En la penumbra de la mañana siguiente, el negociador parecía aún más intimidatorio. Como los seres que se transformaban en las historias de antaño, había pasado de ser un viajero desaliñado a un guerrero endurecido y temible. Su pelo blanco estaba recogido en una trenza apretada y descansaba como una serpiente sobre su capa de lana. Brazaletes serpenteantes a la moda celta colgaban de sus brazos fibrosos, sus dibujos reflejaban las oscuras grietas que atravesaban su rostro y la barba que caía, bifurcada como la lengua de una serpiente, hasta su cinturón. Un corte a medio curar en su frente marcaba el lugar de una futura cicatriz. El hombre miró a Hakon como un cazador que estudia a su presa: —¿Estás listo, Hakon Haraldsson? —su voz era ronca, su acento del norte fuerte. Hakon tragó saliv

