5. Deberías verla ahora.

1013 Words
5. Deberías verla ahora. —Debo volver —susurra con algo de pesar en su voz, mientras se aparta de mi dice: Dimitri se dará cuenta que pasé la noche fuera. Mi mente está preparada para pasar por alto ese nombre. Ya solo me dedico a admirar su hermosa desnudez, todo el tiempo que pueda. —Y eso es... ¿realmente malo para nosotros? —replico esperando escuchar: "En realidad ahora que lo mencionas, no, que le den por culo. Me quedo contigo, amor" pero por su expresión de la cara sé que no diría algo así. Stella sonríe con tristeza. —Se irá a Tenerife hoy por la noche... se ha quedado más tiempo, Anika tuvo una cirugía de emergencia. Anika, la pequeña diablilla roja, la que no se cansaba de lanzarle trozos de pan a la cara y de cantarle: "Come pan para rellenarte, Ballena Dorada" una y otra vez, hasta el cansancio. Stella trataba de ahogar el llanto cubriéndose el rostro, mientras todo el mundo se unían al coro de Anika y la llenaban de pan en la mesa. De recordarlo me hace sentir que me hierve la sangre. Stella no puede estar hablando en serio. —Es de no creer que seas amiga de esa pequeña alimaña roja... —comento mostrando mi sorpresa—. Tu y Anika ¿amigas? Eso es fuerte... Stella me mira como si estuviera exagerado. —Eso pasó hace tanto ya... —dice—. Nos volvimos amigas mucho antes de que empezara a salir con su hermano. —Es que me tomas de sorpresa Lo que recuerdo de ella es uno tras otro insulto... Vivía para hacerte la vida infeliz. Ha tenido que pasar algo grande para que Anika la considere una humana. Stella adivina mis pensamientos. —Me ha pedido perdón por todo lo que me hacía, los insultos y bromas pesadas se quedaron atrás, en el pasado Sebastian. Deberías verla ahora... está casada y con dos hijas maravillosas—sonríe—. Tu y Anika de seguro se llevarían bien, si le dieras la oportunidad. Ni en la otra vida me lo creo. La gente de su tipo no cambia. —Cansada de tanto acoso me decidí a obligarla a que deje de molestarme pero me salió mal, y la regente... ¿Recuerdas a la sargento? —¡Aun tengo pesadillas con ella! —La sargento, sin escuchar razones ni porqués, nos mandó a las dos a la dirección. Ella estaba algo mal de la panza, habíamos peleado en medio del almuerzo y necesitaba ir al baño. —Suficiente. Necesito ir al baño —dijo al irse para el baño. Yo fui detrás de ella. —Pero la señora regente pensará que nos fuimos. —Vete Ballena de oro... —me gritó y se cerró la puerta del baño. Pero me quedé lo suficiente como para escuchar que estaba vomitando en el retrete. —Si te sientes mal debemos ir a la enfermería —le dije tontamente. —Eres una gorda ingenua. Lo hice porque quise. —¿Por qué? —El fin justicia los medios. No lo sé. Yo no entendía lo que pasaba. Pero Anika me explicó. Me abrió los ojos y yo vi. Recuerdo que peleamos: —Deja de molestarme. Yo no te hago daño. —¿Quieres que dejemos de molestarte? Entonces adelgaza. No nos gustan las gordas. Es simple. Deja de comer. Es lo que hacemos todas para vernos delgadas. ¿Quieres dejar de ser una Ballena dorada? Es simple. Deja de comer y si lo haces, porque eres una cerda, luego vomitas y así te mantienes bien. Eso es lo que hago. Eso es lo que tienes que hacer para que dejemos de molestarte. En ese momento, sus palabras me venían bien, me parecía una solución mágica a mi terrible problema de peso y obvio que hice lo que me dijo. —Mientras hacías eso, yo me embutía toda clase de comida chatarra a la boca para ver si así ganaba peso. Era injusto. —De alguna forma, aunque no lo quieras ver, fue Anika quien me abrió el camino a una nueva vida que yo jamás pensaba que llegaría a tener. —Cada vez que me la encontraba en el pasillo me lanzaba patadas, creo que jamás voy a verla de otra manera. —Anika es otra persona. —Eso lo dudo. No lo creo pero retomemos nuestro tema importante —encamino la conversación a la parte de mi interés—. Si el neandertal, infrahumano se va hoy, eso quiere decir que... —Podríamos —me interrumpe—. Solo si me lo pides, pondríamos, tu y yo, en esta cama retomar esta conversación tan interesante... pero solo si tu quieres... Sebastian. —Lo estoy deseando desde este segundo —le beso en la mano—. Hoy es uno de esos días complicados para mi —confieso. —Oh, tienes cosas que hacer —dice ella asumiendo que no podré, y se siente una tonta por pensar que sí. Me apresuro a agregar: —¿Qué tal después de las diez? —le propongo para borrar esa pena de su hermoso rostro—. Es una aburrida reunión de trabajo a la que no puedo faltar, lo de siempre pero desde las diez en adelante seré todo tuyo. ¿Qué te parece? —Me parece justo que sea yo la que te espere esta vez, cariño. Me rodea con sus delicadas brazos y me besa—. Hasta ahora —se despide de mi, poniéndose de nuevo esas gafas de sol y la gorra en la cabeza que ocultan su identidad. El reloj marca las cinco de la madrugada —Espera. Te llevo yo. Stella se gira y me mira por detrás de esas gafas. —Nada de eso, cariño. Llegué sola y me voy sola —me manda besos y yo me quedo con la boca abierta como un tarado, enamorado. Me quedo en la misma posición hasta que sale el sol. El día empieza, empieza un nuevo día para mi.
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