La Doncella de la Guerra

2273 Words
-¡¿Cuándo putas vamos a llegar?!- Gritaba Junn desde la proa. El mar embravecido se embestía contra el casco de la Quimera de Frygil. Las olas rompían y el agua salada llenaba la cubierta de tanto en tanto. Los marinos Reskalienses eran, probablemente, los más curtidos, fieros y estoicos hombres que jamás se hubieran lanzado a la mar, pero incluso en ese momento, luchaban contra las velas, los amarres y el timón. -¡¿Qué?! ¡No te escucho, carajo!- Respondió Cid Mossberg, el capitán de toda la flotilla Reskaliense, mientras se debatía con el timón tratando de sortear una gran ola. En otoño los marinos de Reskaliav no solían salir a la mar. Sus pequeños barcos, rápidos y ágiles, de poco calado y generalmente solo una vela, podían ser engullidos por una ola que a las Galeras Merídianas, Terracastelas o Mariensis ni siquiera harían que sus cascos se inclinaran demasiado. Además, durante el otoño e inviernos había poco comercio marítimo, mucho menos en las regiones del norte. Pero los Azsuria siempre tenían sed de guerra, y por ende, siempre pagaban bien. Junn, como la apodaban, o Junnita de la Casa Azsuria, era un mujer joven, de veintitrés años, que si la hubieran llamado hermosa probablemente se habría reído y hubiera escupido a quien tratara de elogiarla. Tenía el cabello castaño corto, desarreglado y amarrado en una cola de caballo. Los ojos eran de un marrón intenso, que a la luz parecían de color ámbar, y una perversa sonrisa siempre le brillaba en el rostro, particularmente cuando tenía un arma en la mano. Era alta, de metro setenta y dos, y el rostro pálido salpicado por pecas le daban un aspecto casi impropio de alguien que iba ataviada con hombreras de acero, chaleco de cuero y una espada corta al cinto. Era la más joven hija del Duque Tiberio Azsuria. Con cuatro hermanos y dos hermanas, así como una buena cantidad de sobrinos, sabía bien que no tendría derecho a ninguna herencia. De niña la enviaron con su Tía hasta Puerto Azsuria, el antiguo dominio de donde era originaria la familia; Una extensa roca estéril llena de niebla, algunas cabras, ruinas y calas donde se la pasaban metidos piratas reskalienses, listos para atacar a quienes cruzaran la costa occidental de Castelia. La familia hacía siglos que no vivía allí realmente, y era conocido que quienes heredaban aquella isla, eran desdichados sin suerte, o exiliados dentro de la propia rama central de la familia. Gente de la que querían deshacerse. Y generaciones el viejo Castillo del Faro había devorado a todo el que lo habitaba. -¡Que cuanto Fal…! ¡Bah!- Junn soltó el mascarón de proa, una grotesca serpiente de tres cabezas que antaño había tenido algún color, y ahora estaba carcomida por la sal y la humedad. Cruzó la cubierta, esquivando a los marinos y sujetándose en el último minuto de una cuerda suelta antes de caer al suelo cuando la Quimera impactó de lleno contra una ola que levantó la proa algunos metros del agua antes de volver a caer -¡Cuánto falta!- Volvió a gritar una vez estuvo ante el castillo de popa. -¡Una hora, tal vez más!- Le respondió el Capitán Cid, pasándose los dedos por los ojos para sacarse el agua marina –La tormenta nos desvió varias leguas. Si seguíamos rectos lo más probable es que el oleaje nos hundiera- -¡Maldita sea! Creí que los follosos de Reskaliav sabían navegar por donde sea- -Sé navegar por una maldita tormenta, puta del continente. Pero todavía no engendro suficientes hijos para morir. A menos que quieras ayudarme con eso, déjame hacer mi puto trabajo- Otra ola rompió con violencia en el casco, alzando una cortina de agua que bañó toda la cubierta. La lluvia caía prácticamente de costado, y los vientos hinchaban la vela roja como el vientre de una embarazada a punto de dar a luz. Los navíos que componían la flotilla los seguían de cerca; el Rugido Abismal, la Princesa Guerra, y la Puta de Skir. Todos ellos tenían más o menos el mismo aspecto de la Quimera de Frygil, pero cambiaban tanto los colores de las velas, siempre chillones y brillantes, como el diseño del mascarón, con una figura que hiciera honor al nombre del navío. -Ojalá te ahogues, eunuco isleño- -Si me ahogo, probablemente todos ustedes también- Respondió el barbón marino Reskaliense mientras reía. Junnita bajó a la cubierta inferior. El agua le llegaba al tobillo, y se sacudía con la misma violencia que las olas cada vez que el barco adoptaba una posición más abrupta. Dentro, apenas iluminados por unas cuantas lámparas de mineral ígneo dentro de jaulas clavadas a las vigas del barco, se encontraban los compañeros de Junnita; La compañía de la Rosa. Algunos estaban mareados, aferrados a su equipaje o como percebes pegados al casco y las vigas. Eran una docena, y en las otras naves viajaban más. Con ella, sumaban cincuenta miembros que viajaban a las Tierras Salvajes, más allá de las montañas de la Discordia. -¿Qué averiguó, capitana?