Capítulo 2

2568 Words
Era suya, sabía que su amenaza no era algo dicho al viento, él, siempre cumplía con lo que decía, le había visto numerosas veces hacer caer en desgracia a las personas que se oponían a él o se interponían en su camino, algunos volvían suplicando una segunda oportunidad, pero él, jamás las daba, provocando así que se terminaran suicidando. — ¿Por qué yo?—cuestioné en un susurro, pero lo bastante alto para que me escuchara— Hay tantas mujeres deseando ser su esposa… Yo no lo deseo— — Justo porque no lo deseas… Quiero una mujer sumisa a mi lado, que no sea empalagosa, que no me monte escenas de celos, ni que me recrimine estupideces—volvió a levantar mi mentón— Eres perfecta para ese papel—sus ojos brillaban con maldad haciéndome preguntar, si ¿así sería mirar al diablo?, un nudo se había instalado en mi garganta y mis piernas temblaban ligeramente — ¿Puedo pensarlo?—se alejó de mí sin dejar de mirarme — Claro que puedes, tienes 5 minutos para decidir—dijo mirando su reloj de muñeca, sentí mi garganta secarse, me sentía tan acorralada— Tic tac, señorita Moretti…—con un dedo imitaba las agujas del reloj — Está bien… Me casaré—susurré cerrando los ojos con fuerza, intentando evitar que mis lágrimas salieran — Perfecto—escuché como sus pasos se alejaban de mí lo cual me hizo soltar el aire, que ni siquiera sabía que estaba conteniendo, ni desde cuándo— Firma— — ¿Puedo leerlo antes? —soltó una sonora carcajada, causando que un escalofrío estremeció todo mi cuerpo — Puedes leerlo antes o después, eso no cambiara que lo vas a firmar, y que terminemos casados—suspiré sabiendo que tenía razón, no tenía escapatoria, me ofreció un bolígrafo, respiré hondo, obligué a mi cuerpo a moverse hacia el escritorio, aunque realmente me sentía tentada a salir corriendo en dirección contraria. Con pasos temblorosos me acerqué al escritorio agarrando el bolígrafo, me quedé mirando los papeles, no quería hacerlo, bien podía mandarlo al diablo, ir a una comisaría y denunciarlo, pero sabía que nadie podría creerme, no siendo él, la persona denunciada. Una triste sonrisa se dibujó en mi rostro, era triste, pero realmente, ¿a quién creería la gente?, ¿a mí?, una chica de familia “pobre”, ¿o a él?, un gran empresario que tenía muchas influencias, entre ellas el mismísimo primer ministro Italiano. Cerré los ojos contando mentalmente hasta veinte, volví a respirar hondo, y sin pensarlo otra vez, plasmé mi firma en el papel, esto lo hacía por mi familia, por la vida de mi hermano, porque si era por mí, no lo haría, y no me importaba que toda su rabia cayera sobre mí persona. Levanté la mirada contemplándolo, tenía una sonrisa ladeada, sus ojos me miraban de una forma que no comprendía, las ganas de llorar me invadieron con fuerza junto a una gran sensación de haberme vendido, no a un demonio, sino… A un ser humano, uno que parecía no tener conciencia, ni sentimientos, mi abuela tenía razón al decir, que había seres humanos con más maldad en sus corazones, que los mismos demonios, nunca la había creído… Hasta el día de hoy. — Perfecto—dijo agarrando el contrato mirándolo con satisfacción, lo puso a un lado y agarró una carpeta negra entregándomela— Aquí tienes una copia para que puedas leerlo con calma— — ¿Puedo irme?