CAPÍTULO CUATRO

2611 Words
Gruñí sintiendo una punzada en la sien. Me moví un poco y  llevé la mano a la cabeza por el intenso dolor que sentía en ella. Intenté abrir los ojos. Malditos Bloody Mary. Parpadeé varias veces hasta conseguir abrirlos y enfocar un poco la vista. Rodé sobre la cama, quedando boca arriba y solté un pesado bufido. Ayer, definitivamente, me pasé bebiendo. Al ver dónde estaba me asusté y me incorporé ligeramente, observando aquella habitación detenidamente. No era mi habitación. Seguía en la casa, eso seguro, pero no era mi habitación, ¿Cómo había llegado aquí? La puerta se abrió, causando mi corazón acelerarse tontamente y por ella se dejó ver Kai. Mi rostro comenzó a sonrojarse al ver cómo estaba. Llevaba tan sólo una toalla enrollada a su cintura y su torso seguía algo húmedo, las gotas de agua todavía visibles de la ducha que acababa de darse. —Buenos días, pequeña —saludó él andando por la habitación con cierto entusiasmo en su tono. Lo observé, viendo cómo iba hacia el armario y comenzaba a coger algo de ropa. —¿Qué hago aquí? —pregunté segundos más tarde, confusa. —Ayer casi te desmayaste. Te traje a mi cuarto porque resultaba imposible hacerte subir las escaleras. Me llevé las manos hacia mi rostro, cubriéndolo avergonzada. —No tenías por qué hacerlo —respondí en un resoplo. —Bueno, me preocupo por ti —dijo él terminando de coger algo de ropa y se giró hacia mí, mirándome. Alcé la sábana y pude comprobar que no llevaba mi ropa de ayer. De hecho, no llevaba nada. Estaba desnuda. Los colores me subieron con rapidez. Me aferré a la sábana como si mi vida dependiera de ello. ¿Qué narices hago desnuda en su habitación? Mi mente rechazó al instante la primera y más obvia posibilidad. No puede ser. Me niego. —¿Por qué... estoy sin ropa? —pregunté algo alterada. Mi corazón iba por momentos más rápido, temiendo la respuesta— Por favor, dime que no...  —Cuando llegamos a mi cuarto y lograste mantenerte en pie, empezaste a desnudarte pensando que estabas en el tuyo —me interrumpió mientras venía hacia mí, inclinándose sobre la cama y llegando hasta mí—. Tranquila, no he visto nada —añadió guiñándome un ojo mientras me tendía lo que parecía una camiseta. Lo miré un instante, muerta de la vergüenza y desvié la mirada. Tomé la camiseta y me la coloqué con cuidado para que él no me viera, aunque él se había dado la vuelta para darme algo de intimidad. Vaya, al menos es caballeroso. —Ya te dije ayer que no necesitaba que acudieras a mi rescate—señalé algo molesta y él soltó una pequeña risa. Ya empezamos otra vez. —Te prefería ayer. Eras más simpática —respondió. Fruncí el ceño, confusa—. Cuando quieras, baja. Voy a preparar el desayuno. Se fue de su habitación. Me quedé unos instantes mirando un punto fijo, pensando en la noche de ayer, tratando de recordar. Recordé la caída y que alguien me ayudó. Recuerdo que me cargaban en brazos, seguramente debía ser Kai. No pude evitar sonreír ante ese pensamiento. Qué mono, ha cuidado de mí. Rechacé al instante ese pensamiento de mi cabeza, sacudiéndola. Tras mucho pensarlo e intentar recordar inútilmente el resto de la noche anterior, me levanté de la cama. Salí de la habitación y fui hacia la cocina. Mientras llegaba, ya podía olerla comida y la boca se me hacía agua. Olía a beicon, tortitas y sirope, mmmm. Al llegar, me quedé observando la imagen que tenía frente a mí, ladeando ligeramente la cabeza. Kai estaba cocinando, preparando el desayuno y se veía totalmente concentrado en ello. Todavía no se había percatado de que yo estaba ahí. En