Marie veía la luna creciente en el cielo, era la única luz que iluminaba las calles desiertas de Alcázar del Gigante. Habían pasado tres días desde que Gregorius la había echado de Las Joyas. El miedo, más que el orgullo, le impedía volver. Temía que Gregorius tomara represalias contra ella si se acercaba al prostíbulo, si trataba de hablar con las otras chicas, o siquiera si pedía ayuda a algún conocido, pues todos los que conocía ella en Alcázar, eran conocidos de aquel hombre también.
Había sobrevivido las noches anteriores alejada lo más posible de Las Joyas. En los barrios marginales, donde vivían mineros pobres, prostitutas baratas y mendigos, siempre había calderos de sopa con largas filas para los pobres, administrados por algunos religiosos del Gran Templo de Merybald. La sopa que daban allí era de carnes y vegetales, pero carne nunca vio en las tres oportunidades que tuvo para comer tras horas de fila, y los vegetales todos sabían iguales, siendo más pequeños grumos que se disolvían en la boca en lugar de algo que masticar y degustar. Como fuera, a pesar de que no había pasado tanta hambre en los últimos días, Marie empezaba a notarse más demacrada. Era otoño, por lo que faltaba poco para que las nevadas azotaran por completo Alcázar del Gigante y toda la región norte. Marie sabía bien que no iba a sobrevivir durmiendo en callejones durante el invierno, ni aunque contara con una docena de pieles de oso para envolverse, y no contaba con nada más que la ropa negra que llevaba puesta el día que Gregorius la echó. Parecía una especie de desharrapada muñeca de trapo malhecha, flacucha y vestida con telas sucias “–Y lo soy… Solo juegan conmigo hasta que se cansan. Me usan y cuando están satisfechos, se van. Me dejan tirada como el juguete que soy-”.
Una corriente de aire pasó por el callejón. La chica de ónice dormía en el reducido espacio entre una panadería y una casona, acomodada entre dos toneles vacíos y un lecho de paja. El dueño de la panadería era un hombre obeso y amable, muy religioso, pero aún así le había negado cualquier limosna de forma tajante, y el aspecto de prostituta que tenía Marie no le generaba el menor aprecio, sin embargo, no le impedía dormir en aquel lugar, siempre y cuando no le causara ningún problema, ni se pusiera a trabajar en aquel sitio.
“-Ni aunque quisiera podría trabajar…-” La joven pensaba en qué clase de clientes podría tener si recurría, por hambre o desesperación, a volver al oficio que tenía en Las Joyas. Recordaba bien las palabras de Gregorius “Ahora tengo que negociar para que acepten cojerte a cambio de plata”. Y con todo, aún si decidiera aceptar a los seres más miserables a cambio de cobre o comida, siempre estaría el miedo de que Gregorius la descubriera. Los proxenetas de la ciudad se conocían bien, y si alguna chica trabajaba por su cuenta, todos lo sabían. Algunas eran reclutadas, otras, obligadas a irse a las zonas marginales y así no robarles clientela a los locales formales, algunas simplemente desaparecían.
El estómago le rugía por el hambre, pero Marie rió levemente, recostando la cabeza contra un adoquín de la pared que tenía detrás.
-Al menos ya nadie me usa…- Dijo, con tono desdichado pero algo alegre, a la par que pensaba si después de una vida tan miserable, así moriría, vestida como una muñeca vieja y sucia en un callejón, inerte, rodeada por la nieve, con las ratas como las únicas presentes en sus últimos momentos.
Marie abrazó sus rodillas, escondiendo su rostro entre sus piernas. Si hubiera tenido fuerzas hubiera llorado, pero notaba que ya ni siquiera podía hacer eso. Al cabo de un rato, notó que tampoco podía dormir. Volvió a ver la luna, seguía en el mismo lugar. La muchacha se levantó, sacudió la paja de su corto vestido maltrecho, y salió del callejón. No tenía a dónde ir, ni mucho menos sabía qué estaba haciendo, pero no podía estar un minuto más en aquel lugar, en su patética posición fetal, tratando inútilmente de llorar.
