La Última Lluvia de Otoño

1993 Words
Nubes negras cubrían el cielo. Por donde se viera hasta el lejano horizonte, solo se podía apreciar grafito, acero, carbón y ceniza. Era lluvia. La última gran lluvia antes del azote del invierno, según decían los lugareños. El día siguiente a la Tragedia, como la gente de Puerto Celeste había bautizado a la pérdida de tantos de sus hijos, hermanos, esposos y padres, se veían hogueras en los patios de cada casa, o en las afueras de la ciudad, entre los campos de cultivo y los pastizales. Eran las familias, las afortunadas dentro de toda la desdicha que vivía la mayoría, que al menos podían darles sepulcro a sus hombres. Otras tantas, madres, hijas, hijos, esposas, solo podían llorar profundamente, guardando luto, y algunas, esperanza de que ellos regresaran, de la muerte no los hubiera reclamado a todos. Uno de cada cinco hombres que partieron con el Barón habían perecido, incluyendo al mismo Señor de Puerto Celeste. En un día, La Tragedia había traído ignominia sobre la Familia Sigmeier, que a la vez lloraba la pérdida de su patriarca. Skander se había vestido de n***o, al igual que todos los presentes, con ropa humilde, portando tan solo los símbolos de sus casas, rangos o patrones. Tálios estaba de pie junto a su pupilo, observando al mar. Los albatros graznaban en el cielo y el lento romper de las olas contra la arena empapaba el casco de la pequeña barcaza funeraria, donde se encontraba el Barón Gerald Sigmeier. Lo habían ataviado con sus mejores vestiduras; Habían limpiado y remendado su armadura de combate, roja y dorada, con una chapa reluciente en el pecho que mostraba el tridente y el sable cruzados. Portaba la más bella de sus capas carmesíes, adornada con hilo de oro, y rematada en un encaje de piel de zorro. Le habían puesto una cinta de tela roja en el cuello, allí donde una hoja le había abierto en dos la tráquea a la altura de la manzana de Adán, y sobre sus cabellos, reposaba su corona de barón, un simple circulo de oro con tres rubíes carmesíes. -Tu padre había pedido que si le llegaba a pasar algo, su cuerpo no fuera a parar a la tierra sino al mar, como dictan las tradiciones sobre las personas notorias de Puerto Celeste. Todos los gobernantes de esta tierra desde hace más de quinientos años tienen su lugar de descanso eterno el frente a la ciudad que reinaron- Dijo Tálios sin volver la mirada a Skander, observando como el pequeño navío, sin vela y muy probablemente incapaz de navegar en mar abierto, era empujado por soldados, siervos y demás personas al agua, para ser remolcado por un barco más grande que jalaba su quilla con dos gruesas cuerdas de amarre. Skander no había dicho casi nada desde aquel momento en el Camino. Las lágrimas se secaron hacía mucho, y tras ellas solo quedaban ojos rojizos. La madre de Skander había muerto poco después del nacimiento de su hermana, debido a una enfermedad que la debilitó a tal punto que no pudo salir de cama, hasta que una noche simplemente dejó de respirar. Eso hacía ya quince años. El Barón Sigmeier nunca se volvió a casar. La noticia de la muerte del Barón había conmocionado a todos en el castillo. La figura regia y paternal de aquel hombre era un soporte para todos sus siervos. Dedicó toda su vida a entender cómo ser un buen gobernante, y así traer el bienestar a su familia, y a su pueblo. Cuando ascendió al trono, tenía poco más de veintisiete años, y había sido el único de sus hermanos en llegar a la adultez, solamente su hermana, Hilda, había vivido lo suficiente para engendrar un hijo, Derrick, cuyo padre se supo nada más que era un mercader del Sur. El Barón Bellard, padre de Gerald, había sido un hombre más estoico y férreo que benevolente, pero nunca se lo pudo considerar injusto, solamente, inflexible. Tras