La gruesa mano hendió el aire. Cuando acertó en la mejilla de la joven, fue como el estruendo causado por un latigazo. La había golpeado con todas sus fuerzas, sin piedad alguna, era un escarmiento. Marie había caído al piso con el impacto, con media cara enrojecida y la melena negra cubriéndole los ojos.
-No puedo creer siquiera que me atreví a regatear los precios por ti- Gregorius era un hombre macizo, de un metro ochenta con más de cien kilos. Un grueso bigote rubio bajaba por sus mejillas y se conectaba con sus frondosas patillas, de modo que le daba un aspecto imponente en un rostro ya de por si basto y brutal. Era calvo, y varias cicatrices surcaban su cara, brazos y puños, revelando un pasado de peleas constantes que uno suponía había ganado todas. Si en lugar de una cachetada, Gregorius le hubiera acertado un puñetazo con su diestra, Marie no hubiera tenido oportunidad de levantarse.
-Todo era mejor cuando no eras más que una mocosa con los senos apenas brotados.- Siguió Gregorius -Cualquiera veía una linda cara, oída tu edad, y de inmediato soltaba cuatro florines. Pero tuviste que crecer, y parece que cada día que pasa te haces menos valiosa y más conflictiva. Me doy a la tarea cada mañana de regatear precios y pactar citas, de buscar a los clientes ¿Y cómo me lo pagas? ¡Faltando a cada una de las citas de la semana! ¿Sabes siquiera cómo queda mi reputación en el gremio?- El tono furioso y acompañado de una voz increíblemente gruesa podrían haber doblegado a cualquiera, sin necesidad de otro golpe, pero Marie estaba acostumbrada. No era la primera vez que desobedecía a Gregorius, y no era tampoco la primera vez que le alzaba la manos, aunque era menos frecuente que le golpeara la cara, lo que indicaba que estaba más molesto que de costumbre.
Marie logró recomponerse sobre sus manos, hacer fuerza y finalmente levantarse, aunque el golpe hizo que tuviera que sentarse un momento. Cuando se apartó la melena negra brillante de la cara sintió un sabor metálico en la boca. Giró la mirada y escupió un buche sanguinolento al suelo.
-Vaya, no salió ningún diente. Supongo que debo sentirme alagada- Dijo Marie, dedicándole una irónica sonrisa ensangrentada a Gregorius.
Marie era una joven más atractiva que hermosa. Había llegado como una pequeña chica de cabellos lacios y negros como el oleo a las puertas de Las Joyas. Las Joyas era uno de los más respetados prostíbulos de toda Alcázar del Gigante, la ciudad comercial más importante de todo el Norte de Castelia. Su nombre no estaba porque sí; Cada doncella que decidía, o era obligada, a trabajar con Gregorius obtenía el nombre de una joya según su aspecto, y se vestía, comportaba y actuaba en correspondencia.
Ónice había sido la joya que se le otorgó a Marie “No llega por completo a Joya, vulgar pero atractiva, se obtiene barata pero puede resultar muy bonita en el lugar adecuado” había dicho Gregorius al ver a la Marie de hacía unos años, envuelta en harapos y con la cara blanca llena de pecas, medio cubierta por el desastre que era su pelo, y ese lugar adecuado era complaciendo a la peor clase de calaña que no dejaba que tocaran a Rubí, Esmeralda o Zafiro, las tres Joyas más hermosas que ostentaba, y cuyos servicios usualmente eran requeridos por nobles y aristócratas de la ciudad.
-¿Alagada?- El “Joyero”, como le gustaba a Gregorius que lo llamaran, no se tomaba muy bien el sarcasmo o la ironía, y mucho menos el de Marie –Claro que deberías sentirte alagada, pequeña puta de quinta. Gracias a mi no tienes que vender tu culo flacucho por un céntimo de cobre en La Esquina de la Carne y así poder comer algo. Aún con el insulto que fue el que decidieras crecer desgarbada, sin caderas ni carne la cual agarrar, y que ese par de tetas sigan pareciendo las de la niña que vino a mí hace tres años. Aún con la ofensa que es tu cara inexpresiva por la cual recibo tantas quejas, aún con el escupitajo en la cara que es tu técnica y tu manera de comportarte con nuestros nobles clientes…-
-Con los ebrios de mierda y mercenarios hediondos- Corrigió Marie con su roja sonrisa -Porque estoy segura de que la v***a de un noble no huele de esa forma-
Gregorius se quedó callado por un instate, observando con implacable rabia a la muchacha. Se levantó de su silla, rodeó a Marie y, sin tacto alguno la tomó por el cuello trasero de la blusa, arrastrándola fuera de la silla y por todo el suelo hasta que salieron de la habitación. De una patada el bruto rubio apartó la puerta que daba a la calle, y como si fuese un costal de harina arrojó a Marie a la mitad del camino.
