El sol aún no había salido, y Skander ya había sido despertado. El propio Tálios, su maestro y erudito, había cambiado su particular forma de actuar, tan relajada y bohemia, adoptando un aspecto tenso y preocupado. El joven príncipe no había tenido tiempo de vestirse mejor que con un jubón delgado, unos pantalones sueltos y las primeras botas que encontró. Lo único que revelaba su estatus, era la espada que le colgaba del cinto, y un anillo en su anular derecho, portando el sello de la Casa Sigmeier en oro rojo.
Skander Sigmeier tenía los ojos avellana, gozaba de una altura de un metro setenta y cinco, y lacios mechones rubios. Era de cara afable y gran sonrisa, descrito por todos como “Más parecido a su madre que a su padre”. Tenía apenas 17 años, lo que lo convertía en heredero de los dominios de su padre, solo seguido por su hermana Sharíz.
Bajó a toda prisa por la escalera, dormía en sus aposentos en el tercer piso, y por la naturaleza fortificada del Castillo, los pasillos eran estrechos y laberinticos. Aún así se las arregló para llegar al patio de armas tan pronto como el rastrillo comenzó a ser levantado. Eran docenas, y no paraban de llegar.
-¿Cómo pasó esto, perdieron?- Preguntó Skander, atónito, a Tálios.
El hombre de barba blanca y cabeza calva, que estaba por cumplir 47, volvió la mirada a su pupilo –Los hombres dicen cosas… No hablan de una derrota, sino de una masacre. Pero no a manos de un ejército, sino…-
Un grito atronador hizo que todos voltearan a ver. Se trataba de un hombre, uno de los soldados que habían llegado. Tenía el rostro ensangrentado, le faltaban varios dedos en las manos y una herida abierta del hombro al pezón todavía chorreaba sangre.
-¡La mujer! ¡Vendrá! ¡ELLA VENDRÁ!- Gritaba sin sentido, emanando espuma sanguinolenta de la boca.
Dos guardias trataron de someterlo, pero la locura y de aquel hombre le había conferido una fuerza impropia de su malherido estado.
-¡Los mató a todos!- Rugía -¡Los mató y se bañó con su sangre! ¡Quería que viéramos!-Algunas mujeres del servicio que auxiliaban como podían a los hombres también entraron en pánico, y no hicieron más que correr despavoridas, hasta los propios guardias tenían miedo de acercarse.
-¡Sométanlo!- Gritó Skander con la mano en el pomo, pero aun con cuatro hombres encima, el soldado enloquecido se logró liberar, arrojando a todos al suelo, corriendo directamente contra el Príncipe.
Antes de que Skander pudiera desenfundar su arma para hacerle frente, una lanza brotó por la espalda del hombre, parándolo en seco. Tálios había despojado a uno de los soldados de su arma, deteniendo a menos de un metro de Skander a aquel desquiciado. Le había atravesado el corazón, pero aún así el hombre tuvo la fuerza para alzar la mirada, con empapado de sudor y sangre, sus ojos brotados y el miedo superando incluso al dolor.
-Ella vendrá, ella vendrá, ella vendrá, ella ven…- Su voz cesó ahogada por una arcada de sangre, y finalmente murió. Tálios soltó el asta de la lanza y el hombre cayó al suelo, inerte, formando un cargo de sangre oscura sobre los adoquines.
El príncipe estaba tan blanco como la luna que se escondía en el occidente. Si no fuera porque su mano derecha estaba soldada alrededor del mango de la espada, hubiera revelado el notorio temblor que tenía a causa del pánico.
-¿Quién vendrá?- Preguntó Skandar, a nadie en particular, aún en shock, pero Tálios le respondió.
-Nadie. Solo era un loco. Los hombres pierden la cabeza tras la batalla, y los inocentes lo pagan- Los guardias recogieron el cuerpo, dejando una mancha roja como el trazo de un pincel sobre los adoquines. El erudito se acercó al joven príncipe –Si quiere vuelva adentro, yo me encargaré de organizar a los heridos- dijo en voz baja.
-No- Skandar tragó saliva –No… Ayudaré. Son los soldados de mi padre, y míos por derecho. Debo Deben ver a su príncipe firme, incluso en la derrota- Tálios le dedicó una mirada cálida y asintió.