- Preguntó Frida Lotarenz, arquera y especialista en exploración, pero apenas una niña de diecisiete años -¿Llegaremos pronto?- -Una hora, tal vez más. La tormenta nos desvió y parece que si no queremos dormir con las sirenas, tendremos que esperar a que ellos resuelvan esto.- Junn buscó un lugar para sentarse, entre una caja y una viga, a la luz de un farolillo. -No confío en estos piratas…- Dijo Paulus Hoth, un viejo guardia del castillo ya con el cabello entrecano, que se había integrado a la Compañía en busca de dinero suficiente para comprar una casa y retirarse. Diestro con la lanza, pero no destacaba en nada más –Más de una vez me tocó luchar contra ellos en sus incursiones al Puerto- -Y más de una vez devolvimos barcos llenos de cabezas y espadas rotas a sus islas. Cuando quedaba alguno vivo para enviar devuelta.- Acotó Junn –Además, en Reskaliav hay como cien pequeños reinos y muchos más clanes, todos ellos matándose mutuamente y cuando no, zarpando para violar y saquear, en otras palabras, son más animales que gente ¿Te puedes molestar con un animal por ser como es?- -Tampoco puedes confiar en un animal- -No, pero los necesitas. Para comer, para moverte, para cazar.- -¿Te quieres comer a un Reskaliense?- Preguntó Frederick Olh, el mago de la compañía, que por alguna razón tenía la manía de acercarse sin avisar. -Por los putos dioses- Se quejó Junn sobresaltada –Te juro que vuelves a hacer eso y te castro, maldito ojos rojos- -Tranquila tranquila, mi señora. Aprecio bastante mi escroto como para volver a cometer tal acto indecoroso- El tono burlón acompañado de la mueca que formaba su barba cuando sonreía sin mostrar los dientes tenía cierto atractivo, sin contar con el furtivo resplandor de sus ojos escarlata. -Bien…- Junnita volteó a todos lados, buscando con la mirada -¿Dónde está Mac?- Paulus hizo un gesto con la cabeza, señalando al fondo de la cubierta, entre las cajas de suministros, cuerdas y materiales que cargaban en la nave. Allí, escondido en la oscuridad, se encontraba Ulanius Macdonell, un muchacho gigantón en sus veintes, con la cabeza rapada y las mejillas de un bebé. Medía casi dos metros de altura, pero estaba hecho un ovillo montado sobre un gran rollo de cuerda, tratando inútilmente de evitar el agua que se filtraba a la cubierta inferior. Cuando Junn se acercó, el muchacho ni siquiera alzó la vista. Estaba claramente aterrado, y no se preocupaba en demostrarlo. -N-no… No me gusta el mar- Negó fuerte con la cabeza mientras repetía esa frase una y otra vez. Su voz gruesa pero bobalicona lo hacía parecer retrasado, y había quien decía que lo era, pero nunca en su presencia –Estaba mejor en las montañas, sí, allí. Las cabras nunca se acercan al mar, y las cabras son muy inteligentes, por algo es- Ulanius pertenecía a uno de los antiguos clanes que vivían en Isla Gris, la roca fea donde se asentarían los nobles Azsuria hacía cuatro siglos. Eran gente humilde y atrasada, muchos de ellos vivían en las montañas para protegerse de los asaltos reskalienses, y criaban principalmente cabras. Ulanius quería mucho a las cabras de su familia, y su tarea principal era protegerla de los bandidos que pudieran querer robarlas. Trabajo que ejecutaba a la perfección, pues honestamente nadie quería meterse. Con un gigante armado con un hacha, cuyos brazos fácilmente podían exprimir la última gota de sangre de una cabeza como si se tratara de una fruta madura. -No seas llorón, cuando lleguemos a tierra podrás usar tu fuerza sin que nadie te detenga, y con lo que consigas en botín, podrás comprar muchas cabras ¿No te apetece?