"Día 0" Samantha

2378 Words
Nunca he sido una chica de muchos amigos. No es que sea una solitaria, tengo amigos, pero no tengo la imperiosa necesidad de estar con ellos constantemente y compartir toda mi vida con todos ellos.   Quizá es por eso que he podido pasar más de 30 días en mi apartamento sin volverme loca.   Creo que la única persona cercana que tengo es mi amiga Sofia que me llama por videochat unas 5 veces al día solo para preguntarme que estoy haciendo, para quejarse de lo mucho que extraña salir y de cómo comienza a odiar a su pequeño hijo de 4 años.   Nuestra amistad ha durado tanto por ella, por su interés en compartir su vida conmigo y no forzarme a compartir la mía con ella.   Cuando hablo con ella me gustaría decirle que he hecho muchas cosas, que tengo todo en orden, que me he ejercitado y que han sido unos días muy relajantes en mi apartamento sola. En realidad, apenas me he preocupado de mí, he pasado todos los días intentando encontrar una forma de mantener mi pequeño negocio de productos ecológicos en pie. Es todo lo que me queda.   Me despidieron del restaurante cuando el virus llego a Temple y fue imposible encontrar algo más.   Mi trabajo como anfitriona y camarera en el bar/ restaurante "Temple with T" era mi fuente de ingreso principal. La pequeña tienda online que tengo hace unos meses era solo un intento de tener un ingreso extra para poder ahorrar, y actualmente llevaba 2 semanas sin ninguna venta.   El dinero que me dieron al despedirme del restaurante estaba por acabarse, tenía suficiente como para pagar el arriendo de mi pequeño apartamento, los gastos y comida por un mes... claro que usando el crédito de mi tarjeta puede que dos. Después de eso estaba quebrada.   Hace 4 años que vivía en un antiguo edificio de 6 pisos en el centro de Temple. El primer piso era una pequeña panadería, al costado de su entrada había una puerta de madera enorme y pesada que daba a una escalera para subir a los pisos de apartamentos.   Cuando me mude, Graciela, la dueña de la mitad de los apartamentos del edificio, me mostro como aumentaba la cantidad de apartamentos por cada piso. En el segundo y tercer piso solo había 2 apartamentos por planta, y solo vivían familias con hijos o matrimonios muy mayores. En el cuarto y quinto piso había 4 apartamentos por plantas, vivían matrimonios jóvenes, ancianos solos o adultos solteros. El sexto piso había 6 apartamentos, y vivía gente como yo. Esas personas que necesitas como 10 adjetivos para describirlas, pero nunca aciertan del todo.   No era un mal apartamento, para lo que pagaba por él. Era un edificio antiguo así que lo muros eran gruesos y los techos altos. No pagaba por cosas que tenían los edificios más modernos, como piscina, GYM, salón de fiestas o esos miniparques. Este edificio ni siquiera tenía ascensor así que de cierto modo subir todos los días los 6 pisos era como tener un GYM ¿o no?   Otro beneficio de este edificio es que era un buen ambiente, no había conflictos, todos nos conocíamos, quizá no profundamente... bueno con uno que otro si... pero ese es otro tema más personal en el que no quiero pensar. Aunque pensar en mi vecino de abajo siempre me subía el ánimo.   Genial ahora estaba sonriendo por lo que paso un par de semanas, hace varios años. Tenía dos opciones, o me daba una ducha fría o iba a hacer las compras, porque no me quedaba comida. — Voy a ir al supermercado — Me dije a mi misma en voz alta —. Con la suerte que tengo me da pulmonía con la ducha fría, tendría que ir al hospital y como tengo muy mala suerte me pego el bicho ese.   Me vestí rápido, porque como persona que está en cuarentena que se respeta he estado los 30 días en pijama. Pero como tampoco me apetece vestirme en verdad, solo me pongo unos leggins deportivos negros, un polerón rojo enorme sobre el bralette y zapatillas.   Descargo en mi teléfono el código que me permite salir de casa para hacer las compras, cojo el dinero, bolsas para las compras, llaves y salgo. Cuando cierro la puerta quiero golpearme a mí misma... Olvide la mascarilla. Toda mi vida he tenido esa maldita costumbre de olvidar cosas cuando salgo de casa y debo devolverme.   Voy bajando por el tercer piso cuando me topo con la razón de mis compras.   —  Hola Samantha —Me saluda.   Me sonríe, aunque no veo su linda sonrisa por la mascarilla (hasta con mascarilla se ve atractivo el maldito) si lo veo en sus ojos. Él es esa clase de persona que son tan amables y felices que sonríen hasta con los ojos.   —  Hola, Bruno —respondí —. ¿Vas de compras? — pregunté al ver que también llevaba algunas bolsas en la mano.   —  Si, ya no me queda nada — dijo riendo y tocando su estómago (yo sabía lo duro que era), tuve que haber elegido la ducha fría —. ¿Cómo vas con el encierro?   —  mmm... no muy bien, como casi todos... creo — Continué bajando las escaleras —. El restaurante cerro así que...no hay mucho. Estoy en el punto en que te cuestionas que es mejor, el albergue o pedir ayuda a la familia.   No solía hablar mucho con Bruno, no porque no me agradara. Él era ese tipo de persona que odias por ser muy agradable. Nuestra falta de comunicación se debía a que me volvía extremadamente sincera con él, y no en el buen sentido, era como si estuviera ebria y no tuviera filtro. —  Te entiendo, nadie quiere que un tipo entre a tu casa y te dé un masaje por todo el cuerpo. ¡¡He tenido dos clientes en todo el mes... DOS!! También es un mal momento. — Se quejo y luego bajamos otro piso en silencio — Bueno si yo tuviera que elegir entre esas dos opciones creo que me quedo con el albergue —. me dijo para subir el ánimo de la conversación.   —  Bueno, aún tengo dos meses para hacer una lista de pros y contras — dije riendo.   —  ¿Me la prestas luego? Yo tengo aun tres meses hasta que me quede sin crédito.   —  Bueno el ministro de economía cree que en cuatro meses las cosas comenzaran a funcionar de a poco... podrías pagarle a Graciela ese mes que te falta en masajes — bromee, pero él no rio y se hizo un silencio incómodo.   —  No lo sabes ¿verdad?   —¿Qué cosa? —pregunté —. Oh por Dios, Graciela se contagió — asumí de inmediato — ¿Esta bien? ¿Esta grabe?... No me digas que murió.   La mujer no era santa de mi devoción, era una mujer algo desagradable y no sabía cómo tratar a las personas, pero nadie se merecía pasar por eso.   —¿Que? NOOO!! — Se rio de mi —. Wow, olvidaba lo fatalista que eres.   " Ella está echando a todos, al primer mes que no pagan. Te da una semana para sacar tus cosas o llega con la policía. Ella es dueña de 10 de los 18 apartamentos, por suerte en ninguno de los suyos viven jubilados. No aguantaría ver como saca a alguien mayor a la calle. — En su voz había una mezcla entre pena y rabia".   "Hace tres días volvía de la panadería de abajo y habían llegado a desalojar a Marta, su esposo e hijo. Los ayude a llevar algunas cosas a la casa de un suyo amigo que no está muy lejos de acá. Ella y el niño se fueron a la casa de su padre y él donde su hermano, en ninguna de las dos casas había espacio suficiente para la familia completa. ¿Te imaginas si no hubiesen tenido con quien quedarse? Habría un niño de 8 años viviendo en la calle". —  Bueno habrían tenido que ir al albergue central — dije, mi voz más ronca de lo normal por la emoción de lo que me contaba. El albergue era una opción, pero no una solución real.   —  ¿Albergue? — susurro Bruno —. ¿Samy? — Me toco el hombro para que dejar de bajar el último piso. Me hablo como si se dirigiera a un niño de 5 años — Cariño, hoy en la mañana... mmm hace unas 10 horas informaron por cadena nacional que los albergues están funcionando al 150% y que ha comenzado el brote el virus dentro de todos ellos... Todos los albergues del país entraron en cuarentena, solo funcionarios pueden entrar o salir por 30 días.   En estos 30 días prácticamente no había visto el noticiero, Sofia me informaba de algunas cosas y cuando me pedía alguna opinión yo solía responder con un "Es terrible" "Espero que pase pronto" "todo va a mejorar" "El gobierno está en eso". Que estúpida me debo hacer escuchado, nada mejoraba.   —  Oye tranquila no es para tanto, nosotros estamos aquí ahora y podemos resguardarnos... y cuidarnos, salir solo a la compra y nada más... — Apenas le tomaba atención a lo que me decía, me distraía que se moviera tanto de un lado a otro —. Que te parece si me das tu lista a mí y yo traigo tu comida... Enserio... Vamos Samy... Por favor.   