La Prostituta se retorció unos momentos, adolorida por el impacto, tratando de levantarse entre el fango y la bosta que la rodeaban.
-Oye… Creo que no hay que llegar a estos extremos…- Dijo Marie a gatas, tratando volver adentro, con un tono mucho menos seguro que el anterior.
-Me cansé de ti, Ónice. Mañana iré a contratar a tu reemplazo en el barrio oriental. Lárgate, y no vuelvas. Y si te veo trabajando en mi territorio, yo mismo te mataré- Gregorius cerró la puerta con la misma brutalidad con la que la abrió.
Marie se pegó al instante a la madera, tratando patéticamente de que le abrieran, jurando que no volvería a faltar a ninguna cita, invadida por el miedo que representaba quedarse en la calle. Tras unos minutos de humillación, los ruegos se convirtieron en insultos, para Gregorius, su madre, su descendencia (Aunque él no reconocía a ninguno de sus muchos bastardos) y para todas las otras Joyas, a las cuales les deseaba desde ladillas hasta que se les cayeran las tetas.
Miradas con desprecio y desdén venían de ambas direcciones de la calle, que solo veían a una pálida prostituta sucia y vestida de n***o gritándole a una puerta cerrada que no devolvía ninguna respuesta.
Las lágrimas ahogaron los ojos de Marie y tuvo que marcharse. Simplemente caminó, se alejó lo más que pudo de Las Joyas y del Barrio de las Delicias, como se llamaba la parte de Alcázar del Gigante donde se ubicaban los mejores prostíbulos. Las lágrimas pronto pasaron a incertidumbre, y de igual forma, el ocaso comenzó a dar paso a la noche.
Marie terminó en algún callejón tras un edificio, probablemente una panadería puesto que los olores a harina eran su única compañía, además de alguna eventual rata que debía espantar para que no se le subiera. Abrazando sus rodillas mientras veía a la Luna llena coronar el cielo, se preguntó si había valido la pena desaparecer esa semana. Toda la vida que había conocido tras quedarse sola estaba con Gregorius y las demás joyas, toda su comodidad y su paz, una cama donde dormir, comida y ropa limpia... Todo a cambio de humillarse ante la peor clase de hombres que se la podían costear. Cuatro Florines había sido la tarifa habitual que Gregorius cobraba cuando era más joven, y todos ansían a una pequeña con quince años, la edad suficiente para que no les recuerde a una niña y no mueran desgarradas tras una noche de servicio violento. Pero pronto ya nadie quería pagar cuatro florines por una muchacha desgarbada y de mala cara, que ya ni siquiera hacía divertido para los más sádico el hecho de que se negara a hacer muchas cosas, sino molesto y cansado. Ahora la tarifa iba de dos a tres cuando había suerte, y el propio Gregorius no mentía cuando le reprochaba que tuviera que negociar para que los clientes aceptaran ese precio.
Adormilada, con la cabeza recostada sobre las rodillas viendo en dirección a la calle, Marie solo podía pensar en el único buen momento que pudo disfrutar en tres años, aquella semana que le había costado su miserable modo de vida.
Había comenzado la semana, Ese día debía de verse con un sargento de la guardia urbana el cual era cliente frecuente; Era un hombre corpulento con la mitad de los dientes y un constante olor a queso que empeoraba cuando aumentaba la temperatura. Lo peor ni siquiera era eso, sino su manía por las nalgadas. Algunos estaban felices con unos cuantos golpes que le dejaran rojiza la piel, pero cuando aquel hombre quedaba satisfecho y salía de la habitación, Marie ni siquiera podía sentarse. Lo peor eran los días siguientes, en que su carne se ponía violácea en algunas zonas, y esa vez debía tolerar las arremetidas de otra media docena de hombres antes del fin de semana. Era una tortura que le había tocado vivir un par de veces, pero ya estaba cansada de todo.
La joven prostituta de ónice había estado ahorrando lo máximo que podía de todas sus tarifas, de las cuales Gregorius se llevaba el 60% (70% las semanas en que escuchaba más quejas de los clientes, a modo de escarmiento). Por cuatro largos meses Marie guardó florines de plata y céntimos de cobre, privándose de cualquier gusto, comiendo lo mínimo, y con la mente nublada imaginando la libertad, la paz, una vida normal. Cuando por fin llegó el inicio de semana, dio la casualidad de que Gregorius debía hacer un viaje fuera de Alcázar del Gigante, por lo que era la oportunidad perfecta para simplemente desaparecer. Y así lo hizo.
Le habían contado varias historias sobre posadas hermosas al pie de la montaña, camino debajo de Alcázar del Gigante. Lugares magníficos rodeados de campos verdes a la orilla de riachuelos de agua mineral, donde servían comidas exquisitas, las camas estaban rellenas de plumas, e incluso habían unas cosas llamadas Aguas Termales, que eran como grandes bañeras talladas en el suelo donde la gente se metía y disfrutaban del agua caliente que emanaba del suelo.
Marie no sabía si aquellos lugares eran reales, pero no dudó ni un momento en averiguarlo. Tomó todo el dinero que había ahorrado y decidió, sin pensar en las consecuencias o en el futuro, en disfrutar cada segundo de aquella experiencia que en su mente imaginó tan magnífica. Se vistió con su vestido n***o, una bufanda ónice que le tapaba la cabeza en el frío de la mañana, y salió a toda prisa de Las Joyas antes de que nadie la viera. Cruzó todo Alcázar del Gigante bajo la vista ominosa de la gran Montaña que quedaba camino arriba, El Gigante, y llegó hasta un alquiler de carromatos para viajeros en la puerta sur de la ciudad. Allí preguntó por las magníficas posadas de las que había oído hablar, y uno de los cocheros le comentó que podía llevarla La Reina de los Vapores por el módico precio de un Florín.
Durante el viaje, Marie por un instante volvió a ser una niña, maravillada por los paisajes que se abrían ante ella según avanzaban por el Camino Real del Sur; Valles habitados por enormes vacas lanudas, arboledas de galería que flanqueaban riachuelos, pequeñas colinas sobre las que se posaba la casona de algún hacendado, y grandes barrancos que a veces rodeaban peligrosamente el camino. Cuando llegó a La Reina de los Vapores, todo fue tal cual lo había soñado: Se trataba de una Gran cabaña de troncos con una base de piedra y tres pisos de altura, coronada por un pequeño campanario. Sobre la puerta doble de basto pino n***o, se podía ver la silueta de una mujer coronada con grandes senos rodeada de ondas que emanaban de posos dorados.
Marie, por primera vez libre, tuvo miedo incluso de pedir una habitación por su cuenta. Cuando sus padres vivían, siempre fue recatada, alguien de hablar poco, de no hacer mucho ruido, y de querer llamar poco la atención, tras su muerte, las cosas no habían cambiado mucho, la única diferencia era que entre medias de no hablar mucho y tratar de pasar desapercibida, vendía su cuerpo.
La encargada del lugar una mujer obesa de cara rojiza y senos que rivalizaban con los de la Reina en el grabado de la puerta. Le comentó a Marie que solamente quedaba una habitación, a lo cual Marie accedió encantada, sin saber o imaginar cuánto costaría una noche allí. Nunca fue buena con el dinero, no era su trabajo cobrar, ella solamente debía entregarse a los clientes y resistir la tarea, por lo que durante seis días no se preocupó ni un poco al momento de sacar una moneda de sus bolsillos, entregarla y pagar cualquier cosa.
Se atiborró de unos panes rellenos con mermelada de sabor exquisito, vasos de hidromiel de alta calidad, tiras de carne de cerdo bañadas en la salsa especial de la casa, trozos de pastel de frutas, cuencos y cuencos de un fabuloso estofado de gallina que preparaba la encargada, y hasta una botella de Vino espumoso y dorado. Nunca en su vida Marie se había deleitado con tantas exquisiteces, pero lo mejor vino cuando preguntó por las Aguas termales.
Se trataban de unos pozos con poca profundidad a unos cuantos metros de la Cabaña principal donde se ubicaban las habitaciones. Alrededor de ellos habían construido una empalizada y la entrada era a través de una pequeña caseta vigilada por una anciana encorvada. La caseta se dividía en dos entradas, una para hombres y otra para mujeres, y en ambas el precio era el mismo: 4 Florines por todo el tiempo que quisieras estar ahí. Marie los pagó, y tan pronto como cruzó la caseta y se vio rodeada por un muro de madera, le impactó el calor que había en aquel lugar. La alta empalizada, además de protegerla de mirones, evitaba que hubiera corrientes de viento, de modo que todo el vapor que emanaban tres grandes pozos de agua inundaba el lugar para luego elevarse lentamente.
En el lugar no había nadie más, Marie era la única en la sección de mujeres, y eso la relajó. Se quitó la ropa color ónice, pensando al verla que un día en esas aguas costaba lo mismo que ella, en sus mejores momentos… Pero luego agitó la cabeza tratando de borrar esa imagen de su mente; Por una vez, no era una prostituta teniendo que soportar cualquier cantidad de asquerosidades y humillaciones de hombres miserables para sobrevivir, sino una mujer, tan noble como cualquier otra, en un lugar hermoso.
Cuando estuvo completamente desnuda, puso disfrutar del ambiente húmedo y del vapor que recorría cada parte de su cuerpo, hidratando su piel. Caminó sobre la roca tibia hasta la orilla y se deleitó con un tierno calor que jamás había sentido bajo las plantas de sus pies. Metió un dedo en el agua y lo sacó al instante, estaba caliente, no lo suficiente para quemar, pero mucho más que el agua con la que se bañaba usualmente. Volvió a meter el dedo del pie y esta vez introdujo el pie completo hasta que pudo pisar fondo, luego le siguió el otro, y lentamente fue metiendo su cuerpo en el agua. Marie soltó una exhalación que bien pudo pasar por gemido, y todas las tensiones de su cuerpo desaparecieron, al igual que el frío.
Estuvo allí con los ojos cerrados hasta que la anciana de la entrada le tocó el hombro con su bastón, indicándoles que ya iba a cerrar la caseta y debía salir. Marie para entonces parecía una pasa blanca. No recordaba si se había quedado dormida o solamente el tiempo pasó volando entre que se metió al agua y la anciana la tocó, pero aquella experiencia había sido un sueño hecho realidad.
-Estas aguas curan, son un milagro que todos deben probar…- Había dicho la anciana de la caseta –Puedes creerme. Me baño aquí cada mañana, y ya llevo 95 años viviendo…-
Al volver hasta su habitación en la posada, se topó con una mujer en el pasillo, la cual se impresionó de que una jovencita que no aparentaba ningún estatus estuviera durmiendo en aquel cuarto.
-¿Y qué tiene de extraño?- Preguntó Marie –Es un cuarto, como todos los demás, y además era el que les quedaba…-
-Porque esa es la Habitación de la Reina, querida… ¿No preguntaste el precio, verdad?- Marie cayó en cuenta de que no lo había hecho, en realidad, no había preguntado ningún precio, solamente había ido sacando y sacando dinero de sus bolsillos, y entonces se dio cuenta, al tocarlos, que tan solo le quedaba un Florín de plata y dos céntimos de cobre.
La joven se puso pálida, entró en la habitación y se sentó sobre la cama. Seis días habían pasado y tan solo tenía suficiente plata para volver a la ciudad… Para volver…
La idea misma de volver a aquella vida era horrible. Marie no quería regresar a valer dos o tres florines por trabajo, no quería regresar a casi ahogarse con miembros hediondos, a ser besada por borrados pervertidos y que la manosearan dedos gordos y sucios. No quería volver a ser la carne que vendía Gregorius cual carnicero… Marie no durmió esa noche, quiso rezar, pero entró en cuenta de que no conocía ninguna oración a ningún dios, quiso llorar, y lo hizo, con la cabeza hundida entre las suaves almohadas de plumas que había soñado con tener. Cuando llegó el amanecer, se encontró viendo en mi palma aquellas tres monedas, dos de cobre y una de plata, con la mirada más bien perdida.
Tenía hambre, y cuando bajó al comedor, este ya estaba inundado del olor a pan relleno de mermelada, recién salido del horno. Las tripas le rugieron a Marie, que se acercó a la Voluminosa Encargada con la misma vergüenza con la que había llegado el primer día.
-Quisiera… Unos panes con mermelada… Eh… ¿Cuánto costaban?-
-Dos céntimos de cobre- Respondió la mujer.
Marie vio por demasiado tiempo aquellas tres monedas, hasta que finalmente entregó las dos de cobre y le entregaron el pan con mermelada, tan caliente que tuvo que cambiarlo de mano hasta que se enfrió. Era su última comida en el paraíso…
En el frío de aquel callejón, hubiera dado lo que fuera por un pan con mermelada, y poder meterse en las aguas termales una última vez…