecho. Porque ni la organización de este funeral, ni el saber que ya nada será igual, ni las urnas que están descendiendo para ser sepultadas, ni el clima tétrico que se ha formado desde que hemos llegado al cementerio, le han sacado una sola lágrima a Rebecca Reed. Ella está con su rostro endurecido, con su mirada cargada de odio. Y sinceramente, no puedo juzgarla por eso. No hay tristeza en ella. Solo hay aberración en su semblante, rencor, rabia, desprecio y venganza. Todo ese cúmulo de oscuras emociones está en ella, mientras observa cómo les echan la tierra negra a ambas urnas. Y sé que le duele esto. A mí no me engaña, ella está sufriendo mientras observa. Por dentro, ella está gritando con todas sus fuerzas, tal cual como anoche gritó mientras me miraba a los ojos sin un atisbo de contemplación. No debería haberme afectado su mirada filosa, sus gritos, sus lágrimas, pero algo causó en mí todo lo que anoche pasó y por primera vez, desde que soy consciente de su existencia y lo que significa su vida en la mía, siento que tengo algo en común con mi dulce prometida. Rencor. Por lo que le hicieron esos malditos. Rabia. Porque la hicieron llorar. Y nadie, absolutamente nadie, hace llorar a mi prometida más que yo. Solo yo. Y venganza. Siento una maldita e insana sed de venganza hacia esos hijos de puta. Una insana sed que me cala hasta los tuétanos y no pretendo quedarme de brazos cruzados ante sus actos, porque por mucho que no soporte, odie y no quiera a la mujer que no deja de apretarme la mano con fuerza, no significa que permita que se metan con ella. Porque al final del día, Rebecca Reed es mía, es mi prometida, será mi mujer y llevará el Romanova como corona. Ellos la hicieron llorar, ellos se atrevieron a perturbar su paz y eso me mete en la ecuación a mí, porque como es mía, es de mi propiedad, es mi responsabilidad. Pobre del alma que se atreva a tocar lo que es del Pakhan y considere salir vivo después de eso. Ellos cometieron un error garrafal al atacar a sus padres, a su hermano, que es mi mano derecha. Ellos no saben lo que les espera. Soy un hombre calculador, uno que prefiere solucionar los problemas de la manera más elegante y limpia que existe. Lo más limpio que se puede llegar a considerar en este mundo lleno de sangre donde crecí. Soy un maldito mafioso, el mismísimo diablo detrás de un traje caro, peinado elegante, zapatos lustrosos. Soy amable hasta donde mi moralidad me permite demostrar. Pero nunca me pongan en una posición en la cual tenga que demostrarles lo cruel y despiadado que puedo ser, porque puedo llegar a hundir el barco aun sabiendo que yo también estoy a bordo. Y ella, Rebecca Reed lo está viviéndolo en carne propia. Porque lo que sucedió me ha llevado a tomar una decisión. Una, donde su barco se está hundiendo con ella a bordo, arrastrándome a mí en el proceso solo porque lo he terminado de sepultar en el fondo. Ahora soy cruel, ahora soy su enemigo. Ahora soy el ser que más desprecia, metiéndome en el mismo saco de los responsables de esta maldita mierda. Volteo a verla cuando siento que suelta mi mano. Sus ojos verdes ya no brillan como hace dos días. Ese brillo ha sido reemplazado por un odio profundo y ardiente. Es una mirada que no necesita palabras para expresar todo lo que ahora siente y que no se atreve a exponer frente a mí, frente a todos los que estamos aquí. Rebeca acorta la poca distancia que hay en medio de los dos, levanta el mentón con su mirada más altiva, más cargada de ese sentimiento oscuro que contradice todo lo que ella parece ser. Me tenso cuando me escudriña, cuando me repara con esos ojos verdes que se carga. Toma una profunda inhalación y la deja salir con una calma peligrosa que no me agrada para nada. —Te prometo que cuando llegue el día en que sientas que te arrebatan lo que más amas de un tirón, sin anestesia, sin compasión… que te sientas como me estoy sintiendo yo… ese día, Vlad Romanov, dejaré de odiarte con todo mi corazón —Sus palabras son filosas, cargadas de desprecio y rencor. Retrocede un paso y un atisbo de sonrisa se forma en sus labios—. Y lo haré, solo porque me tomaré el día para regocijarme en tu desgracia. Pasa frente a mí, sin voltear a verme, sin decirme algo más que me haga sentir cómo me estoy sintiendo justo ahora. Egoísta. Mantengo mi postura, mi semblante imperturbable a pesar del sollozo a mi alrededor, a pesar de la familia dando el último adiós. Me digo que no debo sentirme cómo lo hago, me digo que no merezco su trato, porque al final, la estoy ayudando, estoy cumpliendo con mi