En algún lugar del mundo.

5000 Words
Habían pasado semanas desde que Kyle y su abuelo emprendieron su viaje rumbo a Canadá. Parte del camino la hicieron a pie, otra buena parte la hicieron con Kyle sobre la espalda de su abuelo convertido en lobo, pero finalmente habían llegado a su destino. La frontera con Canadá estaba frente a ellos y el chico notó la presencia de unos hombres con pinturas tribales situados en la copa de las arboles. Aquellos hombres miraron al muchacho y luego al anciano y le asintieron, con una inusual reverencia que, Kyle interpretó como una señal de respeto, aunque no entendía bien la situación. Aquellos eran hombres lobo, concretamente Huargos y su abuelo los conocía tanto como ellos a él. El viejo Stefan había vivido los últimos cuarenta años en aquellas tierras, bajo el cobijo de la tribu Canni, la que quizá era la tribu de Huargos más grande de todo el país. Caminaron rio arriba, junto a un caudal lo bastante amplio como para no poder cruzar al otro lado. El agua chocaba contra las rocas y salpicaba la hierba verde de la que algunos ciervos se alimentaban, mientras Kyle intentaba mantenerse lo suficientemente lejos como para que no lo salpicara a él también. Aunque la frescura del agua fría mezclándose con el viento, era fascinante por decir poco. Su abuelo lo miró por encima del hombro sin darse la vuelta, y sonrió cuando descubrió al muchacho admirando con fascinación el paisaje que, sin lugar a dudas, era paradisiaco. Caminaron alrededor de unos veinte minutos, vieron algunos ciervos, vieron lobos salvajes corretear a su presa, y poco después se encontraron con un grupo de osos metidos en el rio pescando su cena. El atardecer, que se asomaba con un brillo naranja dulce, se posaba sobre el agua, reflejando en parte el sol y en parte el cielo anaranjado que comenzaba a predominar. El agua pronto cobró la misma tonalidad del cielo y todo el paisaje se tiñó de naranja. Kyle pensó que vivió toda su corta vida creyendo que el único lugar con una vista maravillosa era Silver Woods, por aquel fenómeno natural de la Luna de plata, pero estaba muy equivocado. La Luna de plata era un fenómeno natural hermoso, exclusivo de Silver Woods, sí, pero irregular. Solo sucedía cada cierto tiempo. En cambio, lo que contemplaba ahora, sucedía con cada atardecer. Era una verdadera maravilla, sin mencionar la vegetación y la fauna salvaje. Finalmente llegaron a una aldea a medio camino de la cima de un grupo de montañas. Entre los árboles y las paredes de piedra de las montañas se extendían pasarelas ascendentes hacia la copa de los árboles en forma de caracol, que luego se conectaban a otra pasarela estrecha fijada sobre la superficie de las paredes de piedra. Estas pasarelas, para nada fáciles de ver, conectaban las discretas torres de vigilancia que custodiaban la entrada a la aldea. Un arco entre las dos paredes de la montaña que formaban un túnel, el cual estaba bastante escondido por un grupo de árboles, arbustos frondosos y enredaderas. Kyle observó las torres de vigilancia, eran sofisticadas e ingeniosas. Cualquiera no las hubiera notado, de no ser porque el muchacho había estado atento hasta el más mínimo detalle. En cada torre había un Huargo vigilando. Ambos hombres hicieron la misma reverencia de antes a su abuelo y Kyle lo observó curioso. - Supongo que llegamos – tanteó mirando a su abuelo a la expectativa y el anciano lo miró despreocupado. - Así es – dijo. - Lo que pasamos antes… - Era un puesto de avanzada – explicó sin mirarlo y avanzó por el túnel, atravesando los arbustos y las enredaderas – los Huargos somos criaturas territoriales. Los Canni en especial son meticulosos con la seguridad de su tribu. Protegen bien sus territorios. Eso de antes, era solo uno de sus puestos de avanzada. La aldea tiene dos entradas. Una te lleva fuera de las montañas, otra te lleva a las profundidades de ellas. Podría decirse que es terreno neutral, pero en realidad es terreno conflictivo. Los humanos y otro tipo de compañías no deseadas suelen rondar