cierto modo, se me hacía sexy verle así y no pude evitar morder mi labio inferior ante la idea. Al darme cuenta del rumbo que tomaban mis pensamientos, sacudí mi cabeza, rechazándolos. No, Dios, no. No podía estar pensando en Kai de esa manera, no era posible. Me regañé a mí misma, varias veces, maldiciéndome. Tan sólo ha cuidado de ti como podría haber hecho cualquiera, traté de convencerme. —Te ves realmente bien tan sólo con una camiseta mía puesta—dijo él sacándome de pelea mental conmigo misma. Estaba apoyada sobre la pared, de lado, observándole. Me alcé algo agitada, carraspeando un poco por su comentario. Agradecía que su camiseta fuera lo suficientemente grande para que no se me viera nada. Aunque seguramente después del espectáculo de noche, nada le sorprendería. —¿Y Elliot? —pregunté, cambiando de tema. Me senté en uno de los taburetes y le observé cómo preparaba el desayuno. —Sigue durmiendo —respondió y alcé la vista hacia el reloj que había en la cocina. Apenas eran las nueve y media de la mañana. Normal que durmiera. Yo, en cambio, nunca podía dormir más de las ocho. Aunque claro, ayer bebí. —¿Y tú? ¿Por qué estás despierto tan pronto? —pregunté. —Soy madrugador —explicó girando su cabeza un segundo hacia mí y se encogió de hombros. —¿Dónde has dormido tú? —cogí algo de beicon que había ya preparado en un plato y me lo llevé a la boca. —Contigo. Sentí el desayuno atascarse en mi garganta. Tuve que darme varios golpes en el pecho y tomé un poco de agua que había en la mesa. Él se dio la vuelta trayendo dos platos llenos de tortitas y los dejó sobre la mesa. Al ver mi expresión, pálida, rió. —Era broma —reconoció con una divertida sonrisa y se sentó frente a mí—. He dormido en otra habitación, por supuesto —añadió todavía con la sonrisa en su rostro, claramente una vez más disfrutando de vacilarme, mientras tomaba algunas tortitas y se las servía. Comenzamos a desayunar, sin hablar, y de vez en cuando me detenía a mirarle. Se le veía disfrutar como un niño pequeño en Navidad con las tortitas y la comisura de mis labios no pudo evitar alzarse en una pequeña sonrisa. Se veía en cierta manera, tierno. —¿Puedo preguntarte algo? —rompí el silencio y él asintió sin dejar de comer— ¿Por qué me invitaste? Podías haber pasado el verano con Elliot y a mí haberme dejado en Los Ángeles. —Aunque te cueste creerlo, me gustas, me caes bien, Gin —respondió. Gin, ahora vuelvo a ser Gin. No esperaba una respuesta así. —Si tan bien te caigo, ¿Por qué estás todo el día molestándome? —Me divierte. Eres fácil de enrabiar. Me enfrentas, te enfadas y además, estás muy guapa cuando lo haces. No pude evitar sonrojarme ligeramente por su comentario y no entendía bien por qué. Por qué narices me sonrojaba ante un cumplido de Kai Morgan. —Esos colores también te sientan bien —añadió burlón. —Oh, cállate —le lancé una bola de papel que hice con una servilleta. ━━━━━━━━━※━━━━━━━━━ Dos horas después, terminamos el desayuno. Kai y yo habíamos estado hablando sobre tonterías toda la mañana. Todavía me costaba creer que hubiera tenido una conversación normal e incluso agradable con él. En todo un año, nunca habíamos aguantado más de dos minutos sin insultarnos o algo parecido. Siempre éramos como dos críos discutiendo. —Estoy segura de que podría llevarlo mejor que tú —presumí con una sonrisa, segura de mis palabras. —Bueno, demuéstralo —dijo él echándose un poco hacia atrás, cruzando sus brazos. Me miraba arqueando una ceja. —¿Qué? —Condúcelo. Vámonos por ahí y lo conduces tú —alzó sus manos tras hablar. Él me sonreía