“Lo más peligroso no es amar... es no saber si te aman o te están usando.”
Horas más tarde...
La mañana amaneció gris, como si el cielo supiera que algo estaba por romperse.
Lia bajó con paso firme, como si nada hubiera pasado, aunque por dentro… estaba temblando.
Ethan ya estaba en la mesa del comedor, leyendo el periĂłdico como si no le hubiera acariciado la cara a medianoche. Como si no hubiera dejado cicatrices invisibles con su silencio.
—Dormiste bien —dijo sin mirarla, como si la rutina pudiera borrar la tensión.
Lia se sirvió café. Fuerte, sin azúcar. Como su vida.
—Dormà lo suficiente para no cometer errores —respondió, y clavó los ojos en él—. ¿Y tú?
Ethan no contestĂł.
Solo dobló el periódico, se lo pasó, y señaló una nota en la sección de negocios.
Un escándalo.
Un nombre.
"Marco Salazar, magnate bancario, encontrado muerto. Posible ajuste de cuentas."
Lia lo leyó sin pestañear.
Pero por dentro... se congelĂł.
Ella conocĂa ese nombre.
Marco fue uno de sus “objetivos” anteriores.
Y ahora aparecĂa muerto, justo cuando ella estaba bajo vigilancia y... demasiado cerca de Ethan.
—¿Lo conocĂas? —preguntĂł Ă©l, sin disimular la trampa.
—No lo suficiente para llorarlo —respondió sin inmutarse, y le dio un sorbo al café.
Ethan sonriĂł apenas.
Esa respuesta... le gustĂł.
Pero justo cuando el momento parecĂa disolverse entre miradas que decĂan más de lo permitido, Lia se acercĂł con un movimiento suave, casi imperceptible.
Apoyó una mano sobre la mesa y se inclinó un poco hacia él.
—¿QuĂ© pasarĂa si yo fuera peligrosa, Ethan?
Él la miró. No con miedo. Con algo mucho peor:
con deseo mezclado con sospecha.
—Entonces —dijo, acercándose también—
tendrĂa que decidir si quiero detenerte… o perderme contigo.
Silencio.
TensiĂłn.
Casi beso.
Pero no.
Ambos se alejaron como si algo invisible los hubiera empujado.
Como si un instinto les gritara:
“NO ES EL MOMENTO… TODAVÍA.”
---
Mientras tanto, en otra parte de la ciudad...
VerĂłnica caminaba por un pasillo oscuro.
Tacos altos, vestido n***o, sonrisa de loba.
Se reuniĂł con un hombre que hablaba poco… pero que tenĂa una carpeta en la mano.
—¿Está confirmada la identidad de la chica? —preguntó él.
—SĂ. Ella es Lia Montenegro.
Entrenada. Inteligente.
Peligrosamente inestable.
—¿Y el objetivo?
—Sigue sin saber la verdad completa.
El hombre asintiĂł.
Y dijo algo que helarĂa la sangre de cualquiera:
—Entonces, prepárense.
Hoy… puede ser el Ăşltimo dĂa de ambos.
---
Y mientras tanto, en la mansiĂłn...
Lia subĂa las escaleras con una idea fija.
Ya no podĂa fingir mucho más.
TenĂa que hacer algo.
Decidir algo.
O perderse entre sus propios sentimientos.
Porque el fuego ya no era solo deseo.
Era culpa. Era duda. Era miedo.
Y ella no sabĂa si querĂa salvarse…
o simplemente… caer con él.
---
Mientras tanto, en la habitaciĂłn...
Lia se encerrĂł. No por miedo.
Sino porque necesitaba espacio para respirar sin que él la contaminara con su presencia.
O con su ausencia.
Se quitĂł la blusa lentamente, como si cada prenda tambiĂ©n fuera una mentira que ya no querĂa llevar encima.
Se quedĂł frente al espejo, en ropa interior, intentando verse a sĂ misma como lo hacĂa antes:
FrĂa. Capaz. Peligrosa.
Pero no.
Ahora estaba contaminada.
Con dudas.
Con miradas que la hacĂan temblar.
Con caricias que no se dieron… pero que quemaban igual.