estas tierras, y esos puestos de avanzada tienen como objetivo mantener a salvo la integridad de la aldea. El muchacho siguió el paso apresurado de su abuelo por salir del túnel y llegaron al otro extremo, encontrándose con un paisaje mucho más asombroso de lo que imaginó. Parecía sacado de un cuento fantástico. Había un camino central rodeado de árboles, con cabañas erigidas sobre las bases de estos mismos. En el centro de la comuna había un árbol de tronco hueco con un diámetro de más o menos quince metros. Kyle miró con asombro el gran árbol central, y notó que había pasarelas en forma de caracol que rodeaban el tronco por el exterior, pero las pasarelas venían desde el interior del árbol. Mismas que se extendían hacia otros árboles que sostenían plazas aéreas y viviendas. Las pasarelas iban de un árbol a otro, algunas subían, otras bajaban y, dependiendo de la altura y las dimensiones de cada árbol, el sentido de los caminos podía cambiar. Además, se dio cuenta que los árboles más altos, que solo quedaban opacados por la altura del gran árbol hueco al centro de la comuna, funcionaban como torres de vigía, iguales a las que había visto en la entrada. La madera del gran árbol hueco era robusta por decir poco, con un tono marrón lleno de brillo. No solo era una vivienda o, un centro de reuniones, o el eje central de la comunidad y toda su estructura. Al igual que el resto de las estructuras de la comuna, el gran árbol hueco era parte de un ecosistema que los Canni cuidaban con celo. Los aromas eran embriagadores para alguien que no estaba acostumbrado a ellos. Todos estaban trabajando en algo, incluso los más pequeños, que correteaban entre las bases de los árboles y los trepaban a mano como monos. El suelo bajo sus pies era suave, repleto de hierba espesa y verde, igual a los bosques de Silver Woods. El sentimiento de familiaridad se hizo presente casi al instante. La brisa circulaba trayendo consigo la fría y refrescante humedad del rio, y guiaba centenares de aromas a los que los Canni estaban acostumbrados. Esa era su mejor defensa. Las corrientes de viento siempre arrastraban consigo cada aroma mezclado con la humedad y la vegetación de las montañas. Kyle no podía parar de observar maravillado aquella comuna, una vez más, como sacada de un cuento fantástico. Entonces llegaron hasta el gran árbol hueco y cruzaron el umbral, descubriendo una gigantesca biblioteca dentro del árbol. Compuesta de varios niveles, la superficie inferior, o planta baja, funcionaba como un salón de reuniones sobre el que se extendía una enorme mesa de madera artesanal, fabricada con un enorme pedazo de tronco lijado. Alrededor de la mesa estaba reunido un grupo de diez personas. Uno de ellos, el más anciano, estaba a la cabecera, acompañado de otros dos ancianos. Oketon Canni, era el líder de la tribu, tenía piel morena, y una complexión musculosa muy marcada para su edad. Entre los guerreros Canni, Oketon era el más anciano, siendo quizá el único Huargo Canni que había visto crecer a más de cuatro generaciones. Nacer, crecer, convertirse en guerreros, forjar un legado, familias, y morir. La mayoría de los Canni en convertirse en guerreros – siendo de por si una minoría con respecto al tamaño de la tribu que, aunque todos eran Huargos, no todos estaban hechos para ser guerreros y, aun así, estos eran considerablemente numerosos – no vivían los suficiente como para ver crecer a tantas generaciones. Solo los guerreros más fuertes y experimentados gozaban de una vida tan larga. Que Oketon fuera el más anciano de aquel grupo de guerreros, reunidos alrededor de la mesa, era la evidencia de su vasta experiencia y su fuerza. Sus brazos estaban al descubierto, libres de ropaje, para exhibir no solo los músculos marcados, sino también los tatuajes tribales que, simbolizaban el poder y respeto ganados en sus largos años como guerrero. Los tatuajes eran la evidencia de sus victorias y hazañas conseguidas en combate. Así, cada que un Canni los viera – ya fuera guerrero o no – sabría que tenía