Hoy caerás, ratoncita.

1310 Words
Pov Giacomo Fascinelli +21 El día de hoy organicé una cena inolvidable para la ratoncita, creo que esto la hará finalmente caer en mis redes y debo admitir que me siento ansioso porque eso pase, por alguna razón no me la puedo sacar de la mente, no importa con cuantas mujeres folle, al final sólo logro terminar al pensar en ella. Ya he tenido suficiente de besos y caricias tímidas, la quiero debajo de mí gimiendo mi nombre o sobre mí rebotando y gimoteando. Su tierna inocencia no le va tan bien como se que le iría dejándose absorber por la lujuria. Gianna es mi más culposa obsesión, algo me pasa cada vez que la miro, que la beso, que la toco sin embargo también tengo claro quién es ella, lo que simboliza para mi familia y el destino que debe tener. Ella debe ser sólo un medio para un fin. Es una lástima, quizá al terminar con ella y el mal nacido de Salvatore lo lamente un poco, pero desde siempre me enseñaron a ser alguien duro a quién sus sentimientos no dominan. Eso es lo que el negocio y la familia requiere de mí y por mi honor lo cumpliré. Nunca antes le pedí a alguien ser mi novia, siempre había una mujer diferente cada noche por cortesía de mi tío, con tanta variedad que era imposible aburrirse, a veces latinas, otras asiáticas, africanas, europeas pero siempre hermosas y dóciles. Ahora le pediré a la inocente ratoncita que sea mi esposa, todas quieren siempre un anillo, hasta las que dicen que no lo quieren y Gianna no será la excepción. Hoy caerás ratoncita, te daré la ilusión que tanto quieres y tú alimentarás mis perversas intenciones. No puedo permitirme ningún desvío, es solo sexo y ya. Aunque deba hacerle creer que es más, mucho más porque si debemos casarnos para que me siga hasta Capri, una vez ahí, su suerte cambiará por completo. Ahí tendré la vendetta que me deben los Bellucci desde hace veinte años. Me miro al espejo analizando que todo en mí está perfecto, llevo mi traje italiano a la medida en gris oscuro, camisa negra sin corbata con un botón sin abotonar hasta arriba, mancuernillas, pulsera y una cadena Figaro de oro. Zapatos lustrosos de suela roja, barba y cabello perfectos, nadie se resistiría, menos aún la pequeña ratoncita. Llego al edificio de su penthouse, subo hasta su puerta y llamo a la puerta, Gianna abre la puerta y me roba el aliento por un par de instantes, está usando un vestido de tiros color vino, pegado a su cuerpo y una pronunciada abertura en su pierna izquierda me hace agua la boca, usa maquillaje cargado que hace que le resalten los ojos avellana y en los labios un rojo quemado que me implora que lo devore. Qué lástima que no esté sola en ese penthouse, porque sí así fuera ya la estaría tomando desde ahora. —Gianna, Bella Donna. Te ves preciosa. —También tú te ves hermoso, Caro mío. —maldita sea si me hablas así, te ves así y me miras así perderé el control. —No me provoques, mira que me controlo tan bien. —La beso y lo que me devuelve es pasión pura, la forma en la que me está besando no tiene nombre. —De acuerdo salgamos de aquí. — me dice al tomar mi mano rumbo al elevador. Apenas las puertas se cierran la cargo para estamparla en la pared y la muy condenada me enrolla sus piernas en la cintura. Lanza un gemido cuando siente mi dureza por encima y yo le como la boca. —Lo lamento mucho, Gianna, pero está noche no te dejaré volver aquí. Cuando dejo de hablar aspiro su aroma desde su cuello hasta su cabello y me está trastornando lo delicioso que es. Su cuerpo se siente tembloroso, seguro por la mezcla de nervios y excitación. No quiero ni pensar en su humedad porque estoy a nada de perder la razón con ella. Cuando el elevador abre sus puertas la bajo lentamente sin dejar de besarla, la tomo de la mano y salimos rumbo a mi auto, abro la puerta, le ayudo a subir, le coloco el cinturón sin perder oportunidad de rozar su cuerpo y piel y ella me está clavando una mirada que debería ser prohibida con las pupilas dilatadas, las mejillas encendidas, y los labios al rojo vivo por casi devorarle hasta el alma. Sin duda está será la noche pero parece que es así porque ella lo ha decidido. Llegamos al restaurante, es un sitio elegante con salas privadas. La nuestra está llena de rosas rojas, a esta ratoncita le encantan este tipo de detalles, hoy no es la excepción. Ella sonríe muy ampliamente con los ojos cristalizados y siento el pecho hinchado de satisfacción. La noche transcurre entre sonrisas coquetas y hasta un poco insinuantes, roces de manos, mucha conversación, algunos besos hasta que llega la hora del show. Me hinco ante ella y saco de mi bolsillo la caja azul con el diamante que he elegido para ella, un anillo de compromiso Tiffany Soleste con forma de corazón y una argolla de diamantes de platino, cuando lo vi pensé que era perfecto para ella. No me equivoque, ella lo ve con sorpresa y emoción en los ojos, se lleva ambas manos a la boca y después me mira, me mira de una forma bastante profunda en la que no me había mirado antes. —Gianna, sabes que desde la primera vez que te vi te advertí que te volvería mi esposa porque lo supe con sólo unos segundos de verme reflejado en tu mirada. Acepta ser mi esposa, mi bella ragazza. Ella deja salir un par de lágrimas que me complacen bastante porque sé que aceptará. —Si acepto ser tu esposa, Giacomo. Amore mío. Le coloco el anillo en su delgado y fino dedo, y la beso, de nuevo con la pasión que ella tan fácilmente despierta en mí. Nos vamos del restaurante tan rápido como podemos porque estoy impaciente por poseerla, por volverla mía. Cuando subimos al ascensor de mi edificio me vuelvo a abalanzar sobre ella, la cargo y ella enreda sus piernas en mi cintura. La beso con un hambre brutal como si fuera un hombre que no ha comido en su vida entera, y lo mejor de todo es que aún con la inexperiencia de Gianna ella me besa con la pasión innata que trae en las venas. Esa sangre italiana y pasional que no sabe que lleva se hace presente, me besa estando aferrada a mi cuello y halando mi cabello, está tan pegada a mi cuerpo como le es posible. Cuando siente la dureza que me ha causado da un ligero brinco del susto y suelta un jadeo. «Carajo, gime tan delicioso» Siento como el instinto se apodera de mi. Apenas entramos a mi penthouse me deshago de su vestido y ella me quita la corbata y la camisa. La llevo hasta la cama y la acuesto con delicadeza porque lo que viene no será delicado. Me deshago también de su sujetador y de mis pantalones junto con el bóxer liberando mi hombría que está extremadamente dura y caliente. Yo sigo besando a Gianna y poco a poco bajo a su cuello que mordisqueo, lamo y beso. Gianna suelta jadeos cada tanto pero cuando me llevo uno de sus pechos a la boca suelta un grito ahogado, me tiene fascinado como se va derritiendo cómo la lava en mis manos. Me quedo un buen rato ahí, lamiendo y disfrutando la dureza de sus pezones, sus pechos en general son una delicia, suaves, tersos, con el tamaño perfecto que hace armonía con su vientre plano y esa silueta tan tentadora de reloj de arena. Gianna es perfecta.
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