Capítulo 1
Suspiré cerrando los ojos recostándome en la silla, me sentía bastante cansada, la mañana había sido bastante ajetreada, acompañando a mi jefe a varias reuniones muy aburridas, algunas dentro de la empresa y otras fuera.
Abrí los ojos sobresaltada ante un ruido estridente, algo de cristal cayó al suelo, rompiéndose, miré hacia la puerta que tenía delante, me levanté soltando otro suspiro, me acerqué a la puerta tocando tres veces, abrí sin recibir respuesta alguna, vi a mi jefe mirando por el ventanal con las manos guardadas en los bolsillos de su pantalón, pasé mi mirada por el suelo hasta ver un vaso roto.
Me acerqué hacia el vaso roto, me agaché recogiendo con cuidado los trozos de cristal, suspiré como por décima vez en lo que llevaba de rato, recogí lo más rápido que pude, me cercioré de que no quedara ningún cristal, me levanté, volví a mirarlo, no se había movido en absoluto, parecía enfadado, di media vuelta saliendo de su despacho, antes de cerrar la puerta, me mordí el labio dándole una última mirada.
Era alto, de cuerpo musculoso, sus ojos eran grises de mirada penetrante, su cabello n***o, siempre iba bien peinado, llevaba una barba de pocos días bien cuidada, nariz perfilada, labios carnosos, trasero bien puesto, sin lugar a duda era un hombre muy atractivo, no por nada siempre aparecían en los primeros puestos en las revistas del corazón, como uno de los hombres más guapo, lo denominaban “un soltero de oro”, pero no solo por lo guapo que era, sino también, por lo millonario, era muy codiciado por muchas mujeres, pero él pocas veces le hacía caso a alguna, eso daba hincapié a que circularan muchos rumores acerca de su sexualidad o vida amorosa.
A sus 30 años de edad, Fabrizio Benedetti estaba considerado uno de los jóvenes más ricos del mundo, era el dueño absoluto del mayor banco de inversiones, el cual generaba millones al año, y no contento con eso, también era dueño de una cadena de hoteles bastante famosa y lujosa.
Pero todo lo atractivo que tenía, se iba por el retrete con su carácter tan podrido, siempre estaba de mal humor, era un hombre frío, cruel, arrogante, déspota, si tenía la oportunidad de aplastarte como a una cucaracha con tal de conseguir su objetivo, lo haría sin que le temblara el pulso, tenía grandes influencias, él, era la clase de persona con la que no quisieras tener tu vida enredada por ningún motivo.
Todos sus empleados le teníamos miedo, trabajar para él, era muy estresante, estábamos bajo constante presión, no podíamos cometer ningún error, de lo contrario, te ganarías tu primer Strike, solo se tenía permitido tener 3, al siguiente, no hacía falta que esperaras a escuchar de su parte que estabas despedidos, pues lo estabas automáticamente.
Para mi desgracia, yo tenía dos, y cada día temía cometer el tercero, el primero me lo gané por mi propia torpeza, solamente llevaba trabajando dos semanas para él, tropecé con su alfombra haciendo que el café que llevaba en mano, se derramara sobre él, y sobre todo lo que tenía encima de su escritorio.
Ese día me gritó tantas cosas, y ni una de ellas era bonita, en silencio aguantándome las ganas de llorar, soporté todo lo que decía hasta que finalmente me echó de su despacho, lloré en el servicio llena de rabia e impotencia, en mi vida me habían tratado tan mal como él lo había hecho.
Quise dejar el trabajo, pero no lo hice, era mi primer empleo, iba a aguantar, y no le iba a dar el gusto de verme derrotada, así que me limpié la cara y volví a mi mesa intentando ser eficiente.