que actuar con el debido respeto. Hubo un tatuaje en particular que llamó la atención de Kyle. En el brazo derecho del anciano – cuya piel y músculos no tenían ni una sola arruga, como si el tiempo no hubiera pasado para el resto de su cuerpo – desde la muñeca, extendiéndose a lo largo del antebrazo, hasta el hombro, su piel estaba cubierta de brazaletes tribales que envolvían todo su brazo y seguían un mismo patrón hasta llegar al hombro y convertirse en un anillo alrededor de este, sin dejar espacios vacíos o en blanco. Lo interesante de ese tatuaje, era lo que había dentro de cada brazalete. Eran inscripciones, escritos más bien, que Kyle en principio no entendía, porque estaban escritos en otro dialecto, pero cuando los observó con detenimiento, por un momento, él habría jurado haber visto como las inscripciones se reordenaban y se convertían en letras, para finalmente darse cuenta que el contenido de los brazaletes tatuados en su brazo derecho, eran nombres, algunos – la mayoría – entintados sobre la piel previamente marcada con las mismas inscripciones, y otros – que, pese a ser en menor cantidad, también eran numerosos – simplemente pintados sobre la piel sin marcar. No entendía si lo que veía era real, pero uno de los nombres en particular llamó su atención. “Owen Canni, vigésimo Cacique Canni”; ya que no solo estaba entintado sobre piel previamente marcada con la inscripción, sino que, a diferencia del resto de nombres, era el único que tenía una descripción y, también era el que ocupaba más espacio dentro de todas las inscripciones, en cuanto al tamaño del diseño se refería. Kyle no pudo evitar mirarlo curiosa y fijamente, casi hipnotizado por lo que sus ojos veían y que, en su propia concepción, nadie creería que estaba viendo. Pero tanto su abuelo, como el propio Oketon, habían notado el interés de Kyle y, rápidamente descifraron lo que estaba pasando por la mente del muchacho. Ambos se miraron y se dedicaron una sonrisa satisfecha mientras se asintieron sutilmente. Oketon y el resto de los guerreros se levantaron de la mesa para recibir al viejo Gustav, que, aunque los ocultaba, también tenía aquellos tatuajes tribales, muy parecidos a los del Cacique Canni. Kyle advirtió que había visto antes, tatuajes similares en el cuerpo de su abuelo, pero, a diferencia de Oketon, con Gustav no había podido tener aquellas extrañas visiones. Lo que lo hacía todavía más confuso para el muchacho. Gustav se acercó al líder de los Canni, haciendo una sutil reverencia y luego, Oketon Canni, lo recibió con los brazos abiertos. Ambos se estrecharon en un abrazo, con la confianza que solo amigos tan antiguos como ellos podrían tener. Gustav era el único que había vivido tanto como Oketon. Era el único guerrero en la tribu Canni que había soportado cada batalla librada y salido airoso junto a su líder. Eran compañeros de batalla, hermanos de armas, amigos en la guerra y en la paz. Kyle advirtió el mutuo respeto de ambos ancianos, y por consecuente el respeto de los demás guerreros, que había sido evidente desde el momento en que pisaron el territorio de los Canni. Solo entonces el pequeño pudo comprender la clase de hombre que era su abuelo. Él no lo conocía, no sabía absolutamente nada sobre él, pero si había una cosa de la que tenía certeza total. El líder de los Canni y toda su tribu, confiaban en Gustav Stefan, porque el anciano se ganó el respeto de todos, así que él también podía hacerlo, él también podía confiar. Después de todo, también se había ganado su respeto sin la necesidad de demostrarle que lo merecía. - Me da gusto verte viejo amigo – alegró Oketon Canni y el viejo Stefan le estrecho los brazos con las manos. - También me da gusto verte – le dijo – he vuelto a casa – el Cacique de la tribu le sonrió y asintió. Luego miró al pequeño y regresó a mirar a Gustav. - Además vienes con buenas noticias – comentó - ¡Que bueno! Nosotros también tenemos buenas noticias – Gustav lo miró algo desconcertado – hace poco tuvimos contacto con los Sunfang Savage y… - Eso