---
—¿Puedo entrar? —la voz de Ethan, de nuevo, al otro lado de la puerta.
Lia cerrĂł los ojos.
Una parte de ella querĂa decir no.
Otra...
querĂa abrirle más que la puerta.
—Adelante —respondió. Su voz era suave, pero su corazón gritaba.
Ethan entrĂł y se detuvo en seco.
Lia estaba de espaldas, con la piel desnuda y los hombros expuestos.
PodrĂa haber dicho algo. Una excusa, un chiste, cualquier idiotez para no parecer afectado.
Pero no dijo nada.
Solo caminĂł hacia ella.
Paso lento.
Mirada fija.
Cuando estuvo a centĂmetros, alzĂł una mano y tocĂł su espalda, apenas.
Un roce. Un suspiro. Un error.
—No deberĂas... —murmurĂł ella, pero no se moviĂł.
—Tampoco tú —contestó él, y dejó que sus dedos descendieran hasta su cintura.
Ella giró. Lenta. Como en cámara lenta.
Ahora estaban frente a frente.
Tan cerca que podĂan respirar el mismo aire.
—¿Qué somos, Ethan? —susurró, sin fuerza.
Él bajó la mirada a sus labios, luego subió a sus ojos.
—Un desastre que todavĂa no ha explotado.
Ella tragĂł saliva.
Sus labios temblaban.
Sus ganas gritaban.
Y sus dedos se aferraron a su pecho, como buscando una respuesta en el latido.
—Si me besas, no habrá vuelta atrás —dijo Lia.
—No la hay desde que llegaste —dijo Ethan.
Y se acercó más…
Pero en ese instante…
el celular de Ethan vibrĂł.
Ambos se congelaron.
La pantalla brillaba con un nombre:
"VerĂłnica".
Lia lo vio.
Ethan también.
Y lo que estaba a punto de ser fuego… se convirtió en hielo.
Ella retrocediĂł un paso.
Luego otro.
—Vete —susurró.
—Lia...
—¡VETE!
Y él… se fue.
Pero esta vez, no con culpa.
Sino con una maldita certeza clavada en el pecho:
HabĂa algo que no estaba viendo.
Y cuando lo viera… iba a doler.
---
En otro lugar...
Verónica sonrió al ver que él contestó.
—Hola, Ethan...
—¿Qué quieres? —preguntó él, con la voz dura.
—Nada. Solo asegurarme de que estés… despierto.
Y colgĂł.
Pero el mensaje estaba claro.
La partida habĂa comenzado.
Y nadie iba a salir ileso.
“A veces, quien más te toca… es quien más te esconde.”
Horas después...
Lia estaba sola. O al menos eso aparentaba.
La mansiĂłn era enorme, silenciosa, elegante… y, sin embargo, sentĂa que cada pared susurraba su nombre como si supieran que estaba a punto de romperse.
Caminaba descalza, envuelta en una camiseta larga que apenas le cubrĂa las piernas.
Se detuvo frente a la enorme estanterĂa del salĂłn, acariciando los libros con la yema de los dedos.
No leĂa ninguno. Solo buscaba algo...
cualquier cosa que la distrajera de él.
Pero, como si el destino quisiera joderla un poco más, encontró un libro abierto. No uno cualquiera:
el mismo que Ethan leĂa dĂas antes.
Un marcador sobresalĂa, y cuando lo abrió… encontrĂł algo doblado entre las páginas.
Una carta.
De su madre.
La caligrafĂa era elegante, antigua. Su estĂłmago se retorciĂł. ÂżPor quĂ© estaba eso allĂ? ÂżCĂłmo llegĂł a sus manos? ÂżPor quĂ© Ethan tenĂa algo tan personal?
La carta no decĂa mucho.
Solo una lĂnea:
> "Protege lo que amas, aunque no lo entiendas."
Lia sintiĂł una punzada en el pecho.
Su madre.
Ella jamás hablaba asĂ. Jamás escribĂa cosas sentimentales.
Y menos si estaban dirigidas… ¿a Ethan?
El ruido de pasos la sacĂł de su trance.
Ethan entrĂł al salĂłn, sin anunciarse.