de lado, tentándome con la mirada. Lo miré pensativa, con los ojos ligeramente entornados mientras mordía mi mejilla desde el interior. De repente, irrumpió Elliot en la cocina soltando un gran bufido. Kai y yo rompimos el contacto visual, y yo carraspeé. —Dios, qué dolor de cabeza —resopló Elliot llegando hasta nosotros. Tomó asiento a mi lado y comenzó a servirse un vaso de zumo—. Buenos días —dijo todavía con la voz algo ronca por el sueño. —¿Mucha fiesta? —pregunté girando mi rostro hacia él. Tenía mala cara debido a la resaca. El asintió y se bebió de un trago el zumo. —Creo que voy a volver a la cama después del desayuno —comenzó a comer algo de beicon, llenándose la boca de éste. Lancé una mirada rápida hacia Kai y me sorprendí al ver que ya tenia sus ojos puestos en mí, dando un pequeño suspiro. ¿Qué? Me terminé de un trago lo que me quedaba de café  y me levanté. —Voy a ducharme —di pequeños toques en la mesa y miré a mi hermano—. Descansa, Ell —dejé un beso en su mejilla. Fui hacia mi cuarto y entré en el baño. Encendí el agua de la ducha, dejando correr un poco ésta hasta que se calentara lo suficiente y me metí en ella. Minutos después salí como nueva, renovada, y me enrollé una toalla al cuerpo. Volví a la habitación, animada incluso, y abrí mi maleta para buscar algo de ropa. Todavía no había desempaquetado nada, madre mía. Hacía un día increíble así que opté por un vestido floral de tirantes con una camiseta blanca debajo. Me coloqué mis converse blancas y volví a salir de mi cuarto. Ya eran pasadas las doce. Elliot se había vuelto a quedar dormido y Kai había desaparecido. Yo, por el contrario, estaba en la piscina, al sol, leyendo un libro mientras me tomaba un refresco. —¡Hey! —exclamó una voz. Algo cayó delante de mí, sobre la hamaca en la que estaba y fruncí el ceño. Alcé la vista, pudiendo ver a Kai parado frente a mí, no muy lejos. Volví la mirada hacia aquello que me había lanzado. Eran unas llaves. Tomé éstas alzándolas. —Vamos. Quiero ver esas dotes tuyas de conducción —añadió, regalándome una sonrisa y yo no pude contener la mía. Me levanté y los dos partimos. Le seguí por el jardín de la casa hasta llegar al garaje, donde me había dicho que estaba el coche. Nada más entrar, me quedé boquiabierta. Aquél garaje era tremendamente grande y había al menos unos diez coches distintos. Este chico no dejaba de sorprenderme, ¿Qué más podía tener? Nos dirigimos hasta el Mustang con el que él nos había traído hacía un par de días atrás y nos subimos en él. —¿Seguro que no quieres que te lo saque del garaje? —preguntó. Pude notar la inseguridad en su voz. —¿No hemos empezado y ya tienes miedo, Morgan? ¿Es que no te fías de mí? —le provoqué. Él alzó sus manos, encogiéndose un poco de hombros. Arranqué el coche y Kai abrió la puerta del garaje con un mando. Salí sin problemas del garaje, incluso regocijándome por mi perfecta maniobra. Partimos de la casa y atravesamos el pequeño bosque que llevaba hasta la carretera. —¿Eso es todo lo que sabes hacer? Porque mi abuela conduce mejor. Lo mire por un segundo de reojo y no pude evitar soltar una pequeña risilla. No dije nada, ya casi llegábamos a la carretera. Se iba a enterar. Nada más llegar, aceleré a fondo, comenzando a subir de velocidad. Por el rabillo del ojo pude comprobar que su expresión había cambiado. La sensación de conducir ese coche era maravillosa y excitante, nunca había conducido un coche como este, ya que no eran precisamente asequibles para cualquiera. —Uau, ¿No vas muy deprisa? —dijo inquieto. —¿Asustado? —dije divertida. Aceleré un poco más, superando el límite de velocidad. No había muchos coches por la carretera, así que fue fácil. Adelanté a algunos coches y de vez en cuando echaba un vistazo rápido a Kai. Poco a poco se había relajado y se lo estaba pasando bien. Él veía que no era una novata conduciendo y lo estaba disfrutando, al igual que yo.  ━━━━━━━━━※━━━━━━━━━ Habíamos llegado hasta Stearns Wharf. Paramos para comer allí y pasar la tarde. Estábamos en el muelle, paseando mientras comíamos patatas fritas que habíamos pedido en un puesto de comida. —No te confundas, sigues cayéndome mal —afirmé—. Lo único que ahora eres un poco menos... insufrible —Dije apuntándole con mi tenedor mientras comía. —Eso duele. Pensé que ya éramos amigos —respondió, inclinándose un poco hacia mí. —Mmmm, llamémoslo tregua —me giré hacia él. Quedaron nuestros rostros peligrosamente cerca al coincidir nuestras miradas y sonreí. Al darme cuenta, carraspeé y miré hacia otro lado, ¿Por qué me hacía sentir tan extraña en estos momentos? Continué andando hasta llegar al borde del muelle donde había unos postes que formaban una barandilla y me apoyé sobre ésta. Él se colocó a mi lado igual que yo. Notaba su mirada incluso sin verle. Era ciertamente incómodo, aunque me provocó un  —Y bueno, tengo que preguntarlo —cambié de tema—. ¿Qué has hecho para tener todo lo que tienes? —le miré. Se encogió de hombros, desviando la mirada. —Trabajar. —Pero, disculpa mi atrevimiento. Eres demasiado joven para tener... tanto. Y ni siquiera sé de qué trabajas. —Soy publicista y promotor, Gin. Además, manejo algunas empresas. —¿Tanto da eso? —pregunté casi atragantándome por un segundo con una patata frita. Él se encogió de hombros una vez más. —Soy bueno en lo que hago, supongo. Me he ganado todo lo que tengo. Kai me explicó en qué consistía su trabajo, cómo empezó y cómo había conseguido llegar hasta donde estaba sin darme muchos detalles, simplificándolo. No parecía querer contar mucho sobre su vida personal. Yo le escuchaba atenta, observándole. Mientras lo hacía, no pude evitar contemplarle una vez más. Sus facciones, sus expresiones y todos sus gestos, curiosa por todos ellos. La verdad, era un chico realmente atractivo. No era de extrañar que las chicas se volvieran locas por él. Tenía un físico perfecto, era guapo, inteligente... Ni rastro del chico que me había mostrado durante este año atrás. Quizá tenía razón después de todo y no era tan... desagradable. Al darme cuenta una vez más del rumbo que estaban tomando mis pensamientos, me di un bofetón mental, intentando pensar en otra cosa. No podía estar pensando en él de esa forma, no quería. —... pero todo se lo debo a mi madre. Ella confió en mí y me ayudó a luchar por lo que quería tras un momento complicado de mi vida. —¿Y dónde está ella? —Le regalé un viaje a Italia para este verano con su novio. Esas palabras hicieron que me derritiera un poco. Cuanto más le conocía, más me parecía el chico perfecto. Y ese pensamiento me desconcertaba bastante. Estaba empezando a ver a Kai con otros ojos. ¿Por qué ahora actuaba así?  —Vamos, me gustaría enseñarte un sitio antes de irnos —dijo él, alzándose. Fruncí ligeramente el ceño y me levanté también. Evidentemente, no le gustaba entrar en detalles respecto a su vida privada y no entendía bien por qué a pesar de respetarlo. A mí también me gustaba la paz que proporcionaba la privacidad. —¿Qué sitio?  —Ya verás —sonrió de esa forma tan suya y comenzó a andar, haciéndome una señal para que le siguiera.
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