no es una buena noticia Oketon – rebatió el anciano – los Stefan no son de fiar en este momento. - Tal vez, pero la Luna para el Sol ya nació. Ellos aun no lo saben, pero la más joven de los gobernantes Stefan, es la futura Luna del rey Dorado – explicó Oketon, hablando de Arya Stefan. - Bueno, aun es pronto para hablar de eso – repuso Gustav – primero tenemos que despertar al Huargo dormido en su interior y enseñarle a dominar sus poderes; estos poderes que durante tanto tiempo hemos protegido. Gustav miró atrás para ver a su nieto, que los miraba con curiosidad, tratando de saber de qué hablaban. A la distancia que estaba no podía oírlos, pero sabía que hablaban sobre él. No hacía falta ser un Huargo para darse cuenta. Entonces el anciano le hizo un ademan para que se acercara y cuando Kyle estuvo lo bastante cerca del líder Canni, el intimidante anciano se inclinó para presentarse y saludarlo como correspondía. Luego Oketon Canni pidió a los guerreros y a sus consejeros que abandonaran la sala, para que posteriormente Gustav hiciera lo mismo con Kyle. El muchacho abandonó la sala, saliendo del gran árbol hueco y topándose de frente con una preciosa joven de su misma edad. Ella tenía una tez olivácea, de un sutil pero brillante tono dorado, con el rostro cubierto de pecas entorno a su nariz y mejillas. Sus ojos eran aceitunados, y su nariz, pequeña y perfilada. Tenía una larga melena de cabellos rizados y delgados de color castaño oscuro. Le caía rebeldemente hasta la espalda media, aunque intentaba controlarla con una salvaje y alborotada coleta y, algunos cabellos caían rebeldemente por delante de sus orejas hasta la altura de su mentón. Kyle la admiró muy sorprendido. Era preciosa, tanto que era sorprendente, y el muchacho no podía parar de mirarla con asombro. Ella llevaba una canasta en sus manos y, cuando se percato de la mirada de Kyle, se giró para mirarlo, inclinó el rostro hacia un lado y le sonrió solo con los labios. Al notar que ella lo miraba, él espabiló y se sacudió intentando ocultar los nervios al tiempo que ella se acercaba. - Amaia – dijo sin que él le hubiera preguntado – Amaia Canni – sujetó la canasta entre su cuerpo y su brazo con una sola mano y le extendió la que le quedó libre para darle un apretón de bienvenida. Kyle la miró sin saber qué hacer y ella le hizo un sutil gesto inquisitivo, a lo que él reaccionó, sacudiéndose de sus pensamientos y finalmente extendió la mano para apretar la suya. - Kyle – murmuró él a duras penas y ella se rio. - Parece que si hablas después de todo – bromeó y él asintió con una sonrisa nerviosa. - Lo siento, solo… todo esto es nuevo para mí. - Se nota. No te preocupes, algo me dice que te adaptarás rápido – le dijo y le sonrió del mismo modo que antes, para justo después darse la vuelta y alejarse lentamente, girando a verlo con aquella sonrisa tan amigable mientras seguía caminando. Una semana pasó desde la llegada de Kyle y su abuelo a la aldea de los Canni y, aunque el pequeño todavía tenía muchas preguntas que hacerle a su abuelo, había estado distraído pensando en aquella niña que había conocido, que respondía al nombre de Amaia Canni. Estaba sumido totalmente en sus pensamientos, que giraban entorno a la preciosa y amable niña que le había dado aquella amigable bienvenida. La mañana era cálida, el sol atravesaba los arboles de la aldea, rebotaba sobre las casas y se reflejaba sobre la hierba verde como un foco. La neblina comenzaba a disiparse y el rocío dejaba un agradable aroma a tierra y hierba mojada. Kyle estaba junto a la fogata, frente a la cabaña en la que ahora dormía con su abuelo. Una pequeña pero cómoda estructura dentro de un árbol hueco, no tan grande como el gran árbol hueco, pero si lo suficiente para construir una confortable morada para dos personas dentro de él. Kyle estaba ahí, con la mirada perdida en el fuego que crepitaba y ondeaba con el viento que soplaba desde el este. La llama ardía con fuerza, de pronto se descontrolaba y ondeaba a todos lados salvajemente y, de