El Mago y el Bardo

4783 Words
La carroza traqueteaba según ascendía por el escarpado camino. A la distancia, por la derecha, un océano verde pálido inundaba las colinas debajo del barranco hasta donde alcazaba la vista, tan solo minúsculos claros con mechones de humo eran reconocibles entre el denso bosque: pequeñas aldeas, campamentos madereros y cotos de caza. La región norte de Castelia albergaba poca población, y la mayoría se encontraba resguardada tras ciudades amuralladas como Alcázar del Gigante. Incluso las pequeñas aldeas tenían empalizadas, algunas mejor construidas que otras, las cuales mantenían a raya a todos los posibles peligros que decidieran emerger del bosque. -Hace demasiado frío…- Se quejó Hal. Estaba envuelto en mantas de piel que había traído bajo recomendación de la Maestra Oritz, siempre tan preocupada por cada encomienda que era echada a hombros de los jóvenes bachilleres -¿Puedes por favor cerrar la ventana?- Fenris, el amigo de Hal, se encontraba por contraparte observando el panorama por la ventana de la carroza, sin cobertura alguna mientras vapor emanaba su boca con cada exhalación. -No seas llorón- Dijo Fenris al meter la cabeza nuevamente a la carroza, cerrando la ventana tras él, tenía la cara roja y pálida por el frío, pero su sonrisa burlona no se la quitaba nada –El clima es irrelevante cuando tan bello panorama se abre ante nosotros. Según tus propias palabras, esto se trataba de “Una magnífica aventura digna de narrarse en canciones escritas por los más…” ¿Cómo dijiste cuando estabas convenciéndome? ¿”Exquisitos y Hábiles Bardos”?- El sarcasmo era, tal vez, el mayor don de Fenris, solo superado por el que tenía con el Arpa y el Canto. -¿Vas a volver a recriminármelo? No sabía que en Córdinca hacía tanto frío. O sea, me dijeron que hacía frío, pero no imaginaba que era la clase de frío que te mataba si te quedas fuera demasiado tiempo- -Eso solo pasa con niños sureños de alta cuna como tú, que no resisten la inclemente naturaleza del mundo- Fenris Dallarcal tenía un buen porte, siempre sonriente, y a pesar de ser un año menor que Hal, le sacaba tres centímetros. Era lampiño y de facciones finas, con una melena de pelo castaño rojizo y ojos avellana, era sin duda material de bardo, aunque lo que tenía en belleza, talento e ingenio, le faltaba en disciplina y constancia. -Soy tan sureño como tú, y mi cuna era tan alta como una bacinica, no jodas. Además, tú aceptaste venir, y parece que te lo pasas mejor que yo- Hal Tarzís por su parte, tenía diecinueve años y medía un metro setenta. Ostentaba un rostro más simple que el de Fenris, en el cual solo destacaba el iris blanco muestra de que había nacido con el Don Blanco de la Magia. De resto, tenía el pelo azabache corto y una barba compuesta por patillas, el borde de la mandíbula y el mentón, correctamente afeitada. Nada en él era particularmente llamativo, y su voz, que a veces sonaba floja y sin voluntad para hablar, llegaba a resultar molesta. -Ahh, mi querido Hal, acepté venir porque soy tu amigo, y porque tal vez era conveniente desaparecer un tiempo de Koronearth. Sobre lo otro, vamos, tienes que verle el lado bueno a las cosas ¿Dónde ibas a ver un paisaje tan espectacular en las cercanías de la Academia? Por allá solo hay colinas, casas pegadas a otras casas como parásitos, y ovejas… Muchas ovejas. Realmente para un poeta no hay gran inspiración en un sitio tan insípido- -¿Ahora te llamas poeta? Cantas bien, y tocas el arpa, pero honestamente nunca he visto que cantes algo que no haya escrito alguien más- -Eso, mi querido Hal, es porque…- Fenris hizo un pequeño silencio –Te responderé cuando me invente una buena razón- Hal soltó una risa ahogada al tiempo que abría los ojos. Allí, pensó que tal vez no había sido mala idea traer consigo a Fenris, de un momento para otro el frío ya no se trataba de meter en sus huesos, y quiso hasta darle una oportunidad al Paisaje, después de todo, no es como que hubiera mayor cosa