Vagó por las calles de Alcázar del Gigante como un alma en pena, casi fundida en el n***o de las sombras gracias a su ropa. A esas altas horas de la noche no quedaba prácticamente nadie. Vio a un perro cruzar de un callejón a otro, deteniéndose apenas para voltear a verla y luego seguir su camino. Más adelante, en una de las plazas de mercado, un niño con una lámpara guiaba a un anciano por una callejuela. Marie siguió calle tras calle, girando aleatoriamente entre una y otra. Realmente no sabía qué hacía, solo seguía hacia delante, tal vez esperando encontrar algo que la hiciera olvidar sus pesares, o una muerte silenciosa entre las sombras de una callejuela solitaria. Cualquier cosa era mejor que el frío de un callejón hediondo.
En dado momento, se topó frente a dos calles que se abrían de par en par, ensanchándose de forma abrupta. Marie alzó la vista y observó un gran muro de piedra oscura frente a ella, coronado por almenas, atalayas y torres, formando un círculo casi perfecto en el centro de las dos calles anchas que lo rodeaban, separándolo varios metros de todo edificio cercano “-El bastión de Isidoro-”, recordó. Había sido construido cuando Alcázar del Gigante comenzaba a florecer. En su momento era la fortaleza que dominaba la colina a los pies del Gigante, dominando todo el terreno despejado hasta los barrancos y bosques del sur. La ciudad misma había devorado la colina, y donde antes había un foso y empalizadas, ahora había dos anchas calles adoquinadas. Aún así, el Bastión dominaba por completo la parte alta de la ciudad, estando a la derecha el Río que bajaba por El Gigante, “La Lengua rota”, como le llamaron. Sin embargo tantas defensas parecían innecesarias, desde que Marie recuerda haber llegado a Alcázar del Gigante, nunca en su vida escuchó de un ataque, un asalto, un asedio, o siquiera una escaramuza en las murallas de la ciudad, ni desde que estaba ella allí, ni en los tiempos pasados. La Ciudad Libre gozaba de una paz inusual para la mayoría de los Dominios en Córdinca.
Marie volteó a ambos lados, que se veían realmente idénticos, y se decantó por la derecha. Caminó, solitaria, por la calle ancha, haciendo un suave eco cuando pisaba. La luna generaba un curioso resplandor en la piedra de la muralla, erguida en vertical a su izquierda, reluciente por el rocío nocturno. La joven siguió su curso, hasta que escuchó un ruido.
-Pss- Sonó a su derecha.
Marie volteó, asustada. Tanto silencio la había dejado desprevenida. Miró a todos lados, a cada edificio al otro lado de la calle, pero no vio a nadie en ninguna ventana ni en ningún camino. La incertidumbre la hizo quedarse mirando por un rato a la nada, pero finalmente volvió a caminar.
-Pssss- Se volvió a escuchar, con más fuerza.
Marie volteó nuevamente.
-¿Quién anda ahí?- Preguntó a nadie en ningún lado. El corazón le latía con fuerza. Tal vez sí encontraría una muerte en la oscuridad, pero allí no había ningún asesino, no había nadie.
-Aquí- Murmuró la voz con un tono de ratón–Aquí abajo-
Marie entonces lo vio. Estaba al nivel del suelo, era tan solo un muchacho. Solo se veía su rostro tras unos gruesos barrotes negros. Sobre él se alzaba un tosco edificio de ladrillos macizos de color arena, coronado por las banderas de la ciudad y una torre. Ni de lejos se asimilaba al Bastión que tenía en frente, pero era igual de alto y macizo. Entre los ladrillos del Muro, Marie identificó el Escudo de la Guardia de la ciudad, grabado con cincel. Era un cuartel, y el muchacho estaba en su sótano.
Se acercó con cautela, un paso tras otro, mientras la mirada del chico no dejaba de seguirla.
-¿Quién eres?- Preguntó Marie, agachándose junto a las rejas.
-Me llamo Lans ¿Y tú?-
-Marie ¿Qué haces ahí?-
El chico entonces se sacudió un poco, haciendo un molesto ruido metálico. Estaba encadenado.