pronto refulgía controladamente de nuevo. Su abuelo apareció y tomó asiento en el tronco, junto a él. - Interesante ¿No? – lo miró de reojo y Kyle salió de su ensimismamiento para mirar a su abuelo – el fuego es uno de los aspectos más curiosos de la existencia. Su naturaleza puede parecer caótica, volátil y destructiva, ciertamente lo es. La más mínima variación en el viento puede elevar una flama hasta convertirla en un incendio. La más mínima variación puede crear una devastación. Pero el fuego también es equilibrio. Fíjate como ahora permanece estable, sin rastros de caos, volatilidad o poder destructivo. Cualquiera puede verlo así y creer que no hay peligro. ¡Ese, es el problema con el fuego! No debes jugar con él, no debes hacerlo variar, no necesitas alterar el equilibrio de una llama que arde con la suficiente fuerza para causar un incendio devastador. Nunca subestimes su volatilidad y su naturaleza caótica, porque podrías acabar herido o mucho peor – dijo, concluyendo lo que, en perspectiva, parecía un consejo o tal vez una advertencia. Kyle no entendía a qué venia todo este sermón sobre el fuego, pero ciertamente le había causado mucha curiosidad lo volátil que podía ser. Él miró a su abuelo, pensando en sus palabras y dándole la razón; era realmente interesante, lo caótica que podía ser la naturaleza del fuego, y al mismo tiempo lo equilibrada que podía llegar a ser. Pero luego de un minuto, se sacudió de aquellos pensamientos que lo habían distraído de lo que realmente le interesaba, y miró a su abuelo con ganas de preguntar. El anciano lo notó, le dedicó una sonrisa de complicidad y le hizo un gesto inquisitivo. - ¿Hay algo que quieras preguntar? – él sabía que Kyle tenía muchas preguntas que hacer, pero le sorprendía que hasta el momento no hubiera hecho ninguna, así que, no fue difícil notar cuando finalmente tuvo el interés de hacerlo. - S… ¡Si! – afirmó dubitativo y su abuelo le asintió para que preguntara – yo… el día que llegamos, conocí a una niña. Su nombre es Amaia Canni, igual que Oketon… - Si… sé de ella – dijo su abuelo algo confundido por el interés de Kyle en la jovencita – ¿Qué pasa con ella? - Bueno, yo… ella… tiene algo que me resulta familiar. Es como si la conociera de siempre, pero nunca la había visto. Eso ya lo sabes abuelo – Gustav lo miró algo sorprendido al oírlo llamarle abuelo y Kyle siguió – al principio pensé que lo estaba imaginando, o que simplemente se trataba de otra cosa. En esta aldea hay muchos aromas, todos se mezclan y es difícil diferenciar de donde viene cada uno, pero a su alrededor siempre ronda un aroma inconfundible, es un aroma delicioso… algo como… - ¿Almendras? – confirmó Gustav mirándolo con una ceja alzada y Kyle abrió los ojos con sorpresa y asintió. - ¡Si! – exclamó – es… es ella quien huele así, ¿no? – su abuelo asintió – pero… ¿Por qué me resulta tan familiar? Nunca había olido algo así – Gustav suspiró con preocupación tras recordar su conversación con Oketon. - Por un lado – suspiró – es bueno que puedas distinguir su aroma. Eso significa que finalmente tus sentidos comienzan a despertar. El olfato los es todo para los Huargos. Es nuestra herramienta más poderosa, algunos incluso pueden prevenir el futuro a través de él. Lo que nos lleva a lo otro. ¿Recuerdas lo que hablamos con tu hermana sobre ser elegida como la Luna del Paladín plateado? Digamos que esto es casi lo mismo, solo que al revés… dime Kyle ¿Ese aroma te resulta cautivador? – el pequeño lo miró todavía más sorprendido y le asintió, con los ojos bien abiertos, muy desconcertado y confundido – cuando un aroma es capaz de cautivar la atención de un Huargo, solo significa una cosa. Ese aroma pertenece a una persona capaz de convertirse en la pareja destinada del Huargo en cuestión… la predestinación de los Huargos y sus parejas es un asunto bastante complicado. La regla no es absoluta, pero si muy específica y, es muy difícil que exista más de una persona con el mismo aroma. De hecho, nunca he conocido ningún caso en el que un Huargo