Camisa remangada, rostro serio, celular en la mano.
—¿Qué es esto? —preguntó ella sin rodeos, alzando la carta.
Él la miró. No con sorpresa, sino con resignación.
—Lo encontrĂ© en uno de los archivos viejos de mi padre. No sabĂa que era tuya... hasta que leĂ la firma.
—¿Y por quĂ© la tienes? —sus ojos ya no pedĂan explicaciĂłn. La exigĂan.
Ethan dio unos pasos hacia ella, lento.
—Porque todo esto... —señaló la carta, luego a ella— no es tan simple como parece.
Lia lo miró como si estuviera viendo a un extraño.
—¿Qué sabes de mi madre?
—Nada —respondiĂł Ă©l—. Y eso es lo que más me asusta. Porque esta carta… me hizo dudar de todo. De ti. De lo que estás haciendo aquĂ.
—¿Y quĂ© crees que estoy haciendo aquĂ, Ethan? ÂżManipulándote? ÂżJugando contigo?
—¿No lo estás? —espetó, sin filtro.
Silencio.
Un silencio que cortaba.
Lia lo sintiĂł en la piel.
Como un bofetĂłn.
Como si, después de todo lo que no se dijeron, ahora sà estuvieran frente a frente, sin máscaras, sin deseo disfrazado de excusas.
—Yo vine por una razón —dijo ella al fin, con la voz baja, pero firme—. Pero no era para ti.
Ethan la mirĂł con los ojos entrecerrados.
—Entonces dĂmelo. Dime la verdad ahora, antes de que sea demasiado tarde.
Ella se mordiĂł el labio inferior.
Sus ojos brillaban. No de lágrimas. De rabia contenida.
—¿Y si te digo que no puedo? ¿Que si hablo... alguien muere?
—¿Quién?
—Tal vez tú —susurró—. Tal vez yo.
Ethan se acercĂł. Esta vez no como un amante.
Como un soldado listo para enfrentarse a una verdad que no va a gustarle.
—Lia, si estás en peligro, me lo dices. Ahora.
Ella negĂł con la cabeza.
—No entiendes. No se trata de ti. No se trata de salvarme.
Se trata de una promesa que hice. Una deuda.
—¿Con quién?
Pero antes de que pudiera responder…
una explosiĂłn sacudiĂł la mansiĂłn.
El ventanal se quebrĂł.
Un sonido seco, metálico, rasgó la noche.
Ethan se tiró sobre ella, cubriéndola.
Cristales volaron por todas partes. El cuerpo de él fue su escudo.
—¡¿Estás bien?! —gritó él, con el pecho sobre ella.
Lia temblaba.
No por la explosiĂłn.
Sino por la confirmaciĂłn brutal de que alguien ya los estaba cazando.
Ambos se levantaron.
Ethan sangraba del brazo, pero no parecĂa importarle.
—¡Seguridad! —gritĂł por el comunicador—. ¡Revisen el perĂmetro, ya!
Lia lo mirĂł.
Ese hombre que horas antes dudaba de ella… ahora estaba dispuesto a recibir una bala por protegerla.
Y eso…
eso era más peligroso que cualquier enemigo.
---
Mientras tanto, en la azotea de un edificio cercano...
Verónica observaba la escena a través de binoculares.
MarcĂł un nĂşmero en su celular.
—Fallamos —dijo—. Pero ya reaccionaron. No tardarán en descubrirlo todo.
La voz al otro lado sonaba distorsionada.
FrĂa. Calculadora.
—Entonces... es hora de activar el siguiente paso.
—¿Y cuál es?
—El pasado.
Vamos a soltárselo en la cara.
---
De vuelta en la mansiĂłn...
Ethan estaba vendándose el brazo. Lia temblaba, pero no dejaba que se notara.
—Dime lo que sabes. Ahora —ordenó él.
Ella se acercĂł.
Y en ese instante, como si se le cayera la Ăşltima defensa, le dijo:
—Si te lo cuento... no me verás igual nunca más.
—Eso ya pasó, Lia.
Yo ya no te veo igual.
Ahora quiero saber... quién carajos eres realmente.