Me encamino al Starbucks donde de vez en cuando, me reúno con un grupo de amigas que conocí al poco tiempo de llegar a Michfield.
Ellas se encuentran conversando muy amenamente, así que las saludo rápidamente con un beso en la mejilla, dejando mi celular sobre la mesita, y mi bolso sobre una esquina de la silla.
Sin dejar de hablar ni interrumpirse por mi presencia, Joanna me acerca un vaso de café que ya aguardaba mi llegada; suele hacerlo cada vez que llega antes que yo, y viceversa.
Ellas hablan y yo intento ponerme en contexto.
—Preocúpate cuando no se proteja, Joanna ―argumenta Rose―, al menos es un chico responsable.
—¡Tiene dieciséis años, Rose! —exclama Joanna exasperada—. ¿Debo festejarle que ande por ahí de sátiro?, ¿a su edad?
Ahí comprendo que hablan de Víctor, el hijo de Joanna.
—Si te pones a pensar —continúa Rose—, prohibírselo es empujarlo a que lo haga, incluso hasta con irresponsabilidad. Pero no es el caso, porque está pensando de la manera correcta. No es un niño, ¡por dios!
—No es buen ejemplo para Olivia. Además, no es prohibirle, sino más bien hacerle entrar en razón que, para todo hay un momento.
—Rose tiene razón —interviene Susan―. Ya no es un niño, Joanna. Te espantas por todo.
—Cuando tu hijo crezca, veremos si dices lo mismo ―responde Joanna a la defensiva.
Y es que, entre ellas existe una rara tensión que cualquiera puede notar.
—Tienes que ser más de mente abierta, Joanna ―replica nuevamente Susan―. Dale más confianza al chico, déjalo disfrutar su etapa.
—Podría dejar a una niña embarazada ―protesta Joanna de mala gana.
—Lo hará si no se protege.
—Es que no debe protegerse. Debe abstenerse.
―Tu hijo terminará por irse de tu casa si…
―Yo pienso que, cada quien educa a sus hijos como cree conveniente ―intervengo para después dar un sorbo a mi vaso de café sonriendo en mi interior al ver que Susan hace un gesto de fastidio.
Ellas se quedan calladas, pero casi enseguida dirige su mirada maliciosa hacia mí.
—¿Ya viste? —inquiere levantando su ceja derecha con picardía y malicia. La miro entornando los ojos, sin comprender.
—Tu café, Regina ―anuncia con cierta emoción que no me agrada―. Tu admirador le ha agregado su número a tu vaso.
Fijo mi mirada con atención en el vaso, comprobando lo que me informa Susan.
—¿Qué te hace creer que eso me emociona? —cuestiono sin interés dejando el vaso sobre la mesa, acercándolo al centro con cierto rechazo.
No en mal plan, aclaro. Es solamente que, bueno… agradezco el gesto, pero realmente no me siento interesada en ello.
—Yo creo que, para un polvo no está nada mal —analiza Rose—. Si está como guapito y de buen ver.
―Él no la quiere para un polvo solamente ―informa Susan con cierta alevosía, y el resto voltea a verlo sin una pizca de discreción―. Me platicó que le gustaría algo serio, eso si Regina se dejara querer.
El chico que, unos meses antes se ha fijado en mí, parece sentir la mirada de las chicas porque voltea hacia nosotras dedicando una tímida sonrisa.
—No estoy interesada ―aclaro esperando que les llegue el mensaje.
—¿Segura? ―insiste Susan.
—Completamente segura ―confirmo.
—Es curioso que te des el lujo de rechazarlo ―continúa haciendo una mueca de desaprobación―. Solo míralo. Es guapísimo, tiene un buen cuerpo, no tiene novia…
―Parece que a ti te gusta ―interrumpo atrayendo su atención―, ¿por qué no se lo dices?
―Pero por supuesto que no ―dice cambiando su expresión―. Es un sujeto agradable, pero no es mi tipo. Únicamente intento ayudarte un poco. Digo, como que ya es tiempo de que tengas algo de acción, ¿no crees?
—No la echo de menos si te soy sincera. Si alguna vez necesito ayuda con algo así, te lo diré ―comento esperando que capte mi sarcasmo.
—No te creo, Regina. ¿Cuándo fue la última vez que te deshiciste del estrés? —murmura con curiosidad logrando que me sienta incómoda, pues no hago más que removerme sobre mi asiento dándole la espalda a mi admirador.
—Ya basta —interrumpe Joanna, lo cual agradezco de verdad―. No es asunto suyo. Si no quiere no van a obligarla.
—Ok, ok. Cambiemos el tema ―propone Rose―. ¿Escucharon sobre la cena de la administración?
—Eventos de la administración —responde Susan con desánimo, haciendo énfasis en la última palabra.
—Así es, ¿adivina quién les consiguió una invitación?
—¡¿En serio?! —Se exalta la chica sin esconder la emoción. Rose asiente con orgullo mientras Susan la abraza.
—Pueden traer un acompañante si quieren.
—Paso. Iré sola.
—¿Y el susodicho? —pregunta Joanna con evidente intención de hacerla sentir incómoda.
—Perdido ―responde con molestia, como si no quisiera tocar el tema.
Las chicas lo comprenden y no hacen más preguntas así que, retoman el tema de Víctor.
Me limito únicamente a escuchar la conversación, pues de pronto me comienzo a sentir inquieta y me pica la curiosidad por voltear a mi alrededor.
La sensación de que alguien te mira realmente existe.
A unas cuantas mesas de distancia, se encuentra sentado un hombre muy atractivo. De algunos treinta y cinco años, quizá menos. Nuestras miradas se cruzan por unos segundos, pero él la aparta casi al instante. Frunzo confundida el ceño.
Regreso mi atención a las chicas quedando intrigada por el dueño de ese par de ojos azules.
—Vaya, vaya, alguien se acerca ―comenta Rose en casi un murmuro.
Volteamos por inercia, y vemos a mi admirador aproximándose a nuestra mesa. Regreso la vista hacia las chicas que sonríen en complicidad; excepto Joanna.
―Buenas tardes, señoritas ―saluda con un tono que debo admitir, me es agradable. Las chicas y yo lo saludamos con un leve gesto―. Ehm, Susan…
―No me digas, ya voy. Disculpen chicas, el deber me llama ―excusa ella retirándose de la mesa a toda prisa con mi admirador a su lado.
―Bueno, se terminó la hora de mi receso ―anuncia Rose fingiendo que ve su reloj de pulsera―. Las veo luego chicas, por favor no falten al evento.
Asentimos observando que el sujeto se regresa a la mesa.
Joanna no es tan inconsciente como para dejarme sola con él, así que se queda.
La veo fruncir el ceño en dirección a la entrada, pero en cuanto me ve observándola, centra su mirada en el vaso de café.
Trato de ignorar la situación, pues al voltear hacia la puerta, solamente veo a Rose de espaldas alejándose del lugar, y aprovecho disimuladamente el paseo de mi vista para encontrarme nuevamente en la mirada del ojiazul, pero esta vez no la aparta.
―Yo, no quisiera incomodar, pero... ―dice mi admirador nervioso en cuanto llega nuevamente a nuestra mesa, y me veo en la necesidad de ser yo quien aparte la mirada.
―Descuida, no hay problema ―asegura Joanna.
No todo resulta como yo esperaba, porque una llamada completamente inoportuna comienza a sonar insistente en el celular de mi amiga. Ella se disculpa, y contesta girándose sobre su silla hacia un costado.
―No quería interrumpir… pero es que, lo he pospuesto bastante tiempo ―explica nervioso rascando su nuca.
―Ehm, okey ―Presto atención confundida entornando los ojos, desentendiéndome un poco de lo que intenta decir.
―Primero, quiero disculparme por lo del número ―dice nervioso.
―Descuida, no pasa nada ―aseguro.
―Bien, es que creo que lo correcto era que yo pidiera tú número directamente.