haya conocido a dos personas que compartan el aroma de su pareja destinada a lo largo de su vida. - Eso significa que… ¿Significa que Amaia es mi Luna? - En esencia – dijo su abuelo, suspiró y meneó la cabeza, en gesto de negación – como dije, no es tan sencillo. - ¿A qué te refieres? – inquirió Kyle. - Como ya te dije, nunca he conocido a ningún Huargo que haya conocido a dos personas con el mismo aroma en toda su vida, o no lo había conocido hasta ahora, pero, tu… aun no la conoces y ya estamos frente a un enorme y complicado dilema – Kyle no comprendía de qué estaba hablando – no sabía que esto era posible, especialmente porque aun no he conocido a esa niña – murmuró hablando de Arya – por ahora no será tan problemático, tu Huargo sigue dormido y tus sentidos no son tan agudos aun, pero una vez que despertemos a la bestia que duerme en tu interior, será difícil controlar tus impulsos, tu naturaleza y tus deseos, así que tendrás que alejarte de Amaia cuando eso pase – sentenció y Kyle lo miró con un terrible desconcierto. - ¿Por qué? – cuestionó casi enojado – acabas de decir que ella es mi Luna ¿No? Entonces… ¿Por qué? - Porque ya existe alguien destinada a convertirse en tu Luna y no es ella – sentenció Gustav – Oketon ya la conoció y tuvo una visión en el que el destino de ambos se une. También está en las profecías que los Canni y los Stefan han resguardado y estudiado durante cientos de años. El rey Dorado y su Luna, ambos, aunque, de líneas sanguíneas separadas, provienen de los Stefan, porque somos una familia de Huargos capaz de procrear prospectos a reyes. Eso es lo que es esa chica. La hija de uno de nuestros parientes es la Luna del Sol, un prospecto a rey… ahora es difícil de entender, eres solo un niño y aun no estás listo para nada de esto, pero, te prometo, que pronto comenzaras a entender – concluyó y se levantó con prisa, dejando a Kyle sin palabras mientras daba largas zancadas sobre la hierba verde para ir a ver a Oketon. El muchacho no estaba nada complacido ni satisfecho con las palabras de su abuelo. No lo entendía, pero sentía en su interior, un calor emanando con fiereza, volátil y caótico, como la llama frente a él que hace unos minutos había ardido violentamente. Estaba enfadado y, para nada conforme con lo que el anciano le había dicho. Indispuesto a aceptarlo cuando, ni siquiera había tenido la oportunidad realmente de acercarse a ella. Gustav hubiera creído que eso sería mejor y tendría razón. Le evitaría todo tipo de problemas en el futuro, pero Kyle no estaba de acuerdo y no dijo nada sobre su nula cercanía con Amaia. Cercanía que al final, no eran tan nula después de todo. Bastaba que ambos se miraran, para que sintieran la necesidad de acompañarse a todos lados. Amaia ya lo comprendía, ella conocía mejor la naturaleza de su especie, y se mantenía al margen hasta que Kyle pudiera comprenderlo. Gustav Stefan llegó con Oketon, alterado y caminando de un lado a otro con preocupación, a lo que su antiguo amigo lo miró con extrañeza y, desde su silla, sentado, se aclaró la garganta para que su amigo notara su presencia. El anciano Stefan se detuvo súbitamente y lo miró y Oketon espabiló sacado de lugar. Con tono dubitativo y preocupado, Oketon preguntó - ¿Qué está ocurriendo? - ¡Tu nieta! – la afirmación de Gustav fue todavía más confusa para el líder Canni. - ¿Qué con ella? – cuestionó. - Kyle se prendó de su aroma. Ya sabes lo que eso significa – dijo y solo entonces Oketon comprendió. Ante la mirada preocupada de su amigo, Oketon cerró los ojos y suspiró con pesar, avergonzado y frustrado consigo mismo por no haberlo notado. - ¿Cómo pude pasarlo por alto? – murmuró para si mismo, pero Gustav lo oía con claridad. - ¡Si! – exclamó - ¿Cómo diablos pasaste por alto que tu nieta y la niña Stefan comparten el mismo aroma? – le reclamó y Oketon lo miró apenado. - Estaba tan concentrado en la visión que tuve sobre ellos dos que, pasé por alto totalmente a mi nieta – el líder Canni bajó la cabeza y se disculpó, pero Gustav negó con las