La luz del alba bañó los muros exteriores del castillo, y la brisa marina hizo flamear las banderas carmesíes de los Sigmeier. El tridente y el sable cruzados, en dorado, eran el símbolo de la dinastía, gobernantes de Puerto Celeste hacía solo tres generaciones. Sangre joven gobernando sobre una tierra antigua y estoica.
El castillo se ubicaba a un flanco de la pequeña ciudad costera, sobre una colina con un camino paralelo al de Puerto Celeste, pero que se unía para dirigirse más al sur. Por ese mismo camino, cada veinte o treinta metros se encontraba un soldado, con lanza, escudo, arco, a caballo o a pie, arrastrándose o siendo llevado por un compañero, aún con heridas abiertas o directamente condenado a morir incluso antes de llegar a las puertas del castillo. Eran cientos. Solo unas docenas tenían los colores carmesíes y dorados de las tropas regulares que el Barón Gerald Sigmeier, padre de Skander, rumbo a la batalla. El resto eran tropas de otros lugares; aliados, mercenarios, levas, que habían partido a la batalla más al sur en contra del llamado “Pacto de los Doce Marqueses”. La moribunda procesión era deprimente. Gentes de Puerto Celeste habían salido en auxilio de algunos heridos, buscando a sus hijos, esposos, hermanos, padres, con la esperanza de que al menos, sin un brazo, una piedra, un ojo, volvieran, pero con sus vidas intactas.
Skander se había puesto la Corona de Príncipe, una Capa roja con el blasón de su casa, y había montado a caballo dirigiendo una pequeña caravana de carretas, corceles, asnos, y una escolta de guardias. Sabía bien que más allá de donde le alcanzaba la vista se encontraban muchos más heridos, moribundos, y otros tantos que ni siquiera habían podido llegar a los dominios de su padre. Cuando una carreta se llenaba de heridos, la despechaba junto con dos guardias a caballo que abrían el camino, y pronto, le faltaron carros para llevar a los heridos y moribundos.
Hasta ese momento Skander no se había preguntado por su padre. El panorama desolador y el miedo que sintió la otra noche le habían abrumado la cabeza. Tálios bien lo sabía con solo ver la cara de su joven pupilo; Su mirada apagada, sus parpados brillantes y medio cerrados, el cabello que le caía por la frente sin intención de ser apartado. Parecía que había sido él quien fuera derrotado en batalla, y no su padre.
“-Se siente responsable-“ Razonó el viejo.
-Habrá que instalar un campamento, y solicitar a todos los hospicios del puerto que colaboren- Tálios realmente no parecía un erudito a cargo de un joven príncipe; Iba vestido con una túnica gris de lana y tejido grueso, con una cama vieja y botas de cuero duro. Solamente el broche del tridente y el sable en su capa lo identificaban como sirviente de la Casa Sigmeier, pero poco más –Con tantos heridos la enfermedad puede brotar de un día para otro. Tendremos que quemar los cuerpos-
Habían cabalgado ya casi un kilometro, y los hombres no dejaban de aparecer en el horizonte. Uno de ellos, cojeando, se apoyaba en un raído estandarte rojo y dorado. Habría pasado por cualquier otro moribundo y ensangrentado soldado, pero en su mano izquierda, en la faltaba el meñique, Skander pudo ver un anillo, un anillo de oro rojo.
Tálios apenas se dio cuenta de que Skander se había detenido y había bajado del caballo cuando escuchó su voz.
-¡Primo!- Gritó Skander, poniendo sus manos en la cara del hombre, apartándole el sanguinolento cabello del rostro, mirándolo directamente a los ojos -¡Derrick! ¡Derrick mírame!- El hombre, quien era apenas unos centímetros más bajo que Skander, tenía la mirada perdida.
Derrick Sigmeier era primo de Skander y sobrino de su padre, con veintitrés años había sido nombrado Caballero y Capitán de toda una compañía, además de aprendiz en tácticas militares por parte del mismísimo Barón. Ahora, no parecía más que un moribundo soldado maltrecho, que apenas podía mantenerse de pie.
-¿Skan...?- Quiso decir Derrick, pero se desvaneció. Cayó a un lado del camino y junto a él, cayó el estandarte.
