Mi vida es un desastre

1320 Words
+DAMIÁN+ Estoy en la terraza. El cielo está gris, como casi siempre en esta ciudad maldita. Saco el celular, lo apoyo en el borde del sofá y marco a Camilo. Mi hermano-amigo de toda la vida, mi socio cuando todavía creía en los negocios, el único cabrón que me sigue hablando, aunque yo le haya fallado mil veces. —¿Qué quieres ahora, Damián? —contesta sin decir ni "hola"—. ¿Otra confesión? ¿Otro cadáver emocional? —Vete al diablo, Camilo. Solo quiero hablar. Estoy en la terraza, viendo cómo la vida sigue mientras yo intento no meter la pata cada cinco minutos. Silencio al otro lado. Sé que está sonriendo. Siempre se ríe de mi drama. —¿Cómo amaneciste hermano? —Como una patada en los huevos, pero sin los huevos. No sé si me entiendes. —Perfectamente. ¿Ya te tiraste a la asistente nueva? —¿Qué carajo estás diciendo? ¿Tú crees que todo lo que camina y tiene curvas es para llevarlo a la cama? —Sí. —Pues no. No esta vez. —Ajá. Entonces explícame por qué suena a que estás a punto de hacerlo. —Escúchame, imbécil —me levanté y empecé a caminar de un lado a otro por la terraza como un loco sin rumbo—. Estuve con ella unos minutos en el ascensor. Y ya metí la pata. Le arruiné el vestido, literal. ¡Le rompí el maldito vestido! —¿Qué hiciste, Damián? ¿Un abrazo con fuerza Hulk? —No, no. Fue un accidente. Se enganchó con mi maletín y... ¡Zas! Se desgarró mostrando su pierna desnuda. —¡Ja, ja, jaj, a! ¡No puede ser! —No es gracioso, Camilo. ¡Es su primer día! Imagínate: llega, se presenta, está nerviosa, y de pronto ¡pum! el jefe semi-desnuda a la asistente. —¿Y está buena? —¡No me jodas! —Es una pregunta válida, hermano. No me niegues que eso influye en tu nivel de culpa. Si fuera fea no estarías tan alterado. —¡Me jode porque la hice sentir incómoda! ¡No porque me gustó su maldito escote o sus piernas! —Ajá… entonces no te gustó. —¡Claro que me gustó! ¿Quieres que te diga que no? Es obvio. Tiene ojos grandes, un lunar junto a la boca que parece pintado a mano, y cuando habla, juro que mi cerebro olvida los traumas de infancia. ¿Contento? —Mucho. —Pero no pienso hacer nada, ¿ok? No vine a Alemania para repetir mis errores. —No. Viniste a esconderte de ellos. —Exactamente. Gracias por recordármelo, psicólogo frustrado. Suspiré y me senté otra vez. —Te lo juro, Camilo. Yo intenté amar. Lo hice. —Valentina... —Sí. Valentina. Ella fue... todo. Y yo fui un maldito cobarde. La traté como una amante cuando merecía ser mi reina. Y luego, cuando me pidió que eligiera, elegí mal. Elegí el poder, las empresas, el nombre... y a Charlotte. —Charlotte, la esposa decorativa con más veneno que una serpiente. —Charlotte, la mujer que nunca amé. La madre del hijo que ni siquiera sé si es mío. ¿Tú sabes lo que es eso, Cami? Tener un hijo y no sentirlo. No saber si es tuyo, pero aún así dejarlo, porque todo es tan jodidamente oscuro dentro de ti que ni siquiera puedes mirar atrás. —Lo sé, Damián. Te destruíste solo. —Valentina se fue. Empezó de nuevo. Tiene a otro. Quizás ya es madre. Quizás él sí se queda en las ecografías. Yo solo fui una sombra para ella. —Una sombra que no aprendió a amar a tiempo. —Exacto. Nos quedamos callados un rato. A veces, el silencio entre nosotros dice más que mil palabras. —¿Y qué harás con la nueva asistente? —Quiero que le compres un vestido, ella lo necesita. ++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++ Terminé la llamada con Camilo. Ese idiota tiene el corazón más blando que el mío, y mira que eso es decir mucho porque el mío es