—cuestioné agarrándola sin mirarlo — Puedes irte a casa, mañana hablaremos más detalladamente sobre cómo serán las cosas a partir de ahora—sin esperar nada más, salí casi corriendo de ese despacho Me acerqué a mi puesto recogiendo todas mis pertenencias, fui hacia el ascensor al cual llamé con insistencia, necesitaba salir cuanto antes, comenzaba a sentir una gran falta de aire, y como mi cuerpo temblaba de miedo, rabia e impotencia. Una vez en el garaje fui corriendo hasta mi coche, me metí en él, dejé todo a un lado, me coloqué el cinturón de seguridad, puse mis manos en el volante, y me quedé quieta contemplando la pared fijamente. A cada segundo que pasaba, iba apretando más mi agarré, lo hice hasta el punto que mis nudillos se pusieron blancos, respiré hondo, y solté un gran grito de desesperación mientras golpeaba el volante con fuerza, mis lágrimas comenzaron a salir sin control, tenía en mi pecho una horrible sensación, me sentía atrapada, comprada, aterrorizada. Al cabo de unos minutos, cuando logré tranquilizarme, me marché de la empresa, conduje un largo rato sin rumbo fijo, hasta que finalmente termine en casa, la contemplaba con tristeza desde el coche, no me sentía capaz de entrar, de ver a mi familia, ¿Cómo iba a explicarles las cosas?, suspiré negando con la cabeza, no tenía idea. Respiré hondo, mirándome al espejo, limpié cualquier rastro de lágrima, y salí del coche, caminé despacio hasta la entrada, saqué las llaves de mi bolsillo, y entré sintiéndome aliviada de que aún no había nadie, subí las escaleras hasta mi habitación. Al entrar dejé caer las cosas al suelo, arrastré los pies hasta mi cama donde me senté mirando a la nada, al cabo de unos segundos suspiré acostándome, cerré los ojos intentando ignorar el dolor de cabeza que me estaba taladrando desde hacía un buen rato. Abrí despacio los ojos con cierta pereza, todo estaba casi a oscuras, menos por la luz de la calle que entraba por mi ventana, miré a mi mesita de noche donde estaba el despertador, mis ojos se agrandaron al ver que eran las siete casi ocho de la tarde, había dormido muchísimo, me senté en la cama recostando mi espalda contra la pared, sentía un gran cansancio en mi cuerpo. Cuando encendí la luz, mis ojos se quedaron clavados en mis cosas tiradas a un lado de la puerta, pero en especial a una carpeta negra, y como si fuera una bofetada, los recuerdos de lo ocurrido este mediodía me golpeó haciendo que cerrara los ojos con fuerza, deseando que esa carpeta desapareciera, que todo fuera fruto de mi imaginación, que fuera un mal sueño. Suspiré con decepción, cuando abrí los ojos, y la vi, volví a suspirar, sintiendo como las ganas de volver a llorar, me invadían, por desgracia, no era una pesadilla, era la realidad, estaba siendo chantajeada para casarme, con un hombre sin corazón. Unas fuertes risas me hicieron salir de mis cavilaciones, limpié rápidamente mi rostro, no podía volver a llorar, ellos lo notarían al verme, preguntaría por el motivo de mi llanto, y si algo sabía con certeza… Es que, jamás debían enterarse de esto. Si eso llegase a suceder, se armaría un lío tremendo, intentaría convencerme para anularlo todo, incluso podrían ir a la policía, y eso era malo, malo para Gianni, para todos. Unos suaves golpes en mi puerta me sacaron de mis pensamientos, esta se abrió despacio dejando ver a mi madre, traía una pequeña sonrisa en su rostro, pero a pesar de ella, podía ver el cansancio en sus ojos y en sus pronunciadas ojeras. — Me sorprende que estés aquí desde temprano—comentó apoyándose en el marco de la puerta — Mi jefe, se fue de viaje a otra ciudad, así que me mandó a casa—mentí forzando una sonrisa, ella solo asintió mirándome fijamente Le sostuve la mirada sintiéndome nerviosa, no solía mentir, y las veces que lo había hecho, ella siempre me había descubierto, mientras la contemplaba veía la gran diferencia entre ambas, ella tenía el cabello castaño claro, mientras que yo lo tenía n***o, sus ojos eran azules, mientras que los míos, eran color miel, su tez era bastante blanca, mientras que la mía, ligeramente bronceada, siempre había escuchado que yo, era como mi padre. — ¿Bajarás a cenar?—preguntó de repente — Claro, me ducho rápido, y bajo—volví a fingir una sonrisa, pero solo sentí que había hecho algún tipo de mueca extraña, pues su mirada se volvió suspicaz, más no dijo nada, solo asintió saliendo Al verme sola solté un gran suspiro de alivio, me levanté de la cama, me acerqué al armario sacando un pijama, fui hacia el baño que tenía en mi habitación, me miré unos instantes al espejo, mi maquillaje había desaparecido, seguramente mi almohada tendría restos de este, mis ojos estaban rojos e hinchados, suspiré de nuevo recogiéndome el cabello. Al salir de mi habitación se podía escuchar las voces de mi familia, hablar animadamente, sonreí bajando las escaleras, fui hacia la cocina donde me quede unos instantes contemplándolos, pasé mi vista por cada m*****o, hasta que simplemente la dejé en Gianni, mi hermano mellizo. Un sentimiento de culpa se instaló en mi pecho, todo su sufrimiento, el de mi familia, todo, había sido culpa mía, así que era justo, que yo hiciera este sacrificio. — Vamos cariño, siéntate—dijo mi madre dando un golpecito a la silla vacía que estaba a su lado, sonreí acercándome mientras me unía a la charla y risas, olvidándome de todo. Apagué la pantalla de mi móvil soltando un suspiro, no podía dormir, algo lógico después de estar durmiendo casi toda la tarde, miré hacia mi escritorio viéndola carpeta negra en medio de este, suspiré poniéndome en pie, caminé hacia el escritorio, me quedé observando la carpeta durante un buen rato, hasta que por fin tomé valor para agarrarla. Respiré hondo abriéndola con cierto miedo, no sabía qué clase de locura podía encontrarme, pasé a la segunda página donde estaban las clausuras, pues en la primera solo se hablaba sobre el contrato en sí. 1. No habrá divorcio. 2. Habrá relaciones sexuales, siempre que el señor Benedetti así lo disponga. 3. Se tendrá un mínimo de dos hijos. 4. En público se debe aparentar ser una esposa enamorada. 5. Está totalmente prohibido que la señorita Moretti tenga un amante, en caso de tenerlo, se atendrá a las consecuencias. 6. Se firmará un acuerdo prenupcial. 7. Se firmará un contrato de confidencialidad. A medida que iba leyendo, iba palideciendo, sentía como mi sangre se helaba, mi respiración se agitaba, negué con la cabeza saltando el papel, ¿acaso ese hombre se volvió loco?, ¿Cómo podía poner esas cláusulas?, ¿sin divorcio?, ¿hijos?, ¿sexo cuando él quisiera?, me apoyé en la silla tratando de tranquilizarme. Si él pensaba que iba a acatar todas esas cosas sin rechistar, estaba muy equivocado, tenía claro que no iba a darle ningún hijo, ni a acostarme con él, y muchísimo menos, quedarme toda la vida a su lado, yo le buscaría la mujer perfecta para él. Suspiré metiendo todo otra vez en la carpeta, la agarré caminando con ella hacia la cama, aparté el colchón guardando la carpeta debajo, volví a colocarlo, y me acosté cerrando los ojos intentando dormir, con la esperanza de que mañana al despertar, descubriera que todo había sido una pesadilla, pero con dolor sabía de sobra, que no sería así. Caminaba con tranquilidad hacia mí puesto de trabajo, llegaba media hora tarde, pero poco me importaba, al llegar dejé mis cosas en la mesa, giré sobre mis talones dirigiendo mis pasos hacia su despacho, sin llamar a la puerta, la abrí, pero no se inmutó en absoluto, no levantó la cabeza de los papeles que tenía delante. — Llegas tarde, y ¿Qué forma de entrar es esa?