la Gran Guerra del Oeste, que había asolado la región occidental de Córdinca por casi cuatro años, hubo una repartición de dominios. La baronía de Puerto Celeste, con su castillo y tierras productivas, había quedado prácticamente intacta, pero era un sitio más bien remoto, expuesto a los ataques de piratas Reskalienses y muy lejos de La Ruta Dorada como para ser relevante en el comercio, de modo que fue asignada a un caballero de buen nombre pero no muy alta alcurnia. Bellard Sigmeier reinó por treinta y dos años, y Gerald, por diecinueve. Ahora era el turno de Skander para tomar el lugar de su padre. Ya a buena distancia y con velocidad, fuera del impulso de la marea, el barco pesquero que había remolcado la tumba flotante del Barón cortó amarras y cambió de curso, poniendo dirección al puerto. En la playa, cinco arqueros con un brasero frente a cada uno, y varias flechas incendiarias adicionales a disposición, tensaron arcos y a la orden de Edwind Krall, dispararon al unísono. Entre ellos se encontraba el herido Leonard Hildegard, hijo menor del Anciano Barón de Hildegard, con un vendaje fresco que le cubría un ojo y media cara. A pesar de solo quedarle el ojo derecho, su fama como Arquero se hizo palpable cuando, de cinco flechas, solo dos impactaron en el navío, y una era de Hildegard. El resto de arqueros eran el Capitán Nashim, dos miembros de la escolta del barón, y el propio Edwind Krall. Nashim, a pesar de haber sido diestro con todas las armas que un caballero debe conocer, su condición miserablemente herido, además de su edad, apenas le daban la fuerza para tensar el arco. Pero eso realmente no importaba. Quienes disparaban las flechas eran como quienes cargaban un féretro, su propósito era presentar sus respetos finales al difunto. Leornard Hildegard se había acercado a Skander mientras transportaban el navío a la playa. Era un joven de cabello largo que le caía enrulado por el cuello, el ojo que le quedaba era verde, tenía un perfil aguilucho y una gran sonrisa. Le pidió permiso para ser uno de los que dispararían las flechas al barco. La razón era simple: Durante la Batalla de la Colina de Ulritch, como la habían llamado los supervivientes (Aunque algunos preferían llamarlo “La Masacre del Demonio” o “La Matanza de la Mujer Roja”), Leonard se encontraba en la vanguardia de su Ejército, aún bajo la negativa del comandante que le había asignado su padre de que abandonara su lugar comandando a los arqueros de la retaguardia. Tal como el Barón Gerald había planeado, y con ayuda de la tenacidad de Gerald inspirando a sus hombres de armas, la infantería de Hildegard partió en dos el centro justo a tiempo para la llegada de la caballería de Ser Derrick, el primo de Skander. Fue entonces cuando el Demonio en forma de mujer apareció. -No estoy seguro de lo que pasó después- Dijo Leonard –Pero cuando todos salieron corriendo, en una estampida donde quienes caían al suelo eran aplastados, sin importar el color que llevaran en el pecho, traté de llegar a un caballo para poder escapar. No le voy a mentir, el miedo que sentí en ese momento no me hizo pensar en nada más que huir, y la risa de esa mujer endemoniada… Un hombre manchado de sangre de pies a cabeza me amenazó con un hacha tan pronto como tomé la rienda del caballo. Lo ignoré, no tenía mente siquiera para pensar en qué me estaba diciendo. Traté de subirme pero le hombre me derribó con el hacha. De pronto, la mitad de mi visión se había vuelto negra, y sangre caliente me cubría todo el rostro. Aún así pude ver el hombre del hacha, estaba aterrado fuera de sí, gritaba incoherencias y por alguna razón, en lugar de tomar el caballo, se dispuso a rematarme. Di por hecho que ahí había terminado todo. Hasta que un caballo salió de la nada, empujó al hombre y le aplastó el rostro con sus cascos. Cuando pude levantar la cabeza del fango, vi a su padre. El miedo estaba en sus ojos, como en el de todos, pero luchaba contra él. “Sal de aquí muchacho, sálvate” fue lo que me dijo antes de picar espuelas y salir al trote… Iba en dirección contraria a todos. Iba en dirección a la mujer. Luego de eso lo último que recuerdo es haber llegado aquí. Su padre me salvó la vida, por favor, permítame tomar ese lugar de honor entre los arqueros.