-¡Derrick!- Gritó desesperado Skander.
Tálios corrió en su auxilio y con un silbido estridente llamó a los jinetes que los escoltaban, quienes acudieron a toda prisa.
-Príncipe, apártese un momento, déjeme revisarlo- El erudito no era llamado así por capricho; Se decía que Tálios sin Casa era, probablemente, el hombre más sabio en toda Córdinca, aún sin haber estudiado jamás en una Academia formal, ni en una de Magia. La curación estaba entre sus dones, para suerte de muchos, y de Derrick –Respira- Afirmó revisando al herido caballero –Su pulso es débil, no hay fiebre. No veo ninguna herida grave…- Los guardias a caballo había llegado, desmontando y acercándose al erudito –Ayúdenme a subirlo a mi caballo, con mucho cuidado-
Tálios, Skander y la escolta, llevando al desmayado Derrick cabalgaron de vuelta al castillo. Algunos hombres se hacían a un lado, lentamente y con dolor, al grito de los jinetes que abrían la marcha, otros simplemente no podían o no estaban conscientes para acatar ninguna orden, a pesar de seguir caminando, por lo que había que esquivarlos.
Skander fue el primero en bajar de su montura cuando alcanzaron el patio de armas, corriendo hacia el caballo de Tálios para ayudarle con su primo. El lugar estaba ya abarrotado de hombres heridos, agotados, moribundos, y algunos probablemente muertos. Los sirvientes corrían de un lado a otro con agua, comida, vendajes, ungüentos, medicinas, y cada tanto llegaba o partía un jinete rumbo a Puerto Celeste.
Llevaron a Derrick cargado con sumo cuidado hasta el interior del castillo, donde habían improvisado camillas para los nobles, caballeros, o los heridos que requerían alguna atención especial. Dos médicos de Puerto celeste y varios ayudantes se paseaban entre las hileras de mesas, taburetes unidos, o cajas amontonadas para formar camillas. En una esquina, un hombre con el blasón de un cuervo rojo en campo blanco, que por la sangre casi estaba pintado de rojo también, gritaba incoherencias mientras era sometido por dos guardias, y un médico vertía Brebaje del sueño en un trapo para hacerlo dormir. A Derrick lo pusieron sobre una mesa que estaba vacía, con una túnica vieja enrollada como almohada. Skander veía con miedo el deplorable estado en el que se encontraba su primo, y entonces también lo invadió la angustia que hasta entonces había ignorado inconscientemente “-¿Dónde está mi padre?-”. Tálios había salido corriendo entre los pasillos de la fortaleza, para luego volver con un pequeño arcón de madera. Lo puso en el suelo y comenzó a hurgar en su interior. Sonaban como cien botellas de cristal chocando unas con otras, y efectivamente, cuando Skander su asomo sobre el hombro de su tutor, vio el desordenado interior del pequeño cofre, lleno de botellas de todos los colores y formas, tenazas metálicas y pequeñas ollas, rollos de papel y pergamino, amuletos, joyas viejas, e incluso un cuchillo, que el viejo había apartado cuidadosamente para no cortarse por error.
-Aquí está- Dijo con voz apresurada, sacando una botellita con un líquido transparente que parecía aguardiente. Le quitó el corcho, vertió media botella en una ollita metálica y con las tenazas la agarró, llevándola hasta el fuego de uno de los braceros de la habitación.
Los médicos del lugar lo veían con extrañeza, pero lo ignoraban de todas formas.
-Quince, Dieciséis, Diecisiete…- Contaba Tálios mientras el fuego hacía humear el contenido de la ollita –Listo- Apartó las tenazas del fuego y volvió con Derrick –Muy bien Skander, escuchame, necesito ahora que sostengas muy bien la cabeza de tu primo, y no respires. Será mejor que no inhales esto…-
El príncipe obedeció, temeroso de lo que pudiera ocurrir. Inhaló profundo y aguantó la respiración, a la par que sostenía con fuerza la cabeza de Derrick contra la mesa. Tálios acercó lentamente la ollita a la nariz del desmayado caballero, y el vapor no tardó en internarse en ella.