-Vacacionando- Bromeó –Me encerraron por un crimen que no cometí-
-¿Enserio?- Dijo Marie escéptica.
-¿Me creerías si así fuera?-
-Estas encerrado, no creo que nadie te crea nada-
-Cierto, por eso sigo encerrado. Llevo mucho tiempo aquí… ¿Aún es verano?-
-Otoño-
-Con razón hace tanto frío. Los guardias no hablan conmigo, y por el día los guardias ponen un tablón aquí para que nadie en la calle lo haga tampoco. Por las noches lo quitan para que se ventile la celda-
-Que considerados- Dijo Marie con sarcasmo, sentándose de espaldas al muro del Cuartel, junto a la reja.
-Sí. Siempre son considerados con los que van a ejecutar. La otra noche hasta me dieron cerveza para cenar-
A Marie ese último comentario la sobresaltó un poco, más aún por la ligereza con la que se lo tomaba.
-¿Hablas enserio?-
-Sí, no era cerveza muy buena, pero algo es algo-
-No imbécil, sobre tu ejecución-
-Ah, sí. Dicen que será ahorcamiento. ¿Ves ese muro?- Lans señaló la pared del Bastión –Me llevarán hasta allá arriba con una cuerda de buena calidad, me la pondrán en el cuello, y adornaré ese soso muro con mi hermoso cuerpo para el deleite de Mineros y putas. Será todo un honor-
-Pero… ¿Por qué?-
-Por un crimen que no cometí- Sonrió el muchacho.
-¿Seguirás con eso?-
-Bien, te lo contaré. Pero para que me creas, necesito que te acerques-
Marie dudó. Podía ser un truco. No se imaginaba qué podría hacerle un hombre que ni siquiera podía alzar las manos, pero eso no le quitaba el miedo. Al final, se puso de rodillas y acercó la cabeza lo más que pudo a los barrotes.
Lans estaba en la misma posición que antes, con el rostro relajado. Se le notaba un aspecto demacrado; Las mejillas hundidas, piel pálida, una barba rubia grasosa y enmarañada, ojeras y el cabello largo. Aún así, no parecía albergar la particular resignación a morir que tenían muchos otros en su lugar. Marie lo vio con curiosidad, él tenía los ojos cerrados.
-¿Lista?- Lans abrió los ojos y la luz de la luna resplandeció a través de sus irises. El derecho era violeta intenso, y el izquierdo, plateado.
Marie abrió los ojos de par en par.
-Eres un Brujo…- Hasta una simple prostituta pobre conocía las historias sobre aquellos nacidos con los Dones Caóticos, con tendencia a descarriarse del camino correcto que tomaban todos los magos. Se decía que al nacer eran besados por demonios, o que eran engendrados por los mismos. Sus irises brillaban en colores vivos como en todos los magos, pero siempre tenían heterocromía. Los dones caóticos siempre venían en pareja, lo que hacía a los brujos inconfundibles con los magos.