parte al cobrar esta deuda, pero Rebecca cada vez me lo pone más difícil. Y por supuesto, que aquí en el cementerio, no sería la excepción. —¿Debería de preocuparme, Vlad? La voz de Christopher me saca de mis pensamientos. —Me odia por quién soy, lo sabes. Eso no es motivo para preocuparse. —Ella ha perdido, Vlad… los dos hemos perdido —Deja salir el aire—. No te odia por lo que eres, te odia porque sabe que no verá más a papá y a mamá. —Me está culpando por algo que no hice. —Y es su manera de llevar ese… duelo. Déjala, su odio en algún momento menguará y la razón la hará entender tu posición. Volteo a verlo, él sigue con sus ojos fijos en su hermana que avanza hacia la camioneta. —¿Tú me odias, Chris? Desde que despertó, desde que le expuse lo sucedido y todo lo que tuve que hacer, jamás se lo pregunté. Pero la duda estaba ahí, sigue aquí, dentro de mí, carcomiéndome, inquietándome. Porque debí actuar como el Pakhan y no como su hermano. —Hubiera hecho las cosas diferentes, habría actuado impetuoso y habría derramado mucha sangre, ya me conoces… —responde mirándome a los ojos—. Pero así como he aprendido de ti desde mi adolescencia a hablar tu idioma… aprendí a ser astuto gracias a ti, Vlad. Me duele, no lo negaré. Se siente el vacío, arde en mi pecho, pero no podemos perder el norte. Debemos hacer que los malditos hijos de Rober y Wanda paguen. Luego de eso, le prestaremos un poco de atención a nuestras emociones. Se ríe un poco, con desgana, pero ambos sabemos que duele más aceptar eso. —Pagarán con su propia vida. No hay más que decir, no hay más que hablar. Ambos avanzamos hacia las camionetas para volver a casa, en silencio, cada uno sumergido en sus pensamientos. Desde esta distancia, veo cómo su prima Launice la abraza y le limpia las lágrimas. A su alrededor, sus tíos. El agente Travis Roger, junto a su esposa Caroline Roger Reed. «¿Quién lo diría? Mi prometida y mi mano derecha son sobrinos de un agente que, para colmo, es líder de un departamento especial». Pero aquí debemos fingir, así que no me queda más que actuar con naturalidad. Dentro de la camioneta, el aire se siente pesado. La tensión es palpable, como una cuerda tensada al máximo. Prefiero el silencio a tener que oír sus palabras cargadas de veneno. No porque me hieran, sino porque tendré que demostrarle una cara que no me gusta, que prefiero mantener oculta y sacarla en el ambiente donde me desenvuelvo y no aquí, dentro del auto, con mi prometida, la mujer que, desde hace dos semanas, duerme muy cómoda en mi propia cama. La caravana de camionetas avanza a toda velocidad hacia la mansión. El motor ruge, pero en mi mente el sonido es ahogado por los pensamientos que luchan por mi atención. No nos detenemos, todo sigue en silencio, hasta que el impacto causa que Rebecca grite asustada. Es un grito que me atraviesa, que rompe la burbuja de tensión en la que me encuentro inmerso. El frenazo en seco la impulsa hacia adelante. Mi cuerpo entero reacciona atrapándola por la cintura, pegándola a mi cuerpo con propiedad, evitando que se golpee la cabeza, que salga volando hacia adelante, pero no puedo evitar sus gritos desesperos. El miedo en sus ojos se refleja, lo puedo ver, es real. Y aunque trato de mantener la calma, siento que mi propia fachada se desmorona, porque ya pasamos por esto, porque apenas estábamos superando las noches de insomnio y llanto. Rebeca se queda petrificada con sus ojos al frente, viendo cómo la camioneta que ha sido impactada, está dando vueltas sin parar hasta salirse de la carretera. Todo ocurre en un abrir y cerrar de ojos, pero cada segundo se siente eterno. El estruendo de disparos no cesa, como una sinfonía caótica que amenaza con consumirlo todo. Mi mente trabaja a mil por hora, evaluando posibilidades, buscando una salida. Saco mi arma, me aseguro que esté cargada y la obligo a que se cubra en cuanto abro la puerta. No hay tiempo para dudar, no hay tiempo para pensar eso. Me agacho instintivamente, tomando cobertura detrás de la puerta abierta mientras mis ojos recorren el caos que se desata a nuestro alrededor. Los disparos continúan resonando, cada estallido es una llamada a la acción. Siento la adrenalina, bombear en mis venas, un fuego que me impulsa a moverme, a proteger a Rebecca y a enfrentar la amenaza que se cierne sobre nosotros. Veo a Dimitri salir, tambien a Christopher aun como está y con una mirada de determinación que me lanza, yo empuño mi arma, respirando profundamente, preparándome para lo que viene.
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