manos y la cabeza, suspirando cansado. - No inclines la cabeza Oketon, tú eres el Cacique de la tribu. No debes inclinar la cabeza ante mí. - ¿Qué es lo que haremos? – preguntó el aludido y Gustav lo miró se mientras mordía las cutículas. - Por lo pronto, tenemos que mantenerlos alejados. Será fácil mientras Kyle no tenga todos sus sentidos despiertos al cien y su Huargo no haya despertado. De lo contrario será difícil enseñarle a controlar su poder… estará muy distraído y… - Eso será un problema – rebatió Oketon – por mucho que quisiéramos mantenerlos alejados, solo tenemos dos opciones; la sacamos a ella de la aldea, o lo sacamos a él y, ninguna puedo permitirla. - Lo sé, pero tenemos que hacer algo al respecto, antes que la situación se nos salga de las manos y no podamos controlarlo. Es nuestra responsabilidad. - Ya se, ya se – Oketon suspiró cansado y asintió conforme – bien, ya veremos cómo resolvemos este problema – dijo y Gustav le asintió de acuerdo. Al otro lado, entre los estantes de libros, Amaia, que, como don de sangre, podía ocultar su aroma, estaba oyendo toda la conversación entre su abuelo y el abuelo de Kyle. No era su intención espiarlos. No estaba ahí para eso, ni siquiera podía haber sabido que Gustav iría a plantearle a su abuelo, aquella situación, como un problema. Ella estaba ahí para investigar más sobre el rey dorado, ya que, sabía que Kyle era el elegido, porque también tenía un oído mucho más desarrollado que el de la mayoría de los adultos, incluso los guerreros. La jovencita abandonó la biblioteca del gran árbol hueco, y volvió a sus tareas de rutina. Estuvo toda la mañana recogiendo manzanas y otras frutas mientras pensaba en todo lo que había oído durante la conversación de su abuelo con el de Kyle, intentando comprender la situación pese a su corta edad. Estuvo en eso durante casi todo el día y, a media tarde, regresó por el camino habitual con la canasta llena de aquellas manzanas rojas y verdes. Mientras regresaba, se topó con Kyle, que venía caminando, observando e inspeccionando cuidadosamente la aldea, tratando de familiarizarse con ella a través de sus sentidos. Amaia sonrió enternecida, le había parecido muy dulce la forma en que Kyle se movía por la aldea como habiendo descubierto un paraíso y, sin dudarlo, se acercó a él con la canasta en sus manos. La sujetó entre su brazo y su cuerpo y con la mano libre tomó una manzana verde y se la ofreció. Él la miró desencastillado de sus pensamientos, nerviosos y sorprendido, y ella le sonrió con dulzura. No había comido nada por estar tan concentrado en familiarizarse con sus sentidos, que poco a poco, por el contacto con los Huargos y la aldea Canni, estaban despertando. El hechizo que se había utilizado era complejo, tanto que ni siquiera sus padres podían romperlo, porque no había un contra hechizo para deshacerlo. Pero se podía romper de forma natural, conforme Kyle tuviera contacto con su verdadera naturaleza. Hambriento, miró la manzana y sin dudarlo más, la tomó, sonriéndole de vuelta a la jovencita frente a él. Ella finalmente dibujó una sonrisa alegre, mostrando una preciosa dentadura blanca y quizá, la sonrisa más hermosa que Kyle vería en toda su vida, porque, pese a que sus sentidos apenas si comenzaban a despertar y, de ser solo unos niños, les era imposible no sentirse atraídos el uno al otro, como si algo los arrastrara a estar tan juntos como pudieran. Sin apartar la mirada el uno del otro, se sonreían, emocionados y fascinados, mientras Kyle le daba un bocado a la manzana y sus ojos se iluminaban con mucha sorpresa, apartando la mirada por un segundo de Amaia, para centrarla en aquella fruta, cuyo sabor era muy diferente del de cualquier otra manzana que hubiera probado en toda su vida. Luego la miró de nuevo y ella le asintió orgullosa por sus cosechas. - Acompáñame – dijo ella y él sin dudarlo la siguió hasta el mercado de la aldea, donde dejó sus manzanas, para luego tomarle la mano y llevárselo a rastras.
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