— — ¡¿Sin divorcio?!, ¡¿Hijos?!, ¡¿Y qué es eso de que tendremos sexo siempre que usted quiera?!, ¡¿acaso esta demente?!—gritaba furiosa, él solo me mira recostado en su sillón sin ningún tipo de expresión, lo que hacía que mi rabia aumentara, me acerqué a su escritorio, apoyé mis manos en este mirándolo desafiante— Que le quede claro una cosa, señor Benedetti… Pasado un tiempo, nos divorciaremos, no tendremos ningún hijo, y por supuesto, que no habrá sexo entre ambos— — Firmaste un contrato—dijo de lo más tranquilo — Sí, firmé un contrato, pero no sabía lo que contenía, si lo hubiera sabido— — Hubieras firmado igual—me interrumpió levantándose— De lo contrario, la vida de tu hermano… Estaría en juego—apreté los puños sabiendo que tenía razón, sonrió con sorna, rodeó su escritorio acercándose a mí — ¿Por qué?, ¿Por qué me hace esto a mí?—cuestioné en tono afligido — Te dije mis motivos, no volveré a repetirlos—dijo en tono molesto, asentí respirando hondo — Entonces dígame una cosa, ¿Por qué quiere una esposa?— — Porque se me antoja tener una—contestó con simpleza — ¿Acaso usted se cree que casarse es como ir a una tienda y comprar algo que le gusta?—pregunté cruzándome de brazos — Bueno… Compre la esposa que quería, así que en cierto modo, lo es—sentí mi sangre hervir, al igual que mis lágrimas acumularse, sin pensarlo, levanté la mano abofeteándolo con fuerza. Me quedé helada ante lo que había hecho, mi mano picaba, la furia que sentía se había disipado en cuanto sus ojos grises me miraron con gran furia, se humedeció los labios llevándose una mano a la zona afectada, dio un paso hacia mí, pero yo lo retrocedí, una sonrisa maliciosa apareció en su rostro al ver mi acción, volvió a repetirla, y de forma instintiva retrocedí otra vez, estuvimos así hasta que mi espalda chocó contra la pared, haciéndome sentir como una presa ante su depredador. — ¿Te doy miedo?—cuestionó con burla colocando ambas manos en la pared apresándome entre esta y su cuerpo — No…—murmuré mirando al suelo — ¿No?, Yo creo que sí, porque entonces si no es de miedo, ¿tu cuerpo está temblando de placer?—preguntó en mi oído causando que me estremeciera ligeramente — Ni una cosa, ni la otra—dije colocando mis manos en su pecho intentando alejarlo, pero no cedía ni un poco, bufé mirando hacia otro lado — Entonces dime que es—susurró con voz seductora, tragué saliva con cierta dificultad, me sobresalte al sentir la punta de su nariz en mi cuello, sentía como mi piel se erizaba ante ese contacto, y al sentir su respiración Lentamente giré mi cabeza hasta mirarlo, nuestros rostros estaban tan juntos que nuestras narices se rozaban jugueteando suavemente entre ellas, sin poder evitarlo, mis ojos fueron directamente a sus labios, Donia tenía razón, eran muy sensuales, y parecían gritarte “bésame”. Me sobresalté al escuchar el estridente ruido del teléfono sonar en mi mesa, eso me había traído de vuelta a la realidad, quise moverme, pero sus manos en mi cintura me lo impidieron, nos quedamos mirándonos unos minutos, el teléfono había dejado de sonar, y comenzó a sonar su propio móvil, respiró hondo soltándome al fin, se dio la vuelta caminando hacia su escritorio contestando la llamada. Nada más alejarse, me invadieron sentimientos encontrados, por un lado, alivio, por otro, cierta frialdad que me descolocaba, suspiré colocándome el cabello a un lado, me di la vuelta abriendo la puerta — No te vayas, quiero que hablemos acerca del contrato—dijo a lo que asentí volviendo a cerrar la puerta
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