para él en aquella montaña llena de pinos y acantilados. Su misión consistía en entregar un mensaje de suma importancia, en conjunto con un objeto desconocido que el Archimago Barrys le había entregado dentro de un cofre sellado. Hal no tenía idea de qué mensaje era tan importante como para que enviaran a un Bachiller Arcano en lugar de a cualquier mensajero, pero a la vez, no le dieran ninguna escolta o advertencia. Mucho menos imaginaba qué clase de objeto ocultaba aquel cofre, cerrado por un ornamentado candado de combinación forjado por Archimago del Don n***o. “-Metal mágico-“ Pensó Hal “-No es cualquier baratija, eso sin duda-“ La curiosidad lo había llevado a querer abrir aquel cofre, dentro del cual se sentía un rastro de magia irreconocible, pero ni siquiera siendo Maestro en la Magia del Metal habría intentado quitar aquel candado. Los Cofres protegidos por magia tenían usualmente algún mecanismo para destruir el contenido en caso de que alguien tratara de abrirlos por la fuerza, o peor, para defenderse de cualquier mago que tratara de abrirlos. Aquello disuadía a la mayoría, y Hal también. La única información que le había dado a Hal que aquel cofre y aquel mensaje debían llegar a manos del Archimago Metropolitano de Alcázar del Gigante, en la Confederación de Córdinca “-¿Las razones? Quién sabe”- Pensaba el joven estudiante siempre que veía el lacre azul con el símbolo de la Gran Academia Metropolitana de Artes y Ciencias Arcanas de Koronearth en el papel donde palabras tan simples y tan secretas reposaban. Al atardecer, la Carroza pasó una Gran posada de varios pisos, con fuertes troncos por columnas y una base de piedra. Tras ella, el vapor emanaba desde unas empalizadas. -Aguas termales- Comentó Fenris mientras ambos observaban por la ventana –Las mujeres de Córdinca afirman que son mágicas, y tienen propiedades que las hacen vivir jóvenes y con las tetas firmes por cien años- -¿Afirmas que lo has hecho con una mujer de cien años con las tetas firmes?- -Es lo que dicen las bellas rubias con acento norteño en las tabernas- -También dicen que no tienen ninguna enfermedad…- -Y hasta el momento no he tenido comezón alguna, se han ganado mi confianza- Cruzado otro camino estrecho entre la piedra de la montaña y acantilados en caída vertical hasta un océano de pinos, la carroza llegó a las murallas de Alcázar del Gigante con la luna dándoles la bienvenida. Hal tuvo que darle un golpecito en el hombro a Fenris, que se había dormido al probar la suavidad de una piel de Oso apoyada contra la esquina de la carroza. Dos guardias detuvieron el carromato y de inmediato se acercaron a revisarlo. Eran hombres robustos, con una cruz azul sobre blanco en la túnica del pecho, un casco cónico y una capa de piel que los resguardaba del frío. Ambos cargaban alabardas cortas que bien podrían haber pasado por hachas. Uno de ellos alzó su farol de aceite a la altura de la ventana de la carroza, haciendo que tanto Hal como Fenris tuvieran que apartar un poco la mirada. -¿A qué vienen al Alcázar?- Preguntó el Guardia con un tono grave y gutural. -Soy mensajero de la Academia Arcana de Koronearth, vengo a entregarle unos bienes al Archimago Metropolitano- Respondió Hal, mientras Fenris se debatía entre seguir despierto o volver a dormir. -Las entradas a la ciudad fuera del Horario requieren autorización del Consejo Aduanero, o bien cooperación- -¿Cooperación?