Habíamos tomado ya asiento y pedido la cena. Yo estaba junto a Elliot y Kai frente a mí. Estábamos tomando una copa de vino mientras los tres hablábamos sobre qué haríamos al final del verano. Al parecer, Kai le había hecho una propuesta a mi hermano. Algo que desconocía hasta hace media hora. Quería que se uniera a él en un proyecto.
—Es que sigo sin entender por qué no te vienes conmigo a San Diego —dijo Kai rodando su copa—. Sólo serán dos años.
—No sé... tampoco quiero dejar a mi hermana sola. Ella empezará en septiembre las prácticas en una escuela de Los Ángeles —se excusó Elliot y Kai desvió la mirada hacia mí, alzando una ceja.
—Ell, por mí no tienes que preocuparte. Puedo apañármelas sola. Soy bastante mayorcita —dije aquello último echándole una mala mirada—. Además, sólo estaría a dos horas de ti en coche.
—O podrías apuntarte a la escuela en San Diego —saltó Kai. Me giré hacia él sorprendida por sus palabras—. Conozco a alguien que trabaja en una de las mejores y podría hacerte un hueco. Me debe un favor.
—No creo que...
—¡Eso sería estupendo! Georgie, podríamos vivir juntos. Tu irías a la escuela y yo trabajaría con Kai los dos años —explicó con suma emoción, interrumpiéndome.
Parpadeé varias veces todavía sorprendida.
—No sé, Ell —dudé, echando una mirada rápida a Kai—. Tengo que pensarlo. Me gusta la escuela de Los Ángeles.
—Sin compromiso —habló Kai tomando su copa y dio un sorbo de vino—. Cuando te decidas, podemos hablar —sonrió.
Respiré hondo. Estaba a punto de hablar, de negarme a todo esto, pero el camarero irrumpió trayendo la cena. Lanzando una última mirada a Kai, él sabiendo a la perfección que no estaba totalmente contenta con todo esto, los tres empezamos a cenar. Sin hablar mucho, disfrutando de la comida. Yo había pedido una sopa Minestrone y ellos habían pedido Ossobuco. La comida estaba deliciosa, ya no recordaba lo bien que se comía en un restaurante. Debido a que me había pasado el curso estudiando como una rata de biblioteca e hincando codos, las buenas comidas eran una de las cosas que había echado en falta a lo largo de casi un año entero.
Tras comer, estuvimos tomando algunas copas mientras continuamos con la charla y ellos hablaban de sus planes en San Diego. Elliot hablaba como si yo ya hubiera aceptado la oferta y eso me mosqueaba un poco. No quería que decidieran por mí, no quería aceptar la caridad de nadie. Había trabajado duro para conseguir el puesto como becaria en aquella prestigiosa escuela y me sentía orgullosa.
Después de algunas copas, me sentía algo achispada y, con ello, algo más atrevida. Observaba a Kai mientras hablaba con Elliot y me apeteció jugar un poco. Estaba completamente absorto en la conversación y me pareció el momento perfecto. La idea de jugar a su mismo juego me resultaba demasiado tentador. Quizá el mío era un poco más salvaje.
Me deshice de uno de mis tacones con ayuda de mi otro pie. Alargué mi pierna, llegando hasta la suya, acariciándola levemente con mi pie, haciendo que lo notara. Nada más sentirme, dio un respingo apenas visible. Sus ojos se clavaron en mí, recelosos, perdiendo el hilo de la conversación que estaba teniendo. Mordí mi labio inferior con picardía. Entornó sus ojos ligeramente, intentando comprender mi actitud. Continué, dándole pequeñas caricias, subiendo un poco éstas mientras él trataba de seguir la conversación. Le tocaba hablar.
—Y... bueno, eso... tendremos que montar... —Balbuceó. Intentó ignorarme, incluso pareció haberlo logrado, habiendo acabado su frase sin trabarse.
Mientras Elliot hablaba esta vez, subí todavía mas las caricias llegando al interior de su muslo y note cómo se tensaba de nuevo. Verle así me resultaba deleitoso. Tan nervioso, tan vulnerable. Por una vez era yo la que jugaba y no él. Cuando casi llegué a su entrepierna, no aguantó y se levantó. Mi hermano lo miró extrañado y yo apreté mis labios intentando no sonreír.
—Eh... voy al baño, ahora vuelvo —se excusó y se fue deprisa de allí.
No pude evitar soltar una pequeña risa y Elliot me miró. Nada más hacerlo, cambié mi expresión intentando parecer seria, lanzándole una expresión de "Yo no sé nada".
—Por cierto, ¿Aceptas, verdad? —preguntó Elliot—. Nos vamos a San Diego.
Resoplé.
—Ell, ahora no. No he dicho que sí. Déjame pensarlo un poco. No puedo tomar una decisión así a la ligera.
—Lo sé, lo sé. No te molestaré más esta noche con el tema. Tú sólo... piénsalo —insistió.
Bufé levemente. Entendía que yo era importante para él, que le costaba que estuviéramos separados, pero me gustaba mi decisión y todo esto me parecía una locura. Decidí no darle más vueltas, tomando mi copa de vino y dando un trago. Esta noche no, cero preocupaciones.
A los pocos minutos, Kai apareció y se sentó de nuevo. Lanzándome una mirada seria, me advirtió que no volviera a hacerlo. Apreté mis labios intentando contener una risa pilla. Los tres continuamos con la conversación previa mientras bebimos un poco más. A partir de ahí, todo se tornó un juego de miradas, pequeños roces por debajo de la mesa sin mucha maldad y alguna que otra sonrisilla. El tiempo pasó deprisa mientras hablábamos de futuros planes. Decidimos abandonar el restaurante pero no la noche. Decidimos salir, irnos a algún club y tomar otra copa. Kai conocía uno no muy lejos de aquí, así que fuimos a pie.
Cuando llegamos, entramos y, Elliot y yo, fuimos a la barra a pedir unas copas. Kai estaba hablando con alguien del club todavía en la entrada. Este sitio debía ser realmente caro y parecía muy exclusivo, uau. Aunque tampoco había estado en muchos clubes o discotecas. Alguna que otra vez, pero no era mi mayor pasión. Prefería el ambiente de un bar donde tomar algo tranquilamente. Cuando observé a toda la gente que había, mis ojos se detuvieron en una chica, que parecía mirar hacia aquí. Mirando ligeramente a mi hermano, lo comprendí.
—Eh, esa chica no deja de mirarte —dije entre el barullo, cerca del oído de Elliot.
El se giró para mirar hacia donde yo le había indicado con la cabeza. La chica le sonrió.
—Bah.
No me lo podía creer.
—¿Tú pasando de una chica? —me giré completamente hacia él—. ¿Quién eres y qué has hecho con mi hermano?
—No sé, no quiero.
—¿Cómo se llama la chica?
—¿Qué? —preguntó sorprendido, casi asustado.
—Te conozco, Ell. Si rechazas a una chica es porque ya tienes a alguien en mente. Cuéntame — apoyé mis codos sobre la barra y sostuve mi cabeza entre mis manos, mirándolo.
—Que no hay nadie —negó, intentando evitar el tema.
Esperé un poco, pero acabó dándome la espalda, concluyendo la conversación. Rodé los ojos y desistí. Sabía que no iba a contarme nada, pero me sentí feliz por saber que le gustaba una chica y que quizá, a lo mejor, ya eran pareja. Había tenido un montón de rollos, algo pasajero, pero cuando una chica le interesaba de verdad, actuaba como lo estaba haciendo ahora. Y eso, tan sólo había ocurrido otras dos veces.
Me di la vuelta sobre mi pies, apoyando así desde atrás mi codo sobre la barra y con mi otra mano sujetaba mi copa. Di un trago a esta y busqué con la mirada a Kai. Tras una pequeña búsqueda, lo encontré bailando con una chica y no pude evitar sentir una pequeña punzada en el pecho, un poco de celos. Él hablaba con ella y los dos estaban riendo. Le tocaba el brazo y ella se acercaba a su oído para decirle algo. Él volvió a reír. Entonces, sus ojos encontraron los míos como si de imanes se tratasen y nos miramos durante unos segundos. Mi corazón parecía haber dejado de latir por un momento. Aparté la mirada y di un gran trago a mi copa, terminándomela. La dejé en la barra y me fui directa a la pista de baile sin pensármelo dos veces.
Quería olvidar lo que había sentido al verle con esa chica. No podía sentir celos, no podía gustarme Kai. Todo era un juego, tan sólo un juego. Decidí buscar algún chico con el que bailar y así poder olvidarme de él. Al poco rato de moverme por la pista, crucé miradas con un chico alto, moreno y bastante atractivo. Tras un pequeño juego de miradas, él se acercó hasta mí y comenzamos a bailar juntos. Por un momento estaba disfrutando y pasándolo bien sin pensar en él, había conseguido sacarle de mi cabeza. Estábamos bailando cada vez más pegados, él me tomaba por la cintura y mi brazo le rodeaba por su cuello.
Un brazo se metió entre nosotros, separándonos.
—Me encantaría que hicieras el favor de apartar las manos de mi novia —gruñó Kai, desafiándolo con la mirada.
Yo fruncí el ceño confusa, y sobre todas las cosas, enfadada, ¿Qué narices está haciendo?
—Eh, tío, lo siento. Ella no me ha dicho que tuviera novio.
—Suele pasar cuando se emborracha un poco, no se lo tengas en cuenta —rodó los ojos, como si eso lo explicara todo mientras daba unos ligeros toques en mi hombro.
Mi boca se abrió, incrédula.
Ambos se miraron por un instante más sin decir nada. Kai me agarró por la cintura, marcando el terreno y, finalmente, el chico desistió. Se fue de allí y mi alegría decayó por un segundo. Todavía intentaba entender qué acababa de suceder.
—¿Eso era necesario? —murmuré molesta, apartando su mano. Rodé los ojos soltando un bufido así como alcé mi cabeza y comencé a andar para salir de la pista.
—Eh —me agarró de la muñeca, tirando un poco de mí y haciendo que volviera a él.
—¿Qué? —dije secamente, alzando mi cabeza para mirarle. El se inclinó, llegando a mi oído.
—Esto es por lo de antes. Estamos en paz —susurró, causando mi piel erizarse y contuve un pequeño jadeo. El se separó de mí y me guiñó el ojo, orgulloso..
Me di media vuelta dejándole ahí mismo. Me perdí entre la multitud de nuevo tratando de recomponerme y, una vez más, apartarle de mi mente. Las horas pasaron, bailando, bebiendo y festejando a nuestro antojo. En ese punto de la noche, los tres estábamos completamente borrachos. Conseguimos juntarnos y decidimos volver a casa. Ya era tarde y pronto amanecería.
Llamamos a un taxi desde el club y los tres nos arrastramos a la parte trasera. Yo iba en medio, entre ellos dos. Revisaba el teléfono y bebía agua, tratando de no quedarme dormida y esperando que el alcohol me bajara un poco. Los chicos estaban medio dormidos de lo borrachos que iban. Kai dejó caer su cabeza sobre mi hombro y gruñó un poco. Lo miré de reojo y no pude evitar sonreír ante tal imagen. Estaba prácticamente dormido sobre mi hombro y no hacía más que acurrucarse en él una y otra vez. De nuevo esos pensamientos. Aunque esta vez dejé que fluyeran por mi mente. Aún así, todo seguía siendo muy confuso. A ratos parecía que tan sólo pretendía jugar y otras, como ahora, que realmente estaba interesado.
