4. Abrázame fuerte, Sebastian.
Son las tres de la madrugada.
Mi celular vibra, lo tengo en no molestar si se le ocurre a mi padre llamar a estas horas.
Lo levanto para ver quien se osa a escribirme.
Es ella. Es Stella.
—¿Estás despierto?
Me siento de una en la cama.
Y le llamo.
—Estoy más despierto que nunca —le digo y quiero agregar: Para ti, siempre estoy despierto, pero mejor mantengo mi boca cerrada.
—Disculpa que te moleste a esta hora... ¿Puedo pasar por allá?
Desde luego que puedes venir, si quieres, puedes quedarte para siempre.
—Claro —respondo rápido— ¿Vienes? ¿Dónde estás? ¿Te busco?
—No hace falta . ¿Me abres la puerta? —dice ella.
Está aquí y no me lo esperaba.
—Okey —respondo—. Solo dame un minuto —salgo de la cama y voy al baño con el celular en la mano. Me lavo la cara y me hecho colonia y por el apuro me lastimo el dedo chiquito del pie en el marco de la puerta.
Auchhh
Cojeo. Me froto el dedo adolorido. Maldigo y suelto palabrotas, ahogo un grito que seguramente daría si Stella no estaría atrás de la puerta.
Respiro hondo para calmarme y luego le abro al fin la puerta tratando de verme normal. A pesar de la hora, Stella lleva lentes de sol, y una gorra de calle. Está irreconocible, seguro así evita a los paparazzis.
—Hola Sebastian.
—Adelante, pasa —le digo y vienen hacia mi, me besa con intensidad, la tomo de la cintura.
—Ha pasado una semana... —le digo.
—Para mí ha pasado un siglo. Te extraño tanto —me dice aferrándose a mí—. Perdoname por no responder tus mensajes, leerlos me dan la fuerza para no caer... —Se deshace de las gafas de sol y de la gorra. Sus ojos se ven entristecidos.
¿Qué le ha pasado? Me hago esa pregunta mientras de la mano la llevo al sofá. Ella, se saca los calzados y se pone cómoda.
—¿Café? —le ofrezco.
—Eres tan amable, sí, con tres de azúcar. Ahora mismo no se me apetece pensar en cuidar mi figura.
—Como desees. Tengo algo de brownies, ¿se te antoja?
—Ahora mismo me comería todo lo que tienes en el refrigerador.
—¿Eso es una insinuación? —le digo mientras miro dentro del refrigerador.
—Es la ansiedad que habla, no me escuches.
—Es tarde ¡mira nada más todos estos manjares! —le llevo todo lo que encuentro en una bandeja: una porción de tarta de manzana, dos brownies, un mouse de chocolate y una taza de café.
—¡Son mis favoritas! —dice emocionada y toma uno de los brownies—. Hace tiempo no pruebo algo tan rico, mmmm.
—Pues pasa por aquí más seguido. Aquí siempre encontrarás algo rico que llevarte a la boca...
—Mmmm, me tientas —murmura con una sonrisa.
—Mi dietista me obliga a comerlos. Es mi secreto, no se lo cuentes a nadie más —le comento. La verdad es que estoy hastiado de tanto dulce.
—Con el cuerpo que tienes... —comenta ella mirando todas estas delicias— ¿Quien creería que eres un amante de los dulces?
—Debo comer siete veces al día si quiero mantenerme dentro de mi peso.
—¡Como te envidio! Si yo ingiriese más de lo que tengo permitido me crecería la panza de una, y nadie quiere modelos con panza en las portadas.
—Aun no, pero llegará el momento —le digo.
—¿Lo crees de verdad? —toma el otro brownie—. Me comeré solo este más, ¿sí? —dice y muerde, mastica lentamente mientras yo me acomodo a lado de ella.
—Come todo lo que quieres... —la incentivo, me place verla disfrutando de estos pequeños manjares. Se me antoja morderle esos labios carnosos.
