Las Tierras Salvajes

2065 Words
La playa era gris, llena de guijarros y arena incolora allí hasta donde alcanzaba la vista. El panorama, bajo la vigilia de un cielo igual de melancólico, no era muy alentador. Las aves revoloteaban encima de los mástiles de las tres naves que habían sido arrastradas hasta la tierra, y atadas a grandes estacas en el suelo para que no se movieran. La cuarta nave, la Puta de Skir era capitaneada por el propio Skir, un tipo flacucho y alto de dientes amarillos del cual nadie querría ser puta, y se había quedado en el mar lista para remolcar rápidamente a sus navíos hermanos para sacarlos del banco de arena. -Que sitio más horrible y estéril. Me sorprende que las criaturas que viven aquí no se hayan suicidado por tener que ver este montón de mierda gris todos los días- Cid era de todo menos un hombre cortés. Gustaba de decirle a todo el mundo puta y mandarlos a comerse un par de vergas si eran mínimamente aburridos. Pocas personas, o cosas, le imponían respeto. -Puede que lo estén haciendo a su modo. Llevan varios miles de años matándose entre sí. Cuando el primer hombre lloró salido del vientre de la primera madre, estos hijos de puta ya estaban clavándose palos afilados en el culo mutuamente- Junnita, sin embargo, no se quedaba atrás en cuanto al singular ingenio escatológico que tanto le gustaba al reskaliense. El sol, supuestamente, debería estar a mitad del cielo, marcando el mediodía, pero entre aquellas nubes de grafito era imposible que pasase un solo rayo de luz. Los reskalienses estaban descargando estacas afiladas y materiales de construcción. Aparentemente, planeaban fortificar aquella zona de la playa. -Las tormentas de primavera son raras, las de verano, son una fresca llovizna, las de otoño son como una v***a en el culo, y las de invierno son como una v***a en el culo, pero de caballo. Tienes que ser un loco para que te gusten, y muy probablemente mueras en el proceso- Explicó el capitán Mossberg a Junnita mientras una docena de remeros empujaban las embarcaciones tierra adentro. Con el poco calado y la estructura que se enterraba fácilmente en la arena, los barcos de los Reskalienses podían salir del agua como tortugas, y desaparecer entre los matorrales tan rápido, que es como si nunca hubiera dejado de ser árboles en algún lugar de las islas de Reskaliav. -¿Pero esto no los hace vulnerables?- Preguntó Frida Lorenz, la joven oteadora de la Compañía. -Los hombres del hielo no somos vulnerables a nada, putita- Acotó un alto marinero de frente cuadrada mientras jalaba al mismo ritmo que sus compañeros para empujar a la Quimera tierra adentro. -Como mi estimado amigo quiere decirle- Corrigió Cid con tono burlesco –de nada nos sirve quedarnos en el mar si en cualquier momento puede llegar una tormenta que nos lance a tierra, o nos encalle contra alguna roca. El invierno está a la vuelta de la esquina, y el mar no perdona en invierno. Construiremos un campamento en torno a nuestros barcos y esperaremos a que tu benevolente capitana concluya su travesía. Si no vuelven dentro de seis semanas, nos iremos. No sabes cuantas bellas mujeres me esperan en mi Casona. Tres meses enteros echado, bebiendo, comiendo y cogiendo, disfrutando de la buena vida, mientras algún hombre-perro de estas tierras se turna con su manada para violarte- Ciertamente, Cid no tenía ningún tacto. En la cara de Frida se quedó una mueca de desagrado y repulsión por aquella escena, pero también se estableció en su mente la incertidumbre: “Seis semanas”. -¿Terminaste de compensar tu v***a enana hablando de violaciones y coger con perros?