Habíamos cogido de nuevo el coche y ésta vez conducía él. Atravesamos la ciudad de Santa Bárbara y aparcamos delante de un edificio.
—¿Dónde estamos? —pregunté.
—Ahora lo verás. Vengo aquí de vez en cuando, nadie lo sabe. Es un... secreto que tengo, pero me gusta —Se encogió de hombros—. Hace que me sienta un niño de nuevo.
Fruncí el ceño confusa. El salió del coche y yo le seguí. Atravesamos la calle, llegando al edificio y entramos en él. Cuando vi lo que había dentro, una sonrisa apareció en mi rostro y no pude evitar reír un poco.
Era un local recreativo, lleno de colchonetas y camas elásticas. No había nadie dentro, lo cual me extrañé.
—¿Es tuyo?
Él asintió.
—De pequeño mi madre siempre me llevaba a estos sitios el fin de semana. Cuando crecí, dejé de hacerlo. Cuando empecé a ganar dinero, decidí tener mi propio lugar, esperando poder abrirlo algún día, pero por ahora es algo privado. He ido montándolo poco a poco —explicó el.
—Es increíble, Kai. Aunque no me esperaba algo así —solté otra risita, todavía observando el lugar mientras daba ligeros pasos—. Pero, ¿Por qué me lo enseñas a mí? Has dicho que era un secreto.
—Ya te lo dije, Gin. Me gustas, siento que puedo confiar en ti. Y creí que te gustaría —sus palabras hicieron que me sonrojara un poco, dejándome a mi sin ellas—. ¿Te gusta? —añadió al ver que no respondía.
—Me encanta —reconocí con una amplia sonrisa.
Siempre había querido ir a uno de estos sitios. Era algo que a menudo pensaba y al final nunca hacía. Él hizo una señal con su mano, dándome a entender que podía ir y divertirme. Me saqué los zapatos y sin dudarlo me lancé a las colchonetas.
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Habíamos saltado, jugado y peleado como niños durante una hora entera y me lo estaba pasando realmente genial. Se sentía bien comportarse como un niño de nuevo, sentirse como tal. Cuando te haces mayor, dejas de hacer muchas cosas que hacías de pequeño y estos momentos se convierten en algo especial, únicos. De los que luego contarás anécdotas divertidas. ¿Y quién iba a decirme a mí que una de esas anécdotas sería con Kai Morgan? Ya era imposible negarlo. Él tenía razón, no era absoluto lo que pensé.
Él estaba persiguiéndome por todo el lugar. Yo huía de él, saltando por las colchonetas y las camas elásticas, tratando de esquivarle.
—¡Sabes que voy a atraparte! —gritó, poniéndome nerviosa.
Miré hacia atrás y, al volver la vista hacia adelante, tropecé y caí sobre una cama elástica. Me di la vuelta, quedando boca arriba. Intenté levantarme, pero Kai me alcanzó y se colocó sobre mí, haciendo que volviera a caer. El corazón se me aceleró al tenerle tan cerca. Estaba sobre mí, con las piernas a ambos lados míos y sus manos a los lados de mi cabeza. Se inclinó hacia mí, acercándose todavía más.
—Pillada —susurró, con una sonrisa victoriosa.
Inhalé hondo, sintiendo que el corazón se aceleraba más y más por momentos. Tenía clavados sus ojos en los míos y parecía que habíamos entrado en una especie de trance, incapaces de escapar. Su mirada era distinta, sus ojos reflejaban algo diferente, algo que no lograba comprender todavía. El aire parecía no llegar a mis pulmones, sintiéndole tan cerca. No podía apartar la vista de aquellos hermosos ojos que tantas veces había mirado pero parecía ser la primera vez. Su mano viajó hasta mi rostro apartando un mechón de pelo que caía por mi rostro y lo colocó detrás de mi oreja. Ésta, acarició entonces mi rostro con delicadeza. Su tacto causó un hormigueo que recorrió mi cuerpo y entonces lo supe. Sabía lo que estaba ocurriendo y lo que deseaba en ese mismo instante.
Quería que me besara. De verdad quería que lo hiciera. Mis ojos descendieron hacia sus labios dándome cuenta de los pocos centímetros que los separaban de los míos. Sentía su respiración chocar contra la mía. Tenía ganas de besarle, deseaba probar los labios de Kai.