-Tal vez. Naces con los ojos brillantes y vas allá- Lans señaló al norte –A la Academia Arcana, naces con los ojos brillantes pero tienes la desgracia de que no sean del mismo color, y vas allá- Hizo un gesto hacia el este –Al río. No ves a muchos como yo porque la mayoría de las madres tienen más miedo que amor por el fruto de su vientre al ver como brillan estas dos perlas impares. Mi madre, por otro lado, prefirió huir antes que ver como lanzaban a su hijo a la hoguera, o verse obligada a matarlo ella misma. Diría que tuve suerte, pero tener que vivir toda una vida escondido, pensando si lo mejor es sacarte los ojos de las cuencas, no es exactamente una buena vida.-
-¿Cómo te atraparon?-
-Era mercenario. La única forma en la que podía salir al público era con el visor de un casco tapándome el rostro. Era incómodo, pero al menos no tenía que vivir en una cueva. Además, siempre que no hubiera un Mago cerca, podía usar mis poderes para el combate, lo cual me hacía un mercenario muy cotizado. Hasta que me tocó combatir contra un mago. Era una tarea sencilla, se suponía que debía quitarle un objeto raro a un anciano que siempre salía de la ciudad rumbo al bosque, mi contratista, un mercader llamado Solano, me afirmaba que era una pieza que el viejo había robado a su familia. Cuando le pregunté porque necesitaba un mercenario para robarle una barajita a un anciano puso una bolsa de oro frente a mí y me dijo “No más preguntas”. Como idiota que soy, la tomé y no hice más preguntas. Como sea, una noche hace ya varios meses, seguí al anciano fuera de las murallas; tal como me dijo el mercader, iba con un callado, túnica y encorvado, rumbo al bosque por el camino del río, yo pensaba que era un viejo senil para adentrarse entre los árboles sin protección, cualquier cosa en ese bosque podía comérselo, pero no pensaba nada más que en el dinero. Lo seguí hasta que dejé la luz de las almenaras atrás, y me interné en el bosque siguiéndole el rastro…- Lans exhaló, frustrado –Luego lo perdí. Pensé que el viejo me había visto y se había escondido, por lo que comencé a buscar desesperadamente. Me impresionaba que ese encorvado anciano me hubiera visto, pero estaba equivocado. Una luz me llegó de entre los árboles que tenía a mi derecha, y cuando me asomé entre los matorrales, vi al anciano frente a una pequeña roca. No sabía de dónde había sacado un brasero, pero lo alzaba sobre su cabeza mientras decía palabras que no entendía. Luego, la roca, que podría ser cualquier roca del bosque, se iluminó. Un símbolo extraño carmesí, como un pico, acompañado de cientos de líneas sin sentido, emergieron relucientes de la piedra. Me di cuenta muy tarde que se trataba de un mago… O creía que era un mago. No sé cómo, pero mi mirada se quedó atrapada en lo que el anciano hacía. Ni siquiera me había dado cuenta de que ya no estaba encorvado y le faltaba el callado. De su túnica sacó un chuchillo, se apartó la capucha y dejó ver una cabeza calva, llena de cicatrices, con el rostro tapado por una máscara blanca sin expresiones. Metió el cuchillo en el brasero hasta que estuvo al rojo, luego dejó caer el brasero y se quitó la máscara con violencia. Le vi los ojos azules como zafiros brillantes a la luz del fuego, pero por encima de eso, le vi un tatuaje que iba del labio a la frente, exactamente igual al símbolo de la roca, brillando con el mismo tono rojo. El anciano se pasó la hoja por la cara, gritando con dolor más palabras que no entendía. Me sentí abrumado, de una forma que no me había sentido nunca. No era simplemente miedo, podía sentir algo más, la magia en mi cuerpo estaba vibrando como loca, como si latiera descontrolada. Me llevé las manos al rostro cuando sentí un repentino dolor de cabeza, como un latigazo directo a la sien. Traté de no hacer ruido, pero cuando volví a levantar la mirada, allí estaba él, mirándome con sus ojos azules. El tatuaje rojo le brillaba en una cara totalmente inexpresiva y grotesca, llena de cicatrices, mientras de la oreja a la nuca le brotaba sangre entre la carne quemada. Me vio a través del casco directo a los ojos, y a través de los ojos directo a mi alma, pude sentirlo. No sé qué pasó después, no sé porque no me mató, porque podía hacerlo, estaba inmóvil, y lo que sea haya visto, muy claramente aquel hombre no quería que lo viera. Pero desperté en frente de la muralla, amarrado como un cerdo y sin mi casco. En cuanto los guardias vieron mis ojos, me lanzaron a una celda y me inmovilizaron las manos. Dijeron que si trataba de lanzar algún conjuro, maldición o alguna estupidez del estilo, me cortarían la lengua y las manos. Así que he sido un prisionero ejemplar.-
Marie estaba atónita por la historia del hombre. Ciertamente era un brujo, y ciertamente estaba encerrado, pero ¿Podía creerle? Tenía que ser verdad, nadie se inventaría una historia así.
