🖤 Capítulo 5 –Hay caricias que no se dan… pero se sienten igual

1797 Words
“Lo más peligroso no es amar... es no saber si te aman o te están usando.” Horas más tarde... La mañana amaneció gris, como si el cielo supiera que algo estaba por romperse. Lia bajó con paso firme, como si nada hubiera pasado, aunque por dentro… estaba temblando. Ethan ya estaba en la mesa del comedor, leyendo el periódico como si no le hubiera acariciado la cara a medianoche. Como si no hubiera dejado cicatrices invisibles con su silencio. —Dormiste bien —dijo sin mirarla, como si la rutina pudiera borrar la tensión. Lia se sirvió café. Fuerte, sin azúcar. Como su vida. —Dormí lo suficiente para no cometer errores —respondió, y clavó los ojos en él—. ¿Y tú? Ethan no contestó. Solo dobló el periódico, se lo pasó, y señaló una nota en la sección de negocios. Un escándalo. Un nombre. "Marco Salazar, magnate bancario, encontrado muerto. Posible ajuste de cuentas." Lia lo leyó sin pestañear. Pero por dentro... se congeló. Ella conocía ese nombre. Marco fue uno de sus “objetivos” anteriores. Y ahora aparecía muerto, justo cuando ella estaba bajo vigilancia y... demasiado cerca de Ethan. —¿Lo conocías? —preguntó él, sin disimular la trampa. —No lo suficiente para llorarlo —respondió sin inmutarse, y le dio un sorbo al café. Ethan sonrió apenas. Esa respuesta... le gustó. Pero justo cuando el momento parecía disolverse entre miradas que decían más de lo permitido, Lia se acercó con un movimiento suave, casi imperceptible. Apoyó una mano sobre la mesa y se inclinó un poco hacia él. —¿Qué pasaría si yo fuera peligrosa, Ethan? Él la miró. No con miedo. Con algo mucho peor: con deseo mezclado con sospecha. —Entonces —dijo, acercándose también— tendría que decidir si quiero detenerte… o perderme contigo. Silencio. Tensión. Casi beso. Pero no. Ambos se alejaron como si algo invisible los hubiera empujado. Como si un instinto les gritara: “NO ES EL MOMENTO… TODAVÍA.” --- Mientras tanto, en otra parte de la ciudad... Verónica caminaba por un pasillo oscuro. Tacos altos, vestido n***o, sonrisa de loba. Se reunió con un hombre que hablaba poco… pero que tenía una carpeta en la mano. —¿Está confirmada la identidad de la chica? —preguntó él. —Sí. Ella es Lia Montenegro. Entrenada. Inteligente. Peligrosamente inestable. —¿Y el objetivo? —Sigue sin saber la verdad completa. El hombre asintió. Y dijo algo que helaría la sangre de cualquiera: —Entonces, prepárense. Hoy… puede ser el último día de ambos. --- Y mientras tanto, en la mansión... Lia subía las escaleras con una idea fija. Ya no podía fingir mucho más. Tenía que hacer algo. Decidir algo. O perderse entre sus propios sentimientos. Porque el fuego ya no era solo deseo. Era culpa. Era duda. Era miedo. Y ella no sabía si quería salvarse… o simplemente… caer con él. --- Mientras tanto, en la habitación... Lia se encerró. No por miedo. Sino porque necesitaba espacio para respirar sin que él la contaminara con su presencia. O con su ausencia. Se quitó la blusa lentamente, como si cada prenda también fuera una mentira que ya no quería llevar encima. Se quedó frente al espejo, en ropa interior, intentando verse a sí misma como lo hacía antes: Fría. Capaz. Peligrosa. Pero no. Ahora estaba contaminada. Con dudas. Con miradas que la hacían temblar. Con caricias que no se dieron… pero que quemaban igual. --- —¿Puedo entrar? —la voz de Ethan, de nuevo, al otro lado de la puerta. Lia cerró los ojos. Una parte de ella quería decir no. Otra... quería abrirle más que la puerta. —Adelante —respondió. Su voz era suave, pero su corazón gritaba. Ethan entró y se detuvo en seco. Lia estaba de espaldas, con la piel desnuda y los hombros expuestos. Podría haber dicho algo. Una excusa, un chiste, cualquier idiotez para no parecer afectado. Pero no dijo nada. Solo caminó hacia ella. Paso lento. Mirada fija. Cuando estuvo a centímetros, alzó una mano y tocó su espalda, apenas. Un roce. Un suspiro. Un error. —No deberías... —murmuró ella, pero no se movió. —Tampoco tú —contestó él, y dejó que sus dedos descendieran hasta su cintura. Ella giró. Lenta. Como en cámara lenta. Ahora estaban frente a frente. Tan cerca que podían respirar el mismo aire. —¿Qué somos, Ethan? —susurró, sin fuerza. Él bajó la mirada a sus labios, luego subió a sus ojos. —Un desastre que todavía no ha explotado. Ella tragó saliva. Sus labios temblaban. Sus ganas gritaban. Y sus dedos se aferraron a su pecho, como buscando una respuesta en el latido. —Si me besas, no habrá vuelta atrás —dijo Lia. —No la hay desde que llegaste —dijo Ethan. Y se acercó más… Pero en ese instante… el celular de Ethan vibró. Ambos se congelaron. La pantalla brillaba con un nombre: "Verónica". Lia lo vio. Ethan también. Y lo que estaba a punto de ser fuego… se convirtió en hielo. Ella retrocedió un paso. Luego otro. —Vete —susurró. —Lia... —¡VETE! Y él… se