―¿Y cómo para qué quisieras mi número? ―Una chica se acerca al ojiazul; joven y muy hermosa.
―Para conocernos. Si tú quieres, claro. Soy Shane Branagh ―dice extendiendo su mano, y para no ser grosera le regreso el gesto.
―Regina Mills.
―Lo sé ―Claro que lo sabe. La discreción es una palabra que Susan no conoce―. Es decir, lindo nombre.
―Así que, ¿te llamas…? ―interviene Joanna tras colgar su llamada.
―Shane Branagh.
―Un gusto, soy Joanna ―dice extendiendo su mano. Pero yo no quiero alargar más esto, ya que veo la hora en el reloj que se encuentra en la pared dentro de la cafetería y se me hace tarde.
―Ehm, Shane ―interrumpo la presentación―. Disculpa, pero tengo que irme.
―Sí, claro. Entiendo ―dice un poco desilusionado. Joanna y yo nos levantamos de la mesa―. Entonces, ¿me darías tú número?
Volteo hacia mi amiga pidiendo un silencioso grito de auxilio.
―¿Tienes algo con que anotar? ―pregunta ella.
Y no es lo que yo esperaba.
―Ehm, claro ―Confundido, saca un block de post-it, y un rotulador; de los que usan para escribir los nombres en los vasos, y se lo da.
Joanna sonríe con ironía mientras escribe sobre el pequeño block para después entregárselo.
―Mi amiga es tímida, solo no la atosigues por favor ―advierte de la manera más amable y amistosa, sin perder la tranquila naturalidad de su ser.
Me toma de la mano y salimos de ahí dejando al pobre chico con la sonrisa más estúpida que cualquier hombre enamorado pudiera tener. Pero no puedo evitar mirar al ojiazul solamente que, en esta ocasión, la chica que le acompaña también me observa al salir, y parece que la situación le causa gracia pues una hermosa sonrisa adorna su cara.
―¿Me explicas que acabas de hacer, Joanna? ―cuestiono confundida tratando de disimular la risa.
―El chico únicamente quiere conocerte Regina, no debe ser tan malo. Podrían ser amigos y no pasa nada.
―Tú crees que no pasa nada, pero no quiero que se haga ilusiones. Se ve demasiado… tierno.
―Pues déjaselo claro cuando te llame. Porque te aseguro que lo hará.
Nos ponemos a tontear un poco de lo que acaba de suceder sin dejar de caminar.
De pronto me detengo sintiendo cómo mi ánimo decae y mi humor se esfuma.
No siempre iba a poder mantenerme lejos. Tarde o temprano me iban a encontrar.
—Regina —dice mi nombre dando unos pasos hacia mí, e instintivamente retrocedo sujetándome del brazo de Joanna—. ¿Podemos hablar?
No puedo articular palabra alguna.
Tenía mucho tiempo que no le veía.
Esos años de mi vida con él, pasan como flashes frente a mí recapitulando aquel momento en que lo conocí, y durante nuestra relación cuando todo era felicidad… hasta el instante en el que lo encontré desnudo en mi cama con mi hermana.
Pero con ese último recuerdo me recompongo retomando mi postura.
—¿Cómo te atreves? Que cojones tan grandes los tuyos para venir y pararte frente a mí ―reclamo acortando mi distancia con él, mostrándome tan dura como puedo, porque por dentro me desmorono.
Pero eso es algo que él no tiene porqué saber.
―Regina… ―suplica una vez más, y escucharlo decir mi nombre me hace estremecer al considerar que su llegada a Michfield no es reciente.
Siento una lágrima caer por mi mejilla, pero en cuestión de segundos me doy cuenta de que no es nada más una lágrima; mis ojos están empapados de ellas y me apresuro a pasar por su lado tratando de ignorar su presencia.
—Por favor ―insiste tras de mí.
—Regina, ¿estás bien? —Escucho a Joanna, pero no me sale ni una palabra más —Tú debes ser Samuel —pregunta ella y yo disminuyo la velocidad de mis pasos.