-¿Y qué pasó con el hombre del bosque?-
-¿Qué con él?-
-¿No le dijiste a la guardia lo que viste, o a algún mago de la Academia? Estoy muy segura que ese ritual no era para nada algo que haría un mago normal…-
-Lo intenté, pero ningún mago aceptó venir a escucharme. Y cuando los guardias se cansaron de oír mis advertencias, volvieron a amenazarme con perder la lengua. Desde entonces paso mis días aguardando la fecha de mi muerte.-
-Eso es… Deprimente- Marie se compadecía por Lans. Si bien ella no estaba muy lejos de su posición, el azar aún podía jugar a su favor, mientras que para él, solo las horas lo separaban de estar colgado del muro que se había pasado meses viendo.
-Gracias-
-¿Por sentir lástima por ti?-
-Por hablar conmigo. Eres la primera persona en meses que se digna a escucharme. Ni siquiera los sacerdotes del templo aceptan venir a escuchar las últimas palabras de un engendro besado por los demonios. Sé que no puedo salir de aquí, y que mañana mismo moriré, pero me siento feliz de haber podido hablar con alguien por última vez-
Aquellas palabras conmovieron a Marie. Apretó sus labios con un pesar en la garganta. Ciertamente ver a un muerto en vida resultaba conmovedor a su manera.
-Y gracias a ti- Dijo ella.
-¿Y eso por qué?-
-Esta noche vagaba por las calles ansiando morir en la oscuridad. No tengo nada, ni siquiera un sitio donde dormir. Pero por un momento pude despejar mi mente hablando contigo. Aunque fuera de algo tan… Horrible.-
-Me alegro- Lans formó una sonrisa bajo su barba de alambres torcidos, que inmediatamente se torció en una mueca de dolor.
-¿Qué pasa?- Marie preguntó preocupada.
Lans se recostó contra la pared de su celda mientras largaba un gemido de dolor.
-Mi cabeza… Es… Otra vez la sensación del bosque… Qué…- La voz del muchacho se torció. Sonaba asustado, agitado, como si no pudiese pensar. Apenas articulaba palabras entre quejidos de dolor.
Marie no sabía qué hacer, tan solo podía ver como el brujo se retorcía y jadeaba.
Entonces la tierra comenzó a rugir. Bajo sus pies los adoquines se sacudieron, oyó a las paredes del gran edificio crujir, y pequeños trozos de ladrillo se desprendía. Tejas de los edificios cercanos caían mientras gritos de gente emanaban de las casas. De pronto, el tañir campanas acompañó el temblor; Venían del norte, de la Academia Arcana que se posaba en lo más alto de la ciudad, casi besando al Gigante.
El temblor se intensificó y Marie se encontró paralizada, ni siquiera podía mantenerse en pie ante los bruscos movimientos de la tierra. Un gran bloque de piedra cayó del bastión y se estampó contra el suelo a pocos metros de ella. La torre de una cada de tres pisos cercana se vino abajo en mitad del camino, luego la acompañó la misma casa. Los gritos de la gente emanaban de todas partes, y los gritos de Lans no se quedaban atrás. El dolor en su sien se había intensificado tanto que se había echado al suelo, revolcándose y maldiciendo, incapaz de hacer otra cosa que llorar de sufrimiento.
Como si un dios hubiera agarrado en sus manos el gran Edificio de la Guardia y lo hubiera jalado de lado y lado para partido en dos, desde el centro, los ladrillos comenzaron a separarse y resquebrajarse. Una grieta tan grande como una mano cruzó en vertical por el escudo cincelado en la roca, bajando hasta la ventana donde estaban los barrotes. El gran edificio color arena rugió, gimió, se quejó y su lado derecho, por donde se encontraba la puerta que daba a una calle menor, colapsó, aplastando varios edificios más pequeños en su trayectoria al suelo. De repente la gente corría por las calles asustada. El fuego también comenzó a esparcirse entre las calles, los gritos y las órdenes de calma dentro del Bastión se escuchaban con claridad desde donde estaba Marie. El pánico inundaba Alcázar del Gigante.