fue. Pero esta vez, no con culpa. Sino con una maldita certeza clavada en el pecho: Había algo que no estaba viendo. Y cuando lo viera… iba a doler. --- En otro lugar... Verónica sonrió al ver que él contestó. —Hola, Ethan... —¿Qué quieres? —preguntó él, con la voz dura. —Nada. Solo asegurarme de que estés… despierto. Y colgó. Pero el mensaje estaba claro. La partida había comenzado. Y nadie iba a salir ileso. “A veces, quien más te toca… es quien más te esconde.” Horas después... Lia estaba sola. O al menos eso aparentaba. La mansión era enorme, silenciosa, elegante… y, sin embargo, sentía que cada pared susurraba su nombre como si supieran que estaba a punto de romperse. Caminaba descalza, envuelta en una camiseta larga que apenas le cubría las piernas. Se detuvo frente a la enorme estantería del salón, acariciando los libros con la yema de los dedos. No leía ninguno. Solo buscaba algo... cualquier cosa que la distrajera de él. Pero, como si el destino quisiera joderla un poco más, encontró un libro abierto. No uno cualquiera: el mismo que Ethan leía días antes. Un marcador sobresalía, y cuando lo abrió… encontró algo doblado entre las páginas. Una carta. De su madre. La caligrafía era elegante, antigua. Su estómago se retorció. ¿Por qué estaba eso allí? ¿Cómo llegó a sus manos? ¿Por qué Ethan tenía algo tan personal? La carta no decía mucho. Solo una línea: > "Protege lo que amas, aunque no lo entiendas." Lia sintió una punzada en el pecho. Su madre. Ella jamás hablaba así. Jamás escribía cosas sentimentales. Y menos si estaban dirigidas… ¿a Ethan? El ruido de pasos la sacó de su trance. Ethan entró al salón, sin anunciarse. Camisa remangada, rostro serio, celular en la mano. —¿Qué es esto? —preguntó ella sin rodeos, alzando la carta. Él la miró. No con sorpresa, sino con resignación. —Lo encontré en uno de los archivos viejos de mi padre. No sabía que era tuya... hasta que leí la firma. —¿Y por qué la tienes? —sus ojos ya no pedían explicación. La exigían. Ethan dio unos pasos hacia ella, lento. —Porque todo esto... —señaló la carta, luego a ella— no es tan simple como parece. Lia lo miró como si estuviera viendo a un extraño. —¿Qué sabes de mi madre? —Nada —respondió él—. Y eso es lo que más me asusta. Porque esta carta… me hizo dudar de todo. De ti. De lo que estás haciendo aquí. —¿Y qué crees que estoy haciendo aquí, Ethan? ¿Manipulándote? ¿Jugando contigo? —¿No lo estás? —espetó, sin filtro. Silencio. Un silencio que cortaba. Lia lo sintió en la piel. Como un bofetón. Como si, después de todo lo que no se dijeron, ahora sí estuvieran frente a frente, sin máscaras, sin deseo disfrazado de excusas. —Yo vine por una razón —dijo ella al fin, con la voz baja, pero firme—. Pero no era para ti. Ethan la miró con los ojos entrecerrados. —Entonces dímelo. Dime la verdad ahora, antes de que sea demasiado tarde. Ella se mordió el labio inferior. Sus ojos brillaban. No de lágrimas. De rabia contenida. —¿Y si te digo que no puedo? ¿Que si hablo... alguien muere? —¿Quién? —Tal vez tú —susurró—. Tal vez yo. Ethan se acercó. Esta vez no como un amante. Como un soldado listo para enfrentarse a una verdad que no va a gustarle. —Lia, si estás en peligro, me lo dices. Ahora. Ella negó con la cabeza. —No entiendes. No se trata de ti. No se trata de salvarme. Se trata de una promesa que hice. Una deuda. —¿Con quién? Pero antes de que pudiera responder… una explosión sacudió la mansión. El ventanal se quebró. Un sonido seco, metálico, rasgó la noche. Ethan se tiró sobre ella, cubriéndola. Cristales volaron por todas partes. El cuerpo de él fue su escudo. —¡¿Estás bien?! —gritó él, con el pecho sobre ella. Lia temblaba. No por la explosión. Sino por la confirmación brutal de que alguien ya los estaba cazando. Ambos se levantaron. Ethan sangraba del brazo, pero no parecía importarle. —¡Seguridad! —gritó por el comunicador—. ¡Revisen el perímetro, ya! Lia lo miró. Ese hombre que horas antes dudaba de ella… ahora estaba dispuesto a recibir una bala por protegerla. Y eso… eso era más peligroso que cualquier enemigo. --- Mientras tanto, en la azotea de un edificio cercano... Verónica observaba la escena a través de binoculares. Marcó un número en su celular. —Fallamos —dijo—. Pero ya reaccionaron. No tardarán en descubrirlo todo. La voz al otro lado sonaba distorsionada. Fría. Calculadora. —Entonces... es hora de activar el siguiente paso. —¿Y cuál es? —El pasado. Vamos a soltárselo en la cara. --- De vuelta en la mansión... Ethan estaba vendándose el brazo. Lia temblaba, pero no dejaba que se notara. —Dime lo que sabes. Ahora —ordenó él. Ella se acercó. Y en ese instante, como si se le cayera la última defensa, le dijo: —Si te lo cuento... no me verás igual nunca más. —Eso ya pasó, Lia. Yo ya no te veo igual. Ahora quiero saber... quién carajos eres realmente.
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