- Hal parecía confundido con eso último. -Que le pagues- Intervino Fenris. -Yo no dije eso- Apuntó el guardia que obviamente había dicho eso, con una sonrisa tanto pícara como amenazante. Hal le entregó un Florín de plata al hombre, quien apoyándose la alabarda al hombro para tomarlo y acto seguido inspeccionarlo a la luz de su farol, le hizo una seña al guardia en la caseta sobre la Gran puerta de piedra para que elevara el rastrillo. El muro de la ciudad era imponente; Construido con la sólida piedra gris azulada de las montañas, se elevaba diez metros sobre el suelo, contando con 2 metros de grosor. Se extendía en semicírculo alrededor del nacimiento de un río que bajaba por El Gigante, fluía recto hasta la mitad de la ciudad, y luego giraba noventa grados al este para salir por un canal fortificado rumbo al sur. Sobre los macizos muros estaba ubicada una torre cada 10 metros, y cada 30 un torreón con sus respectivas aspilleras en cada piso, rematado por una hoguera y una campana, formas de aviso en caso de que la ciudad estuviera bajo ataque. En la parte norte, sin embargo, la muralla ascendía hasta que el terreno se volvía demasiado escarpado, y en su confín, prácticamente integradas a la Montaña, se encontraban dos macizos torreones que podría pasar por pequeñas fortalezas, evitando así que nadie se colara al interior de la ciudad desde la montaña misma. Alcázar del Gigante era una ciudad pequeña, con calles estrechas y edificios que ascendía tres pisos a lo mucho, con solo contadas excepciones (Fortines, torres, templos…). La carroza donde iban los dos muchachos cruzó las húmedas calles adoquinadas del Alcázar, al borde de formar una leve capa de hielo gracias al frío creciente de la noche. Pocas almas vagaban en la oscuridad: Niños con lámparas envueltos en lana espesa, guardias con alabardas y lanzas paseándose de un lado al otro, ancianos y vagabundos fútilmente escondiéndose del frío en los callejones bajo telas raídas, y damas de compañía a las afueras de sus respectivos locales, con todo el cuerpo cubierto de pieles y tela con excepción del escote. -Deben tener las tetas frías ¿Así les gustará a los de por aquí?- Bromeó Fenris cuando pasaron por un Burdel llamado “La Mina de la Doncella”, que exhibía un gran cartel con una mujer desnuda sosteniendo provocativamente un pico. Y es que, sin lugar a dudas, la única razón por la cual tanta gente iba a Alcázar del gigante, no era porque fuera un lugar maravilloso, ni fértil, o mucho menos lleno de mujeres preciosas. Todo se debía a sus minas. Hacía tres siglos que se había descubierto la primera veta de plata, y desde entonces, entre más se internaban los mineros en las entrañas del Gigante, más tesoros encontraban; Cobre, hierro, plomo, gemas, e incluso oro. La extracción de minerales atrajo a grandes artesanos desde el sur, y pronto, Alcázar del gigante pasó de ser una modesta operación minera, a la ciudad más importante en el norte del Continente, punto clave en las rutas comerciales que iban desde las Ciudades Orientales de Córdinca y sus nexos con el Este, hasta Mariensis, Galarya y Terracastel en el occidente. Durante el día, en Alcázar del Gigante, se podían ver los mercados abarrotados de carromatos y puestos, escuchándose una docena de idiomas distintos, apreciándose mil objetos de cien culturas en un solo tenderete, y observando más maravillas que en ningún lugar de Córdinca, un panorama sin lugar a dudas muy distinto al que la ciudad mostraba en ese momento ante los ojos de Hal y Fenris. -La ciudad está muerta- Comentó Fenris, observando por la ventana derecha. -Es de noche y de paso estamos en otoño, pronto comenzarán las nevadas y ni siquiera los comerciantes de Reskaliav se adentrarían por los pasos montañosos con tormentas de nieve al acecho. Los próximos meses la Joya de norte no será más que un ermitaño congelado. Es por eso que debemos apresurarnos… Si hay una nevada, tratar de regresar por aquel camino lleno de barrancos será imposible- -Siempre podemos tomar el río- -Claro, el río que fluye hasta las entrañas del bosque por más de cuatrocientos kilómetros, ese río- -Estoy seguro que de salir vivos de tal aventura, tendría muchas canciones originales escritas… Si no pierdo mis manos, claro. Hmmm, podría dictártelas- Aquella actitud tan despreocupada de Fenris era pan de cada día. Si le tenía miedo a algo, jamás lo había demostrado, y cuando mostraba miedo generalmente era para conseguir algún beneficio a través de un complejo plan. Por alguna razón, el único momento donde en verdad le ponía empeño y dedicación a algo, era cuando trazaba un extraño plan que involucraba manipulación, mentiras y una pizca de actuación. La carroza avanzó por las calles de los barrios populares, y según iban subiendo por las faldas de la montaña, se notaba como los edificios, además de mejor construidos, también eran muchísimo más lujosos. Allí vieron una Gran Templo de piedra gris con adornos en mármol blanco, coronado por una campana azul a más de veinte metros sobre el suelo, probablemente era el templo del Dios que honraban los Señores del Consejo Metropolitano, pero en Córdinca se rendía homenaje a tantos patrones que Hal no supo identificar de cuál sería aquel edificio. Luego, se toparon con un bastión circular que partía en dos el camino, obligando a la carroza a recorrer uno de ellos, que además, eran mucho más anchos que el resto de caminos de la ciudad, permitiendo dominar a la perfección el perímetro interior. Finalmente, casi integrado con El Gigante, se encontraba el Colegio Arcano del Alcázar; La Estoica Academia Metropolitana de Ciencias Arcanas de Alcázar del Gigante. El complejo edificio era inmenso: En el centro se encontraba la Rectoría y oficinas donde trabajaban los Archimagos y Maestros en sus investigaciones, recibían a los invitados, y se encargaban de labores administrativas. A la derecha, unido por un amplio pasillo con ventanales de cristal a ambos lados, se encontraba la Biblioteca, un Edificio redondo rematado en una cúpula con multitud de contrafuertes y una doncella lectora en la cima forjada en oro a tamaño real. Finalmente a la izquierda se encontraba un edificio más robusto y menos complejo, separado en tres secciones; Los dormitorios, el comedor y los almacenes, y las aulas, que estaban dispuestas en torno a un gran patio central con una inmensa fuente flanqueada por jardines meticulosamente cuidados, habitados por plantas exóticas traídas en las expediciones de los Bachilleres, Maestros y Archimagos. Toda la Academia se encontraba rodeada por un gran muro de ladrillo coronado por picas y desde donde creían enredaderas. Tres caminos partían desde tres grandes portones de acero adornados con el Escudo de la Academia, y todos terminaban en una rotonda a las puertas de la Rectoría, en el centro de la misma, se alzaba la Estatua del Archimago Metropolitano Marcus Linazzos “El Gris”, fundador de la Academia y uno de los más notorios archimagos de la historia reciente. Estaba claro que los estudios arcanos contaban con el beneplácito del Consejo Metropolitano, puesto que la Academia ocupaba casi el mismo espacio que el propio Palacio del Consejo, y no solo eso, sino que tan pronto como estuvieron a las puertas, Hal sintió una fuerte presencia mágica emanando de los muros. Estaban reforzados por hechizos, quien sabe cuántos, y quien sabe de qué índole. Que los gobernantes de una ciudad permitieran tal libertad y autonomía a los Magos que albergaban, era una rareza, y usualmente era a cambio de algún pacto; Bien los magos apoyarían a los ejércitos de aquel lugar, ayudarían en sus forjas o en sus granjas, e incluso aportarían consejo fiel a sus gobernantes. Sea como fuere, Hal estaba inquieto, y no por los muros o la arquitectura, sino por el Archimago Maccrog Safir, El Archimago Matropolitano de la Ciudad. De él sabía poco, y honestamente, nadie sabía mucho de él. Se decía que era portador del Don Azul, la forma más compleja de la Alta Magia, por lo que era un hombre de extremo poder y conocimiento, pero no había publicado prácticamente ningún libro más allá de su tesis de graduación. Pocas veces hablaba en público, y si lo hacía, solamente era para oficiar alguna ceremonia de suma importancia. Llevaba a todos lados una máscara de marfil completamente nívea bajo la cual no se veía nada más que sus ojos azules intensos, iluminando como dos estrellas la ominosa presencia de aquel hombre. Una luz se hizo presente en una de las torres de la Rectoría y acto seguido, el macizo portón crujió, chilló y se abrió de par en par, dejando pasar a la carroza. Los caballos siguieron el rumbo bajo la mano firme del cochero hasta que llegaron a la Rotonda, giraron bajo la mirada pétrea de Linazzos, tan gris como su apodo, y llegaron al frente de la escalinata que los llevaría a la Rectoría. Los caballos no habían concluido el trote cuando de repente, la doble puerta de cerezo, del tamaño suficiente para cruzar un elefante, rujió de forma escandalosa en la silenciosa noche, arrojando luz sobre la carroza y los jóvenes. Una procesión de acólitos en capa gris acompañaba a una figura en capa negra, saliendo al encuentro de Hal y Fenris. El joven bachiller sintió un escalofrío cuando aquellas figuras bajas con las caras cubiertas por capuchas se le acercaron, mientras el hombre de capa negra los observaba con la luz a las espaldas, pero se relajó cuando vio que se trataba de jóvenes acólitos, de no más de doce o trece años. Eran aprendices sometidos al trabajo físico para forjar en ellos disciplina que luego aprovecharían en los rigurosos estudios de la magia. -Esperábamos vuestra visita, Joven Bachiller Tarzís. Sin embargo, no esperábamos a vuestro… Acompañante- Habló la figura de capa negra. Su voz era aristocrática pero no dejaba se sonar ominosa. Sin lugar a dudas, por la edad, se debía de tratar de un Archimago. -Mis disculpas- Dijo Hal al tiempo que hacía una reverencia –Pero el viaje siempre es más ameno y seguro cuando me acompaña un buen amigo. Este es Fenris Dallarcal, Noble bardo y poéta. Podéis confiar en mis palabras que se trata de un hombre de pulcro honor y respeto- Tales palabras rimbombantes casi hacen que el Bardo se ahogue de la risa, pero tuvo que contenerse por respeto a aquella situación. “-Los magos son demasiado formales, casi parece una obra de teatro...-“ Se burlaba Fenris para sus adentros, preguntándose a l vez si sería posible que alguno de esos ancianos con túnica pudiera leer su mente. -Muy bien. Soy el Archimago Hugo Ferro- El hombre se bajó la capucha de la capa, y la luz hizo resplandecer dos ojos negros profundos. Tenía el Don n***o, y el aspecto robusto, de mandíbula cuadrada y cabeza afeitada, lo dejaban en claro. Aquel hombre era tan Mago como Herrero –El Rector Safir os espera en la oficina principal, por favor síganme… Ah- Se detuvo a media vuelta, volviendo sobre sus pasos –Acólitos ¿Qué esperan? Bajen el equipaje de nuestros invitados, y tengan especial cuidado con “El cofre”- -¿Sabe del cofre?- Preguntó Hal a la par que se acercaba al Archimago –Todos los Archimagos en Alcázar del Gigante saben del cofre. Pero aquí, solo uno conoce su contenido. Si tardabas más tiempo del necesario, se iba a suponer que habías huido, estabas muerto, o algo más había intervenido, y enviaríamos una expedición completa a encontrar el Cofre.- -¿Sabe porque me enviaron a mi?- -¿A ti en particular? No. Pero si sé porque el Archimaestre Barrys envió a un simple bachiller: Despiste. Nadie jamás esperaría que un artefacto de tal valor fuera en manos de un estudiante y… Un bardo- El viejo voltéo la mirada un momento hacia Fenris, que estaba perdido en las estatuas, cuadros, decoraciones y hasta en las columnas sumamente intricadas y detalladas que narraban épicas historias antiquísimas, y adornaban la entrada a la Rectoría. Hal sintió como aquel sentimiento de importancia que aparentemente le habían dado se desvanecía. Pero realmente no importaba, la casualidad lo había elegido a él, y cumplir con su misión era todo el prestigio que necesitaba. -Bueno… Supongo que no hay nadie más irrelevante que yo a los ojos de fuerzas caóticas que quieran robar un preciado artefacto. Si un mago me viera, pensaría que con mucha suerte hago trucos en las aldeas a cambio de céntimos de cobre.