Pov Gianna Bellucci
+21
Giacomo me pidió matrimonio, con esa seguridad que me pone a temblar las piernas, la manera en la que me mira es la que me da esa seguridad de querer pasar mi vida entera a su lado.
Es esa seguridad suya, la confianza con la que hace todo es lo que me tiene en este momento gritando y jadeando mientras él está prendido de mis pechos. Las sensaciones me están volviendo loca, yo jamás había sentido esto y si este preámbulo se siente así no quiero imaginar lo que viene, si tan solo con el roce de nuestras intimidades me hizo poner los ojos en blanco.
Poco a poco noto como Giacomo baja con besos y mordidas por mi vientre, pasa por mi monte de venus e inhala profundamente para después soltar un gruñido de placer.
—Me haces agua la boca, bella.
Yo solo siento mi piel erizarse por completo y como tiemblo por los nervios y la excitación que siento. Giacomo acaricia mis piernas con delicadeza pero percibo su ansiedad, va olfateando toda mi piel, y me deja un camino de besos y mordiscos desde las pantorrillas hasta los muslos, cuando llega de nuevo a mi entrepierna vuelve a inhalar profundo pero está vez juguetea con su nariz en mis partes más sensibles.
Lleva ambas manos a lado de mi cadera para bajar lentamente mi ropa interior mientras me da una mirada que me hace sentir la boca seca.
Cuando finalmente me desprende de la panty saca la lengua para probarme y yo brinco y grito ante la sensación. Instintivamente trato de cerrar las piernas pero Giacomo me sostiene con la fuerza suficiente para evitarlo. Siento cada lengüetazo en mi botón de placer y empiezo a sentir una desesperación que se arremolina en el interior de mi vientre.
—Esto es lo más delicioso que he probado en mi vida Gianna, tu néctar me está dando la vida que no sabía que necesitaba.
—No pares, por favor no pares, siento tantas cosas —digo apenas con un suspiro de voz porque no puedo respirar de manera normal.
Giacomo baja hasta mi entrada pero uno de sus dedos me sigue estimulando en el punto exacto para que me retuerza sin control. Su lengua me está dando unas ligeras estocadas que me hacen explotar. Por unos instantes siento que estoy flotando, estoy como desconectada pero mi cuerpo parece convulsionar por toda la electricidad que me está recorriendo.
—Que rico terminas, mi bella donna.
Siento un último lengüetazo en mi intimidad y vuelve a subir hasta mis pechos, mi cuello y finalmente mi boca, me da un beso que tiene impregnado mi sabor y eso me excita un poco más.
—Gianna, esto dolerá un poco pero seré lo más delicado que pueda, ¿De acuerdo?
—De acuerdo, amore.
Siento como su hombría se posiciona entre mis pliegues y comienza de a poco su intromisión, yo trato de estar tranquila y disfrutarlo pero estoy temblando y Giacomo lo nota.
Toma una de sus manos y la entrelaza con la mía.
—Abre los ojos, bella. Mírame y respira con tranquilidad. Sólo dolerá un poco esta vez, y después ambos disfrutaremos, yo te mostraré más de lo que sentiste hace unos minutos.
Me besa, primero lenta y suavemente y poco a poco aumenta la pasión y el deseo hambriento en ambos. Lo siento en mi interior abrirse paso centímetro a centímetro y duele porque además de ser la primera vez también él es bastante grande y su dureza es extrema.
Cuando finalmente me invadió por completo me dice:
—Esto es la gloria, Gianna. Me estas matando con lo apretado de tu interior y se siente tan exquisito.
—Hazme sentir todo, Giacomo. Quiero aprender lo que es la gloria contigo.
—Voy a enseñarte todo lo que quieras, solo no olvides jamás que eres mía, es conmigo con el único con quien siempre estarás.
—Soy tuya, amore mio.
El empieza a entrar y salir de mi primero con delicadeza y poco a poco cuando mi dolor cede empieza a hacerlo con más vigor.
