La vergüenza, no tiene cara

1337 Words
Joanna me ha enviado mensajes, pero soy breve al contestarlos; me excuso con cualquier cosa. En uno de ellos, me invita a comer a su casa el domingo, le respondo que me pasaré un rato. Mientras tanto necesito pensar. Recobrar mi tranquilidad, y evitar que se derrumbe el balance que le he dado a mi existencia. Me preparo como habitualmente lo hago y salgo de mi apartamento. El día transcurre de lo más normal sin ninguna novedad. Salgo de las oficinas a la hora que menos clientes hay para buscar a Raymond. Necesito conversar con alguien. No paro de hacer las mismas preguntas en mi cabeza, ¿cómo me encontró?, ¿en qué movimiento fallé? He sido muy cuidadosa con cada movimiento que he hecho. ¿Cómo lidiaré con esto ahora? Verlo nuevamente por solamente esos minutos ha sido tan doloroso. No creí que, removería recuerdos de nuestro tiempo juntos, pero al llegar en el momento que nuestro matrimonio terminó, me recuerda también que no merezco sentirme así. Debo ser feliz. Tengo que ser feliz. Voy a ser feliz. Y no puede ser con él. No será con él. ―¿Estás bien? ―Volteo de pronto saliendo de mis pensamientos, aterrizando en el presente. Me toma unos momentos para caer en cuenta, de que el responsable en captar mi atención, es nada más ni nada menos que Shane. No me sorprende que sepa donde trabajo, más bien me sorprende que no haya venido antes. ―Ehm, sí. Lo siento, estaba un poco distraída. ―Pude notarlo ―revela con una encantadora sonrisa. ―¿Qué haces por aquí? ¿Buscas algo en especial? ―pregunto. ―Sí, yo… ―cavila antes de hablar, sonríe y continúa―, buscaba unos auriculares. Los míos ya no funcionan muy bien. Auriculares, sí claro. ―Electrónica está por allá ―le indico, y voltea hacia donde apunta mi dedo. ―Sí, lo sé. Solamente que te vi, y me acerqué a saludarte, Regina. ―Entiendo. ―Estuve llamándote. Dejé de insistir cuando recordé lo que mencionó tu amiga… ―dejó las palabras al aire como intentando recordar el nombre. ―Joanna. ―¡Sí! Joanna. ―Vi algunas llamadas perdidas del mismo número. Perdona, es que olvidé que Joanna te lo dio, y bueno, no acostumbro contestar llamadas de números sin registrar. ―Si, lo supuse ―dijo un poco desanimado―. Debí enviar un mensaje. ―Habría sido lo mejor. Parece que dije las palabras mágicas, porque sonríe esperanzado. Y no tengo manera de retractarme o cambiar lo que dije. ―La próxima lo haré. ―Claro. ―Me dio gusto haberte saludado. Debo ir a… ―dijo señalando torpemente con las manos. ―Adelante. Se va golpeándose contra un exhibidor, pero se recompone alejándose no sin echar una rápida mirada sobre su hombro en mi dirección. ¿Debería considerar al menos a este chico? No. No lo creo. Mejor me comporto. Sacudo mi cabeza y continúo buscando a Raymond, pero supongo que no está y se adelantó a la comida. Regreso a la oficina para terminar mis pendientes. Alisto mis cosas y salgo del establecimiento en cuanto mi turno finaliza. Me llevo nuevamente la sorpresa de encontrar a Samuel recargado en el mirador a unos metros de donde me encuentro. No me ve, así que aprovecho para irme rápidamente de ahí. Las sorpresas no se terminan aún ya que, en el ascensor se encuentra el ojiazul del Starbucks. Su fragancia puede olerse desde donde estoy. Pero es terreno ajeno y se debe respetar. A medida que voy acercándome, opto por tomar las escaleras desviándome. Puedo ver que se queda boquiabierto cuando las puertas comienzan a cerrarse. Al bajar ya no lo veo, lo cual es un alivio; espero que no se haga una costumbre encontrármelo. Finalmente, camino atravesando el amplio estacionamiento. Agotada. Confundida. Triste. Escucho la campanilla del ascensor, pero continúo sin mirar atrás. —¡Regina! ―grita Samuel. Las piernas me tiemblan; traicioneras. Miro por encima de mi hombro, y continuo a paso tembloroso mi intento de huida, pero me da alcance sujetando de mi brazo. ―Regina. ―¡No! ―espeto zafándome de su agarre. —Tenemos que hablar —suplica sujetándome una vez más. —¡Es que yo no quiero hablar contigo! —Me vuelvo a zafar girándome hacía él. —Por favor ―ruega tratando de convencerme, pero manteniendo distancia esta vez. —Ahórratelo. No tenemos nada que hablar —zanjo con la voz entrecortada retomando mi camino al ver su intención de acortar la distancia que nos separa. —Yo… sé que todo ha sido culpa mía ―continúa caminando detrás de mío―. Solamente escucha lo que tengo que decir. La curiosidad comienza a asomarse, pero no voy a caer. No puedo caer. —No. No hay nada que puedas decir a tu favor. Y que reconozcas tu culpa debería dejártelo más que claro. Solamente aléjate, y mantente fuera de mi vista, así como lo has hecho todo este tiempo. Por favor déjame tranquila. —Ojalá fuera sencillo —dice con verdadera tristeza deteniendo su paso, puedo percibirla. También me detengo y me giro hacía él. Contemplo casi en contra de mi voluntad esa mirada que siempre se mantuvo ajena a las lágrimas. Está a punto de no poder contener más la tristeza que su culpa le hace cargar. Se acerca nuevamente a mí, y esta vez no me alejo… las piernas no me responden. Debo admitir que, mi subconsciente ha ganado… le ha dejado abrazarme. Puedo sentir el latir agitado de su corazón. La Regina consciente comienza a llorar de rabia. Impotencia. Tristeza. Tantos sentimientos encontrados. Extrañaba sus brazos, su aroma, su ser. Pero no puedo defraudar mi orgullo. Lo hecho no se puede deshacer. Me alejo de sus brazos antes de que no me quede nada de cordura. —Escúchame Regina ―insiste. —No. Solo, vete. —No. Nunca me diste la oportunidad de darte una explicación. ―No necesito que me expliques lo que vi. No hay excusas ni peros que valgan, Samuel. ―Una explicación, no cuenta como excusa. —Parece que la señorita ha sido clara ―dice una voz masculina a espaldas de Samuel. Asomo por encima de su hombro encontrándome con su mirada. —¿Y tú quién eres?, ¿lo conoces? —pregunta Samuel mirándonos alternadamente. No hace falta responderle porque me conoce perfectamente, sabe descifrar mis miradas. No lo conozco―. No es tu asunto. No te metas. —Sé que no es mi asunto ―continúa amablemente―. Pero están parados frente a mi auto. No puedo salir y bueno… viendo esta situación, no puedo hacer que no he visto nada. Así que era eso; el auto. Suena lógico… pero lo vi en el ascensor. ¿De dónde diablos salió? ―Pues, no hay nada que ver ―dice tajante Samuel. —Lo lamento, disculpe el inconveniente —intervengo casi en un susurro y continúo hasta donde tengo estacionado mi auto. ―Regina… ―insiste detrás de mí. ―Ya basta, Samuel. Por favor ―suplico, evitando continuar con el espectáculo. —No estoy con ella —confiesa y me detengo en la puerta de mi auto. Casi como acto reflejo mi mirada viaja en dirección al ojiazul, quien está parado al frente de su auto observándonos. Dudo que logre escucharnos, así que enfrento a Samuel. —¿La dejaste? —pregunto conteniendo el coraje y el tono de mi voz, esforzándome para no darle una buena bofetada. —Nunca estuve con ella. Pero nunca me has dejado darte una explicación. Yo no me acosté con ella… no que yo recuerde. —¿Esperas que te crea cuando yo los vi desnudos en mi propia cama? —Vamos, amor. Que nos hayas visto desnudos, no significa que haya tenido sexo con ella. Ni siquiera sabía que estaba ahí. —Mejor vete, Sam. Me sorprende tu cinismo —finalizo para subir a mi auto.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD