******Liam******
Salí de la ducha con una toalla envuelta en la cintura y el agua escurriendo por mi cabello n***o. Me pasé una mano por la cara, tratando de despejarme, pero el maldito vacío en mi memoria seguía allí. No recordaba cómo había acabado en el departamento de esa bruja de lengua afilada, pero lo que sí tenía claro era que su actitud me había sacado de quicio. A pesar de eso, no podía sacarme de la cabeza esos ojos verdes llenos de fuego y esa maldita boca que parecía hecha para morderla.
Bajé al salón de juegos y, como esperaba, Adrián ya estaba ahí, con los pies en la mesa de centro y un control en la mano, jugando en la pantalla gigante.
—Mira quién decidió revivir —soltó sin apartar la vista del juego. Me senté a su lado y agarré otro control.
—Cállate y dame un maldito resumen de lo que pasó anoche —bufé.
Adrián pausó el juego y se me quedó mirando con una sonrisa de cabrón.
—¿No recuerdas nada? —preguntó, fingiendo sorpresa—. ¡Qué tragedia! Y yo que pensaba que ibas a contarme los detalles jugosos de cómo terminaste en casa de una pelirroja en ropa interior.
Fruncí el ceño, sintiendo que mi paciencia ya estaba colgando de un hilo.
—No jodas, Adrián. Habla de una vez.
—Tranquilo, princesa —se burló—. Bailaste, bebiste, te metiste algo y después un tipo te golpeó. ¿No es más o menos tu rutina estándar?
—¿Y la bruja? ¿Cómo terminé en su casa?
—Ah, eso sí es un misterio. Nadie supo qué pasó contigo después de la madriza. Solo sabemos que desapareciste —dijo encogiéndose de hombros.
Solté un gruñido y me dejé caer contra el respaldo del sillón. Esto era una mierda. No me gustaba no tener el control, y mucho menos la sensación de que alguien más lo tenía sobre mí.
Mi teléfono vibró en la mesa. Lo tomé y vi el nombre de Renata en la pantalla. Suspiré con fastidio antes de contestar.
—¿Qué quieres?
—Buenos días para ti también, encanto —dijo con su voz melosa y fingida—. Solo te llamaba para recordarte que tenemos la reunión con la productora en la tarde. Pero antes de eso, quiero verte para planear cómo vamos a manejarnos en la gira promocional. Nos vemos en el restaurante a la una.
Puse los ojos en blanco.
—Sí, lo que digas.
Colgué sin esperar respuesta y me volví a Adrián, quien ya tenía una mueca de asco en la cara.
—No sé cómo sigues cogiendo con esa tía —se quejó—. Es insoportable.
—Es fácil y está buena —dije con simpleza—. Y mientras ella consiga lo que quiere —mi fama y el acceso a eventos de lujo—, yo consigo lo que quiero.
—O sea, una felación y un pase gratis a la autodestrucción —bufó Adrián—. La última vez que te juntaste con ella terminaste en el hospital con una sobredosis leve, cabrón.
—No fue para tanto —respondí, restándole importancia.
—Claro que sí, pero bueno, haz lo que quieras. Yo no soy tu maldito niñero. Solo espero que esta vez no te saque del puto país para unas "vacaciones espontáneas". La última vez casi pierdes el rodaje —me recordó, cruzándose de brazos.
Le lancé un cojín.
—¿Vienes o no?
—Si voy es solo para verla retorcerse de odio —dijo con una sonrisa maliciosa.
Cuando llegamos al restaurante, Renata ya estaba sentada en una mesa privada, con unas gafas oscuras y su actitud de diva insoportable. En cuanto vio a Adrián, su expresión se torció.
—¿En serio? —soltó con desdén—. ¿Tenías que traer a este parásito contigo?
Adrián le dedicó su mejor sonrisa burlona.
—Aww, Reni, siempre tan cariñosa. ¿Sabes qué extraño? El sonido de tu voz cuando no estás hablando.
Renata chasqueó la lengua y lo ignoró, enfocándose en mí.
—Tenemos que definir bien cómo vamos a manejarnos en las entrevistas. La prensa nos quiere como la pareja perfecta de la pantalla. Debemos darles lo que quieren.
Adrián soltó una carcajada.
—Sí, Liam, dale lo que quiere. No es como si eso fuera nuevo para ti.
—¿Quieres que te eche de aquí, imbécil? —escupió Renata.
—No, pero me encantaría verte intentarlo —respondió él con una sonrisa descarada.
Yo solo me froté las sienes, ignorando su guerra de egos. Estaba a punto de decir algo cuando, de repente, mi vista se fijó en una cabellera roja moviéndose entre las mesas.
Mierda.
Ahí estaba, con un uniforme de mesera y una expresión de aburrimiento en la cara mientras tomaba pedidos. La bruja.
Y entonces, como si mi jodida suerte no pudiera ser peor, se acercó a nuestra mesa.
***Camila***"
No me había alcanzado ni el primer café del día cuando Valeria me atrapó en la cocina del restaurante con esa sonrisa de loca que le salía cuando estaba a punto de soltar una de sus tonterías.
—¡Dime que te lo cogiste! —exclamó en cuanto me vio, con los ojos brillando de emoción y su mano aferrándose a mi brazo.
Solté un suspiro y puse los ojos en blanco, intentando ignorarla mientras revisaba las comandas. Pero, como siempre, ella no tenía la menor intención de dejarlo pasar.
—¿De qué hablas ahora? —murmuré, aunque en el fondo sabía exactamente a qué se refería.
—¡De Liam f*****g Davenport! —chilló bajando la voz a último momento cuando un cocinero nos lanzó una mirada de advertencia. Se pegó más a mí y susurró—: Me contaron que te lo llevaste a tu casa, zorra afortunada. ¡Exijo detalles!
Bufé con fastidio y le lancé una mirada fulminante.
—No me lo llevé a mi casa, imbécil. Lo encontré medio muerto en la parte de atrás del club y como soy una maldita santa, decidí ayudarlo. Fin de la historia.
Pero Valeria no iba a aceptar un “fin de la historia” tan rápido. Me agarró del brazo y me arrastró hacia una esquina más apartada.
—¿Lo tocaste? —preguntó con un brillo perverso en los ojos—. ¿Es verdad lo que dicen sobre el tamaño de su v***a? ¿Le viste algo?
Me ahogué con mi propia saliva y la empujé con el codo.
—¡No, joder! ¿Qué carajo te pasa? Solo estaba en calzones cuando despertó, pero créeme, ni ganas de ver nada me dieron. Es un puto imbécil.
—¿Pero su tacto? ¿Su piel? Vamos, dime algo que me sirva para mis pajas mentales.
—¡Por el amor de Dios, Vale! —bufé, pero ella solo se rió, disfrutando de mi incomodidad.
—Oh, vamos, Cami. No me jodas con que no te fijaste en ese hombre hecho pecado. Es como si los dioses del Olimpo hubieran decidido torturarnos con su existencia. Alto, marcado, con esos ojos de depredador… dime la verdad, aunque sea una mierdita de persona, ¿no te dieron ganas de montártelo?
Me mordí la lengua, porque lo cierto es que, sí, el cabrón estaba para derretirse. Pero el momento en que abrió la boca y me llamó “bruja”, además de acusarme de vender la noticia, se encargó de acabar con cualquier atisbo de calentura.
—Prefiero meterme un tenedor caliente en el ojo —mentí descaradamente.
Valeria soltó una carcajada y me dio una palmada en el trasero.
—Ay, Camila, no tienes remedio. Pero dime, ¿le dijiste que no sabías quién era? —preguntó con una sonrisa malvada.
—Por supuesto que sí. Y se indignó, como si fuera un pecado no saber de su existencia —bufé.
—Porque lo es —dijo ella como si fuera obvio—. Camila, ese cabrón ha salido en todas las películas de comedia romántica de los últimos años. "Bajo el cielo de París", "Promesa en Otoño", "Un café contigo"… dime que al menos una de esas te suena.
Mi cara de piedra fue la única respuesta que recibió.
—¡No mames, Camila! —exclamó llevándose las manos a la cabeza—. Dios, me da vergüenza ser tu amiga. Eres un desperdicio de mujer, tía. Ese hombre es una fantasía con patas.
Antes de que pudiera replicar, la campana de la cocina sonó y nos apresuramos a tomar las bandejas. Cada una salió hacia su área y yo me mentalicé para el resto del turno. Pero el universo tenía que seguir jodiéndome, porque en cuanto llegué a la siguiente mesa y levanté la mirada para tomar la orden, me encontré con un par de ojos turquesa clavados en los míos.
Ahí estaba el idiota, sentado cómodamente con una expresión de superioridad en su jodidamente atractivo rostro. A su lado, una mujer rubia, que me lanzó una mirada de desprecio antes de voltear los ojos. Y frente a ellos, un tipo con una sonrisa burlona que parecía estar disfrutando demasiado la situación.
Mi estómago se tensó y un maldito escalofrío me recorrió la espalda. Pero no les di el gusto de verme inmutada. Me aclaré la garganta y, con mi mejor cara de “me importa una mierda”, saqué la libreta.
—¿Les puedo tomar la orden? —solté, con voz neutra.
Los ojos de Liam se oscurecieron con un destello divertido, como si estuviera esperando ese encuentro. Como si le divirtiera ver en qué posición incómoda me había puesto la vida.
Maldito cabrón.
—Vaya, vaya… la bruja tiene un segundo trabajo. ¿Qué sigue? ¿También vendes pócimas? —su tono burlón me hizo apretar los dientes.
Respiré hondo, controlándome. No valía la pena perder mi empleo por este imbécil. Lo mejor era ignorarlo y seguir con mi trabajo.
—La orden —repetí con firmeza.
El otro tipo, el moreno con la sonrisa de demonio, se inclinó hacia adelante, disfrutando de la escena.
—Cuidado, Davenport, que la bruja tiene carácter. A lo mejor te convierte en sapo si la sigues provocando.
La rubia bufó y apartó la vista con fastidio.
—Dios, esto es ridículo. Quiero un filete término medio con ensalada y agua mineral —dijo con voz arrogante, como si darle la orden a una simple mesera fuera denigrante.
Liam, sin embargo, mantenía su mirada fija en mí, como si intentara leerme. O, peor aún, como si me estuviera desafiando.
—Lo mismo para mí. Y un whisky doble, sin hielo —dijo con esa voz profunda y condescendiente.
Asentí, anotando todo sin hacer contacto visual. Luego miré al moreno, que me sonrió con picardía.
—Para mí, una hamburguesa con extra de papas… y una sonrisa, preciosa. Dicen que las brujas tienen un hechizo especial en los labios —comentó, guiñándome un ojo.
Le lancé mi mejor mirada de “vete a la mierda” y cerré la libreta.
—Ahora vuelvo con sus órdenes —dije, ignorando sus carcajadas mientras me daba la vuelta.
Caminé de regreso a la cocina con el corazón latiéndome con fuerza. No entendía por qué este encuentro me había afectado tanto. Era solo otro cliente imbécil. Un estúpido actor de mierda. Nada más.
Entonces, ¿por qué sentía que esa mirada turquesa aún quemaba mi piel?