Marie había quedado cubierta de polvo con la caída del cuartel, pero milagrosamente nada le había impactado. El temblor no concluía, y cada vez más edificios colapsaban. La muchacha gateó, se giró y vio como la celda donde estaba Lans tenía una gran apertura, allí donde una parte del muro se había derrumbado hacia dentro. Dudó por un segundo, pero no tenía nada que perder. Se lanzó al interior de la celda.
El hedor podía palparse, pero era irrelevante. Sobre el piso se encontraba Lans. Una roca del tamaño de un puño le había dado en la cabeza, pero apenas y tenía un golpe leve. Marie se acercó a él, tomando su rostro grasiento y pálido entre sus manos. Entre gritos y cachetadas lo hizo despertar. La sangre le manaba por la frente, pero estaba vivo.
-Rápido ¿Cómo te saco de aquí?- Preguntó Marie desesperada.
Lans se recostó contra el muro de la celda, a la par que el infierno se desataba en la ciudad.
-No puedes- Agitó sus cadenas. Era una gruesa cadena de hierro, algo oxidada pero igual firme, que se conectaba a los grilletes especiales de sus manos, que las tenían inmovilizadas en una pequeña jaula apretada donde apenas y podía mover sus dedos –Ni aunque tuvieras los brazos de un Herrero podría abrir esto sin una llave… Vete de aquí. Igual, yo ya estaba muerto-
Marie no se quería resignar a dejar a aquel hombre allí.
-Yo también estaba muerta-
Tomó una grueso ladrillo que se había desprendido de la pared, y con todas sus fuerzas lo arrojó contra la cadena. La roca rebotó, hizo mella en el suelo, y la cadena siguió igual. Sobre sus cabezas lo que quedaba del cuartel se resquebrajaba y rugía. No faltaba mucho para que cayera.
-Marie- Dijo Lans, mientras ella volvía a recoger el ladrillo –Marie- Repitió, con más fuerza. Ella alzó la roca y con un grito lo arrojó, por poco dándose con el rebote. La cadena siguió igual -¡Marie!-
-¡Qué!-
-Vete. Lo último que quiero es saber que una persona inocente murió tratando de salvarme. Si quieres matarte, bien, pero no lo hagas frente a mí. Déjame aquí para morir con la consciencia tranquila. Por favor…-
Marie vio a los ojos dispares de Lans. El misterioso ojo violeta, y su taimado ojo plateado. Miró una vez más el ladrillo y la cadena. No había nada que hacer. Dio un paso hacia atrás, con la mirada gacha.
-Está bien… Lo siento-
-No tienes que disculparte. Solo vete-
Marie se puso se puntillas sobre un montón de escombros para así subir por el agujero en el muro por el que había entrado, pero un segundo temblor, aún más violento que el anterior, la hizo caer al suelo junto a Lans, golpeándose la cabeza. Soltó un grito de dolor que le sacó algunas lágrimas, y vio con terror como el techo se agrietaba y comenzaba a desprenderse.
Una maciza roca, tan grande como un cerdo, cayó de lleno a mitad de la celda, partiendo el suelo, levantando una nube de polvo y pequeños escombros, pero haciendo un inusual ruido agudo y metálico al impactar.
Lans abrió los ojos de par en par cuando jaló la cadena y esta se deslizó, con un eslabón partido a la mitad, bajo el gran ladrillo. Él y Marie volvieron a cruzar miradas, sin decir nada, pero antes de que alguno pudiera sonreír, el techo volvió a rugir. Lans se levantó y le ofreció sus manos engrilletadas a la chica. El gemido que el resto de la edificación hizo en el último instante les petrificó el corazón, pues tan pronto como Lans sacó su pierna de la celda, todo el piso superior se desprendió sobre ella, seguido del resto de columnas, ladrillos, vigas y muebles. Una gran cortina de polvo que por poco ahoga a ambos inundó toda la calle.
El Brujo y la Prostituta salieron del polvo, cubiertos de polvillo blanco y arenoso, como dos almas más que corrían por sus vidas entre las miles de Alcázar del Gigante, mientras el Infierno se desataba.