- Junnita trataba de calmar al grandulón. Lo último que quería era a un gigante con los pantalones meados, aunque a esas alturas nadie se daría cuenta, no quedaba nada seco en aquel barco. -No tendré ninguna cabra si me ahogo- La sola idea de caer al mar había aterrado tanto a Ulanius que tan pronto como abandonaron Puerto Azsuria, se metió bajo cubierta y no salió ni una sola vez. -No te vas a ahogar. Con lo gordo que eres seguramente flotarías- Intervino Frederick desde el otro extremo de la cubierta. -Ya vamos a llegar- Aseguró Junn al gigantón mientras se disponía a volver a su sitio. La Compañía de la Rosa realmente nunca había luchado junta antes. Eran una suerte de mercenarios, milicianos, campesinos, bandidos y guardias del castillo que se habían unido, junto a algún conocido de Junnita, para buscar mejor suerte en Las Tierras Salvajes. Allí, cientos de compañías mercenarias de Córdinca, Terracastel y Mariensis ofrecían sus servicios a las tribus y cacicazgos locales en sus constantes guerras. Algunos capitanes incluso terminaban asentándose en aquella tierra inhóspita y cambiante. Era un lugar lleno de colinas, pantanos, bosques, montañas solitarias y yermas, separado del resto del continente por una Sierra conocida como las Montañas de la Discordia, desde donde los salvajes comúnmente lanzaban ataques a los feudos fronterizos de Córdinca y las aldeas de Terracastel. No había muchos minerales en la región, el ganado abundaba poco y los locales no tenían ni la más mínima intención por organizarse en algo parecido a un Reino. Desde Reskaliav y Merídia siempre partían naves esclavistas que volvían a sus respectivas islas con salvajes velludos de piel curtida por la brisa, muchos de ellos con ojos verdes y cabello rojo, lo que los hacía extravagantes a los ojos de Lores del comercio y patrones navieros en el Mar de Oro, en particular sus mujeres, que de fieras pasaban a sumisas mediante un proceso cuando menos inhumano antes de ser vendidas, aunque algunos compradores preferían domarlas ellos mismos. Al paso de no una, sino dos horas, una gran ola encaró a la Quimera de Frygil y sus naves hermanas, haciendo ascender a cuarenta y cinco grados el barco, tan empinado que por un momento el mismo Mossberg creyó que allí terminaría su travesía, pero todos los barcos lograron alcanzar la cresta, bajando a toda velocidad retornando al nivel común del mar, como si hubiera cruzado una muralla que separaba el infierno marítimo con aguas más pacíficas. Dentro de la Quimera, todos habían quedado hechos sopa. El propio Ulanius estuvo por ahogarse en el agua filtrada antes de que el barco pusiera su proa nuevamente hacia abajo. Junnita salió de la cubierta inferior con ansias de cortarle el cuello a Cid, pero en ese instante escucho el graznido de un albatros. Volteó hacia donde estaba la aberrante criatura de tres cabezas en la proa, y finalmente pudo observar la playa, tan cerca que podía ver su arena grisácea llena de guijarros, un sitio horriblemente hermoso, tan atractivo como un pan mohoso a los ojos de un hambriento. Se echó los dedos a la boca y largó un silbido estridente. -¡Muchachos! Vengan a ver esto- Gritó asomando la cabeza por la escalera que daba a la cubierta inferior. Rápidamente Frida, Paulus, Frederick y los otros ocho mercenarios que iban a bordo salieron. Ulanius se tardó un poco más. Asomó su cabeza rapada y maciza como un topo enorme por la escotilla, pero cuando vio a las aves rondando el barco, el cielo azul poco a poco despejándose, y la costa tan cercana, salió corriendo a la cubierta superior, con una sonrisa de par en par. -¡Tierra! ¡Hay tierra delante!- Exclamó lo obvio, con la alegría de un niño -¿Qué esperan? ¡Vamos a tierra!- Como si el gigantón hubiera sido el capitán, y Cid solamente un marinero más, el reskaliense lanzó dos silbidos cortos y rugió “¡Recojan la vela, a los remos!”. Los empapados marineros, aunque agotados, obedecieron con diligencia. Recogieron de babor y estribor seis remos en cada lado, los pusieron en sus lugares y tomaron sus asientos. -¡Uno!- Gritó Cid, haciendo que los marinos se inclinaran hacia atrás y los remos hacia delante -¡Dos!- Siguió. Los hombres metieron los remos al agua y con fuerza empujaron -¡Tres!- Sacaron los remos y ya sin ordenes, al unísono, todos volvieron a repetir el proceso, con un ritmo impresionante. La Quimera agarró impulso mientras dos marinos recogían la vela roja. El resto de barcos hicieron el mismo proceso. Finalmente todos se acercaban a su destino, pero la tormenta real estaba por comenzar. Pronto la Compañía de la Rosa se bautizaría con sangre y muerte.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD