Aina Ivanova
Después de ir al doctor junto a mi mejor amiga Alexa, la invito a pasar a casa para platicarle sobre la triste noticia que me dio el Greystone, y que no he podido decirle a Sebastian.
Invito a que se siente en el sofá mientras voy por un poco de agua para tomar mis medicamentos. Regreso con las bebidas y le ofrezco una soda a Alexa.
—Me contarás el por qué tuviste la recaída —Ale esta impaciente y preocupada por la recaída que tuve.
Le doy un sorbo a mi bebida y de inmediato la refrescante agua me tranquiliza un poco. Dejo el vaso de vidrio sobre la mesa y la miro.
—Mi última visita con Greystone no me fue del todo bien… Me dijo una mala noticia.
Mis palabras ponen en alerta a la joven chica que conocí en la universidad, y que, gracias a ella conocí a Sebastian.
— ¿Qué te dijo? ¿No te estas recuperando?
—No es eso. Mi tratamiento va de los mejor gracias a los medicamentos.
— ¿Entonces que sucede? Dime, porque me estoy preocupando.
Le tengo completamente confianza a Ale, ella sabe todo de mi (mi falsa identidad). Aun así, me cuesta decirle la noticia.
La mirada de Ale me dice que le explique las cosas ya.
—Recuerdas que te comenté que Sebastian y yo decimos tener hijos y que estamos intentándolo —le pregunto.
—Si, lo recuerdo.
—Pasó un mes y yo no quedaba embarazada, me preocupe y fui a ver a Greystone para realizarme un examen… Matthew me dio la mala noticia de que no podre ser madre —Ale se sorprende por la noticia, pero antes de que opine continuo. —El día del accidente una barra de metal perforó mi vientre y tras las cirugías que he tenido me es imposible concebir hijos. Es riesgo para mi salud e incluso la de mi hijo.
Las agrias palabras se me atoran en la garganta, se me hace un nudo y de inmediato los ojos se me humedecen.
—También me recomendó el cuidarme. Si logro embarazarme mi vida corre peligro… Y, no sé como explicarle a Sebastian que no puedo darle hijos.
Sin poder contenerme lloro, me es imposible contener el dolor. Todo lo arruine, la excelente vida que estaba teniendo la dañe, siempre soy yo la del problema.
Ale llora conmigo y sin dudarlo me abraza y me consuela.
—Lamento la mala noticia amiga… Ahora entiendo todo.
Ale sabe lo importante que es para Sebastian el ser padre. Ahora comprende mi desesperación.
—No sé cómo decirle a Sebastian. Lo decepcionaré.
—No, no digas eso Sharon… Sebastian es un gran hombre y entenderá. Eres su verdadero amor, te lo a demostrado. Él debe entenderlo.
— ¿Y si no lo comprende?, ¿Y si enoja?
—No tiene porque enojarse. Se casaron por amor… Recuerda, en la buenas y en las malas. Sebastian te a ayudado en tu tratamiento, te cuida, te ama y eso es suficiente para superar esta noticia.
Sus palabras me reconfortan un poco. Ella tiene razón, Sebastian es comprensible y puede que lo tome bien.
Dejo llorar y entra ambas encontramos la manera en como le daré la noticia a mi esposo.
Después de una larga platica Ale se va a su casa y yo me quedo preparando la cena para Sebastian, hace unos minutos me mando un mensaje diciendo que ya viene a casa.
Dando las diez de la noche me siento en el sofá para esperar su llegada. Minutos después la puerta principal se abre dejándome ver a mi alto y rubio esposo. Emocionada, me levanto y lo recibo con un cálido beso en los labios.
—La cena esta lista, ¿Cenas? —digo.
—Vamos.
Tomados de las manos vamos al comedor, Sebastian se siente mientras yo sirvo la cena. Tranquilos los dos comenzamos a comer, le pregunto sobre el trabajo y él dice lo mismo, cansado y muchas cirugías.
—Eres un superhéroe con bata.
Sebastián se ríe de mi elogio.
—Wow, ese elogio es nuevo.
—Es la verdad. Eres un héroe salvando vidas. Mientras hay otros malos arrebatando vidas sin descaro alguno.
Mis ultimas palaras me hieren y me hacen recordar los nefastos rostros de los cazadores.
Sacudo la cabeza para borrar los rostros y me enfoco en el azul cielo del iris de mi esposo.
—Entiendo por qué eres el orgullo de tus padres.
—Mis padres están orgullosos de la decisión que tomé respecto a mi carrera —puedo notar el brillo de sus ojos ante el alago —. Pero serán más felices cuando les demos la noticia de que decidimos ser padres.
Sus palabras de desaniman y me perforan la mente recriándome el por qué no podemos tener hijos.
Él nota mi desanimo y se preocupa por mi fría actitud.
— ¿Dije algo malo?
Tengo ganas de llorar de nuevo, pero no me lo permito. Tengo que decírselo tranquila.
—Sebastian. Tengo algo importante que decirte.
En cálido ambiente en el que siempre hemos vivido se esfuma y crea un ambiente frio y distante. Un ambiente que no había sentido desde hace años.
—Sharon me estas preocupando, ¿Qué está pasando?
Desvió la mirada de sus ojos y miro por detrás de él. Cierro los ojos por un instante, respiro profundo y de nuevo abro los ojos encontrándome con el azul de sus ojos.
Las manos me tiemblan y sudan por el nerviosismo. El corazón me palpita erráticamente, que lo siento golpear con fuerza en mi pecho.
Debo tranquilizarme, no quiero tener otra recaída.
«Todo saldrá bien», me animo.
Respiro dos veces más y me enfoco de nuevo en mi esposo.
—Sharon, ¿Estás bien?... ¿Quieres que llame a Greystone?
Inmediatamente niego con la cabeza, las palabras no me quieren salir de la boca. Me esta contando trabajo hablar.
—Amor, dime qué esta sucediendo, ¿Por qué estas así? No entiendo.
Por cuarta vez respiro hondo y suelto las palabras atoradas en mi garganta.
—Greystone me dio una mala noticia… Él dijo que… —las palabras se cortan, pero de nuevo las retomo —. No puedo tener hijos por el accidente que sufrí hace años. Si llego a quedar embarazada puede ser muy riesgoso para mi vida e, incluso la de nuestro hijo.
Observo sus expresiones, estoy esperando a que diga algo, una palabra de alivio que me aliente a no desmoronarme más de lo que ya estoy.
— ¿Estas mintiendo?
Su pregunta me desconcierta, pero respondo.
—No, no estoy mintiendo… Debido al accidente es riesgoso que tenga hijos. Podría morir.
Sebastian se queda paralizado. Sus ojos se miran con atención. No lo juzgo, sé que es una notica fuerte, uno de nuestras metas no se puede cumplir y entiendo su actitud.
Pero todo lo bueno se va al carajo, nunca había conocido a este Sebastian.
— ¿¡No me darás hijos!?
De un momento su expresión seria cambio a una molesta., y su actitud me atemoriza.
—No puedo creer lo que me estás diciendo Sharon… ¿No creo lo que me estás diciendo? —esta muy desesperado por la notica —. ¿Qué les diré a mis padres cuando se enteren que no tendré descendientes? ¿Cómo les explicaré que mi esposa es una infértil?
Su actitud me está hiriendo. Me levanto de mi lugar y le explico.
—Sé lo importante que es para ti el tener hijos. Entro los dos buscaremos una solución… Podemos adoptar.
Esa fue una de las soluciones que mi mejor amiga me dijo, y no dude en decírselo para que se calme y así podamos pensar con la cabeza fría, pero eso a él no le agrada.
— ¿Adoptar? ¿Cómo crees que voy a adoptar hijos que no son míos? No digas incoherencias Sharon.
Sebastian abandona el comedor y se va a la sala, sin dudarlo voy detrás de él.
—Perdóname. Tú sabes que también deseo ser madre. Pero es riesgoso para mí… y no tienes idea el cuanto me duele el que no pueda darte hijos.
De nuevo salen las lagrimas y me rompo frente a él.
—Quisiera darte todos los hijos que deseamos. Quiero formar una familia contigo, ser felices y continuar con la excelente vida que tenemos…. Pero no será así.
No puedo parar de llorar y, a cada segundo el corazón me palpita más rápido.
—Realmente deseaba tener una familia contigo… Todo cambio y, necesito estar solo para pensar bien… Yo en realidad quiero hijos.
Sebastian se da la vuelta y se dirige hacia la puerta; la abre y antes de dar un paso más se detiene.
—Realmente quiero pasar mi vida contigo Sharon, pero ahora no estoy seguro de ello.
Sin voltearme a ver, sale de la casa y cierra la puerta con fuerza.
Esas últimas palabras detonaron mi estabilidad.
Sin fuerza caigo en el suelo y lloro con desesperación.
—Sebastian no te vayas —susurro su nombre.
Trato de levantarme para ir detrás de él, pero mi cuerpo está tan débil que no tengo fuerzas para hacerlo. De nuevo me levanto pero las piernas se me doblan y caigo.
Sus palabras «Realmente quiero pasar mi vida contigo Sharon, pero ahora no estoy seguro de ello». Taladran mi cabeza, todo es un caos, no sé que hacer o que pensar. Lo único que hago es tirarme al suelo por al sentir la falta de aire en mis pulmones.
Comienzo a respirar con dificultad y, recuerdo que necesito el inhalador.
Otra crisis.
Es horrible sentir como me falta el oxígeno, el pecho me duele y el no tener aire me debilita. Recuerdo que mi inhalador esta arriba en la habitación; en este estado no puedo llegar a él.
Con todas mis fuerzas me levanto y camino hacia el comedor donde esta mi celular. A cada paso las piernas se me doblan y la vista se me nubla. Trato de llegar a mi celular, pero de nuevo se altera mi corazón y la falta de oxigeno me marea.
El pecho me arde por intentar jalar aire, me sostengo de pie por unos segundos y con fuerza jalo el aire que quema mi pecho y continuo en llegar a la mesa.
No puedo caminar, las piernas no me reaccionan, es como si hubiera perdido el control de mi cuerpo. Entro en desesperación al no tener insuficiente aire. Lloro al sentir la muerte llegar a mí y con miedo recuerdo ese día, es día en que Ross me abandono.
Siento lo mismo, el desespero por respirar, pero tu corazón falla y es imposible seguir.
Doy mi ultimo suspiro y llego a mi celular, sin poder ver llamo a cualquier persona que me pueda ayudar. Aprieto la pantalla conforme recuerdo, pero las manos me fallan y se me cae el celular.
—¡Ah! —grito al sentir un fuerte dolor en mi pecho que hace que pierda fuerza y caigo al suelo.
Trato de estirar la mano para alcanzar el celular, pero mi fuerza es mínima que no lo logro alcanzarlo.
El pecho me arde, mi vista es borrosa y otro dolor golpea más fuerte mi pecho.
Intento jalar aire pero no puedo hacerlo, no siento el aire llenar mis pulmones. Rendida, caigo en un profundo sueño.