Así pasé un año entero, esforzándome por mejorar, y no cometer errores, con esfuerzo lo logre, pero muy a mi pesar, me gané el segundo, por culpa de la chica con la que tenía un romance en ese tiempo
Flash Back
Miraba el pasillo esperando a Dianora Santoro, la nueva “novia” de mi tan adorado jefe, la había visto una sola vez, era una chica muy bonita, pero muy odiosa, el resonar de unos zapatos de tacón, me hizo suspirar, apareció y nada más enfocar su vista en mí, me lanzo una mirada de desdén
— Buenos días, señorita Santoro—saludé forzando una sonrisa, cuando llegó a mi altura
— ¿Y Fabrizio?—preguntó sin más, respiré hondo ante su mala educación
— El señor ahora se encuentra reunido, ha pedido que por favor lo espere aquí—dije señalando los sillones color crema
— Mejor lo espero en su despacho—comentó pasando a mi lado, pero rápidamente la agarré del brazo, ella me miró con el ceño fruncido
— ¿Quién te crees que eres para tocarme?—cuestionó soltándose de mi agarre con brusquedad mirándome con asco, me mordí un momento la lengua para no soltarle algún insulto
— Lo siento mucho, señorita, pero de verdad que no puede pasar, él señor está teniendo la reunión en su despacho—supliqué a lo que ella sonrió con arrogancia, se acercó a mí con aire “intimidante”
— Que te quede claro, soy la novia de Fabrizio, y en un futuro su mujer, nadie, absolutamente nadie, puede decirme dónde puedo pasar o no—dijo en tono amenazante, giró sobre sus talones y antes de que pudiera volver a detenerla, abrió la puerta haciendo que todos voltearan a mirarla— Oh, lo siento cariño, tu secretaria no me dijo que estabas reunido—comentó con falsa inocencia, con cierto temor miré a mi jefe, sus ojos centelleaban de pura rabia, tragué saliva sabiendo que se vendría un gran regaño, quise decir algo en mi defensa, pero sencillamente no salía ningún sonido de mi boca
— No hay problema Dianora, espera fuera a que termine la reunión—ella asintió como un cachorrito, se dio la vuelta mirándome con burla, pasó a mi lado golpeando mi hombro— También puede retirarse, señorita Moretti—asentí despacio, su tono de voz había hecho que mi cuerpo temblara— Hablaremos más tarde—me detuve unos instantes, cerré los ojos sintiendo como se iban humedeciendo, cuando cerré la puerta me recosté en esta
— Tráeme un té—ordenó sentada en uno de los sillones con las piernas cruzadas mirando su móvil, apreté los puños con fuerza
Conté mentalmente intentando controlar mis ganas de agarrarla de su cabello rubio teñido y arrástrala por el pasillo hasta el agotamiento, respiré hondo yendo hacia la cocina a preparar el maldito té, mientras lo preparaba me vi tentada a ir al cuarto de mantenimiento, agarrar un poco de matarratas y cambiarlo por el azúcar, deseché esa idea ilegal, y simplemente escupí en su té, no era ético, ni profesional, pero a la porra.
Flash Back End
Suspiré recordando aquello con molestia, al muy desgraciado poco le importó mis explicaciones, me gané un regaño enorme, y mi segundo strike, lo peor de todo, es que ese mismo día cortó su relación con ella.
Sacudí la cabeza alejando esos recuerdos, de nada me servía llorar sobre la leche derramada, muchas veces me planteaba dejar este empleo, pero no podía, pagaban demasiado bien, no podía dejarlo, no cuando mi familia tenía una deuda, no cuando la vida de mi hermano necesitase de este sueldo en algún momento.
