Podía notar la luz del día incluso con los ojos cerrados. Traté de abrir estos y parpadeé varias veces antes de poder hacerlo totalmente. Al ver dónde estaba, me alteré un poco. Ay, madre. Anoche me quedé dormida en su cuarto junto a él. Mis ojos descendieron y alcanzaron a ver que su brazo me rodeaba por la cintura, sujetándome. Kai estaba abrazado a mí, habíamos dormido abrazados. ¡He dormido con Kai! El pensar que habíamos dormido juntos y abrazados se vio reflejado en mi rostro al instante con total rubor.
Tras despertar totalmente, intenté levantarme con cuidado para no despertarlo. No fue muy difícil, ya que dormía como un tronco. ¿Por qué parecía que estaba escabulléndome? No ha pasado nada, Geo, me dije a mí misma, tan sólo te has quedado dormida en su cuarto, intenté convencerme. Lo observé parada unos segundos mientras dormía y no pude evitar sonreír. La imagen era demasiado tierna. ¡Basta, Geo! Miré la hora en el reloj de la mesita. 9:37. Bien, quizá con suerte Elliot no estaba despierto y no me pillaría aquí.
Salí de la habitación sin hacer ruido y bajé a la cocina a desayunar. La casa estaba silenciosa y era agradable. Estaba tomando el café tranquilamente y saqué el teléfono para hablar con Allison. Mañana iría a recogerla.
GEGI:
¡¡Allie!!
ALLIE:
Hey, hey.
¿¿¿Cómo está mi niña preciosa???
GEGI:
Bien, despertando.
Ayer salimos de fiesta y están K.O.
Y yo estoy aquí desayunando.
¡¡Acuérdate que voy yo a buscarte al aeropuerto!!
ALLIE:
¡Sí!
No te preocupes, no me olvido.
Tengo muchas ganas de verte ya.
Por cierto, yo también tengo que contarte algo...
GEGI:
¿El qué?
¿Ha pasado algo?
ALLIE:
No, no.
No es nada malo, creo...
No te preocupes, mañana te lo cuento!
Tengo que irme,
¡Acuérdate que llego a las 11 de la mañana!
xx
GEGI:
Está bien
Te veo mañana
xx
Suspiré al bloquear el teléfono. ¿Qué era eso que tenía que contarme? Decidí no darle mucha importancia, mañana ella me lo contaría. Además, ya tenía bastante en lo que pensar: Kai.
Mientras tomaba el café, no dejaba de darle vueltas en mi cabeza. Cuando él estaba cerca, el corazón se me aceleraba y sentía que se me iba a saltar del pecho. Anoche, al verle con aquella chica, me dieron un poco de celos al no ser yo quien estuviera ahí con él. Todavía no entendía cómo nuestra relación había cambiado tanto en tan poco.
A veces sentía que le interesaba y otras que tan sólo era, como él había dicho, la hermana, y todo era un mísero juego. Primero flirteaba y luego pasaba de mí totalmente. Cuando estuvimos allí en el parque, sé que estuvo a punto de besarme, sé que él quería hacerlo, pero no sé qué fue lo que le hizo no hacerlo. Y para colmo, no podía ya negar lo que él me hacía sentir. No miraba al mismo chico que conocí. Veía algo totalmente distinto; algo que que gustaba.
Quizá demasiado.
—Buenos días —dijo una voz algo ronca, interrumpiendo mis pensamientos.
Alcé la vista y Kai estaba ahí parado, mirándome.
—Buenos días —dije de vuelta y sonreí levemente. Se había cambiado de ropa y llevaba apenas un pantalón de chándal. Eché un vistazo rápido y aparté la vista volviéndola hacia mi taza, regañándome una vez más por mi comportamiento.
Él se preparó un café y se sentó frente a mí. Pasó la mano por su rostro, gruñendo. Seguramente por el dolor de cabeza.
—¿Has dormido bien? —cuestioné, rompiendo el silencio que se había formado, intentando entablar conversación.
—Sí, aunque no recuerdo ni cómo llegamos a casa —respondió él y dio un trago a al café.
Sentí una ligera punzada en el pecho al oír aquello. No recordaba haber estado conmigo y ni siquiera sabía que habíamos dormido juntos. Pero no era de extrañar con todo lo que bebió. Quizá, incluso, era mejor así.
—¿Hicimos algo luego? —frunció el ceño. Parecía confuso.
Yo negué con la cabeza.
—No. Volvimos a casa después de estar en el club y cada uno se fue a su cuarto —mentí.
Hizo una mueca, como si por un segundo lo dudara. El silencio volvió a formarse y estuvimos un buen rato sin hablar. Me ponía nerviosa estar los dos solos sin tener nada de qué hablar. Y lo que más me molestaba era mi actitud. Necesitaba salir de aquí. No podía estar en la misma habitación que él.
—¿Puedo usar tu gimnasio? Necesito quemar todo el alcohol de anoche.
—Gin, ya te he dicho que es tu casa. Puedes hacer lo que quieras —respondió—. Aunque a mí se me ocurren formas más divertidas de quemar el alcohol —añadió y me sonrió de lado, pícaro.
Me sorprendí, casi sonrojándome. ¿Qué?
—Ya quisieras —dije.
—No sabes cuánto.
—¿Qué? —pregunté. Había murmurado algo contra su taza pero no había conseguido entenderlo.
—Nada.
Lo miré durante unos segundos más, confusa. Finalmente me acabé el café de un trago y me levanté. Dejé la taza en la pica y me fui hacia mi cuarto para cambiarme.
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Había estado corriendo durante una hora y media sin parar en la cinta. Bajé de ella con el pulso y la respiración acelerados. Pasé la toalla que traía conmigo por mi cuello, secando el sudor que caía por este. Me fui a la ducha que había en el gimnasio y me metí. Me sentía como nueva tras hacer algo de ejercicio y la ducha me sentó de maravilla. Estaba como nueva. Salí y me enrollé una toalla al cuerpo. Tomé mis cosas y me dispuse a volver a mi cuarto. Al pasar de nuevo por el gimnasio para irme, di un brinco al verle ahí.
—Dios, Kai —jadeé, llevándome la mano al pecho—. Tienes que dejar de aparecer de la nada.
Él soltó una pequeña risa.
—Lo siento. Sólo venía a ver si estabas bien —dijo acercándose hasta mí y el corazón volvió a latirme deprisa. ¿Por qué? No, no, no.
—Estoy bien —mi voz algo temblorosa respondió, evitando mirarle directamente a los ojos—. Ya he terminado.
—Ya veo —dijo echándome un vistazo. ¿Acababa de darme un repaso?
—Em... bueno, me voy —murmuré, comenzando a andar.
— Gin —me llamó, agarrándome de la mano y haciendo que me detuviera. Me giré para mirarle. Mis piernas parecían gelatina al sentir su tacto, su mano junto a la mía.
—¿Qué pasa? —tragué saliva.
El me miró por unos segundos, como si intentara decirme algo pero no hablaba. Momentos después suspiró y me soltó.
—Nada —desvió la mirada un segundo e hizo una pequeña pausa—. Hoy tengo que salir por unos asuntos. Cualquier cosa, llámame —me informó y sonrió, aunque esta vez no parecía una sonrisa sincera. No una de esas que solía darme. Su rostro parecía serio, preocupado por algo.
—Está bien —respondí y le sonreí levemente de vuelta antes de irme de allí.
Cuando llegué al fin a mi cuarto, me puse una camiseta y un pantalón corto. Algo cómodo para estar por casa. Como no habíamos planeado nada para hoy, ya que habíamos salido ayer, me fui a la biblioteca y comencé a buscar algún libro que leer. Rápidamente me perdí entre las páginas de los libros y las horas pasaron volando sin darme cuenta. Al ver la hora que era, salí de allí y traté de buscar a Elliot, esperando que estuviera despierto.
Le encontré en la piscina, sentado en la mesa.
—Hey, sigues vivo —exclamé con una sonrisa, acercándome a él. Me senté a su lado. Él tenía algo de comida para picar y decidí tomar un poco.
—Madre mía, apenas recuerdo cómo llegamos —bufó.
—No me extraña. Llegaste dando tumbos no, lo siguiente. Os quedasteis dormidos de camino a casa y por poco tengo que llevarte en brazos —reí y el también, aunque estaba más concentrado mirando su móvil—. ¿Has dormido bien? —pregunté y él sólo asintió. Continuó escribiendo en su teléfono, sonriendo. Fruncí el ceño molesta. Me estaba ignorando completamente.
Seguí hablándole un poco más pero él no prestaba atención alguna. Fruncí todavía más el ceño, ya enfadada. Le quité el móvil de las manos rápidamente y me levanté.
—A quién le escribes tanto, ¿Eh?
—Georgina, dámelo, ¡Para! —alzó su voz, viniendo hacia mí.
Rápidamente miré la pantalla del móvil, queriendo averiguar de una vez por todas quien era la chica. Me quedé pálida al ver con quién estaba hablando y lo que ponía la conversación. Miré a Elliot, intentando procesar la situación. Giré el teléfono hacia él, mostrándoselo.
—Georgie... puedo explicarlo —trató de justificarse y cogió el teléfono de mi mano. Se acercó todavía más—. Deja que te lo explique, por favor.
—¿Desde cuando? —pregunté secamente.
—Hace dos meses —respondió varios segundos después.
Me sentí algo mareada. ¿Por qué no me habían contado nada? Habían estado juntos desde hacía dos meses y nadie me había dicho nada.
—Dos meses... ¡Dos meses! —alcé todavía más la voz y jadeé—. ¿Por qué no me habíais dicho nada, Elliot?
—Pensamos que te lo tomarías mal... íbamos a decírtelo mañana cuando ella viniera. Queríamos hablar contigo. No te enfades, por favor.