Quería decirle que me gustaba hacer mis propias compras, que me gustaba escoger mis frutas, pero no salía mi voz por alguna razón y él seguía hablando, casi rogando palabras que cada vez comprendía menos.   —  Por favor cariño, no me hagas esto ahora que no puedo tocarte —volvió a rogar.   —  ¿Qué le hiciste a esa niña? —pregunto en un grito la señora Valeria, que vivía en el primer piso con su esposo y 3 perros —. Estos jóvenes no saben cómo tratar a su novia... Has algo que se te muere chiquillo.   Yo no entendía nada, quería decirle a ella que Bruno no era mi novio. Que a él no le gustaban como yo y a mí no me gustaban como él, pero mi voz no salía y me angustie un poco más.   —  ¡¡Mierda!! — dijo Bruno con frustración. Tiro sus bolsas al suelo y se acercó a mí, muy cerca... aquí no había 1 metro de distancia. Movió suavemente mi cabello para atrás, toco mi oreja derecha y soltó el elástico que mantenía la mascarilla en su lugar. Y el oxígeno entro a mis pulmones de golpe cuando me abrazo y acaricio la cabeza.   —  Shhhh Shhhh —Nunca entenderé porque ese sonido calma a las personas, pero tranquilizo algo dentro de mi, algo que ni siquiera sabía que estuviera agitado —, vamos respira...eso. No llores, por favor, odio ver a la gente llorar.   —No estoy llorando — logré decir por fin. Maldije en mi mente, esa era mi voz de llanto, la conocía muy bien... y si, estaba llorando —. Lo siento. Te estoy tocando.   A pesar de mi disculpa no me aparte de él. Su calor se sentía tan bien. Creí que estos días había estado todo bien, no sabía lo mucho que necesitaba un abrazo hasta que lo tuve.   —  Tranquila, es mi culpa. No debí haberte tirado toda esa información de mierda, no es como si pudiéramos solucionar algo — Se alejo un poco para ver mi cara —. ¿Estas mejor? — Logré sentir — Bien, dame tu lista para ir al supermercado, como en una hora mas no se podrá hacer la fila para el ingreso.   —  No, estoy bien. Quiero ir yo.   —  No, tú debes subir a tu apartamento, darte una ducha, preparar un té, café o lo que tomes y esperar que yo deje en tu puerta la comida... Vamos — Recogió sus bolsas y extendió la mano, como si en verdad creyera que lo dejaría ir por mí.   —  No, gracias — repetí. Baje el último tramo de escaleras que daban a la calle y volviendo a poner mi mascarilla como correspondía — Ya estoy bien.   Intente transmitirle toda la confianza posible, pero no creo haberlo convencido. Me siguió muy de cerca.   Nos fuimos juntos caminando en silencio al supermercado que estaba a un par de cuadras. Nos detuvo una pareja de militares para ver nuestros permisos de salida. Cuando no íbamos uno de ellos le susurro al otro "¿viste cómo iban? de seguro ellos discutieron... Que suerte que yo no vivo con mi novia".   ¿Qué le pasaba a la gente con nosotros hoy?   La fila para ingresar era inusualmente corta. Tardaríamos solo unos 15 minutos en entrar. Esperamos en silencio, no era incomodo, pero si extraño. Él solía hablar todo el tiempo, del clima, de una película o anécdotas de su trabajo, extrañe no escuchar su potente y calmada voz. Faltaban solo 3 personas para que fuera nuestro turno de entrar cuando él hablo.   —  ¿Te vas a ir con tu familia si en 2 meses esto no mejor? — preguntó.   —  No — respondí rápidamente.   —  ¿Y qué vas a hacer? ¿Algún amigo? — continuó indagando.   —No, no lo creo.   —  ¿Entonces?   —  ¿Entonces qué?   —  Bueno creo que deberías pensar ahora en un plan B. No creo que esto mejore en 2 meses, Sam — dijo firmemente, pero vi miedo en sus ojos, creo que pensó que lloraría nuevamente.   —  Bueno tú también necesitas un plan B, estamos en el mismo lugar, recuerda ¿Qué tal si me prestas tu plan B? — Respondí duramente, me arrepentí un poco porque él siempre era muy amable, pero tampoco era de su incumbencia lo que haría cuando he echaran del apartamento.   —  Yo ya tengo un plan B — Descubrí que hasta las sonrisas de suficiencia les llegaban a los ojos.   —  ¿Sí? —  Tu.   —  ¿Que? —Avanzamos un poco más a las puertas automáticas.   —  Tenemos que vivir juntos — Lo dijo como si no se tratara de nada importante. No era una pregunta
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