Entonces lo vi, todo se desvaneció en su mirada. Rompió el contacto visual así como carraspeó para luego levantarse y separarse de mí. Cerré por un segundo los ojos, soltando un agitado y silencioso suspiro. Me sentía frustrada, ¿Por qué no me había besado? Sabía que él quería hacerlo y aún así, no lo había hecho.
—Deberíamos volver a casa, Elliot estará preocupado.
—Sí —me limité a decir y me levanté, sacudiendo mi ropa.
Partimos de allí sin hablar y subimos al coche. Él conducía. Durante todo el viaje, no hablamos en absoluto y era extraño. Sabía que era por lo que casi sucede y eso me tenía desconcertada. Le había deseado, quería que me besara ahí mismo, en ese momento. Paso un día con él y todo da un giro de 180 grados. Durante todo el viaje no dejaba de darle vueltas en mi cabeza, intentando todavía comprenderlo. ¿Él tenía algún interés en mí? ¿Lo tenía yo? La cabeza me daba mil vueltas, atacándome con una pregunta tras otra sin obtener respuesta.
Al fin llegamos a casa. Guardó el coche en el garaje de nuevo y entramos en casa. Elliot al escucharnos, vino directo hacia nosotros.
—Joder, ¿Dónde estabais? No os habéis llevado el móvil y no podía localizaros —dijo en tono preocupado.
—Lo siento, llevé a tu hermana a conducir y pasamos el día en Stearns Wharf.
—Ya veo que ahora os lleváis bien, ¿No estaréis...? —inquirió, moviendo su dedo índice hacia los dos, sugiriendo si había algo entre nosotros.
—Joder, Elliot. Es tu hermana, claro que no —soltó Kai con rapidez.
Esas palabras me dieron una extraña punzada en el pecho. Mi rostro se giró hacia él, incapaz de esconder mi reacción ante su respuesta. Vale, sólo era la hermana de Elliot, había dejado claro que no quería ni tocarme. Por eso no me besó. Todo fue un mal entendido. Qué estúpida eres, Geo.
—Vale, vale. Sólo decía —alzó sus manos a modo de disculpa.
Rodé los ojos, saliendo a flote el enfado que sentí tras escuchar aquellas palabras.
— Todo tuyo —dije cortante sin poder ocultarlo, sacudiendo mi mano hacia él y desaparecí de allí.
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A la mañana siguiente, me desperté más temprano de lo habitual y me puse el bikini. El resto del día anterior, evité a los chicos, perdiéndome por la casa. Aunque no fue realmente complicado, ya que mi hermano no dejó a Kai ni un instante desde que volvimos y a la hora de cenar, lo hice en mi habitación. Bajé sin hacer ruido y me dirigí hacia la piscina interior climatizada que Kai tenía en casa. La había descubierto el día anterior mientras daba una vuelta. Estaba fuera de la casa, al otro lado del jardín, en una especie de invernadero y estaba rodeada por un montón de plantas exóticas.
Entré y cerré la puerta. Me estiré, alzando mis brazos con las manos juntas y solté un pequeño gemido al sentir mi cuerpo tensarse antes de soltar un gran suspiro, relajándolo de nuevo. Dejé la toalla que llevaba conmigo al lado de la piscina y me metí sin dudarlo en ella. El agua estaba templada, perfecta para un baño matutino. Buceé y nadé de un lado al otro de la piscina. El silencio que había en el lugar resultaba relajante. Nadé y nadé, absorta en mis pensamientos.
En concreto, él. Y eso hacía que me enfadara conmigo misma. ¿Por qué ahora mi mente dedicaba tanto tiempo a Kai? Era desesperante. Definitivamente tenía que apartar todos estos extraños sentimientos hacia él.
Di media vuelta en la piscina, buceando, y me dirigí hacia las escaleras. Al subir a la superficie me asusté al ver que había alguien apoyado en la puerta, mirándome. Él sonrió al verme.
—¿Qué haces aquí? —pregunté más seria de lo que pretendía, mientras terminaba de llegar a las escaleras de la piscina.
—Venía a mi baño matutino pero veo que alguien se ha adelantado —respondió divertido. Ya volvía a ser simpático, vaya.
—Lo siento —me disculpé saliendo del agua y evitando su mirada.
—No tienes que pedir disculpas, te dije que era tu casa —dijo quedando frente a mí, buscando la mía.
Sin hablar, y siguiendo con el plan de evitarle, me dirigí hacia mi toalla. Me agaché a recogerla. Al levantarme, pillé a Kai mirándome con una sonrisa de lado y había algo distinto en su mirada.
—¿Quieres algo? —cuestioné mientras me enrollaba la toalla al cuerpo, alzando una ceja, curiosa.
—Muchas cosas —comentó mientras venía hacia mí—. Pero ahora mismo, una en concreto me encantaría —añadió, terminando de acercarse, inclinándose un poco hacia mí, quedando su rostro a pocos centímetros del mío. ¿Ahora flirtea?
Nuestras miradas estaban fijas el uno en el otro y nos quedamos así por unos pocos segundos a pesar de parecer una eternidad. Parecía intentar descifrarme con sus ojos. Yo sentía que el corazón se me aceleraba de nuevo al sentirle tan cerca. No, Geo, no. Reponte. Dije para mis adentros. Di un paso atrás, separándome de él.
—Bueno, qué pena —hice un falso puchero—. La piscina es toda tuya —alcé mi mano, yéndome hacia la puerta y salí de ahí sin mirar atrás.
Nada más hacerlo, respiré hondo, soltando un pesado suspiro por lo que acababa de pasar. ¿Se me había insinuado o era cosa mía? No podía ser, debían ser imaginaciones mías. Él ya dejó ayer clara su postura. Quizá sólo estaba divirtiéndose. Sí, debía ser eso. Volví a la casa para ir a mi cuarto a cambiarme mientras intentaba, inútilmente, sacar a Kai de mi mente. Algo realmente difícil, ya que mi cabeza regresaba al momento de ayer y al de hacía unos momentos.
Sin darme cuenta, ya eran algo más de las siete de la mañana y me había cambiado para el día de hoy. Me puse una camiseta larga como vestido y me enrollé una chaqueta a la cintura. Bajé a desayunar. Al llegar a la cocina, todavía no había nadie. Kai seguiría en su baño matutino y Elliot estaría durmiendo.
Abrí la nevera y tomé algunas cosas para prepararme un sándwich vegetal como desayuno. Me preparé una taza de café y me senté sobre la isla de la cocina. Abrí el móvil y, con ello, el chat de Allison. Allí en Europa era por la tarde así que podría hablar con ella un poco.
GEGI:
¡¡Te echo de menos!! ¿Qué tal por Europa?
ALLIE:
¡¡De maravilla!! Yo también te echo de menos. Pronto nos vemos.
GEGI:
Tengo mucho que contarte. Casi pasa algo que...
ALLIE:
Ah, y dile a ese bombón a ver si me invita a su casa algún día cuando vuelva.
¿¡QUÉ!? QUÉ HA PASADO, CUÉNTAME.
GEGI:
CUANDO VUELVAS, CALMA.
ALLIE:
NO ME DEJES ASI, TÍA
GEGI:
Cuando nos veamos te lo cuento, prometido.
Me voy, alguien viene.
¡Te quiero! xx
ALLIE:
Ya te vale. Cuando te vea, te mataré por tenerme así tres días.
PD: Yo también te quiero.
[Visto a las 7:32]
Dejé el móvil al escuchar los pasos todavía más cercanos. Kai apareció segundos después en la cocina y me sonrió. Tragué saliva. Desde que casi sucede aquello, su simple presencia me ponía nerviosa. Sabía lo que me estaba pasando pero no quería asumirlo, no podía dejar que pasara. No podía permitirme el gusto de sentir algún tipo de interés hacia él.
—¿Ya te has bañado? —dije sin pensar y al instante me auto maldije. Geo, ¿Por qué le sacas conversación? Mis piernas se movían nerviosas.
—Sí, aunque me hubiera gustado más con compañía —respondió mientras se dirigía hacia la cafetera y se preparaba un café. Estaba frente a mí, de espaldas.
—No creo que la hermana de tu amigo te hubiera hecho muy buena compañía —solté, de nuevo sin pensar demasiado. Al instante le di un mordisco al sándwich, manteniendo así mi boca ocupada mientras me maldije otra vez internamente. Escuché que soltaba una pequeña risa.
Él se dio media vuelta con su taza en la mano y vino hacia mí. Dejó ésta a un lado de la isla y puso sus manos a ambos lados míos, atrapándome. De nuevo, volviendo a quedar a pocos centímetros de mí. Otra vez no, por favor. Tragué el desayuno con dificultad.