—No me molesta que estéis juntos, Elliot. Me molesta que no confiarais en mí lo suficiente como para decírmelo. ¡Dos meses! ¿Kai lo sabía? —él no respondió, pero eso fue suficiente—. Genial, Kai lo sabía y yo era la única tonta que no tenía ni idea de nada.
Empecé a caminar alejándome de él para entrar en la casa, ignorando por completo sus súplicas por quedarme y hablar. Me sentía muy confusa y sobre todo, enfadada. No entendía por qué todos lo sabían menos yo. Que no hubieran confiado en mí.
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El ruido de la puerta me despertó. Abrí los ojos, incorporándome entre leves gruñidos, y cuando los abrí completamente pude ver a Elliot en la puerta. Resoplando, le hice una señal con la mano para que entrara y me dejé caer de nuevo en la cama, cerrando los ojos.
—Lo siento —musitó. Pude notar que se sentaba en la cama, a mi lado—. Debí habértelo contado y Allison también. No estés enfadada con nosotros, por favor.
Resoplé de nuevo, llevándome las manos a mi rostro y finalmente me incorporé en la cama, quedando sentada.
—No estoy enfadada, al menos no ya. Pero entiende que me molestara que nadie me contara nada, Elliot. Sois mis amigos, mi familia.
—Lo sé y lo siento...
—Y no imagino una chica mejor para ti que ella, de verdad. Estoy muy contenta por lo vuestro —Confesé. Él sonrió, contento por mis palabras—. Simplemente, no me escondáis las cosas. La próxima vez no voy a tomármelo tan bien. Dijimos que nada de secretos. ¿Cómo pudisteis pensar que me lo tomaría mal?
Elliot me abrazó con fuerza tras aquellas palabras y yo hice lo mismo. No podía mosquearme. Aunque fuera algo que no me esperaba en absoluto, lo comprendía. Ahora comprendía un montón de cosas.
—Te quiero, imbécil —dije y él soltó una pequeña risa.
El se separó de mí.
—Ven, has dormido toda la tarde, no te quedes aquí sola. Ven con nosotros.
—¿Kai ha vuelto? —dije más emocionada de lo que pretendía. Carraspeé y él inquirió, alzando una ceja—. Es que... tengo que preguntarle algo para mañana, cuando vaya a buscar a Allie —Mentí. Pareció tragárselo.
Ambos nos levantamos y bajamos al salón. Al llegar, mi rostro cambió por completo al verle. Le había echado de menos durante todo el día y me alegraba verle de vuelta. No podía negarlo por mucho que lo intentarla. Su ausencia hoy había parecido una eternidad.
—Hey —exhalé mientras me acercaba a él, que me miró con una amplia sonrisa. Elliot había ido a la cocina a por unas bebidas—. ¿Cómo estás?
—Bien. Ya he solucionado lo que debía solucionar —explicó él mientras me sentaba a su lado en el sofá.
—Me alegra —dije algo tímida.
—¿Me has echado de menos? —arqueó una ceja.
De nuevo los colores estaban por subirme, incapaz de contestar.
—Cuéntale la buena noticia —irrumpió Elliot con un tono divertido. Se sentó al otro lado y dejó una cerveza para cada uno sobre la mesa.
Carraspeé levemente, recomponiéndome.
—¿Qué noticia? —pregunté confusa así como arrugué el ceño.
—Fui a la escuela de moda y hablé con mi amigo. También tiene una en Los Ángeles, así que podrías estar en San Diego y Los Ángeles a la vez, podrías ir y venir a tu antojo. Además, no trabajarías tan sólo como becaria. Tendrías un trabajo oficialmente.
Mi expresión cambió por completo al oír esas palabras, llevándome las manos a la boca, ¿De verdad había estado haciendo todo eso por mí para poder estar con Elliot? No había forma de ocultar mi felicidad en ese momento
—¿En serio? —mi aguda voz preguntó sin creérmelo todavía.
—Sabía que no querías dejar del todo Los Ángeles, así que lo arreglé para que no tuvieras que irte del todo, ¿Qué te parece?
Me abalancé sobre Kai, abrazándolo con fuerza. Al instante me di cuenta de lo que había hecho y rápidamente me separé de él. Nuestras miradas se cruzaron igual de confusas, asustadas incluso. Rápidamente abracé también a Elliot, esperando que no se hubiera notado mucho lo que acababa de suceder.
—Gracias, chicos. A los dos —dije al separarme de Elliot y les sonreí a ambos.
—Entonces, ¿Eso es un sí? —preguntó Elliot.
—Eso creo —respondí incapaz de ocultar mi alegría. Él lo celebró, orgulloso. Quizá era un locura, pero la idea de poder seguir viendo a mi hermano lo valía.
—Pues brindemos —dijo Elliot alzando su cerveza. Kai y yo hicimos lo mismo y chocamos los botellines de cerveza.
Kai me guiñó un ojo sin que Elliot lo viera y apreté mis labios tratando de contener una sonrisa algo tonta.
—Por San Diego —brindó Elliot finalmente.