— ¿Almorzamos?—me sobresalté al escuchar la voz de mi compañera Donia, sonreí mirándola, ella era de las pocas personas de la empresa con las que había hablado
— ¿Qué haces tú por estas alturas?—pregunté un tanto desconcertada
— Invitarte a comer, vamos—miré mi reloj, me sorprendí al ver que era la hora de comer, y no me había dado cuenta
Me levanté agarrando mis cosas mientras hablábamos caminando hacia el ascensor, una vez que llegamos a la cafetería, pasamos por el buffet agarrando algo de comer y nos sentamos en una mesa vacía
— ¿Tú qué opinas del nuevo rumor?—la miré sin entender mientras comía— ¿No lo has oído?—
— Donia, trabajo en la última planta, allí estoy sola con el ogro, lo único que escucho son sus gritos y las cosas que rompe cuando está enfadado—dije a lo que ella empezó a reír
— Cierto… Dicen que es impotente—casi me ahogo con la bebida al escuchar aquello— Que por eso las novias le duran tan poco—
— ¿En serio dicen eso?—pregunté incrédula a lo que ella asintió— Wow…—fue lo único que fui capaz de decir, estaba atónita
— Yo no me lo creo, él debe ser una máquina s****l—
— ¡Donia!—exclamé mirándola con diversión
— Vamos, ¿nunca lo has imaginado?—preguntó con una sonrisa pícara mientras subía y bajaba sus cejas haciéndome reír
— ¿Estás loca?, por supuesto que no—mentí desviando la mirada, claro que lo había hecho, al principio, antes de conocer su carácter de mierda
— ¿No?, Pues yo sí, tiene un cuerpo que parece esculpido por los mismísimos dioses, esos labios que parecen gritar bésame…—dijo cerrando los ojos como si estuviera imaginándolo, mi risa se intensificó
— No niego, que sea un hombre muy atractivo—dije algo más calmada, suspiré recostándome en la silla— Pero con ese carácter tan podrido que tiene, Fabrizio Benedetti, se me hace el hombre más feo del mundo, además es un completo imbécil—comenté haciendo que riera
— Un carácter podrido y un imbécil...me encanta saber la opinión que tienen mis empleados sobre mí—ambas nos quedamos paralizadas, giré mi cabeza mirando a Donia, ella miraba hacia atrás completamente pálida, tragué saliva con dificultad, despacio me fui dando la vuelta encontrándome con esos ojos grises, que me contemplaban con una gran frialdad
— Sé… Señor, yo…—
— A mi despacho—interrumpió mi tartamudeo dándose la vuelta
— Estoy jodida, ¿Cómo puedo ser tan estúpida?—susurré dándome un golpe en la frente con la mano
— Lo siento, si yo no hubiera abierto la boca, deja que hable con él—
— Es mi culpa, yo lo insulte, no tú, además ¿Qué conseguirás con ir y culparte?, no conseguirás nada, quizás que te ponga el strike a ti, y eso no te conviene, recuerda que tienes una niña que mantener—dije mirándola con una pequeña sonrisa, me levanté agarrando mis cosas, caminando hacia la salida
Llevaba unos minutos mirando la puerta de madera frente a mí sin atreverme a llamar, quizás, si no entraba, él se olvidaría del asunto, suspiré sacudiendo la cabeza, él jamás dejaría pasar esto, tanto si entraba como si no, estaba despedida, pues él podía aceptar tres errores, pero no insultos a su persona.
