—Yo me encargo, Malik. Tengo un imán que atrae a este tipo de cerdos — me ofrecí. —No puedes cometer ningún error y tampoco vayas a confiarte. Él está armado y tiene a alguien cubriéndolo. —Disfrutemos de la noche y olvidemos a ese viejo. En menos de lo que canta un gallo, esa rata dejará de existir — añadió Leonel. —¿Te sientes bien, princesa? Si no te estás sintiendo aún bien, podemos irnos. —¿Por qué no vienen con nosotros al viaje? Tal vez el aire fresco, el salitre y el vaivén de las olas te ayuden a relajarte— les sugerí. —No, gracias. Todo está bien, solo tengo un malestar en el estómago. Ya se me pasará. —Reunámonos otro día. Llevaré a mi esposa a la casa. —Creo que nuestra presencia no le agrada. Hemos sido lo más amable posible contigo. Malik es testigo de que no somos a