—¿Tu no tienes apetito?
—Claro que si tengo apetito. Apetito de ti —le digo y ella deja el brownie en la bandeja, y me besa, el sabor del chocolate y a ella se entremezclan y me invaden la boca, haciendo que mi amiguito se me erecte, debido a su cercanía.
—Oh, Sebastian, no dejo de pensar en ti....
Pues qué sorpresa la mía, estamos en las mismas...
—He querido llamarte pero no podía...
—¿Por qué?
—Temía que si te escuchaba pueda mande todo y a todos al diablo...
—¿Y por qué simplemente no lo haces? Aquí estaríamos tan bien juntos los dos...
—Lo sé, pero eso es algo que no puedo permitirme hacer... —dice ella apesadumbrada—. No quiero hablar de eso ahora que estamos juntos.
—Entonces hablemos de lo que desees —tengo que esforzarme para no mencionar mis intenciones de que sea ella la cara de la empresa de mi padre.
—¿Y si mejor no hablamos? ¿Y si mejor...?
Se desviste para mí.
—¿Te gusta lo que ves? —pregunta mordiéndose los labios.
—¿Gustarme lo que veo? No solo me gusta, amo cada parte de tu cuerpo... Stella, no tengo condones...
—No hace falta, tomo las píldoras —afirma ella y tranquilo me saco la camiseta. Me aferro a sus labios gruesos y ella me lleva las manos hacia su cuello.
—Presiona un poco —me susurra y lo hago, pero me detengo para no lastimarla —. Un poco más —me pide y yo lo hago. Se sonroja y me besa con mayor placer, me toca el amiguito que ya está firme para ella, me baja el pantalón de dormir y ahí lo tiene. Me lo soba con las dos manos, mientras me mira con sus oscuros ojos dilatados, lujuriosos, y abre la boca y va chupándomela lentamente.
Mi espalda se curva del placer que me da.
Antes de que saque mis jugos en su boca, me aparto, decidido a no ser el único en sentir placer esta noche, me la llevo hacia la cama. La dejo tendida, y desnuda, sin saber lo que esperar.
Vuelvo con un crema de leche, y se la voy untando en sus labios hasta llegar a sus pezones, el frío que hace al ponerse en contacto con su piel la hace estremecerse, y no me detengo, voy dejando un rastro en su vientre, pasando por su ombligo, caderas, hasta llegar a su monte de Venus, ahí ella se agita con intensidad.
Y comienzo a lamerla, lentamente, mi lengua pasa por sus entrepiernas siguiendo el camino, ella jadea.
—Ahhhhh.
Pero yo no me detengo; voy entrando en su vulva, la hago humedecerse hasta más no poder, y luego sigo mi camino marcado por la crema hasta llegar a sus pezones, que se ponen duros al contacto con mis labios, se las lamo y muerdo, y luego voy subiendo hasta sus labios, y entonces le introduzco mi lengua, para apoderarme de la suya.
Mis sos manos se enlazan con las suyas, y ella ya no puede más.
—Quiero que me lo hagas... por favor... ya no resisto...
Me acomodo para penetrarla, ella sube sus caderas urgidas, deseosas, y me abre las piernas.
Mi palpitante y durísimo m*****o busca el camino entre ella y entra con fuerza. Adentro se está bien, tibio, y agradable, y comienzo a moverme, a entrar hasta el fondo, a salir de una y luego a embestir de nuevo. Stella, mi amor grita de lujuria, su cuerpo ya no le pertenece, se agita al son del mío. Eleva sus piernas y me las pone en los hombros.
—Me gusta, así, así... no pares, no pares...
Y cuando sé que ya no doy más saco mis jugos en ella en una explosión intensa. Ahhhh, se siente tan bien.
Stella se aferra con más fuerza hacia mí.
—Abrázame fuerte, Sebastian —me pide con los ojos vidriosos.
La abrazo, la beso, es ella la mujer que amo, la que siempre amaré. La única.