-Uno… Dos… Tres…- Antes de que Tálios dijera cuatro, los ojos azules de Derrick se abrieron como platos, soltando un grito tan fuerte que hizo voltear a todos en la habitación, incluso a aquellos que estaban al borde de la muerte. De no ser por Skander, Derrick habría saltado por los aires en ese mismo instante, aún con todo, se debatió violentamente antes de volver en sí.
-Buenos pulmones. Al menos eso no está dañado- Se mofó el viejo a la par que volvía a echar el contenido de la ollita en el frasco –Ya puedes soltarlo, Skander- El príncipe aún sostenía la cabeza de su pobre primo aprisionada contra la mesa, y a las palabras de Tálios, lo soltó de golpe, apenado.
Derrick tenía el pulso acelerado, estaba asustado, la frente se le había perlado de sudor, como quien acaba de despertar de una pesadilla.
-¿Dónde…?- Preguntó entre jadeos -¿Dónde estoy?-
-En Puerto Celeste, en el castillo de la familia- Le respondió Skander, poniéndole una mano en el hombro.
Derrick quiso acomodarse la melena negra que se corría desordenada por la cara, solo para darse cuenta que le faltaba un dedo. Pero ni eso lo impresionó tanto como ver su mano llena de sangre mezclara con sudor. Cada vez que se pasaba las manos por la cara, más sangre se quitaba. Se le abrieron los ojos de par en par.
-¿Qué me pasó? ¿Mi cara?- Preguntó alterado, intercalando miradas entre Skander y Tálios.
-Tu cara está bien, pareces un tiburón igual que tu padre, esa sangre no es tuya. Fuera de tu mano, no pareces tener ninguna otra herida- Respondió Tálios sin verle, mientras revisaba su cofre buscando alguna otra cosa.
-Primo ¿Qué pasó? ¿Dónde está mi padre?-
-¿Qué paso…?- Repitió Derrick. Por un momento se quedó pensativo, como si no hubiera entendido la pregunta –Muerte… Habíamos llegado al campo de batalla. Mi tío me ordenó que tomara el flanco con mi caballería. Los doce marqueses tenían más números pero estaban en peor posición. Se suponía que teníamos las de ganar… Cuando los ejércitos chocaron yo maniobré con la compañía, estaba en buena posición y me lancé a la carga contra la retaguardia del enemigo. Banderas verdes… Luego apareció ella. Era una luz en medio de la batalla, y como si se hubiera metido en las metes de todos los hombres, nos quedamos quietos, dejamos de luchar, de matarnos. La observamos por tanto tiempo que no nos dimos cuenta que veíamos nuestra muerte. Era una mujer bella y roja… Un demonio en forma de mujer. El miedo nos invadió cuando mostró su verdadera forma, y ni siquiera el más valiente estuvo dispuesto a pelear después de eso, solo queríamos huir, pero ella no nos lo permitió. Solo recuerdo sangre por todos lados, y gritos… Pero no los gritos de los hombres… Sus gritos… Estaban en todos lados, y siguen aquí- Se tocó la sien con el dedo índice.
Tanto Skander como Tálios escucharon atentamente aquel relato. Los soldados podían decir cualquier locura, pero Derrick era un hombre íntegro e inteligente, no cualquier cosa le haría decir esas locuras, además, no era el único que hablaba de una mujer roja.
-¿Y qué pasó con mi padre? ¿Acaso él…?- El príncipe tenía miedo incluso de terminar la oración, como si decirlo lo volviera una realidad.
-No lo sé…- Derrick volvió a recostar su cabeza sobre la almohada improvisada –Mi mente está vacía después de la batalla. Todo lo que recuerdo es el camino. Caminé todo ese día, y toda la noche, hasta que me encontraste. Ni siquiera recuerdo dónde quedó mi caballo… Mi tío… Estaba en la retaguardia con una reserva de caballería pesada, iba a usarla para decidir la batalla cuando rompiéramos el centro… Tal vez pudo huir-
-Si es así, debo encontrarlo. Tomaré un caballo e iré al sur. Si lo que dices es cierto, el Pacto de los doce debe estar extinto a estas alturas. No me importa si un demonio ronda por ahí.- Por primera vez en todo el día, la voz de Skander sonaba decidida, propia de un príncipe.