- El Archimaestre Hugo alzó la ceja, hasta ese momento no se había dado cuenta –Ah… Portas el don blanco. No te preocupes. Los dones no son más que el canal por el cual nosotros aprendemos una forma de magia con mayor simpleza, podrías aprender cualquier otra especialización si el Don Blanco te parece mundano- -Lo he intentado… Y no ha salido muy bien- Los intentos, que se contaban por docenas, siempre habían terminado en fracasos estrepitosos donde la Magia que Hal trata de comprender usualmente daba por resultado explosiones de caos puro. Las leyes naturales no servían a su voluntad, y cada vez que trataba de doblegarlas, solo se doblegaba su voluntad. El Archimago se sintió un poco mal por el estudiante, sin embargo, Hal solo sería uno de los cientos que a pesar de haber nacido con algún don, no eran más que simples magos de circo, que con suerte y esfuerzo podían encender una llama en la palma de sus manos, o hacer levitar alguna piedra. La gran mayoría de los acólitos en una Academia Arcana terminaban trabajando en empleos normales al no poder graduarse como Magos, aplicando apenas pizcas de magia maltrecha a sus obras mundanas, o directamente olvidando para siempre todo poder arcano. El azar parecía ser la ley a la hora de estudiar magia, puesto que algunos acólitos sin dones mostraban aptitudes únicas, y otros con dones magníficos, como el Azul o el Dorado, no pasaban a Bachilleres jamás. No hubo mucha charla después de eso, más que alguna pregunta suelta por parte de Fenris como “¿Qué es eso?” o “¿Cuánto tiempo tiene eso?” en referencia a los cientos de artefactos que flanqueaban las habitaciones, corredores y muros. El grupo subió por una amplia escalera de caracol desde la cual se observaban los distintos pisos de la Rectoría según ascendían. Un inmenso tragaluz coronaba el techo, y los cristales formaban, como no podía ser de otra forma, el escudo de la Academia; Una flama azul sobre dos picos cruzados y un pergamino ardiente encima, todo rodeado por rosas arcoíris. La escalera terminó en un largo pasillo, rodeado de armaduras únicas, cada una perteneciente a una cultura diferente. Eran provenientes de todos los rincones de Castelia. Hal reconoció tan solo la Armadura Roja y Negra con un corazón tallado en la coraza del pecho, partido en dos por una corona de espinos; Era una armadura de Koronearth, tal vez de siglos de antigüedad, de cuando la Dinastía Azsuria aún gobernaba, librando salvajes guerras de conquista. Al final del corredor se encontraba una puerta doble, con dos escudos: En la derecha estaba el escudo de la Academia, y en la izquierda, un simple escudo azul, sin ninguna heráldica, el escudo del Archimago Rector de la Academia, el escudo de Maccrog Safir. El archimago Ferro era el único allí con el derecho de interrumpir al Rector, por lo que se adelantó al resto. Tras Hal y Fenris se encontraban dos pequeños Acólitos, cargando por las hazas el ornamentado cofre misterioso. Tenían las cabezas gachas y no emitían ningún sonido, tal cual como debían hacer frente a sus superiores. Hal vio que uno tenía los iris color Rojo carmesí, pero el otro no mostraba ningún brillo “-El Don rojo, y una persona normal. Tal vez ese niño mundano termine siendo archimago, y el dotado acabe en las cocinas, si tiene suerte… Igual que yo…-“. Una fuerte presencia mágica se hizo notar en el Archimago Ferro, correspondida de inmediato por la apertura de las puertas lenta y dramáticamente. Ferro abrió la marcha al interior de la Oficina de Safir, seguido por Hal y Fenris, y tras ellos los pequeños acólitos. Era un espacio circular, macizo, inundado de bibliotecas meticulosamente ordenadas que ascendían hasta el techo. Los arcos estaban pintados magníficamente con fantásticas escenas míticas protagonizadas por famosos magos del pasado. El piso estaba cubierto por una alfombra de una sola pieza, tan inmensa que bien podría haber servido como carpa para un grupo de soldados, y tan intrincada en su tejido que bien podría pertenecer a un Rey. El Archimago Safir se encontraba de espaldas en el balcón tras su escritorio, observando el cielo estrellado más allá del horizonte. La magna muralla no parecía más que un montículo de rocas desde aquella