Al poco tiempo, llegamos al fin a casa. Pagué al taxista y desperté a los chicos para que salieran del taxi. Tras un difícil intento, conseguí sacarlos y ambos se tambalearon hasta la puerta de casa. Kai comenzó a pelearse con la cerradura, tratando de meter la llave pero no lo conseguía. Reí por ello.
—Trae —dije y tomé las llaves de sus manos para abrir yo la puerta. Entré y ellos lo hicieron después de mí—. Ell, ¿Podrás llegar a la cama?
Él no dijo nada, pero asintió con una amplia sonrisa en su rostro alzando su brazo, levantando el pulgar. Reí, negando con la cabeza al verlo así. Yo había conseguido que el alcohol me bajara un poco. Había bebido bastante agua, por lo que no me sentía tan mal y todavía podía mantenerme en pie. Ellos dos, en cambio, parecía que habían arrasado con el bar entero.
Subí a mi cuarto un momento para ponerme cómoda y bajé de nuevo para ir a la cocina. Tenía hambre y quería comer algo antes de irme a la cama. Mi cuerpo lo agradecería al día siguiente. Cogí un poco de pan y algo de jamón, haciéndome un sándwich rápido y sencillo. Al darme la vuelta me asusté al ver que había alguien allí sentado, mirándome.
—Kai, joder. Qué susto, ¿No te vas a la cama?
El negó con la cabeza mientras sonreía.
—Tómate la última conmigo —pidió.
Lo miré alzando una ceja, incrédula. Yo podía con una copa más pero él estaba al borde del desmayo. Él me hizo puchero, intentando convencerme. Así, resultaba difícil negarse.
—Está bien. Una cerveza y a la cama —accedí, yendo hacia la nevera. Tomé dos cervezas, las abrí y nos las serví a ambos.
Alzamos los botellines y los chocamos, brindando. Dimos un trago.
—Eres una gran chica, ¿Lo sabías? —dijo él sonriendo, su voz algo tomada por el alcohol. Bajé la cabeza escondiendo la sonrisa que me había provocado—. Y muy guapa.
—Bueno, no puedo decir lo mismo —bromeé.
Él hizo una mueca, intentando parecer herido por mi comentario.
—Eso duele. Uno halaga y sólo recibe malos comentarios —se quejó y dio un gran trago a su cerveza.
— Oh, no llores, eh —hice puchero, todavía vacilándole.
Él entornó los ojos levemente hacia mí y se tambaleaba un poco desde su sitio. Kai y yo hablamos poco más y nos terminamos la cerveza. Apenas era capaz de mantener una conversación, y no me extraña. Al levantarse él para irnos a la cama, casi tropieza y cae. Me levanté para a ayudarle, colocando su brazo alrededor de mis hombros.
—Te acompaño o si no, no llegarás a tu cuarto —gruñí cargando con él y comenzamos a andar.
Con bastante dificultad, conseguimos atravesar el largo pasillo de la casa y llegamos hasta su cuarto. Entramos y lo llevé hasta la cama, ayudándole a tumbarse. Al levantarme para irme, el tiró de mi brazo haciendo que me sentara de nuevo sobre la cama.
—Quédate un rato —pidió, haciendo morritos—. Por favor —alargó sus palabras.
Dudé por un instante, pero verle así causaba algo extraño en mí. Acepté.
—Está bien, pero sólo un rato. Hasta que te quedes dormido —dije y él asintió con una amplia sonrisa. Parecía realmente contento.
Él se acomodó haciéndome un hueco en la cama. Me acosté a su lado, de cara hacia él y nos cubrí con la sábana lo mejor que pude. Llevé mis dedos hacia su pelo, comenzando a acariciarlo lentamente y él cerró los ojos, dejando escapar un pequeño gruñido de placer. Continué acariciándole hasta conseguir que se quedara dormido, observándolo en la oscuridad, todavía con aquella sonrisa dibujada en su rostro.