Capítulo 1: Una explicación que no llegara.
Sentí un dolor agudo en el pecho, como si me hubieran apuñalado el corazón, una traición inesperada de quien amaba profundamente. Tal vez fui demasiado confiada, creyendo en su sinceridad.
A pesar de los años juntos, me di cuenta de que nunca ocupé un lugar especial en su corazón como lo hacía esa mujer, su verdadero amor. Ahora busco desesperadamente algo de cariño y afecto, mientras cargo el peso abrumador de la decepción que me ha destrozado por dentro.
Decidí ir a la oficina de mi esposo, ese hombre en quien confiaba plenamente y a quien admiraba. Al llegar, me sentí observada por todos; algunos rostros me eran familiares, pero otros no los reconocía, ya que rara vez visito su lugar de trabajo.
Me sentí juzgada por mi apariencia descuidada y mi ropa informal, mientras miraba a las secretarias, tan pulcras en comparación. Las luces tenues y el sonido constante de teléfonos y teclados creaban una atmósfera tensa, haciéndome sentir aún más fuera de lugar y vulnerable.
Mientras avanzaba hacia la oficina de mi esposo, esa mañana me sentía cómoda en mi desaliño habitual, sin pretensiones ni máscaras. Pero a medida que me acercaba, el aire parecía cargado de tensión, como si estuviera a punto de entrar en una escena de telenovela llena de confrontaciones.
Cada paso que daba estaba cargado de incertidumbre, como si mis pies se resistieran a avanzar. ¿Por qué debería sentir vergüenza? No había hecho nada malo, no tenía razón para sentirme de esa manera.
Él nunca me había mostrado el amor que esperaba. Podría haber dado media vuelta y recordar los días en los que éramos amigos, cuando la felicidad y la complicidad eran genuinas. Pero esos tiempos habían desaparecido. Cometimos errores, pero lo que más duele es su falta de sinceridad.
Si ya no me ama, ¿por qué no pedir el divorcio? Aunque enfrentar ese paso será doloroso, al menos podré encontrar algo de paz. Ya no tengo la energía para luchar por un matrimonio feliz que solo existió en mi imaginación.
Pero allí estaba, parada en la puerta de su oficina, decidida a enfrentarlo. Respiré profundamente antes de tocar suavemente la puerta de madera, sintiendo el latido acelerado de mi corazón como un tambor en mis oídos.
Al abrir la puerta me di cuenta que me miraba con desprecio, una mirada que me helaba el alma. Antes, sus ojos brillaban con cariño, pero ahora solo reflejaban amargura.
Me quedé allí, intentando comprender las fotos anónimas que había recibido, preguntándome qué más podría estar ocultando. Las imágenes eran un rompecabezas confuso y doloroso, piezas de un pasado que no entendía del todo.
A pesar de saber que en su mente mi existencia quizás carece de relevancia, nunca ha pronunciado esas palabras tan significativas como «te amo», ni ha mostrado un mínimo interés genuino por mí.
Sin embargo, desde el punto de vista legal, sigo siendo su esposa, lo cual debería otorgarme al menos un poco de compasión o respeto por los años que he dedicado a esta relación. Pero parece que para él, eso no tiene ninguna importancia.
Mientras su mirada penetrante seguía clavada en mí, luchaba por mantenerme firme, aunque por dentro estaba lidiando con un torbellino.
Tragué saliva con dificultad, intentando mantener la compostura y mostrarme desafiante en medio de la situación.
—¿Cómo puedes justificar esto? —exclamé con furia, dejando escapar la tensión acumulada en mis palabras.
Él emanaba una irritación palpable, su rostro estaba contraído revelaba un profundo disgusto ante mi presencia en su despacho.
Era evidente que mi cercanía le resultaba intolerable. Sin embargo, su animosidad no estaba dirigida hacia su amada Leonor, a quien parecía tolerar con benevolencia todo lo que ella hacía.
Quizás fue un error confrontarlo de esta manera. Interrogar a alguien que siempre ha mantenido un muro de secretos solo resulta en una disminución constante de mi autoestima.
De repente, sin previo aviso, él se levantó de su asiento y pronunció una sola palabra que resonó en lo más profundo de mi ser:
—Lárgate.
Aquella simple orden, cargada de desprecio, se clavó en mi corazón como una daga, dejando un dolor profundo y duradero.
Él siempre ha sido despiadado, nunca ha medido sus palabras hacia mí. ¿Y por qué lo haría ahora? Solo por pedir explicaciones sobre esas fotos.
Pero aún así, luchaba por una respuesta, por una negación de lo que veía. Pero él solo sonrió de lado. Debería haber mantenido mi dignidad y mandarlo al diablo, pero...
—¿De verdad esperas una explicación? No seas tonta, Cristina. No tengo nada que decirte. Mi vida es asunto mío, nada que ver contigo. Ahora lárgate, estoy ocupado —dijo, como siempre lo hace, despreciándome.
Él solo miraba las fotos en las que ella lo besaba. Ya no había esperanza de explicaciones. Yo solo fui la tercera en discordia entre ellos dos, que se amaban.
—¿Y bien? ¿Qué tienes que decir por ti mismo? —pregunté, desesperada por alguna muestra de remordimiento o incluso una negación convincente.
Él levantó la mirada de las fotos y me miró con frialdad.
—¿Qué quieres que diga? —respondió con un tono cortante—. Es mi vida, mis decisiones. No tengo que rendirte cuentas a ti.
Mis manos temblaban de ira y dolor. No podía creer que me estuviera tratando así después de tantos años juntos. Pero sabía que era inútil discutir con él. Siempre había sido así, arrogante y cruel cuando se trataba de nuestras diferencias.
—¡No puedes simplemente ignorar lo que has hecho! ¡No puedes hacer esto y luego esperar que me vaya como si nada! —exclamé, luchando contra las lágrimas que amenazaban con caer.
Él se cansó y se levantó de su escritorio con un suspiro cargado de exasperación, dejando caer la carpeta que sostenía con un golpe sordo sobre la superficie. El sonido resonó en la pequeña oficina, creando una atmósfera aún más tensa entre nosotros.
—Ya te dije que me dejes en paz. No tengo tiempo para tus dramas ahora. Vete de una vez por todas y déjame tranquilo —espetó, con su voz impregnada de impaciencia y desdén.
Sus palabras me golpearon como un mazo, dejándome paralizada y con la sensación de que me habían atravesado el pecho. Sentí un nudo en la garganta y una oleada de dolor recorrer todo mi ser.
Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos, mi voz apenas era un susurro.
—¿Así que esto es todo? ¿Así de fácil me desechas? —murmuré, con el corazón hecho pedazos mientras él se giraba y seguía con sus quehaceres, dejándome en un abismo de desolación.
Su indiferencia me desconcertaba. Mis lágrimas de indignación y dolor se contuvieron, negándole el placer de verme quebrada. Él rechazaba cualquier conversación sobre nuestro matrimonio, su desdén era un muro entre nosotros.