—¿Cómo…? ―Joanna lo interrumpe.
—¿Cómo lo sé? Intuición.
—Regina ―Samuel vuelve a dirigirse a mí—. Necesito en verdad hablar contigo.
Niego con la cabeza sin mirarlo apurando mi paso, dejando inclusive a Joanna atrás; ella lo comprende. Lo sé.
Tomo el ascensor, y subo al piso de la tienda donde trabajo como gerente.
No me detengo, voy directo al baño buscando un poco de papel higiénico para limpiar mi rostro y después me miro al espejo.
Ese hombre no tiene permitido verme así ni merece mis lágrimas, por lo que me compongo un poco para regresar a mi puesto de trabajo.
—Regina, ¿estás bien? —cuestiona Raymond al veme pasar. No me detengo a contestarle siquiera, y agradezco que un cliente llegue abordándolo. Pero tan pronto como se deshace de él, me da alcance.
―¿Qué ocurrió? ―pregunta preocupado.
―¿Recuerdas a Samuel? ―Logro decir aguantando las ganas de llorar nuevamente.
―Aham ―afirma confundido.
―Está aquí.
―¿Aquí? ¿Justo aquí? ―pregunta mirando a su alrededor, por lo que niego con la cabeza.
―En Michfield ―aclaro―. No quiero hablar por ahora de él. Por favor.
Raymond asiente comprensivo, y ya no me cuestiona nada.
Paso el turno sin novedades buscando en qué distraerme, hasta que llega la hora de salir.
Al encender mi celular observo las llamadas perdidas de un número sin registrar; mi mente me dice que debe ser él. Niego con la cabeza dejando escapar un suspiro, y camino a la salida dirigiéndome al ascensor.
Sin contener las lágrimas comienzo a llorar.
Durante el tiempo que me he mantenido alejada, aprendí a no retener lo que me lastima, ni a temer por mostrar de vez en cuando debilidad.
Estoy dispuesta a no permitir que nada amenace con destruir mi nueva vida, la cual me ha costado bastante obtener, y que me permite sentir libertad.
Mis pensamientos se ven interrumpidos por el mismo hombre ojiazul del Starbucks. Se aproxima casi corriendo hacia el ascensor logrando entrar antes de que se cierre, pues yo me petrifico siendo incapaz de tener el amable gesto de detenerlo para él.
El pequeño espacio se inunda de su perfume.
Me pongo un poco nerviosa al ver que presiona el botón del estacionamiento.
Siento arder mis mejillas, pero de vergüenza por mi reacción maleducada, y más aún cuando me mira dedicándome una ligera sonrisa.
Apenas y puedo simular el mismo gesto. Agacho la mirada limpiando mi cara; que me guste desechar lo que me afecta no significa hacer un espectáculo tampoco.
—Disculpe, señorita ¿Se encuentra bien? —pregunta con interés.
—S-sí —titubeo, y después susurro—: gracias.
No me atrevo a mirarlo, aun siendo consciente de que estoy llamando su atención, pero no me atrevo a devolverle el gesto.
El sonido de su celular escandaliza el silencio que hay dentro del espacio que desciende, y él se apresura a responder.
—¿Hola? ¿Qué sucede? Oh bien, trataré de estar mañana ahí. Sí, me tomaré un descanso, no creo que haya problema por eso. ¿Ya se durmió? Ya veo… esperaba poder verlo, pero las cosas en la oficina se alargaron y tuve que demorarme. De acuerdo, Ellis. Te veo en un rato… Yo también te quiero.
Me regaño mentalmente porque ahora no puedo pensar en otra cosa que no sea: Está casado.
El ascensor se detiene en el estacionamiento. En cuanto las puertas se abren, salgo endemoniadamente rápido para buscar mi auto. Subo dejando escapar un suspiro, y trato de relajarme durante el camino a casa.
Sigo sin entender cómo es que Samuel ha dado conmigo. He sido muy cuidadosa, estoy segura.