básicamente una piedra congelada envuelta en cinismo. Pero prometió conseguir el vestido. Lo conocía bien, eso significaba que iba a comprar algo tan ridículamente caro que haría que mi asistente se viera como una modelo de pasarela recién salida de Milán. Perfecto. Justo lo que necesito: más distracción visual en mi oficina. Me quedé de pie unos segundos en la terraza, observando la ciudad que ahora llamaba “mi hogar”. Ja. Qué concepto tan sarcástico. “Hogar”. Lo más cercano a un hogar que tuve fue ese maldito apartamento en Italia, con Valentina preparando café en las mañanas, con su cabello desordenado y ese acento dulce que me perseguía hasta en sueños. Mi amor verdadero. O lo que creí que era amor, aunque ahora… ahora ni siquiera estoy seguro de saber lo que esa palabra significa. Valentina fue mi caída más hermosa. Mi mayor estupidez. La mujer que amé como un cobarde, escondiéndola del mundo mientras la prometía cosas que jamás cumplí. No le di su lugar. No la hice mi esposa como debía. Y cuando se fue, no corrí tras ella. Qué ironía. El único amor real que tuve y lo dejé ir como si nada. Ahora está con otro. Y Charlotte... mi maldita perdición. Ese matrimonio fue la soga al cuello que yo mismo apreté. Sabía que era una trampa, que me estaba metiendo en un juego sucio, pero lo hice igual. Por ambición. Por debilidad. Por cobardía. Y terminé solo. Solo. Porque así es como termina todo cuando uno no se valora a sí mismo. No me victimizo. Sé que fui el autor de mi tragedia. Pero eso no lo hace menos doloroso. Suspiro. Mi pecho se siente como un desierto árido. Amor, esa palabra que ahora me da urticaria. No volveré a amar. No puedo. No quiero. El precio fue demasiado alto y aún lo estoy pagando. Sacudo la cabeza, abro la puerta y entro de nuevo en la oficina. Y ahí estaba ella. Mi nueva asistente. Sentada en el sofá, con las piernas juntas y las manos intentando cubrir lo que quedaba expuesto de su vestido rasgado. Una escena tan patética como atractiva. Su mirada se cruzó con la mía y juro por Dios que había fuego en esos ojos. Fuego y vergüenza. Mala combinación. Excelente combustible para el caos. Me aclaré la garganta y me acerqué sin demasiado apuro. —Alguien vendrá y te traerá un vestido —le dije, metiendo las manos en los bolsillos como si no tuviera nada que ver con el accidente. Aunque, en realidad, la culpa fue enteramente mía. O de la ley de la física. O del destino. Da igual. Ella no dijo nada al principio. Solo bajó la mirada y luego volvió a subirla con ese gesto medio altivo, medio asesino que me hizo apretar la mandíbula. Dios, esa mujer tenía carácter. —Una vez más, quiero disculparme —añadí, intentando que mi voz sonara mínimamente humana. Ella alzó una ceja. Solo una. Magnífica. —No hay nada que disculpar —respondió finalmente con un tono tan tranquilo que me puso los pelos de punta—. Me encanta comenzar mi primer día siendo semidesnuda por el CEO. Sinceramente, supera todas mis expectativas laborales. Tragué saliva. ¿Sarcasmo? ¿Orgullo? ¿Humor? Esa mujer tenía todo el combo. —Lo tendré en cuenta para la próxima entrevista de personal —dije, intentando seguirle el juego—. “Nivel de exposición a jefes torpes: tolerancia alta”. Tal vez lo añadimos al formulario. —Y deberías incluir “reflejos para evitar que te arranquen la ropa”: bajo. Porque esos te fallaron miserablemente. Solté una carcajada. No pude evitarlo. Su sarcasmo era refrescante, inesperado. Como un mal trago de vodka que arde, pero deja ganas de otro.
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