—Yo no opino lo mismo —susurró, con una pícara sonrisa dibujada en su rostro. Alzó su mano hasta mi rostro y pasó su dedo pulgar por la comisura de mis labios, limpiando salsa del sándwich que se me había quedado. Se llevó el dedo a la boca y lo chupó. Sentí que el aire había abandonado completamente mis pulmones y él lo notó. Estaba jugando y le gustaba—. Una pena —añadió tras unos segundos que me parecieron eternos y se separó de mí, yendo a tomar asiento a uno de los taburetes.
Rodé mi lengua por dentro de mis mejillas intentando contenerme y entender qué estaba pasando. Claramente estaba jugando, pero, ¿Si no quería ni tocarme, cuál era el punto de todo esto? ¿Su juguete de verano? N Me bajé de la isla y me senté en uno de los taburetes, quedando frente a él. Él me miró por un momento y desvió la mirada mientras tomaba otro sorbo de café.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Ya lo has hecho —bromeó y no pude evitar rodar los ojos. Él soltó una pequeña risa. Dios, este chico era imposible—. Dime.
—Allison vuelve en tres días, ¿Puede... venir a pasar algunos días aquí? —pregunté algo insegura, haciendo una pequeña mueca.
El tomó otro sorbo de café, mirándome pensativo.
—Sí. Te dejaré un coche para que vayas a recogerla.
—¿Allison viene? —dijo una voz y los dos nos giramos hacia esta.
Elliot apareció por la cocina y vino hasta mí. Dejó un beso en mi pelo y le sonreí.
—Sí, Kai ha accedido a que pase aquí unos días —le expliqué, mirándole. Pude ver que él sonreía... ¿Feliz?
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El día pasó volando, los tres estuvimos en casa, nos dimos un baño en la piscina y tomamos algunas copas en la barbacoa. Como no nos separamos los tres ni un momento, Kai no había vuelto a intentar nada en absoluto. Ni una pizca de aquél juego que esta mañana parecía haber, pero en cierto modo eso me ayudó a no darle muchas vueltas. Al fin y al cabo, no iba a ser su juguete de verano.
Habíamos decidido salir a cenar fuera, así que fui a prepararme para ello. Me duché y me puse un vestido corto rojo, de tirantes. Algo ceñido al cuerpo y abierto de un lado. Me maquillé un poco y me puse unos tacones a juego. Bajé hasta el salón donde habíamos quedado en encontrarnos y ellos ya estaban esperándome. Mi hermano se había arreglado un poco y Kai llevaba una camisa blanca, algo desabrochada y unos pantalones negros que le caían estupendamente sexys. Era imposible no mirarle. Tuve que darme otro bofetón mental, apartando cualquier pensamiento contradictorio.
—Lo siento, no encontraba los zapatos —me disculpé.
Elliot rodó los ojos y se dispuso a salir por la puerta. En un segundo, sentí una mano en mi cintura, levemente. Kai se acercó hasta mi oído
—La espera ha valido la pena. Estás impresionante —susurró.
Me soltó yendo hacia la puerta y se detuvo frente a ella, haciéndome paso. Lo miré rodando la lengua por dentro de mis mejillas, intentando contener la sonrisa que él me había causado. Anduve hasta la puerta y salí de casa. Kai venía detrás de mí.
Ellos dos iban delante y yo me senté atrás. Durante el camino, estuve jugando con el teléfono sin prestarles mucha atención, de nuevo hablando de sus cosas. El trayecto no fue muy largo y llegamos a la ciudad. Atravesamos las calles con el coche y finalmente aparcamos delante de un restaurante. Me sorprendí al ver que era Italiano.
Ambos salieron del coche y Kai nada más salir, abrió mi puerta y me tendió la mano. Una pequeña risa ahogada se me escapó ante su actitud. Tomé su mano y salí del coche con su ayuda. Al andar, su mano por un segundo se colocó en mi cintura pero al darse cuenta de ello, la retiró. Lo miré rápidamente por el rabillo del ojo y pude ver que se había puesto algo tenso, nervioso.
Su reacción causó una divertida sonrisa en mí, incluso sintiéndome más empoderada. ¿Y si le convertía yo en mi juguete de verano? Tan sólo por divertirme un poco, al igual que él. Esta noche iba a ser interesante después de todo.