- Acotó Junn. -No las molesto más- Cid hizo una reverencia torpe y burlona, retirándose para ayudar a su tripulación con los barcos. Unas docenas de metros en el interior, lejos de los granitos de arena y los guijarros, se encontraban aguardando la Compañía de la Rosa. Cincuenta de los más variopintos reclutas que Junnita pudo raspar del fondo del barril que era Puerto Azsuria. Viejos y jóvenes, hombres en su mayoría, pero también algunas mujeres (Muchas parecían hombres, cabe destacar), con experiencia de una vida en el combate, regular o no, y aquellos que era la primera vez que cargaban una lanza. Llevaban hachas de una y dos caras, lanzas cortas o picas, rodelas y paveses, sables curvos, espadas rectas, mandobles, dagas; Algunos llevaban arcos largos, otros curvados, y unos pocos cargaban ballestas. Entre todos, ciertamente destacaba Frederick. No solo porque sus ojos rojos brillaran con cada reflejo de luz, sino por su inusual forma de vestir. No llevaba armadura, solo una casaca que en algún momento pudo ser roja, con las mangas recogidas hasta los hombros y desabrochada. Bajo ella tenía una camisa holgada que le dejaba ver el pecho, y pantalones de cuero. Sus botas rojas sinceramente eran lo más llamativo de su atuendo; el cuero había sido teñido y le daban un color rojo tan intenso como el de una manzana. Otra cosa llamativa era que no llevaba ningún arma, tan solo su catalizador. Todos los magos tienen un objeto único que emplean como catalizador, usualmente asociado a su Don. Mientras que los magos de la Alta Magia tienden a usar cetros heredados por generaciones de magos que han dejado remanentes de sus poderes arcanos en dichos catalizadores, otros, como los del Don n***o optan por usar armas y herramientas, tales como martillos de forma, para focalizar su magia. El caso de Frederick resultaba único hasta entre los más extravagantes: Su catalizador era una flauta. Junn se echó los dedos a la boca y largó un silbido. -¡Muy bien!- Dijo a la par que toda la compañía volteaba a verla –Estamos por bautizarnos con la sangre de nuestro enemigos. De los enemigos que nos indique la plata y el oro. A medio día de marcha rumbo al sur se encuentra nuestro buen amigo Naraaktul “Señor de los Vientos” como se hace llamar. Nos sabe a mierda si puede pedorrearse como ninguno y por ende lleva ese ridículo apodo, lo único que nos importa es la ganancia, el saqueo, y la gloria del combate. No les mentiré, algunos morirán. Volteen a verse, manoséense si así lo placen, puede que sea la última vez. Algunos me caen bien, no mueran, que el viaje a casa será muy aburrido sin nadie con quien hablar- La Capitana de los mercenarios soltó una carcajada, pero poco hicieron más que una simple mueca. Nadie estaba ahí por devoción a Junnita Azsuria, ni mucho menos por la gloria del combate. Todos fueron atraídos por el tintineo de las monedas doradas, sabiendo que si tenían suerte, volverían a Isla Gris para no tener que preocuparse nunca más por las deudas, el hambre o el frío. Las Tierras Salvajes eran una amalgama de mil o más reinos, cada cual se encontraba ocupando alguna colina, un claro entre los bosquecillos que creían en el cauce de un arrollo, en la falda de una montaña, o incluso algunos vivían en cuevas. Todos eran Reyes, todos eran sanguinarios, peludos y brutos, y por supuesto, todos querían el acero de los mercenarios de su lado. No se sabe exactamente porque, pero en los pantanos, arroyos y fiordos de aquellas tierras, se encontraba la única razón por la cual los Mercenarios de medio mundo ponían su acero a disposición de salvajes en taparrabos: Polvo de oro y gemas. Los salvajes eran maestros encontrando oro en los riachuelos, ríos y pequeños cauces que bajaban de las montañas. Usaban platos de cobre con los que separaban el sedimento del precioso oro, lo acumulaban a montones, y lo guardaban en pequeñas urnas de cerámica con las figuras de sus dioses. Todo el oro que tenía cada pequeño reino se encontraba en sus altares, rodeado de una nube de hierbas aromáticas de olores tan variados e intensos, que cualquier extranjero podía vomitar con solo inhalar ese aire por algunos minutos. Los salvajes nunca entendieron al oro como una moneda, sino como una ofrenda. Para ellos, el oro que se entregaba a los mercenarios era un regalo para los dioses de estos, pues creían que muchos iban hasta sus reinos en búsqueda de ofrendas para sus dioses, en escases de ellas en sus tierras natales. Por otro lado, las gemas brotaban como hongos en los fangosos pantanos. Los niños podían toparse con una extraña roca transparente o de colores mientras jugaban en el lodo, y sus padres ni siquiera se percatarían de que se trataba de un Diamante. En su forma bruta y sin cortar, algunos chamanes portaban estos diamantes en sus cetros, engarzados en collares rudimentariamente armados, e incluso entre sus ropajes. Mientras que los Mercenarios buscaban el oro, eran los magos los que buscaban gemas; Las propiedades únicas de ciertas piedras preciosas eran capaces de abrir potenciales arcanos inalcanzables para muchos Archimagos. Por tanto, no era raro ver pequeñas expediciones de Academias Arcanas acompañando a las compañías de mercenarios, o incluso por su cuenta, esparciendo el terror entre hordas de bárbaros sin coordinación. Para el anochecer, los cincuenta Mercenarios de la Rosa habían llegado a las afueras de un pueblito amurallado; La modesta muralla estaba hecha de una base de barro con estacas amenazantes hacia fuera, reforzada con piedras, y la superior era de troncos jóvenes rematados en punta. Solo había una atalaya, no más alta que el muro mismo, la cual vigilaba la entrada al pueblo. Dos hombres envueltos en pieles de animal cerraron el paso al grupo, y por encima de la empalizada, emergieron figuras cubiertas de pieles, de grandes melenas y largas barbas, los cuales portaban lanzas en su mayoría, pero algún arquero rudimentario también resultaba amenazante. Uno de los barbudos guardias dijo algo en una lengua extraña y gutural, parecía más un rugido que un dialecto, y de ser así, bien podría estar maldiciendo a la madre de todos los presentes y nadie entendería. -¿Qué?- Preguntó Junnita alzando la ceja. Esta vez ambos hombres rugieron la misma frase gutural. El grupo de mercenarios, principalmente los más inexpertos, se encontraban tensos por la situación, sitiados por las miradas de los bárbaros en la empalizada. -No-los-en-ti-en-do- Replicó Junn. Alzó la mirada a los que estaban en la empalizada, y en la atalaya -¿Alguien por aquí sabe hablar otra cosa que no sea perro o vaca? Les puedo jurar que sé hablar oso, pero es que estos guardias no quieren cooperar- Ninguno respondió. Un silencio incómodo se hizo entre ambas partes. Finalmente, tras un largo minuto, se abrieron las puertas del pueblo. Las dos grandes uniones de troncos gruesos que formaban el portón se arrastraron por el suelo levantando polvo a su paso. Ambos hombres barbudos se hicieron a un lado y agacharon la mirada. Frente a Junnita, una mujer rubia, de pechos generosos y no más de treinta años, con una barriga de cuatro o cinco meses de embarazada, completamente desnuda con excepción de unas sandalias tejidas con fibra vegeta, se hizo presente. Su rostro era hermoso, la cara de una mujer joven pero madura, de facciones finas, una princesa de alta cuna en toda regla. Su piel clara era uniforme desde su frente hasta sus pies, y la figura ondulada de su abdomen resultaba tan erótica como llamativa. Todos en la Compañía tenían los ojos abiertos como platos, tanto hombres como mujeres, ante una sorpresa tan inesperada, pero Junnita era la que estaba más sorprendida. -Busco… Busco a Naraaktul, S-señor del Viento- La lengua se le había trabado a Junn, intentaba alejar la mirada de sus pechos generosos y pesados, o del vello rubio que cubría suavemente su entrepierna, pero era un esfuerzo titánico. -Yo soy Naraaktul, mi gentil dama- Dijo la mujer con voz armónica, pero sorprendía más que lo hiciera con la perfecta pronunciación de la Lengua Franca –Agradezco que vinierais. Me honra que su metal y su hueste. Por favor, sígame- Naraaktul se dio la vuelta con la gracia de una doncella, dejando ver al completo la cascada de oro que fluía por su espalda hasta el coxis. Sus caderas eran anchas y sus glúteos voluptuosos, pero su caminar era lo que en verdad hipnotizaba. Como abejas atraídas por la miel, con Junnita delante, avanzó la Compañía de la Rosa tras la Señora de los Vientos.
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