altura. -Rector- Dijo Ferro con una prolongada reverencia –Han llegado- -Rector- Secundó Hal. Fenris estuvo un tiempo dudando sobre qué hacer, hasta que finalmente la reverencia de los magos acabó y no hizo nada. El Archimago Rector Safir se dio la vuelta lentamente. La luz de la luna hizo que sus ojos azules cual gemas brillaran, soltando un leve resplandor contrastando con la nívea máscara que ocultaba todas sus facciones. Estaba ataviado con una túnica azul de capucha, bellamente ornamentada con hilo de oro, y el escudo de la academia en el corazón. Portaba dos guantes blancos de seda, que le daban un aspecto inhumano. Parecía un ominoso espectro bajo la túnica en lugar de un anciano maestro de las artes arcanas. Con pasos firmes rodeó su escritorio e hizo una seña a los acólitos, que rápidamente depositaron entre ambas partes el cofre. Con otra seña, los grisáceos aprendices se desvanecieron a toda prisa por el pasillo y escaleras abajo, aquello no les incumbía. Safir no dijo una sola palabra, tan solo extendió la mano enguantada a Hal, quien se arrodilló, y le entregó el pergamino intacto al Gran Mago. El lacre crujió al romperse. Mientras el Archimago leía su contenido, hubo un tenso silencio en la gran oficina, donde solo habitaba el soplo eventual de la brisa a través del balcón. Los zafiros que el Safir tenía por ojos se movían de un lado a otro bajo su máscara, con cada vez más rapidez, hasta que terminó todo el mensaje. Un gesto tan simple como dejar caer el pergamino, hizo que todos los presentes se exaltaran. Hal y Ferro cruzaron miradas. -No…- Emanó como un suspiro moribundo debajo la máscara. Safir se quitó los guantes con brusquedad, arrojándolos a un lado. Se dejó caer de rodillas frente al cofre y tomó, desesperado, el candado de combinación. Tres movimientos ágiles hicieron brillar el metal, que se disolvió en polvo al instante. El archimago apartó los seguros y posó cada mano a los costados del cofre. Hal, Ferro y hasta el mismo Fenris, que había pasado desapercibido, tenía los ojos tan abiertos como grande era la luna. Cuando Maccrog Safir levantó la tapa, dejándola caer al otro lado, revelando el contenido del cofre, se quitó la máscara de golpe, como quien no pudiese respirar. Ferro, un archimago con tantos años como cualquier otro conocedor de las artes arcanas, veía con la mirada de un niño asustado aquella situación. Safir tenía un gran tatuaje rojo grabado en el rostro: Una línea recta que ascendía hasta su frente, y luego se convertía en un semicírculo bajando por sus sienes. En las partes que no estaban tintadas, cientos, sino miles de pequeñas cicatrices le deformaban el rostro desde la barbilla hasta los párpados. El Rector introdujo sus manos en el cofre, y tan pronto como tocó lo que allí había, una luz roja, violácea y sanguinolenta comenzó a brotar. -No…- Volvió a repetir el Archimago, mientras la luz hacia irradiar su tatuaje -¡No!- Gritó. Las heridas en su cara se abrieron, la carne donde estaba la tinta de repente comenzó a arder. Alzó aquel artefacto: Una esfera de cristal, tan simple, y tan mórbida, grotesca, indescriptiblemente aterradora. Todos allí vieron con horror como Maccrog Safir alzaba sobre su cabeza la esfera, gritando, mientras su rostro se deformaba y la sangre teñía su túnica de carmesí. -Si era cierto…- Lamentó, con horror en la mirada Hugo Ferro, mientras retrocedía temeroso. El miedo había invadido a Hal y Fenris, no podía siquiera moverse, y cuando las manos de Ferro los tomaron por el cuello para jalarlos fuera de la oficina, soltaron un alarido de terror que casi les saca los pulmones del pecho. El Archimago del Don n***o cerró bruscamente tras de sí las puertas, pero Hal alcanzó a ver como Safir, con la mandíbula casi zafada del cráneo, y el rostro semiderretido, se introducía la esfera en la boca. -Corran…- Fue lo único que dijo Ferro, con la mirada alterada y el pulso tembloroso –Sálvense…-
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