De nuevo los jadeos y gemidos escapan de mi, mi cabeza está recostada en la almohada pero Giacomo está abrazando por completo mi cintura, en momentos se aferra a mis pechos y en otros me respira en el cuello lo que aumenta las sensaciones.
Me repite incansablemente que soy suya, que le pertenezco, que jamás va a soltarme, que incluso sí soy su condena vivirá eternamente condenado a mi lado. Todo eso se siente como promesas. Yo también le prometo todo lo que él a mí. Yo le he entregado todo lo mío, cuerpo y alma. De él seré, siempre de él seré y siempre él mío será. Esa es nuestra promesa, la que ninguno de los dos podrá romper nunca.
Él me ha hecho llegar demasiadas veces, no logré contarlas porque me perdía cada vez que me llevaba a esa gloria prometida.
—Gia... Gia, ¿Qué me has hecho? ¡Gia!
Tomo su rostro entre mis manos y lo beso. Lo beso con la intensidad del momento que estamos viviendo, lo beso con amor y con pasión.
Unos segundos después gruñe en mi boca y muerde mi labio. Siento como palpita su hombría dentro de mí, siento como me está llenando de él. Cómo está aferrado a mi cuerpo tanto como yo lo estoy al suyo.
—Sólo te estoy amando, Giacomo. —Sé que mis ojos están cristalizados porque mi visión está acuosa. —Es lo único que te he hecho y que te haré. Somos nuestros desde ahora.
—Somos nuestros, Mia amata.
De ahí nos quedamos en la cama hasta dormir. Yo descanso en sus brazos y siento sus caricias en mi espalda.
A la mañana siguiente despierto antes que él y sólo lo observo dormir. Está tan plácidamente dormido, admiro sus largas y rizadas pestañas, su barba de candado, su cabello castaño y ensortijado, cómo se marcan sus clavículas, sus brazos fuertes y su cincelado torso, Giacomo es una obra de arte cual David de Michelangelo. Lo amo, no sabía lo que se sentía, lo he visto toda la vida en la mirada de mis padres y siempre me pregunté cómo se sentiría este sentimiento y ahora lo sé, y noto en la manera en la que me mira, en cómo me besó y acarició. Ahí había amor, en la manera en la que nuestras miradas gritan lo que sentimos, eso es el amor.
Lo veo inhalar profundamente mi cabello y más me embeleso. Abre sus preciosos ojos verde claro y nuestras miradas se cruzan.
—Buongiorno, amore.
—Buongiorno, mia amata. ¿Llevas mucho despierta?
—No, desperté hace unos minutos apenas.
—¿Cómo te sientes?
—De maravilla, ¿y tú?
—Mejor que nunca. ¿Tienes hambre?
—Bastante.
—¿Por qué no te das una ducha mientras yo te hago el desayuno?
—De acuerdo, sólo que no traje ropa. —admito.
—Puedes usar lo que gustes de mi armario.
—De acuerdo, eso haré.
Me da un beso corto en los labios y ambos salimos de la cama pero ambos nos quedamos desnudos y me siento avergonzada de salir así por lo que jalo la sabana, sin embargo cuando lo hago me doy cuenta de la mancha rojiza que se ha quedado ahí como la prueba fehaciente de que le entregué mi pureza la noche anterior.
Yo me le quedo viendo a la mancha y él lo nota, me toma del mentón para que lo vea y me dice:
—No te sientas avergonzada por mostrarme tu desnudez, eres la mujer más hermosa que he visto, ahora te conozco hasta en el último rincón de tu ser y me fascina admirarte. Esa mancha es algo que nunca antes tuve y agradezco tanto que te hayas entregado a mí. Eres mía, ¿recuerdas?
—Soy tuya, somos nuestros.
Sellamos este hermoso momento con un beso, me deshago de la sábana y camino hacia la ducha. Sé que él me mira caminar, siento su mirada clavada en mí, y eso me saca una gran sonrisa.