- Los arqueros dispararon una segunda andanada, esta vez, todas las flechas se clavaron en el casco, incluso la del Capitán Nashim. El barco comenzó a arder. Estaba barnizado con aceite y varios toneles con brea estaban posicionados de proa a popa, para que la estructura se consumiera con la mayor rapidez. Una tercera andanada fue soltada, y el barco, ya fuera de alcance, ardió por completo. Todos los presentes, que iban desde supervivientes de la batalla, siervos del castillo, y gente Puerto Celeste, atestiguaron como poco a poco la embarcación se consumía, elevando una gran nube de humo, apenas una macha más en el cielo grisáceo, para finalmente irse a pique. Se hundió por la proa y la popa tardó un poco más desaparecer, pero finalmente, consumiendo por completo la madera carbonizada, el Barón Gerald Sigmeier desapareció para siempre en las profundidades del Mar, frente a sus Dominios, yendo a descansar junto a su Padre y los Señores de Puerto Celeste que lo habían precedido. Skander era una figura sombría en aquel momento. Un joven príncipe que ahora era Señor, un chico que apenas una semana antes despedía envalentonado a su padre, lamentando no poder acompañarlo, deseándole victoria, deseándole que trajera gloria a su Casa, y pidiéndole que volviera sano y salvo. Tálios posó una mano en el hombro de su pulilo, solo tuvo que mirar sus ojeras y la línea recta que era su boca, para comprender que se esforzaba por no llorar, por no quebrarse ante todos los presentes. Cuando la última estela de humo ascendió desde el agua, casi como si aquel momento hubiera reblandecido el corazón de las nubes, cayó una pequeña gota sobre la nariz del Erudito. Luego le siguieron más. La última lluvia había comenzado. Los campesinos fueron los primeros en buscar refugio, luego le siguieron los siervos y algunos presentes que no servían a la Casa Sigmeier. Uno a uno se fue retirando guardias, soldados, caballeros y también los arqueros. Leonard fue a dejar sus respetos ante el Barón Skander, retirándose luego al castillo. Tálios también se había retirado. Consideraba que el joven Señor necesitaba un momento a solas. Un hijo nunca está preparado para el momento en que su padre debe marcharse, y con todo el peso que Skander tenía ahora sobre los hombros, lo mejor que podía hacer el Erudito era permitirle vivir el luto a plenitud, para que pudiera sanar lo más rápido posible, y así hacerse cargo de su Tierra. En la playa, cuando la lluvia arreció, tan solo quedaban Skander, el Mayordomo Edwind, y el Capitán Nashim. Los braseros se habían extinguido con la lluvia, y ambos hombres, de barbas canas y con media vida al servicio del Barón Gerald, solo podían ver como habían sobrevivido a su señor, ancianos e inútiles en su deber de proteger a quien le debían lealtad. Para ellos, hombres dedicados al completo a su labor, no había deshonor más grande que estar presentes en aquella ceremonia. Sin decir una palabra ambos se retiraron bajo el amparo de la lluvia, y tan solo quedó Skander. -¿Por qué tenía que ser así, Padre?- Le habló al mar -¿Qué voy a hacer ahora? ¿Soy un guerrero? ¿Un Barón? ¿Un príncipe? ¿Quién soy yo para tomar tu lugar?- No recibió respuesta. Un relámpago hendió el cielo, cayendo en algún punto del océano.
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