La ira ardía dentro de mí como un fuego descontrolado, mientras sus labios se curvaban en una mueca de desdén, desafiándome con su arrogancia.
—¿Qué te crees que estás haciendo? —soltó con voz fría y desafiante.
Cada risa suya retumbaba en mi cabeza como un eco punzante, alimentando mi enojo.
Cuando le lancé una bofetada, fue un estallido de ira contenida, un acto de rebeldía que marcó un punto de quiebre en nuestro constante intercambio de desprecio. El golpe resonó en mis huesos, pero el dolor que más me consumía era el anidado en lo más profundo de mi ser, una herida abierta que se resistía a sanar.
—¿Estás loca? —gritó, con su rostro enrojecido por la furia.
Mis ojos ardían con lágrimas reprimidas. Cerré los párpados con fuerza, sintiendo el ardor detrás, luchando por mantener mi compostura frente a su desprecio.
No permitiría que me viera desmoronarme, no le daría ese gusto.
—¿Es todo lo que tienes? —soltó con desdén, burlándose de mi reacción.
Cada parpadeo era un intento desesperado de contener la marejada de emociones que amenazaba con arrastrarme hacia la oscuridad.
Pero sus palabras, afiladas como cuchillos, cortaron a través de mi coraza emocional como si fuera papel. Cada frase era un golpe directo al corazón, una dolorosa revelación de su traición y desprecio hacia mí.
—Lo siento, pero ya no puedo seguir fingiendo que todo está bien —musité, con la voz entrecortada.
La crudeza de sus acusaciones resonaba en el aire, envolviéndome en un torbellino de incredulidad y dolor. No podía creer que hubiera sido tan ingenua como para no ver la verdad frente a mis propios ojos.
—Leonor es mi amante, Cristina —sus palabras resonaron en el aire con un tono de desprecio que me heló la sangre. —Te advierto de una vez por todas que dejes estos juegos que no van contigo. Ahora eres mi esposa, pero no te amo. No tengo por qué darte explicaciones sobre con quién me beso y con quién no. Eso es asunto mío.
Las palabras «Yo no te amo» resonaron en mi pecho, como si cada sílaba fuera un puñetazo a mi corazón ya destrozado. Podía sentir cómo se desmoronaba dentro de mí, escuchando el crujir de los pedazos rotos. Mi corazón, alguna vez completo, ahora se deshacía ante mí, incapaz de soportar más dolor.
Intenté ocultar el dolor que sus palabras provocaban, tratando desesperadamente de encontrar alguna excusa para su cruel declaración.
—¿Te das cuenta de cómo esto afectará a la empresa? Ángel, esto solo traerá desgracias, tanto para ti como para nuestra compañía. Solo quiero protegerte, ¿no lo entiendes? —pronuncié, aunque sabía que era otra mentira en nuestra triste historia. Pero en lo más profundo de mi ser, sabía que tenía derecho a exigir una explicación después de ocho años de matrimonio.
Nunca me había preocupado realmente por la empresa. Siendo honesta, nunca entendí completamente sus negocios. Pero comprendía perfectamente el poder de la prensa, capaz de elevar a alguien a la cima o hundirlo en la oscuridad más profunda. Y en el fondo, no deseaba ver a Ángel caer.
Pero la verdad era que estaba consumida por los celos al ver que la mujer que él amaba, Leonor, había regresado a su vida.
Leonor era ahora nuevamente Leonor, y yo solo podía observar desde la sombra de su recuerdo. Supongo que siempre lo amé, desde que éramos niños, aunque él nunca me vio como algo más que su mejor amiga. Pero todo cambió el día en que nuestros padres decidieron unirnos en matrimonio por el bien de la empresa.
A pesar de saber que Ángel no sentía absolutamente nada por mí, un sentimiento de felicidad inexplicable invadía mi ser al imaginar el día en que llegaría al altar y él estaría allí, esperándome.
Mi corazón resonaba con anticipación, anhelando ese momento con una mezcla de nerviosismo y dicha. Sin embargo, al llegar el tan esperado día, su rostro no reflejaba la alegría que esperaba, sino un desprecio que había estado creciendo en él durante años, aunque nunca supe la razón exacta.
Ángel permaneció en silencio durante la ceremonia, su mirada era fría como el hielo, mientras yo luchaba por mantener una sonrisa en mi rostro, ocultando el dolor que se apoderaba de mí.
Al finalizar la ceremonia, me acerqué a él con los ojos brillantes de emoción, pero su respuesta fue un susurro helado que cortó como un cuchillo afilado:
—No esperes que este matrimonio cambie algo entre nosotros. Esto no significa nada para mí.
Mis sueños se desmoronaron en un instante, dejando un vacío doloroso en mi pecho. A pesar de todo, intenté aferrarme a la esperanza de que con el tiempo, su corazón se ablandara y encontraríamos la felicidad juntos. Pero cada día que pasaba, su desprecio hacia mí solo parecía crecer más.
El único beso verdaderamente apasionado que compartimos fue el día de nuestra boda, pero rápidamente se convirtió en un recuerdo lejano, eclipsado por la frialdad y el desdén que marcaban nuestros encuentros posteriores.
Los besos posteriores, en lugar de transmitir amor y ternura, estaban cargados de desprecio y dolor, como si cada roce de sus labios fuera una afrenta más a mi dignidad. Cada palabra despectiva que salía de su boca confirmaba lo que ya sabía en mi corazón: nuestro matrimonio no era por amor, sino por conveniencia.
—¿Crees que me importa lo que diga la prensa? —me espetó con un tono lleno de desdén. —Me casé contigo por interés, no por amor. No me interesa lo que pienses, así que lárgate. Tengo cosas más importantes que hacer que perder el tiempo contigo.
Con esas palabras se dirigió hacia la puerta, dejando tras de sí un vacío lleno de amargura y desilusión.
—Ángel, te devorarán vivo —susurré con temor, sintiendo cómo las palabras pesaban en el aire.
—No, más bien, pienso que dirán que eres tú quien no cumple como esposa, que eres incapaz de satisfacer a tu esposo —su voz era como un látigo cortante, golpeando con cada palabra pronunciada.
—Las lenguas malintencionadas no tardarán en difundir que eres una mujer inútil, incluso en la intimidad. Se burlarán diciendo que solo busco lo que no encuentro en casa. No tengo dudas de que habrá mujeres haciendo fila para intentar complacerme, mientras tú te conviertes en el hazmerreír de la ciudad. Me das lástima. No mereces ni una pizca de mi atención. Vete, estás haciendo que pierda la paciencia con tu falso interés.
—¿Ni siquiera me tocas? ¿Cómo puedes decir que no cumplo como esposa? —mi voz apenas era un susurro, ahogada por la marea de emociones que amenazaban con desbordarse.
—¿Así que quieres que te toque? —sus palabras eran un desafío, un rayo de sarcasmo en medio de la tormenta.
Nunca lo hace. Se detuvo en seco cerca de la puerta y avanzó hacia mí con paso firme mientras yo retrocedía hasta chocar con la pared. No quería que se acercara. Casi siempre que lo hace, me besa bruscamente.
No, no quería que me besara de nuevo, no así. Soñaba con que sus besos hicieran que mi corazón se derritiera, pero cada vez que me besaba de esa manera, lo odiaba. Odiaba ser su esposa, odiaba estar cerca de él y odiaba amarlo.
Odio a Ángel con todo mi ser. Esa es la pura verdad. Una verdad de la cual no puedo seguir huyendo.