Respiré hondo unas cuantas veces intentando controlar mi nerviosismo, con la mano temblando, llamé a, no obtuve respuesta del otro lado, eso me hizo sentir cierto alivio
— Adelante—el alivio que sentí hacía un segundo, se había ido al diablo, mordí mi labio inferior con fuerza, volví a respirar hondo abriendo la puerta, al entrar, lo encontré sentado en su sillón, con los codos apoyados en la mesa— Siéntese—asentí desviando los ojos, sintiéndome más nerviosa ante su mirada penetrante, cerré la puerta detrás de mí, caminé hacia la silla sintiendo mi cuerpo temblar, y me senté
— Señor… Yo… Siento mucho todo, por favor no me despida—supliqué mirando sus ojos encontrando un bloque de hielo, sin despegar la mirada, colocó delante de mí unos papeles, los cuales miré con miedo temiendo que fuera mi despido
— No lo haré, a cambio de que aceptes mi propuesta—
— ¿Qué propuesta?—pregunté mirándolo confusa, una sonrisa ladeada apareció en su rostro
— Cásate conmigo—me quedé en shock, ¿realmente había escuchado bien?, sacudí ligeramente la cabeza
— Disculpe pero… ¿Me ha pedido que me case con usted?—pregunté incrédula
— Así es, necesito una esposa, y eres la más indicada para esa función—
— Creo que ha perdido el juicio, ¿es esto una broma?—pregunté mirando a todos lados en busca de cámaras o algo, pero no había nada
— Llevas tres años trabajando conmigo, sabes de sobra que nunca bromeo—
— Lo sé, solo es que… No lo entiendo, ¿Por qué yo?—pregunté anonadada
— Por tus palabras escuchadas recientemente, sé que no te enamorara de mí… Ni yo de ti, como es evidente—dijo mirándome con cierta burla
Fruncí el ceño por sus palabras, ¿Qué diablos quería insinuar con esas palabras?, mordí el interior de mi boca para no soltar alguna barbaridad que complicara más mi situación, respiré hondo y le miré con firmeza.
— No me voy a casarme con usted—me levanté, di media vuelta dispuesta a salir de ahí
— Entonces, considérese despedida—mis pasos se detuvieron en seco, asentí girándome encogiéndome de hombros
— Pues perfecto, estoy despedida—dije a lo que una sonrisa maliciosa comenzó a formarse en sus labios, un escalofrío me recorrió por toda la espalda, conocía esa sonrisa a la perfección, solo la ponía cuando estaba a punto de conseguir lo que quería
— ¿Segura que no deseas aceptar?—cuestionó con cierta burla— Porque si aceptas… yo me encargaría de pagar las deudas que tiene tu familia por los medicamentos de tu hermano, e incluso, hacerme cargo de esa operación pendiente que tiene—
— ¿Cómo sabe de mi hermano?—pregunté mirándolo con suspicacia
— Soy el jefe, debo saberlo todo de mis empleados—
— Mi hermano, mi familia, pertenecen a mi vida privada, y ahí usted no tiene derecho alguno—me crucé de brazos con el ceño fruncido, él volvió a sonreír haciendo que mi enfado aumentase más
— En eso tiene razón, pero, si quiero que una persona haga lo que yo quiero… Me toca investigar—me guiñó un ojo mientras se ponía de pie, guardó sus manos en los bolsillos de su pantalón, despacio se fue acercando con cierto aire intimidante
— ¿Me está chantajeando?—cuestioné atónita
— Chantaje… Que palabra más fea—comentó con burla
— ¡¿Cómo diablos quiere que llame a lo que me está haciendo?!—exclamé llena de rabia, revolví mi cabello, respiré hondo, contando mentalmente intentando recuperar mi calma
— Llámalo trueque… Tú te casas conmigo, y yo, me hago cargo de deudas y, que tú hermano sea operado cuanto antes—
— ¿Y si no acepto?—sus ojos brillaron con intensidad, terminó de acercarse a mí, su mano se posó en mi mentón levantando mi cabeza haciendo que sus ojos grises chocasen con los míos color miel, el aroma de su perfume inundo mis fosas nasales haciendo que algo en mi estómago se removiera inquieto
— De no aceptar, convertiré tu vida en un verdadero infierno Daniela, haré que tu hermano, jamás logré esa operación, y que el suministro de medicamento para que siga con vida… Bueno, se cancele—susurró de forma hostil en mi oído, sentí como la sangre se me helaba, la inquietud que estaba sintiendo mi estómago hacia un instante, fue reemplazado por un escalofrío de pavor, que recorrió todo mi cuerpo.
Dio unos pasos hacia atrás sin dejar de mirarme, con una gran sonrisa de triunfo en su rostro, él, lo sabía, me había atrapado, yo, ya era suya, me tenía completamente, entre sus manos.