Prólogo
Y entonces hubo silencio…
Un rayo de luz tan magnífico como atronador manó desde el cielo, atravesando las nubes como el acero abre camino entre la carne. Bestias y hombres voltearon a ver, anonadados y aterrados, como aquella luz blanca y dorada aclaraba el gris pizarra del cielo, como opacaba al sol, y como germinaba incertidumbre en sus corazones. La sangre goteaba a borbotones de las heridas, se deslizaba entre los guanteletes y por las hojas de armas, o se encharcaba formando una baba espesa al mezclarse con el fango, el sudor, la bilis y el excremento que inundaba el suelo, entre vivos y muertos. El gemido de los moribundos calló, la furia de los que alzaban sus mandobles para arremeter contra sus rivales, también. Ni el relincho de los caballos, o las maldiciones de los que estaban ensartados en combate a muerte, ni siquiera el traqueteo agudo del acero contra el acero de las armaduras volvió a sonar. El gélido viento fluía entre los hombres que estaban allí parados, como fluye la corriente silbante de un río entre piedras milenarias. Y cual piedras, todos allí estaban inmóviles, silenciosos, con la vista clavada en el cielo y sus corazones encogidos.
Tal fue la visión inicial provocada por la luz, que muchos tardaron instantes eternos en darse cuenta del lugar donde había caído esta. La luz bañaba con fulgor dorado una roca cuadrada sobre un montículo de tierra, que en su cima, estaba coronada por una figura etérea envuelta en telas blancas. Con cabellos platinados y sin rostro, la figura revelaba a duras penas que era una mujer, tan solo por las curvas definidas bajo sus telas. Los pies, pequeños y blancos, tan blancos como el resto de su piel, fueron pisando con increíble suavidad la piedra dorada, hasta que todo su peso, que parecía inexistente, estuvo sobre ella cuando antes volaba sin alas.
La mujer llevó lentamente su mano delgada y suave como la porcelana hasta su rostro, donde posó sus dedos sobre su cara sin ojos, nariz o boca, y la desprendió, dejando que bucles de cabello platinado cayeran entre su verdadera cara y la máscara lisa. Cuando por fin la retiró, dos ojos de iris carmesí aparecieron, como dos rubíes ardientes sobre un lienzo color perla. Su belleza era inefable, pero su mirada…
-Buscáis la muerte- Habló ella. Su voz era un susurro que se oía igual para el que estaba cerca que para el que estaba a cientos de leguas –Añoráis la gloria- El tono era suave, solemne, armónico –E ignoráis la miseria… Se cometió un error, y hemos de enmendarlo- La mujer se dejó caer sobre las rodillas, y a la par, cayó la tela blanca que la envolvía. Su cuerpo desnudo era tan majestuoso como todo en ella. Era una visión perfecta, idílica, casi como la obra de un pintor alabando a la más bella de las musas. Hasta que comenzó a desgarrarse la piel.
Sus uñas color de perla se tornaron afiladas como puntas de flecha, dejando líneas rojas sobre su piel perfecta. Estaba desollándose a sí misma, soltando alaridos de dolor mientras el haz de luz dorada se convertía en luz rosa, roja, carmesí, y finalmente adoptó un color que solo podría definirse como perverso, un rojo intenso, oscuro, con motas de púrpura y n***o. Antes de que la mirada de los hombres pasara a ser de terror, y quisieran huir de aquel lugar, la mujer se había destrozado la cara, arrancando tiras completas de carne de sus pómulos, arrancándose el cabello de raíz, partiéndose los dientes y escupiendo la lengua. Solo sus ojos parecían estar intactos, y no solo eso, estaba ajenos al dolor y a la sangre, eran ajenos a la masacre de la batalla y a la masacre que la mujer se estaba causando a sí misma. Aquellos ojos brillaban con algo más que vida, con algo más que maldad, con algo más que un propósito…
Sus uñas se hundieron en la carne de su torso, abriéndose camino entre las costillas, partiéndolas en dos con fuerza impropia de una mujer tan delgada, mientras de su ensangrentada garganta solo salían alaridos y aullidos revueltos, transformados en un espantoso aquelarre de dolor. En ese momento la tierra comenzó a temblar. Los pozos de sangre, heces y fango saltaron como si un gigante hubiera dado zancadas entre ellos, los caballos se encabritaron, los hombres comenzaron a dar gritos de terror, y la tierra misma gimió. La luz perversa que emanaba del cielo se internó entre las fisuras y las grietas del suelo, haciéndolas más grandes, causando que emergieran de ellas más luz, intensificando los temblores y el atronador ruido que, aún cuando se trataba de algo tan magno como hectáreas de suelo resquebrajándose, no se comparaban a los gritos de aquella mujer sobre la roca que hacía no mucho fue dorada, y ahora solo era roja.
Para cuando los intestinos y los órganos comenzaron a brotar del vientre abierto de la mujer, y sus manos se internaban cada vez más dentro de su mutilado torso, el cielo pareció quebrarse también, emulando a la tierra. El ruido era ensordecedor, todo huían sin velar por sus camaradas o sus enemigos, dejando atrás espadas, caballos, estandartes y hermanos. Las garras de aquel demonio con forma de mujer llegaron hasta lo más profundo de su pecho, dieron un tirón y arrancaron el corazón de su lugar. Ella se levantó, dejando brotar trozos de hueso, sangre, bilis y órganos desde su interior por sobre la roca, elevó el corazón hasta su boca, y lo devoró con sus dientes hechos añicos. Cuando todo el corazón se apelmazó en su interior destrozado y casi vacío, la mujer que sin lugar a dudas debió morir hacía mucho en medio de su grotesco espectáculo, comenzó a reírse. Era una risa desenfrenada, desquiciada, sin un atisbo de sentido. Una cacofonía que recorrió los corazones de todos los hombres y bestias de aquel campo tan mutilado como ella. Su cuerpo se hinchó con las risas, su piel se llenó de pus y burbujas de sangre, su cara se puso del color de una ciruela, y finalmente explotó, liberando una ola de sangre ardiente a docenas de hectáreas a la redonda, haciendo llover sobre todo el campo de batalla, alcanzando a los que iban más lejos, y acabando con los que estaban más cerca. De las grietas en la tierra brotó sangre y fuego rojo, que engulló a los muertos y todo lo que estaba allí. Y aún cuando la mujer hubiera desaparecido… Su risa seguía oyéndose en los oídos de entre los pocos que habían huido…