-Skander, no- Dijo Tálios, con tono firme –Yo le debo tanto a tu padre como cualquiera, y créeme que si pudiera agitar mis manos y como los magos hacer que volviera sano y salvo, lo haría, pero mira a tu alrededor- El viejo extendió las manos señalando la cámara entera, llena de moribundos –Cinco mil hombres iban en ese ejército, mil de ellos con el blasón de tu casa. Caballeros, hombres de armas, soldados de profesión más diestros y fuertes que tú. Todos ellos, los que sobrevivieron, están temblando y meándose encima por lo que sea que hayan visto en ese campo de batalla. No puedo dejar que te vayas-
-No tienes derecho a decirle a un hijo cómo actuar cuando la vida de su padre está en juego-
-Pero sí tengo las palabras de tu padre, sobre cómo actuar en la protección de su hijo en caso de que faltara. Tu padre es un hombre estoico y fiero, y los hombres que lo acompañaban darían su vida por él en cualquier momento. Si está con vida, está a salvo. Y si no, no hay razón para que te arriesgues. En lo que concierne a la situación de Puerto Celeste, tú eres su Señor, y debes velar por sus almas-
Skander guardó silencio un momento.
-Está bien, Tálios…-
-Enviaré una partida de exploradores al sur para que encaminen a los rezagados y busquen al Barón Sigmeier. Mientras tanto, Príncipe, come algo. Desde que comenzó este día ni siquiera te he visto probar un trago de agua.-
-Debería…- Asintió Skander con algo de pesar, sintiendo como el estómago le rugía, y dándose cuenta de lo seca que tenía la boca –Derrick ¿Estarás bien?-
El caballero exhaló –Supongo. Aunque casi no siento las piernas. Caminé por casi un día entero sin detenerme… Solo quiero descansar…-
Tanto el Erudito como el Príncipe se despidieron del joven caballero. Skander subió a la muralla con un plato de sopa, un pan, y un tarro de jugo de limón. El sol casi se posaba en la mitad del cielo, y por el camino del sur comenzaban a desaparecer los soldados moribundos. Solo quedaban junto al camino estandartes raidos y ensangrentados de diversos dominios, las lanzas rotas en las que algunos se habían apoyado para caminar, y un caballo muerto, que había llevado a su propietario con una flecha en la grupa todo el camino hasta que se rindió, a solo medio kilometro de las puertas de la fortaleza.
Un improvisado campamento se comenzaba a erigir a cincuenta metros de los muros, bajo las órdenes del mayordomo del castillo, Edwind Krall, un hombre anciano de pelo largo y rostro afeitado, con el cabello entre n***o y gris, con sus hombros anchos y pecho fuerte. Había comenzado a trabajar para el Abuelo de Skander como herrero, y se había ganado la posición de Mayordomo gracias a su amor por el trabajo duro. Incluso a sus sesenta años se encontraba entre los campesinos y guardias, levantando pabellones, clavando estacas y moviendo materiales, con una voz de Sargento indiscutible, a pesar de que admitía no ser muy bueno peleando.
Cuando el príncipe terminó la comida, fue a ver a Tálios. Estaba administrándole un brebaje para el dolor a un caballero con túnica rosa adornada por tres flores negras. Tenía el brazo derecho hecho añicos, y apenas lo podía mover, además de que le faltaba una oreja. Cuando el erudito terminó de atender al caballero, saludó a Skander.
-¿Comiste algo?-
-Sí, gracias. Ya dejaron de llegar ¿Cuántos son?-
-122 del Ejército de tu padre, incluyendo a tu primo. 417 soldados y 23 caballeros de los aliados, y 14 ballesteros mercenarios. En total 576. Ya van 67 muertos, pero la mayoría de los que quedan con vida deberían sobrevivir. Edwind ordenó a los siervos construir una fosa para quemar a los fallecidos, pero algunos ciudadanos quieren enterrar particularmente a sus familiares-
-Que lo hagan. Es lo menos que podemos darles a cambio de sus hombres-
Tálios asintió –Envié al grupo de búsqueda, además envié aves a la Baronía de Hildegard, al Condado de Grozyn y a la Ciudad de Horia. La noticia de que solo sobrevivió una décima parte de todo el ejército no les caerá nada bien. El hijo del Barón de Hildegard está entre los sobrevivientes, milagrosamente, pero perdió el ojo izquierdo, además de que tendrá que vivir con una cicatriz desde la oreja a la frente, aún así, vivirá. De resto, no tenemos noticia alguna del Conde de Grozyn ni del General que enviaron al mando del Ejército de Horia… Honestamente no sabía qué escribir en las cartas ¿Cómo les explicamos a nuestros aliados que un Demonio en forma de mujer arrasó con más de diez mil hombres entre dos ejércitos? Sin embargo, eso les dije. Y al menos el Príncipe de Hildegard es testigo de ello.-
-No creo que haya forma adecuada de decir eso. Solo esperemos que no lo vean como algún intento de traición. Mi padre decía que la única razón por la que Hildegard y Grozyn se aliaron con nosotros, era por la enemistad común con el pacto. Mientras que Horia solo quería beneficiarse del botín.-
-Solo nos queda aguardar-
-Cier…- Skander fue interrumpido de golpe por la voz de uno de sus guardas desde el muro.
-¡Mi señor! Se acerca un grupo grande de soldados- Rápidamente, el resto de guardias tomó lanzas y arcos para tomar sus posiciones en el muro.
Skander subió de dos en dos los escalones a la muralla para poder observar con claridad quién se acercaba, y dar órdenes en consecuencia. Pudo identificar sin lugar a dudas un el estandarte rojo carmesí con el tridente y sable cruzados, ondeando en alto en las manos de un hombre que abría la marcha del resto. No era sencillo identificarlos, pero se trataban de casi cincuenta, formados alrededor de una carreta tirada por un único caballo.
-Los caballos ¡Pronto!- La voz del príncipe rugió, y sus guardias se corrieron en consecuencia, apresurados a ensillar monturas.
Tálios había llegado a las almenas al momento que Skander daba la orden, y cuando vio hacia el sur, hacia la pequeña hueste y los estandartes, entendió a la perfección porque el Príncipe tenía aquella mirada. Skander volteó a ver a su tutor. Su corazón probablemente latía bajo la presión de una mano invisible que lo apretaba con violencia. Ninguno dijo nada.
Una docena de jinetes con estandartes dorados y carmesí salieron bajo el rastrillo a todo galope. Edwind Krall apenas y vio de reojo al Príncipe a lomos de un corcel pardo, como si cargara contra el enemigo, compitiéndole al viento en velocidad. Tras él estaba Tálios, que se esforzaba por seguirlo, y la simbólica escolta, que apenas y les daba alcance a los dos hombres.
Tras casi un minuto de Galope, que para Skander debieron ser horas sino días, llegaron frente a los soldados. Todos ellos llevaban capas rojas con bordes dorados, algunas ensangrentadas, otras quemadas y desgarradas. Las armaduras de algunos estaban machulladas, rotas. La mitad no tenía siquiera la espada en la funda, y el resto estaban heridos a tal punto que era milagroso que hubieran mantenido la caminata. Ninguno eran joven, todos eran hombres de armas que conocía bien, la crema y nata de la Guardia del Barón Sigmeier. El hombre que cargaba el blasón de la casa echó la rodilla al suelo, apoyándose en el asta de su bandera, jadeaba, todos jadeaban. Estaban agotados, demacrados. El resto de los soldados acompañó al abanderado, poniendo la rodilla en el suelo a excepción de uno, era el Capitán de la Guardia. La sangre seca le cubría medio rostro, tenía los ojos minados de venillas rojas, y cuando se abrió paso entre sus hombres, apenas y podía hacer otra cosa que cojear, con un gesto de profundo dolor en cada paso. Karl Nashim, apoyado en una lanza rota, se arrodilló con dolor y dificultad frente al Príncipe.
-Barón…- Fue lo que dijo, incapaz de ver a Skander a los ojos.
Esa palabra bastó para quebrar al joven. Rodeó al capitán de la guardia y avanzó entre los hombres de capa roja hasta el destartalado carromato. Allí, un único bulto cubierto por la capa Carmesí con el Tridente y Sable cruzados, reposaba inerte. Sobre su pecho estaba la Corona de su padre.